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sábado, 12 de diciembre de 2020
De nuevo el debate sobre Venezuela
jueves, 10 de diciembre de 2020
Los dilemas de la oposición y de la izquierda
jueves, 3 de diciembre de 2020
Las AFP, el mercado de capitales y el ahorro
Primera versión en La Mirada Semanal
En estos días ha aparecido con ribetes de escándalo una realidad cotidiana del mercado de capitales: la existencia de conflictos de interés, en un mecanismo en el que los ahorros obligatorios de los trabajadores se invierten, a través de las AFP, en negocios “triangulados” con dueños de AFP, gestores financieros y dueños de patrimonios bursátiles abultados. Entre ellos se cuenta el actual presidente de la República, que tiene una amplia fortuna financiera supuestamente gestionada sin su intervención, lo que es materia de duda razonable. Recordemos que en 2007 pagó una multa por hacer algo que está altamente penalizado en los países con capitalismo regulado (allí le hubiera significado prisión): utilizar información privilegiada como miembro de un directorio para realizar operaciones bursátiles a costa de los demás participantes del mercado de capitales, incluyendo los fondos de pensiones de los trabajadores. Lo propio ocurrió con la maniobra de las "cascadas" de Ponce Lerou, con el mismo resultado. Aunque la Superintendencia de Pensiones, jerárquicamente subordinada al presidente, ha declarado que la operación ahora denunciada de uso de fondos administrados por una AFP para triangularlos y canalizarlos a dueños de esa AFP no excede los límites legales, debe investigarse por el parlamento y clarificar si existe o no en el caso un interés financiero de Piñera y de qué magnitud y, en caso de violación de la ley, remitir las conclusiones a la fiscalía.
Pero el debate es más amplio. A estas alturas ya no es solo sobre cómo regular mejor el sistema de AFP, sino que también sobre como sacarlo de la previsión social obligatoria. El amplio apoyo que ha tenido el retiro de fondos desde las AFP -que para millones de personas significa quedarse sin pensión autofinanciada- se basa en la percepción de que el objetivo del sistema no es proveer adecuadas jubilaciones (midiendo lo adecuado como la tasa de reemplazo de los salarios de los últimos años en la vida activa por la pensión al momento de jubilarse) sino favorecer intereses empresariales. Esa percepción está lejos de ser equivocada. En efecto, los ahorros de los trabajadores son utilizados para fines de acumulación privada de capital con financiamiento barato y continuo, mientras las utilidades de las administradoras son más que excesivas (lo que ha atraído capitales extranjeros a su propiedad). Esto es consecuencia de que las comisiones de administración se cobran por flujo y no por monto acumulado, lo que no tiene justificación económica, y por falta de competencia. Mientras, a una persona con lagunas previsionales en la mitad de su vida activa (es el caso de la mayoría) las AFP le garantizan una pensión con una tasa de reemplazo de no más de 25%, en un contexto futuro de probable menor rendimiento de largo plazo de las inversiones. Esto se agrava para las mujeres por construcción del propio sistema. Aunque pueden existir jubilaciones anticipadas, la edad de jubilación de las mujeres es a los 60 años (5 menos que los hombres) y tienen una esperanza de vida 4 años superior a la de los hombres. Como se usan tablas de mortalidad para calcular rentas vitalicias diferenciadas por sexo (en Europa cualquier cálculo actuarial que involucre la esperanza de vida debe perentoriamente hacerse sin hacer esa diferenciación), el resultado es que las pensiones de las mujeres son increíblemente bajas en términos de tasa de reemplazo.
¿Por qué esta configuración institucional proclive a la hiperconcentración del capital y a proveer bajas pensiones se ha mantenido por cuarenta años? Ocurre que las AFP nacieron en una dictadura y se han encargado de influir desde la transición en el sistema político para que el oligopolio que constituyen no sea regulado debidamente. Y lo han hecho de manera abierta y desembozada, nombrando a ex ministros y ex parlamentarios de la mayor parte del espectro político en sus directorios, los que no lo han rechazado, como debieran, además de tener el apoyo irrestricto de la derecha en representación directa de los intereses de la oligarquía financiera. Esto ha facilitado impedir, entre otras cosas, cualquier debate sobre la representación de los afiliados en las decisiones, como resulta obvio en todo sistema de previsión social, más allá de un comité consultivo sin importancia.
