sábado, 25 de marzo de 2017

Bajo crecimiento: ¿Causas internas o externas?

En 2016 se consolidó la tendencia a un bajo crecimiento, con un 1,6% de aumento del PIB, muy por debajo del promedio mundial (3,1%) y de los países emergentes y en desarrollo (4,1%). El aumento del PIB en Chile pasó desde un 5,3% anual en 2010-13 a un 1,9% en 2014- 2016.

¿A qué se debe esta desaceleración? Hay quienes -los ultraliberales de siempre, que nunca hacen mucho caso de los hechos sino que mantienen su juicio ideológico contra toda intervención del Estado llueve o truene- la atribuyen a las reformas del actual gobierno, que habrían desincentivado la inversión.

El deterioro desde fines de 2011 de los términos del intercambio ha sido un factor desfavorable determinante para la economía chilena, y en especial para la inversión. De acuerdo a las cuentas nacionales, la caída de la inversión empezó en 2013 (en el tercer y cuarto trimestres), es decir antes del inicio del nuevo gobierno. El entonces ministro de Hacienda, Felipe Larraín, lo atribuyó a las expectativas de victoria de la actual presidenta, procurando desligarse de los resultados de su propia gestión frente al cambio externo.

En nuestra interpretación, la desaceleración tuvo un origen en el fin del ciclo expansivo del cobre iniciado en 2004, empujado por China. Pero su prolongación se explica por decisiones equivocadas de política monetaria y fiscal.

El precio del cobre, la principal exportación del país, completó nada menos que cinco años consecutivos de caída y promedió en 2016 unos 2,2 dólares la libra, valor 44,7% menor que el de 4,0 dólares de 2011. Las exportaciones mineras pasaron de 49.083 millones dólares en 2011 a 30.343 en 2016. ¿Puede alguien pensar seriamente que esto no constituye un impacto de proporciones?

La inversión minera se desplomó a partir de 2014, cuando cayó en -14,4%, arrastrando a la baja la inversión agregada, que ya venía lenta. En efecto, la formación bruta de capital fijo se expandió en 12,7% anual en 2010-12, empujada por la minería, y solo en 2,2% en 2013.
Cayó en 4,2% en 2014, ahora arrastrada en sentido inverso por el desplome minero, y todavía en 1,5% y 0,8% en los dos años siguientes.¿Qué tiene esto que ver con las reformas? Bastante poco. Y hubiera afectado a cualquier gobierno, cualquiera fuese su signo y su política tributaria y laboral.

Frente al impacto externo, una política económica contracíclica a la altura del desafío era la respuesta correcta, en condiciones en que el país había acumulado sustanciales reservas fiscales. El desplome de la inversión minera debió abordarse con un aumento persistente de la inversión pública y en I+D. Pero el actual ministro de Hacienda se ha encargado de disminuirla en 4,8% en 2016 y programó una nueva caída en 2017. El Banco Central debió haber programado bajas en la tasa de interés para estimular la inversión privada. Recién en 2017 ha realizado dos tímidos recortes al borde de la recesión. Entienda el que pueda.

El consumo, que empezó a crecer poco desde 2014 por una más lenta creación de empleo y un menor crecimiento de las remuneraciones reales, impactadas por la devaluación de 39,9% entre 2011 y 2016 y la consiguiente mayor inflación de corto plazo, debió reactivarse con reajustes reales importantes en el sector público como señal para el sector privado. A esto el ministro de Hacienda se negó con arrogancia, basado en la convicción más que opinable de que el gobierno tendrá menos ingresos tributarios permanentes, ocupado además en mostrar menores índices de déficit fiscal ante la banca internacional, que en realidad empeoran con el bajo crecimiento. 

Resultado: una languidez productiva prolongada que podría haberse evitado.

miércoles, 1 de marzo de 2017

Nuevos escenarios de la primera y segunda vuelta presidencial

Columna en Voces La Tercera
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Las elecciones presidenciales de este año se realizarán con dos novedades procedimentales importantes: las primarias simultáneas del 2 de julio y el sistema proporcional de elección de parlamentarios. Este segundo tema incide en el primero en tanto la mayor diversidad potencial de listas parlamentarias, especialmente en la actual Nueva Mayoría, alimentará, paradojalmente, la tendencia a que se use menos el sistema de primarias (ciertamente en el tema parlamentario) y más la primera vuelta presidencial. Este será el caso si prevalece la opción de que diversas fuerzas políticas decidan fortalecer su identidad particular y concurran en noviembre con un candidato/a presidencial de sus filas, con el efecto adicional de potenciar a su lista parlamentaria.

