lunes, 4 de marzo de 2019

De nuevo sobre la izquierda y Venezuela

En Voces La Tercera

Venezuela se ha tomado parte importante de la agenda política en Chile, lo que es probable se mantenga dado el intento del gobierno de utilizar en contra de la izquierda, así, en genérico, los dramas que vive su pueblo. Risible, pero así van los actuales tiempos de caricaturas.

Por nuestra parte, hemos señalado que la izquierda debe condenar toda intervención externa, y especialmente las amenazas de invasión militar norteamericana, más o menos explícitamente pedida por Guaidó. Este presidente de la Asamblea Nacional, y a ese título muy respetable,  ha articulado su accionar a partir de la ficticia y a estas alturas un poco ridícula figura de “presidente encargado”. Y lo ha hecho con los halcones norteamericanos, la ultraderecha de Colombia y Brasil, las derechas latinoamericanas y hasta cierto punto los gobiernos europeos. Su fin es usar “todas las formas lucha” para derrocar a Maduro, sin negociación alguna ni respeto al derecho. El intento hasta ahora ha fallado. De paso ha contado con el también bastante ridículo movimiento de protagonismo en terreno de Piñera, realizado al precio de dejar en el aire la necesaria política exterior chilena de no participación en el derrocamiento de gobiernos.

Pero también venimos rechazando desde hace tiempo la idea maniquea del “ellos o nosotros”. Y por tanto planteando una crítica a la deriva antidemocrática de Maduro y su gestión catastrófica de la economía. Esta postura nos ha valido palabras poco amables de quienes se rehusan por espíritu sectario a aceptar que se puede estar en contra de toda intervención militar y económica y no a favor de Maduro.

El gobierno de Maduro es democráticamente repudiable, en mi opinión, por haber reemplazado al parlamento electo a través del desconocimiento de parte del resultado que permitía a la oposición alcanzar 3/5 de los escaños, para lo cual dispuso del férreo control construido previamente de los poderes judicial y de supervisión de la legalidad. Y luego convocando (como si la constitución vigente no fuera la de Chávez) una asamblea constituyente cuya función ha sido la de terminar con la división de poderes y eliminar las garantías para la oposición bajo el mando del ex militar Diosdado Cabello. Desde luego concuerdo bien poco con la oposición de derecha, y menos con el intento de hacerse del poder mediante un golpe militar interno o, peor aún, externo, es decir norteamericano, para aplastar al actual régimen: los chilenos sabemos como opera el revanchismo oligárquico por trágica experiencia propia. Pero de ahí a hacer lo de Maduro, es decir algo así como llevarse la pelota para la casa cuando perdió la mayoría en 2015, hay un paso inaceptable. Su gobierno impidió con pretextos variados la realización de un referéndum revocatorio previsto en la constitución, que también habría permitido resolver la crisis democráticamente, y empezó a meter presos, maltratar y exiliar a cientos de opositores y a cerrar y hostigar medios de comunicación. Y aceleró la toma de control inorgánico de cada vez más empresas, desorganizando la producción y aumentado el desabastecimiento de bienes esenciales.

Maduro se hizo reelegir adelantando la elección presidencial en 2018, sin participación de la oposición mayoritaria (lo que fue un grave error de ésta, creo) porque consideró que no había garantías. La deriva antidemocrática culminó con Maduro jurando el 10 de enero para un nuevo período hasta 2025, pero ya no delante de la Asamblea Nacional, como establece la constitución, sino del Tribunal Supremo de Justicia, órgano bajo su control. Esto fue el pretexto perfecto para la declaración de ilegitimidad por el parlamento, o lo que queda de él, y la ofensiva norteamericana coordinada con Guaidó.