Pero ahora se han presentado otros apoyos para tratar de sostener el sistema de AFP. En la presentación reciente del Informe de Estabilidad Financiera, el presidente del Banco Central ha sostenido que "retirar fondos previsionales significa reducir el ahorro de los trabajadores (...). Una economía para crecer y no depender exclusivamente del financiamiento externo, tiene que tener ahorro doméstico". Para el Banco Central, el que una gran mayoría de personas no tenga ingresos suficientes para enfrentar la crisis del coronavirus -que el gobierno debiera haber provisto a través de un mayor gasto en seguro de desempleo e Ingreso Familiar de Emergencia- no merece mayor mención. Constata que los retiros desde un sistema de cuentas individuales reducen el ahorro, lo que es bastante obvio y, dicho sea de paso, es una excelente noticia macroeconómica en un momento de derrumbe de la demanda interna. Pero no se detiene en dar cuenta que el sistema de AFP se ha justificado con la ideología de la propiedad privada sobre los ahorros, lo que es equívoco porque solo la cotización es individual mientras el conjunto de variables que determinan la rentabilidad del ahorro está socialmente determinado. A ese título, las personas afectadas por la crisis percibieron que estaban en su derecho de presionar para utilizarlas en la emergencia. Y si bien es verdad que los retiros harán en el futuro todavía más bajas las pensiones de las AFP o inexistentes para muchos, se trata de un nuevo argumento para sacarlas del centro del sistema de pensiones, alternativa que el Banco Central no menciona. Seguramente considera que no le corresponde hacerlo, lo que es verdad. Pero en cambio, se dedica a defender el sistema de AFP, lo que tampoco le corresponde hacer.
Es altamente ideológico y parcial que el argumento de la necesidad de sostener un consistente flujo de ahorro doméstico prácticamente se reduzca, en el enfoque del Banco Central, al ahorro forzoso previsional de los asalariados en AFP. Ya en el parlamento el conjunto de la oposición sostiene que las cotizaciones adicionales de 6% del salario que se han pactado deben ir a lo menos en parte a un mecanismo de ahorro colectivo, lo que conceptualmente el Banco Central debiera saludar como un nuevo mecanismo de fortalecimiento del ahorro doméstico. Pero no lo hace, porque está imbuido de una ideología particular: la defensa de la capitalización individual. ¿Por qué el Banco Central no dice nada sobre el riesgo financiero sistémico, salvo algunas palabras de buena crianza en algún informe, que representa la insólita concentración del capital en Chile en pocos conglomerados, que esa capitalización individual dominada por las AFP ha favorecido?
El INE publicó recientemente un informe que revela que la mediana de los ingresos de los ocupados era de 401 mil pesos y el promedio de 621 mil pesos en 2019. La participación del ingreso del trabajo en el ingreso total se puede estimar en una cifra inferior al 40%, muy por debajo de los países más avanzados, cuyas cifras son del orden del 60-70%. ¿Esos son los únicos agentes económicos llamados a ahorrar internamente para que las empresas hiperconcentradas sigan obteniendo financiamiento barato para seguir acumulando capital, enriqueciendo a un puñado de oligarcas y sosteniendo un consumo de hiperlujo?
Convengamos que el ahorro doméstico también está constituido por el ahorro de los perceptores de ingresos de capital, del estímulo de la reinversión de utilidades y de ese otro ahorro forzoso que constituyen los impuestos. En efecto, un tercer componente del ahorro interno, además del que proviene potencialmente de los ingresos del trabajo y del capital, es el que constituye la diferencia entre los ingresos corrientes (impuestos) y los gastos corrientes del Estado, es decir el ahorro público. No hay ninguna razón para que en el futuro el Estado no incremente el ahorro público mediante una reforma tributaria progresiva centrada en los ingresos del capital y la reducción de gastos superfluos, en vez de seguir manteniendo un modelo económico que funciona en base a bajos salarios y a ahorros forzosos de esos bajos salarios.
