lunes, 19 de noviembre de 2018

Una nueva tragedia


El uso desmedido de la fuerza por Carabineros para causar terror termina otra vez en el asesinato de un mapuche, esta vez Camilo Catrillanca. El gobierno de Sebastián Piñera debe hacerse responsable de su política de armar comandos a la colombiana, que terminan, como era previsible, saliendo a matar por la espalda con balas en la cabeza a alguien que “arranca en un tractor”, y que supuestamente “ha participado antes en delitos” pero ostenta un certificado de antecedentes incólume. Sería cómico si no fuera trágico. Junto a la investigación judicial de rigor, que ojalá no demore años como suele ocurrir en estos casos y conduzca a sanciones penales proporcionales al delito cometido, no podrán esquivarse las responsabilidades políticas

Ya se habían producido asesinatos de mapuches por la fuerza pública en gobiernos previos, en un contexto que ha llegado a tomar la injustificable forma de castigos colectivos a diversas comunidades. La Inteligencia (¿?) de Carabineros llegó, al parecer, al extremo de inventar falsas pruebas contra dirigentes mapuches, validadas por las autoridades del gobierno anterior. Con el cambio de administración, y después de un disperso plan del empresarial ministro Moreno, la represión vuelve por sus fueros. Prevalece una ceguera que habla muy mal de la capacidad del sistema político chileno actual, y desde luego de quienes hoy gobiernan, de abordar problemas complejos de una manera que no sea simplemente por la fuerza. ¿O acaso no debemos considerar que existe un traumático transfondo histórico y olvidar que los mapuches fueron despojados por la República de buena parte de sus territorios, los que a la postre habían sido respetados por los españoles, incluso al margen de la propia ley chilena? A quien tenga dudas le recomiendo leer la dramática descripción de José Miguel Varela de lo ocurrido a fines del siglo XIX en el libro “Un veterano de Tres Guerras” y su experiencia como Intendente frente a la violencia de los terratenientes contra los mapuches y contra la ley.

Mucho más tarde, luego de los avatares de la reforma agraria y de su reversión violenta por la dictadura de 1973-89, la transición democrática ofreció a los pueblos originarios -a partir de previos parlamentos con presencia del propio Patricio Aylwin- un reconocimiento constitucional, que la derecha bloqueó desde 1990, y un significativo pero insuficiente Fondo de Tierras y Aguas. Con el paso de los años, la voluntad emancipatoria inicial terminó cediendo a la lógica clientelista y burocrática. Peor aún, se volvió a caer en la torpeza de la respuesta meramente represiva frente a acciones violentas de nuevas generaciones de mapuches que -aunque sea políticamente incorrecto afirmarlo- terminaron explicablemente radicalizados al constatar una y otra vez la inoperancia de las promesas del nuevo orden democrático.

Habemos quienes sostenemos la necesidad de combinar una lógica tanto de inclusión como de autonomía frente al histórico tema mapuche Este enfoque debe al menos contemplar:

a) reforzar la devolución de tierras y aguas en diversos lugares del territorio -incluso en parte de los hoy en manos de empresas forestales- pero con un nuevo pacto productivo entre las comunidades, el Estado y las empresas y con la aplicación general de la consulta indígena obligatoria del Convenio 169;

b) establecer una representación mapuche y de pueblos originarios en el parlamento y

c) crear nuevos municipios en territorios mapuches y de otros pueblos originarios que velen autónomamente por el bienestar e identidad plural de sus ciudadanos.

La democracia debe ser capaz de producir resultados que sean significativos para la mayoría social. Debe ser algo muy distinto a la distribución del poder político entre miembros perennes de una “clase política” condicionada por un poder económico cada vez más concentrado. Esto lleva inevitablemente a la percepción colectiva de que la democracia ya no termina siendo la expresión, aunque imperfecta, del ideal del autogobierno, sino un sistema que asegura con más legitimidad la perpetuación de una sociedad de clases y de privilegios. Esta percepción, como llevamos años constatándolo en Chile sin que hayamos logrado hacer nada útil al respecto, conduce a la mayoría de los ciudadanos a la abstención y a algunas minorías a la violencia política. En otros países, la mayoría ha terminado por volcarse hacia esquemas demagógicos o hacia soluciones autoritarias que, aunque inconducentes, canalizan respuestas simplistas frente a la inseguridad económica y frente a la delincuencia, fenómenos que el orden neoliberal no resuelve sino que amplifica.

Llegó el momento de tomar en serio la necesidad de constatar que la representación democrática tradicional debe evolucionar. Y que debe al menos asegurar tres nuevos objetivos: que se tomen más decisiones mediante consulta ciudadana, lograr la paridad de género (por ejemplo mediante la atribución proporcional de escaños a cada lista ya no a individuos sino a duplas hombre-mujer previamente establecidas por las respectivas listas) y también establecer la representación y autonomía de los pueblos originarios. Pero sin olvidar el punto de partida: el fundamento de la democracia es el principio de mayoría, respetando el derecho de las minorías a existir, a expresarse equitativamente y a procurar transformarse en mayoría en elecciones periódicas de las autoridades. Una parte sustancial de este principio básico sigue anulado en Chile, a pesar de los cambios sucesivos desde 1990. Existe aún un derecho a veto de la minoría sobre la mayoría, tanto por los altos quórum de aprobación de las leyes orgánicas y reformas constitucionales como por un ilegítimo Tribunal Constitucional que anula una y otra vez contenidos de leyes aprobadas por el parlamento. Este orden político de “democracia protegida de las mayorías” -que no es otra cosa que una herencia dictatorial impuesta al pueblo chileno- evidentemente produce y producirá cada vez más un alejamiento de la participación democrática y facilitará la multiplicación de violencias. La respuesta a este desafío deberá estar en cambios políticos y económico-sociales, enfrentando con más democracia los problemas de la democracia, y no en la represión indiscriminada que hemos visto en estos días.

jueves, 1 de noviembre de 2018

Más de lo mismo: AFP prósperas y pensionados quebrados

En la Tercera Digital


La reforma de 1981, que privatizó el sistema de pensiones por razones ideológicas, se justificó con el argumento de que el sistema de reparto estaría quebrado y el cambio demográfico lo haría aún más insostenible en el futuro. Hoy, en cambio, son los jubilados los que están quebrados y las AFP repletas de ganancias, superiores al 20% anual sobre el capital. Las tasas de reemplazo de 70% del sueldo previo prometidas en 1981 son en realidad, medidas por la OCDE, del orden de 40% para los hombres y de 30% para las mujeres.

Se ha persistido en la construcción del mito interesado según el cual los sistemas de reparto ya no serían viables. Decir que el reparto es insostenible, y terminar con él como se hizo en Chile -aunque parcialmente, como veremos- es lo mismo que decir que el cambio demográfico llevará a más gastos de salud y que es insostenible ocuparse de la salud de las personas de edad. El cambio demográfico implicará más gastos en pensiones y salud en las todas las sociedades en el futuro, las que deberán realizar más esfuerzos públicos y privados en estas áreas, cualquiera sea el sistema que utilicen. Punto y a parte.

Por lo demás, el reparto sigue siendo el sistema más frecuente en el mundo para asegurar pensiones a las personas de edad, incluyendo el centro del capitalismo actual, Estados Unidos. Un sistema de reparto consiste en trasladar recursos de determinadas personas (en este caso provenientes de las que trabajan bajo contrato) para asignarlo a otras (las que han llegado a una cierta edad y cumplen con determinados requisitos). Su equilibrio financiero depende del balance entre ingresos y gastos y la justicia de su funcionamiento depende de los criterios que se utilice en los cobros y beneficios, empezando por permitir o no privilegios indebidos. Así, estos sistemas pueden funcionar bien o mal, lo que no depende de su naturaleza sino de la gestión de sus parámetros. Mantener equilibradas las cuentas con cada vez más personas jubiladas supone, en particular, aumentar la base y las tasas de cobro para asegurar ingresos suficientes y/o disminuir los beneficios. Esto es exactamente lo que la mayoría de los países ha venido haciendo (los detalles pueden verse en OECD, Pensions at a Glance, 2017), los que mantienen o recuperan estos sistemas por la certeza y estabilidad que proveen.

La capitalización individual no es una panacea y estará igualmente afectada por el cambio demográfico. No es otra cosa que la extensión de la muy antigua inversión financiera, en este caso con ahorro forzoso acumulado en un fondo junto a su rendimiento que luego se utiliza en la vejez bajo un sistema de retiros parciales hasta la extinción o de renta vitalicia provista por una compañia de seguros, o una combinación de ambos. El sistema privado de pensiones tiene los mismos problemas del capitalismo: inestabilidad, incertidumbre de rendimientos, desigualdad. Con el agravante de que el cambio profundo de la sociedad salarial desde 1980, que se acelerará sustancialmente con la automatización combinada con inteligencia artificial, disminuye la estabilidad de la base de los sistemas de cotizaciones obligatorias inventados a fines del siglo XIX, ya sea que tomen la forma del reparto o de la capitalización, y restringirá su cobertura. Para proteger a los adultos mayores, salvo que se quiera abandonar ese objetivo, se requerirá pasar desde un financiamiento basado preferentemente en cotizaciones salariales a uno basado en cotizaciones e impuestos de base más amplia y consolidar, en vez de restringir, los mecanismos de acceso a pensiones independientes de la historia laboral, junto a estimular el ahorro personal voluntario.