El gobierno de Maduro es además repudiable por profundizar un modelo basado en la apropiación clientelar de la renta del petróleo, construido durante décadas por los partidos tradicionales pero continuado en lo esencial bajo el chavismo. Incluso amplió en 2016 las zonas de extracción minera en asociación con capital extranjero -el arco minero del Orinoco en un 12% del territorio- con graves daños ecológicos y a los pueblos indígenas. La caída de largo plazo de la rentabilidad de la extracción de petróleo pesado venezolano requiere enormes inversiones que no han sido atendidas. El cuasi colapso de la producción es muy anterior a las sanciones norteamericanas, cortando la rama sobre la que estaba sentado el régimen. La producción de petróleo pasó de tres millones de barriles diarios en 2014 a algo más de un millón de barriles diarios en 2018. Vean lo que opina el encargado de PDVSA durante Chávez, Rafael Ramírez: “Tenemos una empresa petrolera de la que han salido 30.000 técnicos gerentes, hay más de 100 presos de la industria petrolera, una producción que escasamente llega al millón de barriles por día. Y la empresa está en manos de una persona (el mayor general Manuel Quevedo) que no tiene idea de cómo conducir el negocio petrolero”. En todo esto la baja reciente del precio del petróleo tiene poco que ver. Y fue solo en 2017 cuando Estados Unidos estableció sanciones financieras, enteramente condenables porque afectan sobre todo al ciudadano común. Esto se amplió con la expropiación el 28 de enero de 2019 de los activos de PDVSA a su alcance, lo que es todavía más condenable, pues pone a la administración norteamericana en capacidad de adueñarse unilateralmente de activos de terceros países. Hasta entonces, Estados Unidos seguía comprando el 40% del petróleo venezolano y vendiendo todo tipo de insumos.

El factor causante principal de la descomposición económica es la acción de un grupo burocrático-militar que antepuso su acumulación de poder al bienestar cotidiano de la mayoría de los venezolanos y que ha preferido desorganizar la economía para hacerse de activos económicos y ponerlos en manos de grupos sin capacidad productiva. La distribución de alimentos y el petróleo están en manos militares, con altos niveles de corrupción y clientelismo que incluso horrorizaron a varios intelectuales que apoyaron el chavismo por su inicial redistribución directa de recursos a los más pobres y apoyarse en organizaciones populares de base. El resultado: la caída de 50% del PIB en un quinquenio, un alto desempleo, la falta de control de una de las criminalidades más altas de America Latina, la hiperinflación desatada, que carcome el ingreso de los pobres y de los asalariados y jubilados, y los 2 millones de emigrantes desde 2015. Hoy suma más de 10% la población emigrada de un país que atrajo a millones de inmigrantes en el siglo XX y que posee las mayores reservas petroleras del mundo.

Ni el enfoque político ni el económico de Maduro son propios de las ideas que la izquierda defiende históricamente, las de la igualdad de derechos y oportunidades efectivas, de la democracia con justicia social y de la libertad real mediante el mejoramiento de las condiciones de vida y la autonomía básica de todos los ciudadanos/as. Si en un momento dado el partido o coalición que gobierna en nombre del pueblo y sus intereses pierde la mayoría social y electoral, debe asumirlo y no violentar a la sociedad ni bloquear la alternancia. Y acto seguido luchar para que las conquistas sociales no retrocedan -cuando esas conquistas son profundas las derechas no logran revertirlas en lo sustancial aunque gobiernen, como en los países nórdicos- y prepararse para convencer de nuevo a la mayoría. Es decir, no aferrarse al poder como sea, sino que hacer funcionar la democracia, fuente primigenia de la legitimidad de la izquierda y de su proyecto histórico de transformación del capitalismo, es decir de aquel sistema basado en la concentración oligárquica de la economía y la acumulación ilimitada de capital, sin derechos sociales ni de género ni cuidado ambiental. 

La democracia consiste esencialmente en que el que gobierna lo hace por mandato popular, siguiendo reglas y por períodos limitados. Y entrega el poder a quien obtiene en cada período la mayoría, aunque no sea de su preferencia. Cuando eso no ocurre, se entra en los procelosos caminos de la violencia estatal en nombre del pueblo, claro que sin, y finalmente en contra, del propio pueblo. Esto incluye la supresión de las libertades, una economía que se centraliza en beneficio de la casta burocrática que gobierna y de sus prioridades de uso del excedente económico (con frecuencia en el dominio militar), con lo que inevitablemente se crean nuevas desigualdades en nombre de suprimir las que provoca el capitalismo. Ese no es el camino de la izquierda democrática, social y libertaria. Ese es el camino del estalinismo y de los regímenes burocráticos que sustraen al pueblo la soberanía en la toma de decisiones fundamentales. Hacia ese camino inaceptable deriva Maduro, y por eso la izquierda debe oponerse a su intento de perpetuación en el poder y de control burocrático de la sociedad. Y, al contrario del cinismo de la derecha que en realidad busca un aplastamiento antidemocrático, debe apoyar una salida concordada en base a que los ciudadanos vuelvan a elegir a los poderes del Estado, como propone José Mujica y parte de la oposición venezolana.