El Banco Central parece no haber caído en la cuenta que el modelo vigente de hiperconcentración del capital financiado por los ahorros de los trabajadores y por todo tipo de exenciones tributarias a los ingresos y ganancias de capital -asociado a lo que llaman crecimiento, sin preguntarse mayormente a quién beneficia ese crecimiento- se agotó socialmente. Pero, además, el suyo es una mal razonamiento en esta coyuntura. El Banco Central no entiende suficientemente que estos son tiempos de sostenimiento de la demanda agregada para evitar un colapso económico y del empleo. Solo una vez pasada la emergencia debe restablecerse una senda de incremento del ahorro, pero ahora al servicio de objetivos distintos de la concentración de capital en pocas manos y en particular a favor de un proceso de inversión que permita ampliar la infraestructura de bienes públicos y una transición rápida hacia la carbono neutralidad en Chile.
jueves, 26 de noviembre de 2020
Los partidos, los independientes y Michelle Bachelet
jueves, 19 de noviembre de 2020
“El capitalismo puede salvar el día, pero solo cuando el gobierno ejerce su poder”
domingo, 15 de noviembre de 2020
Nota económica: Bancos Centrales, retiros y vorágines
"Lo más grave es la pérdida de empleos. Es un riesgo sobre el tejido social, el ingreso de los hogares, la demanda y el crecimiento". ¿Es esta otra declaración de algún economista de izquierda azorado por la crisis y sus efectos sobre la ciudadanía de a pie y que insiste en que actuar con apoyos a los afectados por la crisis es una política buena y racional? No, es lo que declaró Christine Lagarde, que proviene de la derecha francesa y hoy es presidenta del Banco Central Europeo, el 19 de octubre. Y agregó: "los gobiernos de la zona euro debieran estar extremadamente atentos al respecto. Nos parece esencial que las redes de seguridad presupuestaria puestas en funcionamiento por los gobiernos en esta crisis no sean retiradas prematuramente".
En momentos en que el gobierno en Chile decidió terminar con el Ingreso Familiar de Emergencia -en nombre de un subsidio al empleo que abarca a 160 mil personas en vez de los 8 millones del IFE- y no se toman medidas de reforzamiento del seguro de desempleo en un contexto de 2,8 millones de cesantes, la voz del Banco Central no se escucha para nada. Cero.
El BCE no solo no propugna contenciones presupuestarias, mientras en Chile el presupuesto 2021 no crecerá en términos reales y el BCCh no dice nada, sino que su presidenta Lagarde, frente a la pregunta sobre la magnitud del apoyo presupuestario a los países que por primera vez se puso en práctica por 750 mil millones de euros en 2020, contestó: "desde abril había insistido sobre la necesidad de un plan consecuente, rápido, flexible, pero también focalizado sobre los países y sectores que más lo necesitaban. Según nuestras cifras, esto correspondía a un gasto entre 1.000 a 1.500 miles de millones de euros". Se agregó a los ya significativos planes nacionales un plan para 2021 de 5% del PIB europeo, que Lagarde defendió se ampliara hasta 10% del mismo.
¿Se imaginan al Banco Central chileno planteándole al gobierno que gaste hasta el doble de un plan presupuestario establecido?
Sería tomado como una humorada. Nuestros economistas oficiales le tienen pánico a que su acción sea acusada de populista y los que tienen un origen en la izquierda se sienten obligados a dar explicaciones y mostrar credenciales neoliberales. Viven en el planeta de los supuestos automatismos de mercado, de los intereses del capital financiero y de la inacción frente a una crisis de producción y empleo que, si no ha sido mayor, se debe al uso de los ahorros de los trabajadores que la sociedad y el parlamento le han impuesto al gobierno. Y a una inyección de liquidez que no ha sido rápida ni suficiente para obligar a la banca a apoyar a las pymes en la magnitud necesaria, pero que algo ha sostenido la situación de empresas en dificultades.
El retiro de fondos de AFP y el agotamiento de las cuentas individuales del seguro de cesantía no son las mejores medidas desde el punto de vista de la eficiencia y la equidad, pues es el gobierno el que está en mejores condiciones de apoyar a los más afectados y sostener la demanda agregada utilizando sus reservas y capacidad de endeudamiento a bajo costo, esfuerzo sin el cual el desempleo se mantendrá por largo tiempo. El parlamento ha forzado autorizar a recurrir a los ahorros de las personas porque los economistas de rutina en Chile no han estado a la altura y no han querido utilizar las fortalezas construidas durante décadas, que siempre apoyé por la naturaleza del ciclo económico en Chile, precisamente para intervenir en estas ocasiones.