El cambio autoritario de las pensiones en Chile se hizo por razones ideológicas de promoción de “soluciones privadas a los problemas públicos”, y de una manera muy cuestionable, que es lo que algunos hemos advertido desde 1981. La lógica liberal sostiene que cada cual debiera tomar decisiones propias sin interferencia estatal y, en el caso de las jubilaciones, considerar cuánto y dónde ahorrar para la pensión de vejez. No obstante, la lógica económica no dogmática subraya que existe una “miopía intertemporal” que lleva a muchos consumidores a no tomar decisiones en su propio interés en esta materia y otras, como la salud, lo que justifica la intervención de los Estados y el ahorro obligatorio. En Chile se mantuvo la intervención estatal, pero para establecer una maquinaria de creación artificial de ganadores (pocos) y perdedores (la mayoría). Existe un sistema híbrido que combina a) reparto para las Fuerzas Armadas y de Orden, pero nada menos que con un déficit sistemático financiado por el resto de la ciudadanía a través de sus impuestos (las cotizaciones solo financian un 6% de las pensiones militares) del orden de 1% del PIB; b) una pensión asistencial y mínima de reparto financiada por el presupuesto –devenida en 2008 en pensión básica solidaria para sacarla de la indigencia- con un costo del orden de 0,7% del PIB y c) un “capitalismo previsional forzado por el Estado”. Este consiste en un ahorro obligatorio que debe ir a un ente privado, el que lucra obteniendo no menos de un quinto de lo cotizado cada mes por el trabajador (las famosas comisiones de las AFP, las visibles y las invisibles), sin garantía de resultado (sin “beneficios definidos” en la jerga previsional) y con rendimientos de los fondos que fueron elevados en un inicio pero que han ido, como la mayoría de economistas serios predijo, decreciendo en el tiempo. El sistema incluye beneficios tributarios muy favorables a los ahorros previsionales de las personas de altos ingresos. Y no se debe olvidar el enorme gasto fiscal previsional de transición para sostener las pensiones del sistema antiguo, lo que ha implicado un gasto presupuestario anual de entre 4 y 5% del PIB durante más de tres décadas.

El resultado, después de una prolongada experimentación, ha sido que la gran mayoría de los jubilados recibe ingresos muy inferiores a los de su vida activa. En contraste, existen pensionados públicos privilegiados y las administradoras privadas gozan de altas utilidades, en condiciones de oligopolio y de altas barreras de acceso. Y hacia el futuro, la capitalización individual en condiciones de envejecimiento de la población implicará la disminución progresiva de las mensualidades de las nuevas rentas vitalicias, las que, a partir de los fondos acumulados, se construyen con tablas de esperanza de vida por sexo, las más de las veces ampliamente excedidas. Este método perjudica el monto de las pensiones y especialmente a las mujeres, que tienen una esperanza de vida mayor que los hombres (nótese que para remediar esta discriminación en la Unión Europea se prohíbe todo cálculo actuarial que no promedie los datos de esperanza de vida de ambos sexos). También el método perjudica a los más pobres, pues estos tienden a tener en la experiencia internacional una esperanza de vida menor que las personas de más altos ingresos, respecto de lo cual no existen estadísticas disponibles en Chile. Además, se produce una grave incertidumbre asociada a la modalidad de retiro programado, una verdadera bomba de tiempo para muchos jubilados.

En suma, el sistema de capitalización individual obligatorio, en las condiciones del mercado de trabajo chileno actual y futuro, simplemente no sirve para proveer pensiones razonables como proporción de los ingresos previos en la vida activa. Tampoco asegura una cobertura a los numerosos adultos mayores que están fuera de los sistemas de cotización obligatoria. Esto lo hace el Estado mediante un mecanismo que, léase bien, es de reparto, en el que los que pagan impuestos financian las pensiones básicas y los “aportes solidarios” a las pensiones muy bajas o a las mujeres que han tenido hijos. La fuerza de las cosas llevó a aumentar la importancia del reparto, especialmente desde 2008, y seguirá haciéndolo. Lo que cabe ahora es terminar de redefinirlo adecuada y racionalmente.

La reforma previsional anunciada por el presidente Sebastián Piñera no soluciona ninguno de los problemas mencionados. Apunta a aumentar las cotizaciones obligatorias para capitalización privada. O sea se trata de más AFP, solo que en el futuro acompañadas de otras entidades similares, pero solo para el 4% patronal adicional, que entrará en vigencia muy gradualmente. Uno se pregunta por qué no se extiende la entrada de nuevos actores a la administración del 14% de cotizaciones, como indica la más elemental lógica de promoción de la competencia. Una vez más estamos en presencia del contraste entre el discurso del libre mercado y de la competencia y por otro lado gobernar rudamente para sostener el poder económico constituido. Además, la promesa de 40% de aumento en régimen de las pensiones no tiene certeza jurídica o económica alguna y obedece a cálculos con parámetros inciertos. Ampliar la capitalización individual obligatoria podría subir en algo las pensiones a muy largo plazo, pero con un persistente alto costo para el cotizante, utilidades de las AFP muy elevadas y siempre pensiones bajas respecto a los ingresos previos a la jubilación.

El gobierno sostiene que las bajas pensiones se deberían a los empleos inestables que generan lagunas de cotizaciones. Entonces debiera reconocer que la capitalización individual no funciona si los empleos permanentes y estables son la realidad de solo una minoría de los trabajadores.

Soy de los que postula que una reforma, dadas las incertidumbres presentes y futuras del empleo asalariado, debe apuntar primordialmente a aumentar la provisión al margen del mercado y de las circunstancias de la vida laboral de al menos un piso de ingresos para todos los adultos mayores. La pensión básica debe transformarse en un derecho universal para las personas de más de 65 años, y no ser concebida como un acto de solidaridad sino de ciudadanía, que también incluya a los más ricos en tanto estos contribuyan tributariamente conforme al principio de progresividad. Debe alcanzar un nivel razonable (desde el punto de vista de su costo para la colectividad), decente (para permitir una vida con un mínimo de dignidad en la vejez) y no sujeta a situaciones particulares o privilegios. La pensión básica actual debería aumentarse de manera gradual pero sustancial, por ejemplo con la meta de alcanzar en plazos breves unos 250 mil pesos mensuales (lo que tendría un costo fiscal total de cerca de 2,8% del PIB) y en plazos más largos el nivel del ingreso laboral mediano, de 380 mil pesos en 2017 (con un costo total de un 5,1% del PIB). Un piso universal de este tipo existe, por ejemplo, en Nueva Zelandia, y su costo es también cercano al 5% del PIB. Los aumentos de la pensión básica podrían financiarse con un impuesto adicional al consumo (exceptuando los bienes básicos) y subiendo a 50% la tasa marginal del impuesto a la renta (que recordemos era su nivel de 1989), junto a fortalecer sustancialmente el actual Fondo de Reserva de Pensiones para sustentar este gasto en los momentos bajos del ciclo económico y para compensar el futuro cambio demográfico.

Un nuevo sistema mixto debiera incluir un segundo piso de pensiones adicional al nivel básico, que apunte a mejorar la tasa de reemplazo de los ingresos laborales, la que en todo caso estaría asegurada en el nivel del ingreso laboral mediano en la proposición aquí postulada, pero sin monopolio de las AFP y financiada con ahorro voluntario complementado con aportes de los empleadores estimulados con incentivos tributarios equitativos. Las AFP debieran poder gestionar los fondos ya acumulados, pero permitiendo retiros para contingencias justificadas en la vida activa y sin retiro programado en el momento de la jubilación, mecanismo que provoca una incertidumbre indebida en los ingresos futuros de los pensionados. Las AFP debieran dejar de recibir cotizaciones obligatorias y obtener clientes (ahorrantes) como cualquier otra actividad privada competitiva, y no tenerlos a disposición gratis mediante una obligación de cotización establecida por el Estado sin que los asalariados tengan arte ni parte. En cambio, debiera favorecerse los mecanismos de ahorro previsional negociados colectivamente entre trabajadores y empleadores.

Como se observa, estas proposiciones van en el sentido de cambiar la lógica prevaleciente desde 1981. Se trata de no perseverar en un resultado ya demasiado conocido: la garantía de altas utilidades oligopólicas para las AFP a costa de las cotizaciones obligatorias de los trabajadores y de muy bajas pensiones para la mayoría.

jueves, 25 de octubre de 2018

¿Tiene destino la agenda del gobierno?

En La Tercera digital


El gobierno de Sebastián Piñera ha procurado salvar su ausencia de mayoría parlamentaria generando hechos de opinión pública que pongan a la defensiva a la oposición y la dividan para hacer avanzar su agenda. Primero fueron las comisiones fuera del parlamento, sin mayor resultado. Ahora se ha visto el riesgoso enfoque adoptado en el tema del proyecto de ley de “aula segura”. La “mano dura”, siempre popular, fue puesta como estandarte, con una ministra que se empecina en legislar para expulsar a los alumnos violentos antes de determinar responsabilidades en plazos prudentes. Se dejó de lado expresamente -y con el solo objeto de generar una presión de los medios contra actos vandálicos reprobables- la más razonable suspención temporal hasta terminar la investigación de cada caso, pero con derecho a defensa, sin perjuicio de sostener un firme enfoque de no dejar sin consecuencias actos violentos de alumnos o de padres contra el profesorado. Y se pasó por encima de un logro de las sociedades civilizadas contra las arbitrariedades: el debido proceso. La comisión de educación del Senado reemplazó sensatamente la expulsión por la suspensión temporal, derrotando al gobierno, aunque la postura opositora no sea la más popular circunstancialmente. Pero si la más seria.