lunes, 18 de febrero de 2019

Estados Unidos, Venezuela y el abismo

Los halcones del sistema político norteamericano han decidido actuar fuerte sobre la Venezuela de Maduro, buscando retomar el control sobre un país clave de América Latina y sobre su petróleo, nacionalizado en los años setenta. Buscan una acción drástica cerca de su territorio, que apunta a la vez a quitarle toda posibilidad de sobrevivencia al régimen cubano. No terminan de soportar el desafío a la hegemonía de Estados Unidos originado en los años sesenta por la revolución cubana. Una salida posible a la confrontación eterna que se perfiló en los acuerdos Obama-Castro es ahora cancelada, junto a toda posibilidad de evolución democrática soberana y pluralista de ese régimen acosado por décadas. En el corto plazo, los halcones detrás de Trump buscan sobre todo aprovechar el “eslabón débil” venezolano en la redefinición global del poder estratégico y económico con China, en especial, y también con Europa y Rusia. El problema es que este diseño está resultando bastante difícil de resolver a favor de los intereses de Estados Unidos en diversos escenarios de conflicto. A más largo plazo, la maniobra destinada a derrocar a Maduro y su grupo es que rompe diversas reglas básicas del derecho internacional construido hasta hoy, maniobra en la que Estados Unidos ha visto la ocasión de arrastrar parcialmente a Europa y a los gobiernos de derecha de América Latina.

Los Estados reconocen en principio a Estados, no a gobiernos, salvo situaciones excepcionales. La nueva regla de los halcones de ultraderecha es ahora intentar reconocer como gobiernos a sus próximos en tal o cual lugar del mundo, aunque el poder estatal efectivo esté en otras manos. Arriesgan con esa lógica, de generalizase, un desorden internacional que podría tener graves consecuencias de gobernanza global de mediano y largo plazo. Es un salto al vacío, aunque se trate en este caso de buscar transformar en gobierno a una mayoría legítima del parlamento que ha sido ilegítimamente acosada. El detalle es que esto se busca provocar desde fuera de las fronteras de Venezuela presionando al poder militar y terminando de fracturar a una sociedad que no supo o no pudo manejar el conflicto histórico por el acceso a su enorme renta petrolera ni “sembrar el petróleo” (Arturo Úslar Pietri, 1936) y terminó en un régimen burocrático-autoritario.

La secuencia ahora ha sido la autoproclamación presidencial de Guaidó; luego el “plan de ayuda humanitaria” de EE. UU. de 20 millones de dólares, menor al de la Cruz Roja; el rechazo esperado de esta ayuda por parte de un Maduro recientemente reelegido con contendores menores (y con una oposición que se negó erróneamente a participar en la elección presidencial), secundado por un cuerpo militar cuya oficialidad es parte de un régimen político de vocación burocrático-autoritaria, apoyado en una ilegítima asamblea constituyente y en un poder judicial y de control a las órdenes del gobierno; y finalmente la “autorización” anunciada de Guaidó para un eventual ingreso de tropas de Estados Unidos a Venezuela para “permitir” la ayuda humanitaria. No sabemos si se concretará o no. Si así ocurre, volverá la doctrina intervencionista de Theodore Roosevelt, con una América Latina y el Caribe en permanente convulsión. Y si no ocurre, será una nueva acción errática de la administración Trump.

Siendo tan obvio e incierto en su simpleza el plan de Pompeo, Bolton, Abrams y los halcones norteamericanos protegidos por Trump, el gobierno de Chile debiera haber mantenido lo que todos llaman pomposamente “política de Estado”, consistente en este caso en apegarse al principio de autodeterminación, aunque manifestando todos los apoyos a los demócratas que resulten necesarios para el respeto de sus derechos (pero en todas partes, incluyendo Colombia, Honduras, Guatemala y un largo etcétera ¿no?).