El acuerdo entre el ministro de Hacienda y el Senado incluye una cifra de 12 mil millones de dólares de gasto público en dos años, centrada en subsidios a las empresas, que el ministro de Hacienda trata de defender en estos días haciendo comparaciones abusivas para justificar su inacción en el momento en que termina con el IFE. Esta cifra es insuficiente para abordar la magnitud de la crisis, no utiliza todos los recursos disponibles y no prioriza a los más necesitados.
Y además la conducta gubernamental tiene una pretensión insólita: supuestamente el acuerdo se aplicará hasta el primer año del próximo gobierno, para "amarrarlo", con la venia de senadores de la oposición. Evidentemente eso no va a ocurrir, porque habrá un nuevo presidente y un nuevo parlamento, que seguramente aplicarán desde el primer día un plan de estímulo económico liderado por incrementos de salarios y la inversión pública. Pero esa pretensión de poder de una tecnocracia autocentrada e incompetente y de senadores "transversales" que la acompañan que a estas alturas es francamente abusiva, tiene una contrapartida: la creciente irresponsabilidad de parlamentarios que consideran "letra chica" cobrar impuestos a los más ricos en los retiros de AFP. En el primer retiro se podía sostener que la omisión era parte de la vorágine y planteaba problemas de iniciativa parlamentaria inconstitucional. Pero en una segunda ocasión ya constituye un patrón de conducta irresponsable que debe detenerse, pues destruye el principio de progresividad de los impuestos, central para toda política fiscal progresista y eficaz. El país debe volver a recuperar racionalidad y serenidad, y hacerlo al servicio de la mayoría social y de los que sufren la crisis y no del halago a las pasiones del corto plazo.
sábado, 14 de noviembre de 2020
El futuro de las AFP
jueves, 12 de noviembre de 2020
¿Ingobernabilidad?
Nota económica: la discusión sobre el ahorro
En el Informe de Estabilidad Financiera del Banco Central se sostiene que: "Retirar fondos previsionales significa reducir el ahorro de los trabajadores (...). Una economía para crecer y no depender exclusivamente del financiamiento externo, tiene que tener ahorro doméstico".
Es curioso que el ahorro doméstico prácticamente se reduzca, en el enfoque del Banco Central, al ahorro forzoso previsional de los asalariados. Este también está potencialmente constituido por el ahorro del resto de perceptores de ingresos, especialmente los ingresos del capital, ampliamente sobredimensionados en Chile.
El INE acaba de publicar un informe que revela que la mediana de los ingresos de los ocupados es de 401 mil pesos en 2019. ¿Esos son los llamados a ahorrar para que las empresas hiperconcentradas sigan obteniendo financiamiento barato para seguir acumulando capital y enriqueciendo a un puñado de oligarcas? ¿En medio de una severa crisis de ingresos familiares de millones de personas por una explosión del desempleo? Es evidente que la prioridad hoy es sostener los ingresos de las familias.
El tercer componente del ahorro interno, junto al que proviene de los ingresos del trabajo y del capital, es el que constituye la diferencia entre los ingresos corrientes (impuestos) y los gastos corrientes del Estado, es decir el ahorro público. No hay ninguna razón para que en el futuro el Estado no incremente el ahorro público mediante una reforma tributaria que será inevitable y de la reducción de gastos superfluos, en vez de seguir manteniendo un modelo económico que funciona en base a bajos salarios y a ahorros forzados de esos bajos salarios. El Banco Central parece no haber caído en la cuenta que ese modelo de expansión del capital -que llaman crecimiento sin preguntarse de quién es el crecimiento- se agotó socialmente.
Retirar fondos previsionales significa que mucha gente puede salir de estrecheces económicas importantes, en ausencia de apoyos suficientes en ingresos y créditos de emergencia que el gobierno no ha querido pertinazmente activar a la altura de la crisis, estando en condiciones favorables para hacerlo. Si el gobierno hubiera actuado como corresponde, no habría razones para retiros de fondos previsionales.