No sabemos si una secuencia similar ocurrirá con la reforma tributaria, que plantea una nueva e injustificada amnistía a los evasores (que se agrega a la equivocadamente establecida en la reforma de 2014), debilita el delito fiscal y regalará 900 millones de dólares al año al 1% más rico con la reintegración de la totalidad de lo pagado por impuesto a las utilidades en el impuesto a la renta, entre otras normas regresivas que debilitarán la situación fiscal. La debilidad fiscal lleva además a un presupuesto para 2019 que disminuye el gasto en ciencia y tecnología y en cultura y debilita programas en salud, educación y regiones.

Tampoco sabemos que ocurrirá con las venideras reformas al sistema de pensiones o a las normas laborales. Mientras, los anuncios en materia de pobreza para “no dejar a nadie atrás”, y que se han propuesto involucrar a los grandes empresarios amigos del gobierno en áreas de acción pública, pero sin agenda ni mayores recursos, forman parte del mismo enfoque. Lo que no se asume es que el gran problema que aleja a Chile de un bienestar compartido es el exceso flagrante de poder empresarial y de privatización de la esfera pública, que produce discriminaciones y desigualdades múltiples y degradación de la naturaleza y de la calidad de vida, como hemos visto de manera dramática en Quintero. Es todo el “modelo de desarrollo subsidiario” el que no da para más.

El presidente Piñera incluso se lanzó recientemente al ruedo con un enfoque de tono ideológico para justificar sus proyectos proempresariales: atacar a la izquierda porque “quiere que el Estado lo haga todo”. El problema es que la izquierda (desde luego la de tradición libertaria y la socialdemócrata) nunca ha dicho que el Estado deba hacerlo todo, sino que debe limitar el poder privado -incluyendo el del actual presidente, que no nos olvidemos fue acusado en el pasado tanto de no respetar la legislación bancaria como multado severamente por uso de infomación privilegiada en transacciones bursátiles- junto a defender el interés general, producir más igualdad efectiva de oportunidades y de derechos en la sociedad y prestar servicios públicos universales de calidad en empleo, salud, educación, cultura, seguridad, urbanismo y medioambiente. Con los impuestos que pagan hoy en Chile los más ricos y las grandes empresas nada de esto es posible. Agreguemos que lo que discute hoy la izquierda en el mundo en sus diversas versiones no es la estatización de la economía sino avanzar a un postcapitalismo de economía mixta con un sector público orientador y estratégico, un sector privado regulado social y ecológicamente y un amplio sector social y solidario y de economía del cuidado como alternativa al neoliberalismo y al mercado omnipresente.

Ha agregado el presidente Piñera que en los gobiernos de la izquierda la pobreza se habría estancado y la desigualdad aumentado. Y que en su gobierno habría ocurrido lo contrario. En realidad, la pobreza monetaria bajó bastante y la desigualdad algo en los gobiernos de Lagos y Bachelet, y también en el suyo. La excepción ocurrió entre 2015 y 2017, cuando la desigualdad subió levemente y se constató un escaso progreso en la caída de la pobreza multidimensional, justamente en el período en el que la presidenta Bachelet les entregó la conducción económica a los neoliberales de su gobierno. Lo que se necesita no es más sino menos neoliberalismo para bajar la pobreza multidimensional y la desigualdad. O sea, más izquierda y equipos distintos a los de Andrés Velasco (que se opuso a toda reforma tributaria y laboral) o Rodrigo Valdés y Nicolás Eyzaguirre (que bajaron la inversión pública, estancaron la economía y no han dado explicación alguna por el aumento de la desigualdad durante su gestión).

La incapacidad del enfoque neoliberal de enfrentar los problemas de Chile es especialmente notorio en otro tema relevado en estos días por el presidente Piñera: “la libre competencia da justificación económica y moral a la economía social de mercado” por lo que en su anterior gobierrno le habría puesto “dientes a la FNE”. En realidad, se trató solo de cambios marginales frente al masivo hecho que el Chile que emergió de la dictadura y de los sectores neoliberales de los gobiernos posteriores es uno de los capitalismos más concentrados del mundo. Y que, además, como en ninguna otra parte del planeta, domina la mayor parte de la seguridad social y de la educación, incluso la subsidiada. Frente a este tema, el actual gobierno no tiene agenda.

Desprivatizar la seguridad social, sacando a las AFP e Isapres del sistema de cotizaciones obligatorias, será la primera tarea de un futuro gobierno que no sea de continuidad, junto a la vasta tarea de desconcentrar la economía. Esta deberá incluir, respecto de lo cual se escuchan pocas propuestas de la actual oposición, rediseñar las regulaciones y las tarifas para impedir las enormes rentas empresariales indebidas en los recursos naturales, los servicios básicos y los servicios financieros. Y potenciar las empresas públicas, como Codelco y las del área de transportes, junto a crear una nueva Empresa Nacional de Energía para acelerar la transición a energías no contaminantes, además de afianzar el aporte al tejido productivo y al empleo de las pequeñas y medianas empresas innovadoras y de la economía social y solidaria. Habrá, además, que retomar el objetivo de redurcir directamente las enormes brechas distributivas mediante una negociación colectiva salarial efectiva y un sistema tributario más progresivo que financie ingresos mínimos universales decentes, empezando por la pensión básica.

Nada de esto va a ocurrir en el actual gobierno. Su agenda en lo medular está pensada para favorecer los intereses empresariales, lo que no tiene nada de extraño dada la composición y la orientación de una administración que los chilenos eligieron hasta 2022. Pero los chilenos también eligieron un parlamento que no es favorable a esa agenda. Para superar esta situación, la pirotecnia discursiva no alcanzará. El presidente Piñera deberá pactar con aquella parte de la oposición que pudiera compartir visiones neoliberales en economía o conservadoras en temas culturales, e incluso integrarla al gobierno para darle estabilidad. O bien aceptar que sus legislaciones no podrán favorecer solo los intereses y enfoques que representa, por la sencilla razón que no obtuvo las mayorías parlamentarias suficientes.

sábado, 6 de octubre de 2018

Presentación sobre el NO en la Escuela de Ingeniería

Mi breve presentación ayer en el seminario sobre el recuento paralelo del NO realizado en la Escuela de Ingeniería de la Universidad de Chile

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Desde las 13.40 horas del 5 de octubre un sistema de estimación a boca de urna realizado con la empresa SOFRES nos había dado una estimación de 60-40% a favor del NO. Todas las encuestas previas realizadas por el grupo CIS (CED-ILET-Sur) nos daban ganadores por un amplio margen.

El primer boletín de escrutinios fue cerrado a las 21 horas del 5 de octubre con 188 mil votos, luego de la decisión de adelantar la primera información parcial, que debía producirse con 500 mil votos (más del 5%), dada la no entrega de datos por el gobierno desde las 19.10 horas. El segundo informe de la dictadura fue con 187 mil votos a las 21.50 horas y en él seguía apareciendo como ganador el SI . 

El nerviosismo por el manifiesto retraso y tergiversación en la información oficial se incrementó pues hasta las 20 horas teníamos muy pocos votos escrutados dado el arbitraje entre seguridad y velocidad y los pasos que debía seguir la información desde la minuta de la mesa, la planilla del recinto, el centro de acopio comunal, el centro de acopio provincial (en persona o por teléfono), el envío de la planilla a uno de los cuatro centros de recepción en Santiago vía fax, el traslado físico al centro de procesamiento en calle Lastarria –retrasado por el bloqueo militar del centro de Santiago- y su posterior digitación mesa a mesa. Existía además a esa hora un sesgo en favor de las mesas de hombres respecto a las de mujeres y las urbanas respecto a las rurales que nos obligaban a esperar más resultados, aunque el equipo de estimaciones que corregía los sesgos nos garantizaba el triunfo.

El segundo boletín se emitió cerca de las 22 horas con 531 mil votos. De ahí por delante el procesamiento creció de manera exponencial.

En la madrugada (2.00 am) del 6 de octubre el recuento paralelo del Comando por el NO había procesado 6.044.432 votos, un 83,4% del total. El Sistema de Control del Comando por el NO logró procesar finalmente el 97,7% de los votos, un hecho sin precedentes históricos para una organización paralela al Estado. Esto solo se explica por una gigantesca energía popular y una gran capacidad de organización colectiva que reemergía desde las tradiciones democráticas de la sociedad chilena.

Estábamos en condiciones de probar mesa a mesa el resultado que emitíamos públicamente desde el centro de prensa ubicado al frente del edificio Diego Portales. Esto fue comunicado por el Comando del NO directamente a Jarpa e indirectamente a dos ramas de las FF. AA.


El intento de autogolpe de Pinochet –que aparentemente no creyó que perdería el plebiscito y lo constató definitivamente según Cardemil a las 23 horas del 5 de octubre- se tradujo en la voluntad fallida de declarar el Estado de Sitio y sacar tanques a la calle. La división en la Junta Militar está documentada por Matthei en sus memorias y por interlocutores periodísticos y políticos del entonces Comandante en Jefe de la Fuerza Aérea. Fue el día que vivimos en peligro.


lunes, 1 de octubre de 2018

La gesta del NO

En Voces La Tercera

El 5 de octubre fue obra de millones, de cada uno de los que fueron a votar que NO, tal vez con miedo o con escepticismo por la incertidumbre frente a un eventual fraude y el recrudecimiento del escenario de confrontación en que vivía el país, pero con el entusiasmo de los que creen que las gestas colectivas son posibles. De las decenas de miles de apoderados o simples testigos que vigilaron tenazmente que los votos fueran contados correctamente. De los miles que anotaron el resultado de cada mesa en las boletas distribuidas de Arica a Punta Arenas por el Comando del NO, en un gigantesco esfuerzo militante en base a voluntad y tesón. De los que transcribían los resultados a las planillas de alguno de los mil recintos de votación. De los que las trasladaban físicamente, los “chasquis”, a los 36 centros de acopio instalados en toda nuestra loca geografía. De los que las transmitían por fax, no sin dificultades técnicas variadas, a los cuatro centros ocultos montados en Santiago. De los que recibían y de los que trasladaban las copias físicamente a la sede central de la Alameda. De los que las digitaban en los computadores y de los que sumaban las copias a mano en el procedimiento de respaldo. De los que informaban, hacia Chile y hacia afuera. De los que apoyaban desde el exterior. De los que organizaban todo esto, en diversidad y trabajo conjunto. De los que dirigían y actuaban para que el triunfo fuera reconocido, para lo cual se había organizado durante casi un año el recuento voto a voto, mesa a mesa. Fue una gesta colectiva (si, esas cosas existen). No es apropiable por nadie en particular. Y ciertamente no por cofradías, como en el caso de la película NO, que recogiendo imágenes reales emocionantes, circunscribe equívocamente el proceso del 5 de octubre de 1988 a una suerte de lucha entre publicistas. 