Los que avalan la autoproclamación de Guaidó habrán de saber lo que apoyan: una amenaza de invasión norteamericana a un país latinoamericano, que podría ser otra de tantas en la historia, en este caso a título de un “corredor humanitario” y una confrontación sangrienta, con el trasfondo de búsqueda de control del petróleo venezolano (cuyas reservas son las mayores del mundo). En esto nadie puede declararse inocente o inadvertido de lo que está en juego: el control estratégico de recursos energéticos.

Los que nos consideramos parte de la izquierda democrática latinoamericana (y a ese título nos oponemos tanto a la intervención norteamericana como a esa supuesta izquierda que defiende regímenes burocrático-autoritarios que no favorecen los intereses ni la emancipación de la mayoría social) seguimos insistiendo en una salida negociada basada en la consulta al pueblo para una renovación concordada y simultánea de la presidencia y el parlamento. La acción internacional debiera comprometerse no a derrocar gobiernos sino a favorecer pactos democráticos internos y una fuerte ayuda externa para estabilizar la economía y detener la hiperinflación y la dificultad de acceso a bienes básicos que castiga día a día al pueblo venezolano. Es lo que también debiera promover Maduro, en vez de aferrarse a un poder quimérico en lo que se parece cada día más a un Estado fallido, evolución que, sin perjuicio de boicots norteamericanos crecientes y que merecen ser condenados, ha sido básicamente de su responsabilidad. Como lo es contribuir a buscar una salida a la situación actual que no sea la violencia ni la penalización de las condiciones de vida del pueblo venezolano.

Con los halcones norteamericanos aliados a una oposición insurreccional chocando frontalmente con el grupo de poder que controla Venezuela sin otra racionalidad que mantenerse día a día en el poder, lo más probable es una prolongación de la crisis y su deriva sangrienta. Esperemos que los acontecimientos no nos den la razón y prevalezca la búsqueda de una salida pactada y democrática como se lo merecen Venezuela y América Latina, y no esta alineación vergonzante de los gobiernos de derecha con la peor expresión del hegemonismo norteamericano de otra época.

Y debiera el gobierno actual considerar más ampliamente lo que un chileno escribió en 1822 aludiendo a la Doctrina Monroe: “Yo creo que todo esto obedece a un plan combinado de antemano; y ese sería así: hacer la conquista de América, no por las armas, sino por la influencia en toda esfera. Eso sucederá, tal vez hoy no; pero mañana sí. No conviene dejarse halagar por estos dulces que los niños suelen comer con gusto, sin cuidarse de un envenenamiento”. Ese chileno se llamaba Diego Portales.


miércoles, 30 de enero de 2019

Repensar la reforma previsional


Las reformas propuestas por los ministros Rodrigo Valdés, en el gobierno pasado, y Felipe Larraín, en el actual, adolecen del mismo defecto: seguir fortaleciendo el negocio monopólico de las AFP aumentando las cotizaciones obligatorias de los trabajadores. En la propuesta del ministro Larraín, la cotización adicional podría gestionarse por nuevas entidades. Pero cobrarían una nueva comisión: se mantendría así una sustancial ventaja competitiva para las AFP.

Soy de los que postula a estas alturas del debate que un primer piso de pensiones debe ser el de una pensión básica ya no solidaria sino ciudadana y como continuidad de un ingreso básico más amplio. Emerge con fuerza el tema del ingreso universal a establecer progresivamente para distintos segmentos de la población, empezando por los de menores ingresos, y así responder a los cambios de nuestra economía y nuestra sociedad. En tiempos de disgregación del trabajo asalariado tradicional, aumentado por la acelerada automatización de funciones mediante el uso de robots e inteligencia artificial, la cotización salarial obligatoria no puede seguir siendo pensada como en el siglo XIX, cuando fue introducida en la Alemania de Bismarck.

La pensión básica de ciudadanía debe ser uniforme en tanto derecho a una existencia digna en la vejez y no depender de los ingresos previos. Debe incluir a los sectores de mayores ingresos a medida que contribuyan tributariamente conforme al principio de progresividad, con tasas proporcionalmente más altas a medida que aumenta el ingreso y el patrimonio. Esto hoy está lejos de ser el caso si se considera el sistema tributario en su conjunto, y menos aún con la reforma tributaria enviada por el ministro Larraín, que regalará más de 800 millones de dólares al 1% más rico de la sociedad con la reintegración tributaria.