¿De dónde vendrá entonces el ahorro doméstico? Mala pregunta. El Banco Central no entiende lo suficiente que estos son tiempos de gasto, de sostenimiento de la demanda agregada para evitar un colapso económico. Solo una vez pasada la emergencia debe restablecerse una senda de incremento del ahorro. Pero no solo el de los trabajadores asalariados, como parece creer el Banco Central. También el de los perceptores de ingresos de capital, a través del estímulo de la reinversión y de ese otro ahorro forzoso que constituyen los impuestos al capital, que contribuyen al ahorro público.
lunes, 9 de noviembre de 2020
Nota económica: las cifras de la concentración
Las cifras declaradas por los contribuyentes al Servicio de Impuestos Internos (SII) en la Operación Renta 2020 con información comercial del 2019, confirmaron la gran concentración en las grandes empresas de las ventas (un total de US$ 913.000 millones) y el empleo dependiente (un total de 9.563.975 trabajadores). Aquí van las cifras.
Las 14.749 grandes empresas en la clasificación del SII (aquellas con ventas superiores a 100.000 UF al momento de la declaración, unos 3,.8 millones de dólares anuales a los valores de hoy) concentraron en 2019 nada menos que el 86,9% de los ingresos por ventas.
Las 29.256 empresas medianas (aquellas con ventas entre 25 y 100 mil UF, entre 1,0 y 3.8 millones de dólares) representaron solo un 5,5% de las ventas.
Las 206.313 pequeñas empresas (aquellas con ventas entre 2,4 y 25 mil UF, entre 92 mil dólares y 1 millón de dólares) representaron algo más, aunque sigue siendo una cifra muy baja, con un 5,9% de las ventas.
Las 769.797 micro empresas (aquellas con ventas hasta 2,4 mil UF, equivalentes a unos 92 mil dólares o bien a 69 millones de pesos anuales) representaron apenas un 1,6% de los ingresos por ventas.
Las grandes empresas declararon al SII que contrataron a 4,6 millones de personas, nada menos que un 48,1% del total. Las medianas emplearon a 1,4 millones de personas, el 14,9%. Las pequeñas empresas declararon 2 millones de dependientes, un 21% del total. Las micro empresas emplearon a 722 mil personas, un 7,5% del total. Un dato curioso es que las empresas que no declaran ventas emplearon a 757 mil personas, el 7,9% del total.
En resumen, las llamadas Mipymes, que se supone son el nervio económico del país y a las que siempre se alude como aquellas que crearían el grueso del empleo, representan solo el 13,1% de las ventas y contratan solo al 43,9% de los trabajadores dependientes, menos de la mitad. Y las grandes empresas la cifra inversa, con no mucho más de tres actores principales en cada mercado sectorial.
viernes, 6 de noviembre de 2020
Un poco de coherencia en materia de 10% y de impuestos progresivos
jueves, 5 de noviembre de 2020
Economía y política en tiempos de crisis
jueves, 29 de octubre de 2020
Las casitas del barrio alto: élites y oligarquías
Primera versión en La Mirada Semanal
En estos días se difundió como un gran fenómeno el que tres comunas del barrio alto aparezcan como lo que son desde siempre: las comunas más ricas del país que votan mayoritariamente por la derecha, y que en esta ocasión fueron de las pocas en que ganó el rechazo a una nueva constitución.
Está bastante estudiado (por historiadoras como Sylvie Laurent, por ejemplo) que en las colonias americanas las minorías que se apropiaron de las tierras y las explotaron con mano de obra esclava o semi-esclava han vivido culturalmente bajo el “fantasma de la desposesión”, es decir el temor a la rebelión y violencia de los afectados. Lo que, a su vez, refuerza la tendencia a la resolución violenta de conflictos por los grupos dominantes. Por ello, las oligarquías económicas tradicionales y las emergentes siempre han constituido Estados gendarme y fuerzas armadas sobre-dimensionadas. Y habitado espacios físicos separados de las clases sociales subordinadas, aunque necesitan diversos servicios provistos por ellas. Esto explica que las ciudades sean socialmente más segregadas en América Latina que en otras partes y que su comportamiento electoral esté geográficamente polarizado.