Es probable que la derecha, en tanto tiene muchas animadversiones personales y grupales en su seno pero poca diversidad política de fondo -defiende pocas ideas, la mayoría poco creíbles, y muchos intereses de las minorías privilegiadas- haga competir a todos sus candidatos presidenciales en las primarias de julio y se presente con un solo candidato en la primera vuelta. Salvo que Sebastián Piñera profundice sus diversos flancos judiciales al punto de inviabilizar su candidatura, lo que podría terminar abriendo la competencia en primera vuelta en la derecha.

En la actual coalición de gobierno, la nueva mecánica electoral estimulará, como se ha venido observando, que las corrientes democratacristianas más conservadoras o más proclives a la diferenciación con el progresismo y la izquierda gubernamental hagan una fuerte presión para que su partido se presente en el escenario presidencial de primera vuelta con candidata/o y una lista parlamentaria propia. Esto tendría para la DC un cierto costo electoral, salvo que logre perfilar una opción de centro que compita con éxito por el electorado moderado de la derecha, si es que éste existe, en una lista parlamentaria con aliados ideológicamente cercanos, que tampoco sobran. El resto de la Nueva Mayoría, en ese evento, concurriría a la primaria de agosto con Guillier, Lagos y el candidato que emerja de la definición socialista, y conformaría una o más listas parlamentarias.

En ese escenario, y con mayor razón si se mantiene unida, la actual Nueva Mayoría debería, a pesar de una dispersión inicial en primera vuelta, lograr con cierta probabilidad de éxito una victoria en la segunda vuelta presidencial frente a la derecha y conformar un segundo gobierno. El tema es si quien parece tener mayores probabilidades de encabezar esa opción en segunda vuelta, Alejandro Guillier, está dispuesto a dirigir un nuevo gobierno con una nueva coalición incoherente. De la actual administración han formado y forman parte ministros claves que han boicoteado la acción presidencial y sus compromisos programáticos ante la opinión pública. Sin ir más lejos, el actual ministro de Hacienda en muchos temas ha estado a la derecha del ministro de Hacienda de Piñera.

Así, Chile se encaminaría a una regresión conservadora con la vuelta de la derecha al gobierno, o bien a un nuevo gobierno seudo-progresista incoherente y con agenda variable al son de las presiones de los diversos poderes fácticos, que en Chile, como sabemos, son muy poderosos. Y con un resultado ya de sobra conocido: no avanzar ni en crecimiento sustentable ni en equidad, con la persistencia del deterioro del sistema político y de la legitimidad de las instituciones democráticas por carecer de capacidades de representar y de hacer realidad -al menos en una razonable proporción- las aspiraciones mayoritarias. Esperemos que ese poder oligárquico disminuya en el futuro cercano en beneficio de la mayoría social y que al menos en esta elección se haga efectiva la prohibición del financiamiento empresarial, de modo que el próximo parlamento no esté capturado por el poder económico corporativo como lo está hoy.

Un escenario distinto podría crearse con un parlamento en el que esté presente una corriente de izquierda y progresista seria, articulada y autónoma, sin compromisos con la derecha, el centro conservador y el poder empresarial. Si esa corriente hace el esfuerzo de dejar su tendencia al ensimismamiento y se lanza a la acción política de verdad –aquella que busca incidir en el curso de los acontecimientos- entonces podría disputar el próximo gobierno. O al menos lograr que el próximo gobierno eventualmente encabezado por Sebastián Piñera tenga una oposición consistente con anclas en la sociedad. O que un eventual gobierno de Alejandro Guillier tenga un interlocutor necesario y exigente en el parlamento. Incluso, por qué no,  para conformar mayorías parlamentarias que empujen los cambios institucionales (asamblea constituyente y descentralización), económicos (control público y tributación efectiva de las rentas de los recursos naturales, acción antimonopólica, política contracíclica y redistributiva, expansión de la inversión en infraestructura y compromiso con un modelo de desarrollo sustentable e innovador) y sociales (renacimiento de la educación estatal, pilar de reparto en las pensiones, ingresos básicos para los excluidos, fortalecimiento de la salud pública, transporte público y urbanismo integrador, negociación colectiva supraempresa) que la mayoría social necesita y reclama.

El desafío es simple pero exigente: que la democracia chilena sea gobernada por una mayoría parlamentaria y gubernamental representativa de la mayoría social. ¿No es precisamente aquello en lo que consiste la democracia? No faltarán quienes califiquen esta posición como “populista”, pues para ellos la democracia consiste en gobernar haciendo lo contrario de las preferencias mayoritarias de los electores, en lo que hasta aquí han tenido en Chile un resonante éxito. Al precio, claro, de un inmenso desgaste de la legitimidad de las instituciones democráticas, desgaste que abre las puertas al populismo de verdad, el que se construye con promesas fáciles e irrealistas de progreso social y halaga sentimientos antiélite, racistas y xenófobos. Todavía estamos a tiempo de evitarlo.