La pensión básica ciudadana debe alcanzar un nivel razonable (desde el punto de vista de su costo para la colectividad), decente (para permitir una vida con un mínimo de dignidad en la vejez) y no sujeta a situaciones particulares o privilegios. El punto de partida debe ser aumentar la pensión básica actual en monto y cobertura de manera gradual pero sustancial, con la meta de alcanzar en plazos breves unos 250 mil pesos mensuales (lo que tendría un costo fiscal total de cerca de 2,8% del PIB) para todos los mayores de 65 años. Y alcanzar en plazos más largos el nivel del ingreso laboral mediano, aquel que separa por mitades el mencionado ingreso, y de ahí reajustarse por el IPC y el ingreso mediano. Se trata de definir un umbral con sentido económico y no de base administrativa, como el salario mínimo fijado por ley. Cabe evitar los potenciales desequilibrios e inequidades múltiples si se expone el sistema de pensiones a las presiones de grupos particulares con mayor poder relativo.

El ingreso laboral mediano fue de 380 mil pesos en 2017 según el INE, lo que implicaría que la pensión ciudadana para todos los mayores de 65 años basada en este parámetro, tendría un costo fiscal total de un 5,1% del PIB. Este monto es el que fue gastado por la transición del sistema antiguo al nuevo por años y no es excesivo en la comparación internacional.  La pensión básica ciudadana podría financiarse  con las holguras por los menores gastos generados por el sistema antiguo y con impuestos adicionales. Estos podrían incluir el fin de la exención a las ganancias de capital, subir a 50% la tasa marginal del impuesto a la renta (su nivel de 1989) y un impuesto diferenciado al consumo entre bienes básicos y el resto, gravando especialmente a los que más contribuyen al cambio climático. Para sustentar el gasto en los momentos bajos del ciclo económico y para compensar el futuro cambio demográfico, debe fortalecerse el actual Fondo de Reserva de Pensiones, incluyendo agregarle parte de lo que en algún momento -pues se trata de un recurso que pertenece a todos los chilenos- habrá que recaudar adicionalmente por patentes y regalías mineras (el resto debe ir a infraestructura e investigación y desarrollo tecnológico).

Un segundo piso de pensiones opcional y complementario al nivel básico de ciudadanía debe apuntar a ampliar la tasa de reemplazo de los ingresos previos a la jubilación de los perceptores de ingresos más allá de la remuneración laboral mediana. Hasta ese nivel la tasa de reemplazo estaría asegurada en 100% con la pensión ciudadana en el nivel propuesto. Las pensiones complementarias debieran financiarse con una base voluntaria pero estimulada con incentivos tributarios (con topes a los ingresos más altos). No debiera en el futuro haber cotizaciones obligatorias sobre los salarios. La presencia de ingresos no salariales y la variabilidad del empleo no aconsejan este mecanismo, pues genera las conocidas “lagunas previsionales” que, junto al alto costo de administración en relación al rendimiento, provocan la inviabilidad del sistema de AFP para producir pensiones que se puedan comparar razonablemente con los ingresos previos.

Un nuevo sistema mixto de pensiones debe combinar la mencionada pensión básica universal -de un monto significativo financiada por impuestos al conjunto de ingresos- con pensiones complementarias que sean el fruto de un ahorro voluntario del perceptor de ingresos. Este podría ser suplementado, en su caso, con aportes de los empleadores, mientras las entidades financieras privadas (y también el Banco del Estado) debieran poder gestionar los fondos ya acumulados y los que pudieran ser captados como ahorro voluntario, pero sin retiro programado en el momento de la jubilación. Este mecanismo provoca una incertidumbre en los ingresos futuros de los pensionados que contradice la idea misma de seguridad social.