No otra cosa es lo que confirmó el resultado electoral del domingo. Pero hay quienes insisten en sostener nuevas versiones de la teoría de la oposición pueblo-élites, en una curiosa interpretación de su dimensión territorial. Daniel Matamala, por ejemplo, sostiene que "mientras muchos en la clase dirigente hablan de un Chile polarizado, enfrentado entre izquierda y derecha, el mapa electoral de ayer demuestra todo lo contrario: el Apruebo ganó en prácticamente todas la comunas ... excepto en ...Colchane (región de Tarapacá), la Antártica y las tres comunas más adineradas del sector oriente de Santiago: Lo Barnechea, Las Condes y Vitacura".
¿Todo lo contrario? Lo que quedó establecido el domingo 25 es que existe una derecha que pierde adhesión social y política, como en los años 1960, lo que se expresó en que solo las comunas del barrio alto (y dos pequeñas) rechazaron en tanto tales una nueva constitución. Pero ocurrió lo propio en otros barrios altos en el resto del país. Este fue un clivaje electoral de posición social, además de un clivaje ideológico respecto a la democracia, los que además están fuertemente correlacionados. Matamala insiste en una tesis que llama la atención por lo poco fundada: "¿Cuál es la fractura, entonces? Tal como en la marcha del millón, no es una división entre izquierda y derecha, sino entre ciudadanos y élites. Esas élites que dominan el poder político y económico del país, y que viven mayoritariamente en esas tres comunas más ricas de Chile". Este razonamiento no tiene lógica, en el sentido que la conclusión no deriva de una premisa que la sostenga. El clivaje es entre la mayoría social y el gobierno de derecha y el sistema económico oligárquico que defiende. ¿Por qué esta negativa a constatar que la expresión política de la oligarquía económica -que no quería una nueva constitución, en boca expresa del señor Juan Sutil- es la derecha empresarial y la de los Allamand, JVR y JAK, y que ésta conglomeración de intereses y sus representaciones perdió el domingo? ¿Y que, sin perjuicio del generalizado desprestigio de los partidos, los que marcharon hace un año lo hicieron primordialmente contra un modelo socio-económico y contra el gobierno de la derecha (un pequeño recorrido por esa marcha ilustraba a cualquiera acerca de lo que se opinaba sobre Piñera, lo que la buena educación no permite reproducir)? ¿Era imaginable una marcha así contra el gobierno de Ricardo Lagos o los de Michelle Bachelet?
La división principal en la sociedad chilena tiene como trasfondo, aunque algunos no quieran reconocerlo, un conflicto de interés primordial que se llama concentración económica, alrededor del cual se estructuran posiciones sociales y políticas más o menos estables, las que van teniendo distintos balances de poder en cada etapa histórica. Y convengamos, algo que algunos encuentran indiscreto plantear, que en materia política lo que importa son los balances de poder entre clases y categorías sociales y sus representaciones institucionales y sociales. Los individuos importan, pero siempre tienen grupos de pertenencia, aunque algunos lo nieguen, más allá del estatuto de ciudadanía. Ese balance de poder es lo que define lo que hace o no el Estado, este órgano que gasta un 25% del PIB, mantiene el monopolio del uso legítimo de la coerción (diría Max Weber) y regula múltiples actividades privadas. La idea según la cual existe una élite que reúne a todos los sectores, ideologías y representación de intereses que se pone de acuerdo para beneficiarse de los ciudadanos es simplemente una excusa para esconder lo principal: hay un 1% de la sociedad que concentra el poder económico y que no tiene nada que ver con la élite cultural (la múltiple expresión del mundo del conocimiento y de las artes) y social (la múltiple expresión de las organizaciones sociales y cívicas de toda índole y de sus liderazgos) del país, e incluso con la mayor parte de la élite política. Este poder le otorga una ventaja ilegítima para manipular los medios de comunicación y, cuando éste deja que así ocurra, lo que no siempre es el caso, al propio sistema político. Sabemos que en Chile una parte de los representantes políticos ha recibido por mucho tiempo subsidios electorales ilegales de la gran empresa, además de los legales desde 2003, incluso después que se estableciera el financiamiento público. El poder económico influye en votaciones parlamentarias de leyes tributarias, laborales y sectoriales en su favor, más allá del apoyo esperable por parte de la derecha que la representa directamente. Pero no todo el mundo político le está sometido. El poder económico no lo ejerce una élite indistinta, de la que formarían parte tanto los dueños de este poder como personas influyentes de distinto signo, y también los contrapoderes con valores, ideas e intereses diferentes si no contrapuestos a los del poder económico. Una parte de los que defienden ideas transformadoras y los intereses de la mayoría social, y que por ello no se someten al poder económico, siguen siendo parte del esquema de representación o de otras esferas de influencia calificables como parte de la élite del país. Y el domingo 25 de octubre no perdieron, ganaron, junto a todos los ciudadanos de a pie que quieren dejar atrás una constitución espúria que protege a la oligarquía económica.