El proceso del NO fue auténticamente la gesta épica y colectiva de todos los que participaron en derrotar políticamente a una dictadura, que por definición fueron multitudes, en parte organizadas y en todo caso motivadas de larga data. Y con militantes y dirigentes políticos democráticos en el corazón del proceso, tan denostados entonces, y también en la película NO, en que aparecen falsamente estereotipados en calidad de tontorrones, pero que en realidad pusieron toda su inteligencia, firmeza, flexibilidad y capacidad de dirección y pusieron el alma en el esfuerzo.

5 de octubre de 1988. Nueve de la mañana. A cada cual le toca lo que le toca: en mi caso, votar por primera vez… en una situación de dictadura. Paradojas de la vida. En marzo de 1973, para la última elección en la democracia previa al golpe de 1973, tenía quince años. Pinochet no solo instauró un régimen de terror, sino uno que se propuso rediseñar el país, siguiendo el ejemplo de Franco en España. Pero la tradición legalista chilena, junto a la voluntad dictatorial de consagrar cambios irreversibles en la limitación tanto del pluralismo político como de la expresión de la soberanía popular, llevó al pinochetismo a escribir primero unas “Actas Constitucionales” y más tarde una nueva constitución autoritaria, que entendía debía someter a plebiscito para otorgarle alguna legitimidad. Aunque sin los quemados registros electorales ni condiciones de debate contradictorio efectivo, lo que hizo en marzo de 1980, obteniendo una ilegítima aprobación. En los artículos transitorios se establecía originalmente que el presidente en ejercicio, Pinochet, seguiría ocupando el cargo por 16 años más, aunque limitado al cabo de 8 años por un parlamento parcialmente electo, con exclusiones ideológicas y con sede fuera de la capital. Parece ser que al interior del régimen se observó que para que la prolongación de la dictadura no fuese tan burda, parecía necesario un nuevo plebiscito ratificatorio a mitad de camino.

Así, el 5 de octubre de 1988 debo evitar ser retenido como vocal de mesa, como contempla tradicionalmente la ley chilena. Debo evitarlo, porque estoy a cargo del sistema de recuento de votos de la oposición democrática. He trabajado con dedicación por años, en el exilio y desde mi vuelta a Chile a fines de 1980, primero en la renovación de la izquierda, en la conquista progresiva de espacios públicos semilegales o legales y en las protestas populares y luego intensamente para llegar a este momento. No sé que va ocurrir. Le doy un beso inquieto a mi mujer y a mi hijo de dos años. Pienso: se trata de permitirle a él un futuro distinto, pasara lo que tuviera que pasar. Corazón apretado, mañana asoleada. Camino desde mi casa en Nuñoa hasta un Liceo donde me tocaba votar, con mi tarjeta de inscripción en el bolsillo. Hago la cola y observo que hay gente más bien de cierta edad, perfil propio de la comuna, todos con aspecto reconcentrado, nadie comentaba nada, y las cosas ocurrían de manera ordenada: se expresaba ahí la memoria histórica de tantos eventos electorales, en este caso del típico chileno medio, y la tensión de un momento histórico en que se jugaba el futuro del país. Voté, no sin emoción, en la cámara secreta, y deposité mi voto en la urna. Salí con el dedo entintado.

El asunto del recuento paralelo de los votos nació de la idea que, dado el desgaste de la estrategia de desobediencia civil iniciada en 1983 mediante las protestas, valía la pena intentar ganarle el plebiscito de 1988 a Pinochet. El escenario no era el mejor (posibilidad de fraude, ausencia de garantías) pero muchos pensamos en ese momento que podíamos controlar o por lo menos dificultar fuertemente esa posibilidad de fraude. Después de todo, los filipinos y los uruguayos habían logrado algo parecido. El cuadro político estaba confuso, los socialistas “renovados” nos habíamos salido de la Alianza Democrática para buscar una alianza más amplia, y a nuestra izquierda parte del PS, el PC y el FPMR-A intentaban una estrategia insurreccional, que considerábamos tal vez legítima pero inconducente.

Se armaron hacia 1987 el Comité Operativo de Partidos por las Elecciones Libres y el Comité de Izquierda por Elecciones Libres, con gente de la DC y de la izquierda no comunista, y en ese contexto un “Comité Técnico” unitario, con Genaro Arriagada a la cabeza, que después fue formalizado con apoyo institucional al crearse la Concertación el 2 de febrero de 1988. Nos pusimos a trabajar un grupo más bien reducido sobre los aspectos prácticos del plebiscito y Genaro supo animar un ambiente creativo, unitario pero con representatividad partidaria (yo mismo era de la dirección del PS que dirigía Ricardo Núñez) para preparar una estrategia coherente de enfrentamiento de la dictadura en las urnas. Esto sonaba bastante audaz en el contexto de la época y (casi) todos nos miraban con completo escepticismo y algo, en ocasiones, de sorna por lo “iluso” del intento.

Un día de fines de 1987, en la Editorial Aconcagua donde Genaro Arriagada tenía sus oficinas, me dice al salir de una sala de reuniones y pasando yo por el pasilllo: “tienes que hacerte cargo del control de la votación”. Yo lo miré con cara de sorpresa y le respondí algo así como que no tenía ni la menor idea de cómo se podía hacer eso, pues yo no había siquiera votado nunca. Me insistió y le dije “bueno, será”, un tanto desconcertado e….inquieto. Con mis 30 años y después de los variados y en ocasiones bastante azarosos avatares vividos desde el año 1972 en que me involucré en política (luchas estudiantiles secundarias, golpe, exilio, retorno, protestas en la calle, críticas políticas y económicas a la dictadura en los espacios que se iban conquistando, elaboración de ideas en el contexto de la articulación de alianzas en la izquierda y con la DC desde 1983) no me pareció que pudiera negarme. Es cierto que tampoco éramos muchos en la izquierda los que estábamos en la estrategia de derrotar a la dictadura en el plebiscito.

Me acerqué a los jóvenes de la FECH de entonces, encabezados por Germán Quintana, que era de la JDC, y a gente de todos los colores para armar un equipo a la altura de las circunstancias y la complejidad de la tarea. Es cierto que la DC quiso armar un trabajo propio de partido, y en el PPD Jorge Schaulsohn y otros otro tanto, pero yo mismo propuse que no nos complicáramos e inventamos aquello de la línea N y la línea O, en la idea que se complementaran. La influencia en el PPD –que contribuí a formar- me permitió mantener bajo control, no sin incidentes, incluso el 5 de octubre, los sectarismos de algunos. En nuestra línea trabajó gente de todos los partidos, con el apoyo de la propia directiva DC, lo que yo valoré porque fue una expresión de confianza unitaria. Y también lo hizo con gran disciplina y capacidad organizativa la gente del PS Almeyda y del Partido Radical.

Me puse a averiguar cómo se podía hacer esta tarea. En el diseño nos ayudó alguna gente con experiencia internacional, lo que se agradeció muchísimo. Pero básicamente los diseños los hicieron jóvenes ingenieros chilenos encabezados por Germán Quintana, Didier de Saint Pierre, Hernán Saavedra, Maurice Saintard, Esteban Fuentes, Juan Claudio Navarrro, Marcelo San Martín, Carlos Alvarez, Aldo Signorelli, Guillermo Díaz y decenas de profesionales, como Raimundo Beca, Alberto Urquiza, Enrique Dávila, Marcelo Leseigneur, con la ayuda en el análisis de datos de Jorge Navarrete, Joaquín Vial, Patricio Meller y tantos otros que hicieron un trabajo enorme en un muy breve período de tiempo para recolectar, procesar y analizar millones de votos distribuidos en 22 mil mesas, y a los que la democracia chilena debe mucho en un momento que fue crítico para reencaminar la historia del país.

Partí entonces el 5 de octubre en la mañana con el dedo entintado al Comando del NO, en Alameda esquina de la calle Lastarria, en un lugar central y visible de la ciudad, a pasos del edificio Diego Portales en el que estaba el centro de prensa instalado por la dictadura. La primera emoción fuerte fue a mediodía cuando Raimundo Beca me hizo llegar los datos de la primera evaluación del sistema de encuestas a boca de urna que una consultora francesa nos había ayudado a montar y que nos anunciaba una victoria de 60-40, y que no dimos a la publicidad por la falta de experiencia previa con el instrumento en Chile. Se lo comuniqué de inmediato a Ricardo Lagos, que tuvo una expresión de alivio. Tuve, por mi parte, la sensación de que el sistema nuestro, luego de ese primer peldaño, y con todas sus variantes y respaldos nos iba a proveer la información que necesitábamos para defender el resultado del plebiscito que nuestras encuestas nos daban por ganado.