Lo que definitivamente no tiene sentido es que las AFP mantengan el monopolio de cotizaciones a su disposición gratis mediante una obligación establecida por el Estado, con ganancias más que sobrenormales y sin que los asalariados incidan en nada (con excepción del tipo de fondo). En cambio, debiera favorecerse los mecanismos de ahorro previsional complementario negociados colectivamente entre trabajadores y empleadores y diversos fondos colectivos complementarios de pensiones que pudieran crearse.

lunes, 21 de enero de 2019

Las derechas e izquierdas y los nuevos temores

Hay quienes vuelven a repetir, aludiendo nuevas realidades surgidas del avance de la ciencia y la tecnología o de las nuevas comunicaciones, que las nociones de izquierda y derecha estarían superadas o que la izquierda viviría inmersa en la nostalgia. Se omite que lo que efectivamente es una afirmación muy antigua es la mentada superación de las ideologías, por lo demás de origen autoritario y/o mesiánico. O en el mejor de los casos de origen tecnocrático. En todas estas afirmaciones lo que se busca es negar la pluralidad de ideas e intereses colectivos y su capacidad de dinamizar las opciones públicas y la deliberación contradictoria sobre ellas. ¡Y hay quienes lo hacen en nombre de la ciencia!

Siguiendo el precepto principal del espíritu científico (el de la duda metódica y de la pregunta ¿será tan así?) cabe retomar el análisis del ilustre italiano Norberto Bobbio, para quien lo que distingue a izquierda y derecha (cada una exhibe diversas variantes), es la valoración central por parte de la versión democrática de la primera de la igualdad en dignidad, derechos y deberes de los seres humanos y la consiguiente organización institucional de la sociedad para alcanzar esos fines. Y su menor -y en el extremo ninguna-valoración de la igualdad por parte de la segunda. En efecto, las derechas postulan que las diferencias sociales entre seres humanos son de orden natural y que las sociedades deben organizar las interacciones de individuos y grupos bajo el postulado de la libertad de opción sin interferencias institucionales, aun al costo de desigualdades que en todo caso resultarían básicamente de dotaciones dadas de capacidades y del mérito individual en su uso. Organizar reglas que incidan y en algunos casos pongan límites a la interacción entre individuos o bien no intervenir en ellas en nombre de la libertad, negando de paso la existencia de grupos y clases sociales con intereses contradictorios, sigue siendo el gran dilema izquierda-derecha en la esfera pública. Para la izquierda, la libertad la pueden ejercer solo los que poseen suficiente riqueza y poder, y suelen hacerlo contra los intereses de la mayor parte de los miembros de la sociedad y contra el interés general.

Ningún acto individual está libre de determinaciones sociales. Nadie está ajeno a su inserción en los grupos y clases sociales con poder asimétrico que componen la sociedad. Esto limita sustancialmente la libertad de opción de cada cual, cuando no reduce a la miseria y a las carencias de toda índole a segmentos sustanciales de la sociedad. Por ello la izquierda se opone a la derecha en este aspecto crucial y busca obtener una igualdad efectiva de oportunidades simultáneamente con el acceso a condiciones básicas de existencia que permitan a todos “vivir bien una buena vida”, en la expresión de Ronald Dworkin. Nada puede seguir siendo de mayor actualidad.

Y tampoco nadie está ajeno a la incidencia de lo que Pierre Bourdieu llamó el “capital cultural” de cada individuo, que también está socialmente determinado. Por ello, la izquierda lucha por una igualdad de oportunidades educativas a lo largo de la vida para diluir las desigualdades iniciales y de condición social y la derecha pugna por una separación de las élites del resto de la sociedad. En el caso de Chile, la derecha criolla en su irremediable espíritu oligárquico busca incluso la segmentación escolar según resultados de aprendizaje desde la infancia y de paso asegurar que sus hijos tengan más oportunidades de acceso, dado su mayor dotación inicial de capital cultural, al conocimiento. Su postulado no dicho es favorecer su agrupación tribal y de clase, lo que curiosamente presume, además, sería compartido (Piñera dixit) por la mayoría en su deseo de aspirar a las altas cumbres de la diferenciación social.

La segmentación que propugnan las diversas derechas incluye la subordinación de la mujer y su relegación a funciones domésticas o a actividades sin poder. En sus versiones más primitivas, como es el caso de parte de la derecha en Chile, incluye también la defensa de la segmentación espacial en las urbes y territorios, la discriminación étnica y la animadversión hacia lo que algunos llaman “ideología de género”, que no es otra cosa que la igualdad de la mujer.