En Chile se cultiva hoy un resentimiento contra "la élite", entendida algo así como todos los que ocupan posiciones sociales de relevancia de cualquier tipo o algún cargo de representación o, en el extremo, tienen ingresos superiores a la media. La oligarquía realmente existente y los que no están dispuestos por temor o interés a llamar a la dominación de clase que ésta ejerce -con una mayor o menor resistencia del resto de la sociedad- por su nombre, se parapetan en la idea de que el conflicto social y político se produce entre la "élite" (que encarna todos los males) versus los "ciudadanos" (que encarnan todas las bondades). Se esconde con esta representación de la dinámica social la influencia de la oligarquía propietaria, la que ha estado sobredimensionada en el sistema político. Y también que la ha ido perdiendo, especialmente desde octubre de 2019, gracias a una rebelión de los jóvenes, en primer lugar, pero también de la mayoría de la sociedad y de la mayor parte de sus élites intelectuales, culturales, sociales y hasta deportivas. En cambio, una parte de las élites mediáticas ha estado más bien al debe.
Lo principal, y que no tiene sentido escabullir, es que hay en Chile una estructura social dominada por el grupo oligárquico del 0,1% que posee una parte inusitadamente alta de los ingresos y los patrimonios y que domina las posiciones más relevantes en la economía, las finanzas y la administración. Un análisis para 2019 con indicadores de ingreso, educación y empleo distingue 7 grupos socioeconómicos, con uno que representa al 2% de los hogares y cuenta con un 100% de sus sostenedores que trabajan en cargos directivos en empresas y son profesionales de alto rango, con ingresos familiares promedio de más de 7 millones de pesos al mes y educación superior completa. Además, existen otras 4 categorías que reúnen al 48% de las familias, en que se agrupan aquellas de ingresos y educación medios. Se trata de asalariados y no asalariados con ingresos familiares promedio que van de 1 a 3 millones, lo que incluye a la "clase media tradicional", con mayor educación y mejores posiciones profesionales, y también a una "clase media inestable", que sobrevive con rotación laboral frecuente y con un alto endeudamiento, que ha salido recientemente de la precariedad o está en riesgo de volver a caer en ella.
Al final de la escala de estratificación social se sitúan otros dos grupos, uno que reúne al 36% y otro al 14% de los hogares, los que tienen en promedio menos ingresos (641 y 342 mil pesos respectivamente) y educación media incompleta, que suman nada menos que la mitad del país. Se concentra aquí la mitad de las familias y personas en un mundo que podemos denominar (a instancias de Guy Standing) el "precariado". El grupo que constituye el 36% sobrevive en medio de una fuerte inseguridad económica, en una condición asalariada inestable o de trabajo por cuenta propia en microempresas, y se encuentra con un pie dentro y otro fuera de la "normalidad económica". Por su parte, el grupo que sobrevive en condiciones de marginalidad y muy bajos ingresos representa el 14% de la población. Su condición básica es la de ser una "variable de ajuste" del sistema económico, con una contratación que suele ser intermitente e informal, con menor participación femenina y en medio de la terciarización generalizada de actividades en las empresas de mayor tamaño. Un buen ejemplo del precariado moderno es el personal de los servicios de reparto a domicilio o de transporte del llamado capitalismo de plataformas, con fuerte presencia de migrantes, que viven en la ficción legal del trabajo por cuenta propia cuando ejercen una función asalariada subordinada, lo que la jurisprudencia de los tribunales del trabajo empieza a modificar. El precariado suele ser objeto, según los casos y situaciones históricas, de represión y/o de manipulación clientelística desde el sistema político.
En esta configuración polarizada y fragmentada de la sociedad, es insuficiente la distinción simplificada entre la burguesía (dueña de los medios de producción) y la clase obrera (dueña de su fuerza de trabajo) para describir la estructura social vigente. En particular, no da cuenta de que la economía informal incluye un estrato de micro y pequeños propietarios (aunque poco capitalizados y precarios) y que la clase obrera minera y manufacturera tradicional es todavía más minoritaria que antes (nunca fue mayoritaria en el siglo XX, dicho sea de paso).