La noche anterior al 5 de octubre, en cambio, al producirse un apagón, no nos había funcionado el sistema de respaldo de energía eléctrica que habíamos previsto para esa eventualidad. Con Germán Quintana y Hernán Saavedra, ambos ingenieros eléctricos, y el resto del equipo nos sentamos en unos sillones a oscuras, con el ánimo por los suelos. Respiramos hondo unos segundos, y de nuevo a trabajar para ver como reparar el tema. En todo caso, Alberto Urquiza había coordinado con gente del Colegio de Contadores un numeroso grupo de profesionales que, con velas y papel, además de máquinas de calcular manuales, llevarían un recuento de respaldo, que el 5 de octubre funcionó muy bien.

La segunda emoción fuerte fue cuando a la 17 horas, al encenderse el computador (programado por el equipo encabezado por Didier de Saint Pierre), se inutilizó parcialmente por una chispa provocada por la electricidad estática. Era una catástrofe. Nuestra pieza clave no podría funcionar, instalada en un sala del fondo del tercer piso de la sede central de calle Lastarrria, con la idea de que si nuestro sistema era atacado por la dictadura esto fuera inmediatamente visible, lo que era más difícli de lograr si lo instalábamos en un lugar clandestino, aunque si lo hicimos con los cuatro centros de acopio que recogían en Santiago vía fax las planillas con los datos mesa a mesa desde todo el territorio.

El sistema consistía en que los apoderados de mesa que los partidos legales PDC y PPD, y tambien PH, habían acreditado, previa formación sobre sus derechos previstos por la ley electoral –con el apoyo del Comando y de ONG’s que hicieron muy bien su tarea- debían anotar el resultado de su mesa en un formulario con copias de respaldo que habíamos distribuido en los mil recintos de votación, en un operativo logístico de gran envergadura completado en los días previos. Una de las copias debía ser entregada inmediatamente después de conocido y anotado el resultado a nuestro encargado de recinto, que inmediatamente anotaba el resultado en una planilla que registraba unas 25 mesas. Una vez completada, la planilla partía –a través de los cientos de mensajeros que se movilizaban a pie, en bicicleta, en auto o en lo que fuera- a alguno de los 36 centros de acopio de Arica a Punta Arenas cuyos equipos habíamos formado en meses de trabajo y en los que se encontraba un fax. Esta tecnología recién disponible la habíamos importado directamente desde Estados Unidos y era robusta para transmitir datos incluso con líneas telefónicas de mala calidad. Las planillas eran enviadas desde los fax en el territorios a los fax receptores que se encontraban en alguno de los cuatro centros de acopio en Santiago y de ahí en auto al tercer piso de calle Lastarria. El computador central estaba conectado a una docena de entradas en las que un grupo de expertos digitadores –que trabajaban en bancos y que habían sido reunidos para esa noche por Enrique Dávila- ingresaban los datos mesa a mesa que el software procesaba, lo que hicieron con gran profesionalismo y celeridad cuando llegó el momento.

Mientras, el computador central estaba inutilizado. Jorge Navarrete, que observó la escena del chispazo, accedió de inmediato a mi petición de dirigirse con su vehículo al proveedor con el que habíamos importado el equipo y que, milagro, tenía un segundo computador disponible. Al llegar de vuelta con el nuevo equipo, a eso de las 18 horas, las tarjetas quemadas ya habían podido ser reemplazadas por el grupo que operaba el computador averiado. ¡Uf! Ahora disponíamos de un segundo equipo de respaldo. Entre tanto, Genaro Arriagada se había acercado desde la otra ala del tercer piso en la que estaba la dirigencia política encabezada por Aylwin, Silva Cimma, Lagos, Maira y Hirsch a preguntar si todo estaba bien, y carraspeando le dije que no se preocupara…

La tercera emoción fuerte fue cuando fue subiendo la tensión y cerca de las 20 horas apenas habían llegado datos a la calle Lastarria. Germán Quintana y yo estábamos en un pequeño espacio en el que él operaba un sistema de radio con los centros de acopio, cuya ubicación y operadores yo no conocía por razones de seguridad, dado que era la cabeza visible del sistema. Germán fue constatando que la información llegaba todavía lentamente desde el territorio y que quienes debían traer los datos desde los cuatro centros de acopio no lograban pasar por el cerco policial y militar del centro de Santiago que se desplegaba a esa hora. Ya había caído la noche y la dictadura no daba más información, después de un primer boletín a las 19.10 horas del señor Cardemil que daba por ganador al Sí con 72 mesas escrutadas, y transmitía dibujos animados por TV. Todos tratábamos de no dar por hecho el desconocimiento del resultado, pues presumíamos que la historia partiría hacia otro lado, hacia una confrontación más prolongada y más sangrienta que la que ya habíamos tenido. Ahora sabemos que el desconocimiento del resultado fue objeto de debate en esas horas al interior del régimen, cuando Pinochet quiso obtener de la junta militar facultades extraordinarias para declarar el Estado de Sitio, las que finalmente no le fueron concedidas por Matthei y Merino. Me fui a hablar con Genaro Arriagada y a preguntarle si podíamos hacer algo para lograr que despejaran el área y entrara nuestra gente con los datos. Ahora fue de él el turno de decirme que había que esperar, con mucho humor, en momentos en que no tenía ninguna evidencia que no fuera el completo cierre de filas del régimen en un silencio sepulcral no muy bien aspectado. En mi desesperación escuché que estaba en la Alameda con Lastarria el Coronel Sobarzo, de Fuerzas Especiales de Carabineros. En un acto bastante absurdo, decidí bajar a la calle a hablar con él. Se produjo un intercambio ridículo de mi parte: “a nombre del Comando por el No le solicito que deje pasar a las personas que se identifiquen como nuestros mensajeros para poder completar la recolección de datos de la votación”. Me miró y me dijo: “Mire, mejor dejémos las cosas hasta ahí no más”. A buen entendedor…y me devolví mascullando mi impotencia al tercer piso de nuestra sede.

Conversamos con Germán Quintana y decidimos pedir a los nuestros que trataran de pasar como fuera con las planillas recolectadas por fax, instrucción que dio por radio. Al cabo de un rato, en una imagen difícil de olvidar, veo subir con la respiración cortada por la escalera de la sede a Guillermo Díaz, que sacó de su espalda, donde lo había escondido, el primer fajo de papel fax con los datos. Venía pálido y nos contó que no le había sido fácil pasar por las calles oscuras en medio de las patrullas…Pero la información empezó a fluir, los digitadores a ingresar raudamente la información y a obtener nuestras primeras estimaciones.

Habíamos declarado que daríamos información a partir de quinientos mil votos escrutados. Nuestros primeros resultados daban un 59-41%, más a favor nuestro que el 56-44% que fue el resultado final porque teníamos más datos urbanos y de hombres que de mujeres y rurales, donde el No ganaba con más fuerza. Después de una breve discusión con el Comité Ejecutivo encabezado por Patricio Aylwin, decidimos dar el primer cómputo nuestro –ya eran las 21 horas- con 188 mil votos, lo que hizo Genaro Arriagada, cruzando a la sede de prensa al otro lado de la Alameda. Dimos una segunda información con 531 mil votos a las 22 horas. En un momento vino a nuestra ala del tercer piso Gutemberg Martínez que acompañaría a Patricio Aylwin al Canal 13 a un debate con Jarpa. Necesitaba el último dato disponible, con un universo que a esa hora crecía sustancialmente. Le di la hoja de resumen e imprimí un pesado fajo –en esa época el papel de impresora era continuo- que se llevó bajo el brazo para mostrar que nuestro dato estaba efectivamente basado en un recuento mesa a mesa y que no era una estimación o una encuesta, lo que había sido diseñado así suponiendo una movilización de cerca de 50 mil personas para recolectar la información. Íbamos a defender el resultado en cada mesa en cada recinto en que se votó con uñas y dientes, y así les fue transmitido a Jarpa y Allamand, y además por interpósitas personas a dos de las ramas de las Fuerzas Armadas, los que además disponían de una encuesta representativa de mesas seleccionadas patrocinada por el Comité de Elecciones Libres, constituido por personalidades y con el aval de la Iglesia.

A la medianoche Jarpa reconoció la derrota del Sí en Canal 13 y más tarde Matthei, al entrar a una reunión de la junta militar a La Moneda, hizo lo propio. A las dos de la mañana, el régimen reconoció nuestra victoria.

Nos fuimos abrazando con compañeros de tantas luchas. Nuestro equipo del sistema de cómputo paralelo se sacó una foto para la historia. Me embargó una sensación de vacío. En los días previos, nuestro equipo había concurrido un rato a la gigantesca concentración de cierre de la campaña del No en la avenida Norte-Sur. Mientras caminábamos entre la multitud festiva, tuve un sentimiento de apabullante responsabilidad con la gente que nos rodeaba. No les podíamos fallar. Si nos pasaba algo por cualquier incidente antes del día 5, no era una buena cosa. Le pedí al equipo que nos devolviéramos a Lastarria a seguir afinando la infinidad de detalles que debíamos considerar. Ya concluida la jornada del 5 de octubre, habíamos contado en pocas horas el 82% de los votos (a la mañana siguiente completamos el 98%), en una experiencia única en el mundo para una organización paralela al Estado. Ya podíamos respirar.