Los llamados sectores medios (categoría heterogénea que se suele confundir con la condición de asalariado de servicios), tienen en la estructura social chilena la particularidad de que se fortalecen y debilitan en el ciclo económico, aunque se han hecho más numerosos en las últimas tres décadas. Los empleos en servicios sumaron nada menos que el 70,3% del total en 2019, según el INE, mientras los empleos en la producción de bienes (incluyendo la minería, la agricultura, la pesca, la manufactura, la construcción) representó el 29,7% restante. Esta evolución es la que lleva a algunos a sostener que la clase obrera habría desaparecido, y por tanto las bases de existencia de la izquierda, tomando sus deseos por realidades pues esta corriente política siempre ha tenido en Chile una base social policlasista. La chilena es hoy una economía predominantemente de servicios, pero siempre con una fuerte mayoría de asalariados y sin olvidar que las divisas (indispensables para sostener la inversión y el consumo) provienen de la producción de bienes exportables basados en recursos mineros y silvoagropecuarios, y muy poco de los servicios. Una parte de los empleos en servicios atienden a las empresas y suelen ser mejor pagados cuando incorporan conocimiento y tecnología. Otra parte, la mayoritaria, está constituida por empleos de servicios a las personas (educación, salud, trabajo doméstico asalariado), a veces bien pagados y las más de las veces con remuneraciones bajas. A su vez, la concentración económica ha llevado a que cerca del 50% del empleo asalariado sea provisto por la gran empresa en 2019 (que concentra el 87% de las ventas) y no ya por la pequeña y mediana, y que el 70% de las ocupaciones sean formales.
Lo pertinente parece ser, entonces, identificar como protagonista principal del conflicto de interés socio-económico en la sociedad chilena a la oligarquía económica propietaria de los activos económicos más productivos, la que se apropia de una alta proporción del ingreso nacional, y al 2% de familias de mayores ingresos, en contraste con un 48% de ingresos medios y un 50% de familias que sobreviven en condiciones precarias. La concentración económica incluye la apropiación privada del uso de recursos naturales que pertenecen a todo el país y el dominio de grandes conglomerados que operan en los sectores productivos, financieros y de servicios a las personas y las empresas (con SQM, las pesqueras y algunos bancos como emblemas de la intervención en el sistema político a partir del control de recursos colectivos). Al frente se sitúa una mayoría social heterogénea, que provee el trabajo calificado estable o bien el trabajo no calificado precario y/o intermitente que hace posible la continuidad del funcionamiento económico y que recibe bajas remuneraciones, aseguradas por una legislación laboral desfavorable e impuestos y transferencias de poco alcance.
Según los datos del INE publicados después del plebiscito, la media y la mediana de los ingresos de los ocupados cayó en 2019. La primera alcanzó a 621 mil pesos y la segunda 401 mil pesos: la mitad de los ocupados gana menos de esa cifra. Esto es lo que la oligarquía económica no quiere asumir ni menos contribuir a corregir. Antes bien, se atrincheró este año en la defensa de la actual constitución. Y fue derrotada electoralmente. Ahora debe ser derrotada política e institucionalmente en los eventos que vienen.
Es a la acción política a la que le cabe encauzar esa tareas, hoy más constituida (salvo la derecha, que ha limitado su fragmentación a cuatro partidos, tres de gobierno y uno de extrema derecha) por coaliciones de organizaciones políticas cada vez más fragmentadas y de movimientos sociales diversos en tamaño e importancia, antes que por los tradicionales grandes partidos de centro e izquierda. El cambio político e institucional no ocurrirá por generación espontánea ni solo desde el mundo social, aunque su concurso será decisivo. Y deberá superar la descalificación persistente de la "clase política" o de "la élite", pues sin aquella política compleja y diversa que permite realizar políticas transformadoras desde el Estado, la sociedad y la cultura, y sin izquierdas y movimientos sociales que las impulsen con cohesión y consistencia, no habrá subordinación democrática del capital al interés general. Lo que persistirá será una sociedad oligárquica y desigual.
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