Tuve la sensación de que la cuenta del 11 de septiembre de 1973, que para muchos irremediablemente nunca se podría reparar, para mi quedaba simbólicamente saldada. Habíamos derrotado a la dictadura en las urnas, podíamos iniciar el camino para desmontarla. Podíamos empezar a descomprimir después de años de tragedia. Y en la madrugada le di un beso a mi hijo dormido, pensando en que su destino podía ya ser mejor. Vencimos a los que nos habían masacrado y aplastado, pero con el alma limpia. Evitamos más violencia. Con la fuerza de la convicción racional y la unidad trabajosamente obtenida disciplinando egos variados, incluso en la jornada que terminaba. Nadie nos quitaría ya el orgullo de haber sido parte de la reorientación de la historia de Chile hacia la democracia. Lo que se hiciera para restablecer a la brevedad la soberanía popular y qué hacer con ella sería ya otra historia.


domingo, 23 de septiembre de 2018

Luis Valenzuela y Mauricio Jorquera en la memoria


Veo la lista de los institutanos que murieron en manos de la dictadura, a los que se rendirá un muy merecido homenaje el jueves 27. 

Reconozco dos nombres que me son cercanos, Luis Valenzuela Leiva y Mauricio Jorquera Encina. 

Luis fue candidato del MIR a la FESES en 1972 y fue jefe de la dirección de estudiantes secundarios del MIR en 1973, con 19 años. Luis (Leonidas, como le decíamos) era afable, tranquilo, muy capaz, organizado. Dirigía ese grupo -del que también formaban parte Mauricio Jorquera e Ignacio Vidaurrázaga por los liceos públicos, Ricardo Pizarro por los estudiantes vespertinos (dirigía la Federación de Estudiantes Vespertinos, Fevenoch) y yo mismo por los estudiantes particulares (dirigía un Frente de Izquierda de Estudiantes Particulares, FIEP)- de una manera cordial y dedicada. En esos meses prestábamos un apoyo crítico, en medio de una situación convulsionada, a la iniciativa de la Escuela Nacional Unificada, que habíamos discutido en profundidad junto al representante de la Comisión Nacional Estudiantil del MIR, Sergio Riffo (también desaparecido). Habíamos acordado respaldarla por los avances potenciales hacia una educación más igualitaria que entrañaba. El proyecto finalmente nunca fue presentado al Congreso y terminó retirado de su agenda por el gobierno, aunque la oposición mantuvo la presión insurreccional en liceos y colegios. 

En el grupo, Mauricio Jorquera (el chico Pedro, como le decíamos), con sus 17 años, destacaba por su inteligencia, su oratoria y vehemencia tranquila, y también por su cordialidad. 

En el tráfago de actividades y tensiones, no lográbamos coordinar mucho, salvo ser parte de todas las movilizaciones. Con frecuencia andábamos por la Alameda y los alrededores del Instituto Nacional y la Universidad de Chile y con más de algún gas lacrimógeno en el ambiente. La derecha secundaria dirigida por Allamand y la DC por Salazar y Artaza estaban en la calle periódicamente y nosotros los confrontábamos e intentábamos impedir que los liceos y colegios se sumaran al paro indefinido conducente al golpe de Estado que promovían. En agosto de 1973, en la Alameda a la altura de la Iglesia San Francisco, por la tarde-noche, avanzamos algunas decenas de militantes del FER hacia un grupo de manifestantes que ocupaba la calle a una cierta distancia. Sonaron disparos. A dos metros de donde corría hacia los manifestantes cayó baleado en el cuello Mauricio y rápidamente fue evacuado hacia la Posta Central. Se recuperó. 

Pero el 5 de agosto de 1974, cuando cumplía 19 años, Mauricio fue detenido en la calle por una delación de la "flaca Alejandra". Fue visto en Londres 38, Cuatro Álamos y José Domingo Cañas, en malas condiciones. Luego nadie que no fueran los agentes de la represión lo vio más. Fue parte de la lista de los 119 publicada en un vergonzoso montaje periodístico de la cadena mercurial el 24 de julio de 1975. 

Luis fue detenido a los 21 años el 10 de enero de 1975, luego de pasar ese día donde una tía señalando que era seguido por agentes de la represión. Nadie supo las circunstancias de su detención. Nadie lo vio más, salvo los agentes de la represión.

Tenían una vida por delante. Hubieran sido seguramente figuras destacadas en la política. Pero no supimos más de ellos. Salvo de su valentía y entrega. Y de su ejemplo imperecedero de consecuencia en la lucha larga por más justicia y más libertad. Solo cabe inclinarse ante su memoria. En mi caso con emoción.

martes, 4 de septiembre de 2018

A 45 años del golpe: el debate histórico siempre necesario

En Voces La Tercera

Pasado un tiempo desde el enojoso episodio del nombramiento y destitución de Mauricio Rojas, parece quedar una lección: en la imperfecta esfera pública del Chile de hoy cabe asumir todas las consecuencias de la verdad histórica. En primer lugar, aunque cabe lamentar toda muerte violenta ocurrida en el país por razones políticas, corresponde inclinarse con respeto frente a los que perdieron la vida o sufrieron gravemente por las acciones de los agentes del Estado en la dictadura de 1973-1989. Es lo menos que los diversos actores políticos y de opinión pueden hacer para contribuir a reparar en lo que se pueda el daño humano y social enorme provocado por la represión y violencia estatal, cuyas secuelas desgraciadamente se prolongan en el tiempo. No es el único tema a seguir procesando para afianzar mejores bases éticas para la convivencia democrática, pues también están presentes otros más actuales como la corrupción en el financiamiento empresarial de campañas, los conflictos de interés en el gobierno y abusos en diversas instituciones del Estado y la sociedad civil. Pero el golpe de 1973 y sus consecuencias, a pesar de los 45 años transcurridos, marcan inevitablemente la historia contemporánea del país.

Tiene razón Roberto Ampuero (dicho sea de paso todavía nadie se explica por qué fue nombrado ministro de Relaciones Exteriores, salvo la conjetura de marcar distancias con las izquierdas de aquí y de afuera, pero esto es demasiado pequeño para un tema demasiado serio como la política exterior) cuando afirma: "el Museo de la Memoria no explica bajo qué circunstancias estalló el horror que condenamos”. Los que, como Ampuero, reclaman que el rechazo a los horrores de la represión no debe omitir el necesario análisis histórico, tienen razón. Pero deben enfrentar al menos dos temas. 

Primero, como se ha dicho y repetido, los museos históricos no son espacios de análisis, sino que registran momentos y situaciones. En el Museo de la Memoria no se tergiversa nada, se nombra y muestra la brutal represión con, por lo demás, bastante sobriedad, y sin que nada de lo que ahí se muestra sea falso. Cuando la jefa de la UDI opina que el Museo es parcial, pero al mismo tiempo declara no conocerlo, expresa en realidad que su sector político no quiere que existan espacios de memoria que nombren y muestren los horrores inaceptables del régimen que su grupo propició y apoyó. ¿Aspira acaso a que se afiche en esos espacios: "lo que van a ver es culpa de la izquierda que polarizó al país y obligó una intervención de las fuerzas armadas, con las consecuencias colaterales que ahora van a ver?”. No nos cansaremos de afirmarlo: esta pretensión es una distorsión ética incalificable, pues pretende responsabilizar a las víctimas de los sufrimientos inmorales infligidos por sus victimarios.

Segundo, el análisis histórico en la esfera pública es por supuesto indispensable. Pero en este tema la derecha que sostiene que el golpe es culpa de la izquierda tendrá que intentar desmentir toda la amplia documentación de los hechos que culminaron con el 11 de septiembre de 1973. Empezando por el intento de secuestro que derivó en el asesinato del General René Schneider. ¿No ordenó Nixon, presidente de Estados Unidos, expresa y reiteradamente a sus servicios de inteligencia impedir que Salvador Allende asumiera el gobierno el 4 de noviembre de 1970? ¿No consiguió la CIA que actuara un grupo de extrema derecha con algunas complicidades militares (Viaux y otros), al que proveyó de armas y que terminó asesinando nada menos que al Comandante en Jefe del Ejército? ¿No existía el plan de provocar una conmoción violenta que justificara un golpe? De esa magnitud fue la decisión norteamericana y de sus cómplices internos antes de que Salvador Allende pisara siquiera La Moneda. Y de ahí por delante se produjo una seguidilla de acciones abiertas y encubiertas (Nixon: "hagan chirriar la economía") y una inteligente capacidad de la SOFOFA y otros actores de la oligarquía empresarial de entonces de articular una oposición política y social, arrastrando progresivamente al centro político y a diversos sectores medios y populares conservadores a una política de insurrección contra el gobierno (para quien dude al respecto le puede ser útil leer el testimonio de Orlando Sáenz. El gobierno de Allende respetó las normas constitucionales, las libertades civiles y políticas, el calendario electoral, y así sucesivamente. Pero se empeñó en producir un cambio social antioligárquico y de recuperación de los recursos naturales, dirigido por un socialista que no dudó en culminar la reforma agraria y nacionalizar el cobre (porque había sido la batalla de toda su vida), en este último caso con el apoyo unámime del Congreso. Y que era a la vez un demócrata que jamás se propuso ejercer el poder más allá de los seis años de su período constitucional ni llevaría a Chile a una dictadura y menos a los brazos del campo soviético (que en todo caso tampoco estaba interesado en llevar a su órbita a un país austral sin mayor interés geoestratégico). Y que intentó hasta el último día buscar una salida política al conflicto mediante un plebiscito, que primero quiso concordar y luego decidió llamar unilateralmente, y que sabía que probablemente perdería. Allende, y así lo señalan los testimonios de sus cercanos, estaba dispuesto a abandonar el poder mediante mecanismos institucionales que salvaran la democracia chilena.

El golpe no fue provocado ni realizado por la izquierda. Esta no preparó ningún golpe ni autogolpe, incluyendo la extrema izquierda. Es verdad que la coherencia política de sus dirigentes de partido frente a la gravedad del desafío no fue demasiado alta y que sus ligerezas de decisiones y de lenguaje generaron percepciones de amenaza absurdas, pero ese es otro tema sobre el que la propia izquierda ha escrito hasta la saciedad, realizando una amplia autocrítica. La izquierda no fue capaz de crear las condiciones para mantener un apoyo social suficiente respecto a lo fundamental de su proyecto, para lo cual era indispensable un acuerdo con la DC, sostener el alto mando militar constitucionalista y pactar una estabilización económica con una delimitación del sector público. En estos tres temas la derecha y el gobierno de Estados Unidos hicieron todo lo posible para que no se concretara una perspectiva de continuidad democrática, sino que apostaron desde la hora uno a una desestabilización económica que condujera al colapso político. Y también cabe una responsabilidad a Frei Montalva y su grupo, que se negó a dar su acuerdo a una salida pactada, incluyendo el rechazo a la lista de 91 empresas a ser mantenida en el sector público concordada con la directiva DC, a la petición que le realizó personalmente el general Prats de pactar una salida democrática con Allende con la mediación del Cardenal y a la propuesta de plebiscito. 

El golpe fue facilitado por el divorcio entre la izquierda y el centro político, con responsabilidades compartidas.  Pero la izquierda fue víctima, y también lo fue con el correr del tiempo la propia DC, y no causante del golpe. Lo decisivo es que el golpe fue expresamente propiciado e inducido por el gobierno de Estados Unidos -en el contexto implacable de la Guerra Fría-, por la derecha empresarial y política y por los sectores de la Democracia Cristiana conservadores y pro norteamericanos que pensaban sin fundamento que Allende y Prats preparaban “un golpe de Praga” pro-soviético. 

El golpe no era inevitable. Fue ejecutado por un oportunista sin escrúpulos que se sumó a última hora (Pinochet), apoyado en un grupo de oficiales (como Arellano, Bonilla e incluso Leigh) que quisieron diezmar a la izquierda y a los sindicatos y luego entregar el gobierno a civiles elegidos en plazos que no fueran eternos, o bien instaurar un régimen de duración franquista que "refundara" Chile con un proyecto neoliberal de desmontaje del Estado desarrollista (como Merino, al que se sumó Pinochet en tanto se le garantizara un poder prolongado). Este grupo militar, apoyado en y por la derecha política y económica, se propuso restablecer las bases del tradicional dominio oligárquico, que venía cediendo posiciones desde 1920 en adelante. El golpe de 1973 tiene por origen último la pérdida de poder que resultó intolerable para la clase dominante tradicional, para lo cual utilizó sin límites todos los resortes de poder internos y externos de los que disponía. Su respuesta fue terminar con la democracia y configurar un poder autoritario, violento y sin escrúpulos al servicio de sus intereses, más tarde institucionalizado por una constitución de “democracia protegida”… de la soberanía popular. 

Las FF.AA actuaron como ejecutores del golpe y de la represión una vez que un alto mando con convicciones dictatoriales y autoritarias logró su control jerárquico. Pero no olvidemos a los generales Schneider y Prats, al almirante Montero, al general Sepúlveda Galindo, a los generales Poblete y Bachelet, constitucionalistas y demócratas como tantos otros militares profesionales de todos los rangos que honraron históricamente a los institutos armados al oponerse a un golpe de Estado ilegítimo.

De modo que la derecha y su gobierno tienen razón. Hay que discutir sobre quienes causaron el golpe de 1973. Bienvenidos al debate.

lunes, 27 de agosto de 2018

Homenaje a José Boncompte

Hace justo 34 años José Boncompte fue asesinado 22 balazos mediante. Esto ocurrió en el marco de una operación criminal de la CNI en el sur del país, en este caso en Valdivia, donde se encontraba clandestino. En mayo de este año se ha producido la condena judicial en primera instancia a una parte de los agentes de la CNI que participaron en ese crimen a mansalva en agosto de 1984.

Compartí con Pepe exilio, militancia y sobre todo amistad en nuestros jóvenes días en París. El se había salvado luego de haber caído en Santiago en 1975 en manos de la DINA, como parte un grupo de resistencia clandestina del MIR junto a los hermanos Bonnefoy, momento en que otro compañero murió heroicamente disparando a un agente. Finalmente los tres sobrevivientes del episodio pudieron salir al exilio por tener otra nacionalidad que la chilena. Todo esto está recogido en el libro "Relato en el frente chileno" de Ilario Da (Michel Bonnefoy, en realidad).

Pepe era romántico, inteligente y buen amigo. Un día nos citó a otro amigo, Jacques Young, y a mi a un café para lo que sería su despedida, por el 78. Habíamos discutido meses y años sobre lo que, a mi parecer, era el infundado proceso de retorno clandestino que había decidido realizar la dirección del MIR. Yo era de los que pensaban que no haría avanzar las cosas, pero si tendría un nuevo alto costo humano que se agregaría a la derrota y masacre de 1973-75. Y que lo que se debía hacer era ir conquistando espacios en una lucha de desobediencia civil masiva y creciente y en una salida política antes que una lucha armada inconducente en nuestro contexto. Pero Pepe estaba decidido a seguir el otro camino. Nos dijo que a la hora de tomar su opción tenía en la memoria a su familia española que había participado en la guerra civil. Y que ese era su destino. Todavía recuerdo el abrazo de despedida que nos dimos, pues los dos sabíamos que posiblemente sería el último. Yo logré un retorno legal desde 1980, pero nuestros caminos no se volvieron a cruzar en Chile. Inmensa fue la rabia y la pena al conocer la noticia de su asesinato en Valdivia seis años después de nuestra despedida. En 1981 y en 1983 ya habían sido asesinados en Santiago los hermanos Sergio y Genaro Flores Durán, amigos también retornados clandestinamente desde París.

Pepe Boncompte había estudiado economía y administración pública en la Universidad de Chile. Un día en los años dos mil fui a hacer una clase a esa escuela y me encontré en un panel con un afiche de homenaje a Pepe y con una foto suya, lo que me impresionó y emocionó. Un grupo militante rendía homenaje a su manera a la memoria de alguien que había pasado por esas aulas en los años setenta y que había entregado su vida en la lucha contra la dictadura y por un mundo más justo. Sabían que esa no había sido cualquier decisión y que el sacrificio de Pepe merecía ser parte de la memoria colectiva.

Hoy más que nunca solo cabe el homenaje que se debe a los luchadores que dieron su vida por una causa noble y, en este caso, a mi amigo José Boncompte. Y honrar su memoria.

jueves, 23 de agosto de 2018

Sobre desigualdad e impuestos

A partir de tres mensajes breves del 23 de agosto

Justo cuando la CASEN revela un aumento de la desigualdad en 2015-17 (¿qué dicen Valdés y Eyzaguirre?), Piñera baja el impuesto a las empresas y el impuesto a la renta vía reintegración. Varios cientos de millones de dólares regalados a los más ricos. Así va Chile.

El índice de desigualdad que mejor mide el fenómeno es el 10-40 (cuantas veces representa el ingreso del 10% más rico aquel del 40% más pobre). Bajó a 2,1 veces en 2017 desde 2,4 veces en 2006 (en una década) y 2,2 veces en 2013 (durante Bachelet II). Apenas se avanza y en el último bienio se retrocedió. En la OCDE la relación 10-40 es de 1,2 veces en promedio (y de 0,9 veces en Dinamarca y Finlandia). Falta un cambio laboral y tributario estructural. No hay más.

Para bajar la desigualdad a niveles OCDE, falta una mayor participación del trabajo en el ingreso con negociación colectiva real y salario mínimo más alto, mayores impuestos sobre recursos naturales y sobre emisión de contaminantes e impuestos a la renta más progresivos, volviendo al 50% en el tramo más alto de ingresos de 1990 y separando los impuestos a las utilidades de las empresas y a los ingresos de las personas.

Agrego que la literatura reciente (ver por ejemplo Rethinking Capitalism: Economics and Policy for Sustainable and Inclusive Growth, Mariana Mazzucato y Michael Jacobs, 2016) indica que un sistema laboral y tributario que induce menos rotación laboral, más formación y educación, mejor salud, más protección ante el desempleo y la vejez, más investigación y desarrollo para la innovación y más protección del consumidor, aumenta la productividad más que los mercados ilimitados y no gobernados por los poderes públicos y la sociedad. 

La innovación debe ponerse al servicio del desafío ambiental. Este es de vida o muerte para las nuevas generaciones, lo que nos obliga a transitar con celeridad a una economía descarbonizada y circular, en la que se haga durar y se recicle lo que se produce, con un consumo reorientado a lo funcional para no derrochar recursos y evitar el sobre-endeudamiento. Es decir, avanzar hacia una economía que crea empleos y genera ingresos para el bienestar social-ecológico y no solo para la expansión ilimitada de la acumulación de capital y de los mercados, que redundan cíclicamente en aumentos del consumo, pero también sistemáticamente en una gran concentración del ingreso, la precarización del trabajo, el endeudamiento de los hogares y el deterioro insostenible de los ecosistemas. De estos últimos temas trata mi último libro, que se presenta hoy en la editorial LOM.

miércoles, 15 de agosto de 2018

Más sobre el tema de Rojas-Ampuero

Escrito el 12 de agosto en Twitter, bajo el impulso de la indignación.
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Para M. Rojas exponer en un museo los crímenes contra la democracia y contra la humanidad de la dictadura de 1973-89 es un "uso desvergonzado y mentiroso de una tragedia nacional". Del nivel del diputado UDI Urrutia. ¡Y Piñera lo nombra ministro de cultura!

El Museo de la Memoria no es "una manipulación de la historia". Presenta una historia terrible, que hay que conocer para que no se repita. M. Rojas y R. Ampuero son parte de la pretensión deleznable de culpar a las víctimas de las acciones de sus victimarios.

Lo que Piñera busca al poner a personajes menores como Ampuero y Rojas como ministros es agredir a la izquierda. Al nombrar en Salud a un cómplice del encubrimiento del asesinato de Frei, agrede su memoria y a quienes comparten sus ideas. Demasiada soberbia gratuita.

Los que hicieron trizas la democracia fueron los que prepararon, ejecutaron y/o apoyaron un golpe de Estado sanguinario, ¡no los que se opusieron a él! ¡Hasta cuando tanta distorsión histórica y moral!

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Agrego que el tema no es tanto que existan estos personajes conversos, capaces de ser más furibundos que la extrema derecha para ganar puntos entre los poderosos 
a los que decidieron servir (incluyendo escribir novelitas sobre Allende o hablar en Suecia contra la inmigración), o que existan médicos que fueron cómplices de crímenes, sino que Piñera los nombre ministros o subsecretarios. La derecha en Chile no tiene remedio en su falta de respeto a los principios republicanos más elementales.

Y si hay algo que es especialmente inaceptable es, ya que no se pueden negar los crímenes a estas alturas, sostener que el hecho que se cometieran, desde el bombardeo de La Moneda en adelante, fue responsabilidad de la izquierda. La responsabilidad de los crímenes es de los criminales, no de las víctimas de los criminales, por ineficaces que hayan sido estos últimos o equivocados que hayan estado en sus propósitos políticos. Esa es harina de otro costal. El derecho penal reconoce como asesino al asesino, jamás al que lo haya supuestamente provocado. Todo lo que se diga en otro sentido no es explicar, es pretender justificar crímenes, en este caso contra la humanidad, los más graves que se pueda imaginarMás sobre el tema de Rojas-Ampuero en frases breves escritas en Twitter


13 de agosto

@tere_marinovic: "Una pregunta simple: si alguien visita el museo de la memoria, entiende por qué razón se produjo el Golpe, o cree que fue algo así como un antojo de las FFAA?

En respuesta:

¿Usted pretende decir que no hubo un diseño de A. Edwards y buena parte de la oligarquía económica y la ultraderecha, junto a Nixon-Kissinger, para impedir que Allende asumiera el gobierno en 1970? ¿Y derrocarlo apenas pudieran? No está en el Museo, fíjese. No es su función.

Bien la salida de Rojas. Lección: en la esfera pública republicana cabe asumir todas las consecuencias de la verdad histórica e inclinarse con respeto frente a los que sufrieron. Es lo menos para reparar en lo que se pueda el daño humano y social enorme provocado por la represión


14 de agosto

Ampuero: "el Museo de la Memoria no explica bajo qué circunstancias estalló el horror que condenamos”. El golpe tiene por origen las reformas de Frei y Allende, intolerables para la oligarquía, que decidió terminar con la democracia. Y EE.UU. no toleró que Allende gobernara.

Los responsables del golpe de 1973 fueron la derecha, la DC pro norteamericana y el gobierno de Estados Unidos. La izquierda no fue capaz de crear las condiciones para mantener un acuerdo con la DC y no polarizar a los sectores medios, pero fue víctima y no causante del golpe.

Las FF.AA actuaron como ejecutores del golpe y de la represión dirigidas por un alto mando circunstancial de extrema derecha. No olvidemos a los generales Schneider y Prats, al almirante Montero, al general Sepúlveda Galindo, constitucionalistas y demócratas como muchos otros.

jueves, 9 de agosto de 2018

Encuestas a la baja: ¿economía al alza?

Voces La Tercera

La calidad de las encuestas de opinión pública en Chile deja bastante que desear. El sondeo semanal que realiza una empresa por lo menos dejó de mezclar llamadas telefónicas con salidas a la calle, pero ostenta una tasa de respuestas por celular de solo 22%. Luego pondera las respuestas obtenidas por cuotas de sectores representativos de la población, lo que es un buen procedimiento que da razonables resultados predictivos en otros países, pero esto impide calcular márgenes de error al no tratarse ya de una muestra aleatoria, lo que la empresa de marras presenta igual sin fundamento estadístico alguno. Se echa de menos una regulación, como en otros países, de la presentación de los resultados de encuestas.

No obstante, hay un hecho que se repite en el mencionado sondeo y en otros: parece registrarse una caída sustancial de las opiniones favorables sobre Sebastián Piñera y su gobierno. Diversos comentaristas mencionan, a partir de ahí, la idea de una paradoja entre una baja de la popularidad presidencial y el buen desempeño de la economía. El problema es que ese desempeño no es tan dinámico como se lo presenta.

El Imacec (índice mensual de actividad económica) de junio aumentó en 4,9% respecto al mismo mes del año pasado, una muy buena cifra. Pero para evaluar la coyuntura económica lo adecuado es tomar trimestres más que meses y despejar los valores estacionales, que son importantes en la agricultura, la construcción y otras actividades. Así, el Imacec desestacionalizado del primer trimestre de 2018 (último de Michelle Bachelet) creció respecto al trimestre anterior a un ritmo anual superior al 4%, en el contexto de la tendencia más dinámica que la economía venía presentando desde la segunda parte del año pasado, coincidiendo con mayores exportaciones. Se había iniciado entonces una tardía pero clara recuperación del bajo crecimiento que ensombreció el panorama económico desde el segundo semestre de 2013. Al terminar el gobierno de Sebastián Piñera, se inició el colapso de la inversión minera y un estancamiento de las exportaciones. Esto no fue compensado consistentemente con inversión pública ni esfuerzos de diversificación, especialmente con la equivocada política ortodoxa del ministro Valdés. Este bajó durante tres años seguidos la inversión pública y estancó el gasto en investigación y desarrollo, que son importantes palancas de estímulo del crecimiento, junto a un tipo de cambio competitivo. Ahí se sitúa la falta de política de crecimiento del gobierno anterior y no en las indispensables reformas sociales, las que en cualquier caso podrían haber sido más claras y rápidas y fueron disminuidas por la oposición interna y externa al gobierno y por el Tribunal Constitucional.

Se constató en definitiva un efecto negativo sobre los equilibrios fiscales tanto por el bajo crecimiento como por rendimientos  recaudatorios de una reforma tributaria a la postre bastante limitada, aunque de todos modos muy costosa políticamente y complicada administrativamente para las empresas. Fue favorable para las Pymes y para quienes vieron disminuida inexplicablemente de 40% a 35% la tasa de impuesto en los tramos más altos de ingresos, como si en Chile no hubiera una gigantesca desigualdad que se reproduce año a año. Pero no fue demasiado favorable para la recaudación. Finalmente se registró un  deterioro de los índices de endeudamiento sobre el PIB y una cierta merma en la calificación de riesgo por las agencias externas, aunque permanecen muy razonables.

El problema ahora es que la recuperación muestra algunos signos de fatiga. El Imacec promedio desestacionalizado del segundo trimestre creció un 0,7% respecto al anterior (a un ritmo inferior a un 3% anualizado), bastante menos que el 1,1% registrado en el primer trimestre. Estamos ante un crecimiento coyuntural a la baja. Por su parte, el empleo creció en 2,2% en el primer trimestre y en 2,1% en el segundo trimestre respecto al mismo período del año anterior, con una leve pérdida de dinamismo, y en todo caso a un ritmo inferior al crecimiento de la fuerza de trabajo. Así, la tasa de desempleo, siempre en términos desestacionalizados, subió desde un 6,8% de la fuerza de trabajo en el trimestre enero-marzo  a un 6,9% en el trimestre abril-junio.

El actual momento puede ser solo un bache. Pero por ahora se observa que la economía se está de nuevo desacelerando, y no al revés, como publicitan las autoridades. El menor dinamismo debe estar incidiendo en la caída de la popularidad del gobierno, a lo que habrá contribuido la seguidilla de errores políticos presidenciales y ministeriales de diversa magnitud, como por ejemplo el hermano embajador, los bingos para arreglar escuelas y un ministro de Economía recomendando invertir en el extranjero.

Este gobierno lleva poco tiempo y ojalá la economía se recupere, pero para eso no bastan las declaraciones exitistas. Hay que partir por reconocer que hay ciertas dificultades. Es recomendable que el Banco Central baje la tasa de interés de referencia y el gobierno aumente la inversión pública. Y que además estimule el crecimiento de las remuneraciones, que viene en una fuerte caída, y por tanto aumente más el salario mínimo que lo que se propone y mire más la demanda agregada y menos el costo salarial para un segmento de  empresas que no emplea más que una baja proporción del empleo total. Esto es necesario porque el contexto externo se ha vuelto más errático y se ha provocado una recaída del precio del cobre, aspectos de la coyuntura que, junto a los salarios reales estancados, han enfriado la economía y obligan a tomar nuevas iniciativas por el lado de la demanda.

Pero las cegueras ideológicas del gobierno y la presión empresarial lo llevan, más bien, a pensar en un “shock de oferta”, es decir en reformas liberalizadoras del mercado de trabajo y desregulaciones ambientales supuestamente para favorecer la inversión privada en algún plazo incierto. Esto es “economía vudú”, en palabras del premio Nobel Paul Krugman, que en nada reactivará la economía. La inversión privada depende hoy en Chile sobre todo de las perspectivas de los precios y demanda de los bienes de exportación y de la demanda interna de empresas y familias. Las liberalizaciones previstas harán perder aún más poder al mundo de los asalariados, que constituyen el 70% del empleo. Peor aún, concentrarán más los ingresos y el consumo y deteriorarán más el medio ambiente. ¿No son estos problemas suficientemente graves en el país como para aumentarlos por equivocados prejuicios ideológicos y la presión de intereses particulares?

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