El sustrato de las sociedades diferenciadas y jerarquizadas, alejadas de cualquier idea de derechos básicos para todos/as sus miembros, sigue siendo básicamente la economía liberal y desigual de mercado hoy reinante, pero también la economía centralizada capturada por grupos burocráticos de poder sin consideración por las libertades ni la prosperidad colectiva. El contraste está más vigente que nunca en esta materia entre derecha e izquierda democrática, en la era de la globalización que ha concentrado como pocas veces en la historia los patrimonios y los ingresos. La derecha busca que en el dominio de los intercambios descentralizados de mercado no exista, o tenga un rol mínimo, cualquier regulación pública. Pero el problema es que en el mercado capitalista participan con un poder estructuralmente asimétrico productores y consumidores, los dueños del capital y los que viven solo de su trabajo (aunque complementen sus ingresos con el producto de alguna inversión), los grandes y los pequeños empresarios, los empresarios rentistas y los empresarios que enfrentan la competencia. Lo nuevo es que la mayoría asalariada vive hoy en condiciones de creciente dispersión y subordinación, mientras la ampliación de la terciarización y de los contratos de corta duración diluyen la condición salarial tradicional, pero no por eso terminan con la subordinación de los contratados a los contratantes.

La izquierda moderna se propone, en cambio, cambiar determinadas bases de la asignación de recursos para transitar a una economía próspera, dinámica y circular que no dañe los ecosistemas y sustente al mismo tiempo las igualdades efectivas de oportunidades y de condiciones comunes básicas, lo que requiere de sustanciales redistribuciones de poder e ingresos. Pero no para transitar a una centralización burocrática sino a una asignación de recursos con pluralidad de agentes económicos públicos, sociales y privados, en condiciones de intercambios descentralizados y al mismo tiempo de regulación estatal y reducción de las asimetrías entre actores de la economía y de socialización parcial del excedente económico. Esto incluye una carga tributaria más amplia, suficiente y sostenible,  la limitación de la financiarización y de la circulación de capitales por paraísos fiscales, junto a la prohibición de la inversión privada y pública en actividades lesivas para el bienestar humano y no resilientes en el uso de los ecosistemas. Esta transición requiere de un gobierno activo en mejorar la condición de bienestar y ampliar la incidencia productiva de los distintos segmentos de trabajadores, junto a mejorar su calificación mediante la educación y la formación profesional permanentes. Es tarea suya, además, crear y financiar más infraestructura, financiar más investigación y desarrollo tecnológico, fomentar el ahorro y la inversión (incluyendo la necesaria transición energética para descarbonizar la economía y aumentar la sostenibilidad ecosistémica) en contextos de diversificación productiva y territorial. Las derechas (salvo las más lúcidas y civilizadas, pero no es muy fácil encontrarlas) niegan o minimizan la pérdida de la biodiversidad y el cambio climático, porque puede llevar a políticas que limiten la lógica de acumulación ilimitada de capital. No obstante, está en juego la supervivencia del planeta y de las sociedades humanas. Y ahí sigue presente el dilema entre izquierdas y derechas, las primeras buscando proteger el interés común de las sociedades, y en este caso también de la humanidad en su conjunto, y las segundas insistiendo en la utopía negativa de la autoregulación de mercado y de las “soluciones privadas a los problemas públicos”, cuando no simplemente negando las realidades establecidas por el consenso científico (Trump).

Existen menos certezas sobre los dos grandes temores de los futurólogos de la época actual (nunca han faltado en la historia humana los que infunden miedo al futuro ) son la automatización basada en la inteligencia artificial, que eliminaría supuestamente hasta la mitad de los empleos, y la manipulación genética, que cambiaría el género humano tal como lo conocemos. La automatización (que recordemos nació hace dos siglos con la primera revolución industrial y ha destruido empleos pero ha creado muchos más) hoy adquiere nuevas formas y velocidades y puede eliminar empleos a un ritmo acelerado con el uso generalizado de la inteligencia artificial, aunque esto es discutido en su magnitud por diversos especialistas. Esta nueva realidad, de confirmarse, se puede usar para presionar todavía más las condiciones de ejercicio y retribución del trabajo, o bien ser un instrumento de reorientación hacia una mayor calificación generalizada del trabajo y, eventualmente, de disminución (manteniendo o ampliando la remuneración gracias a los incrementos de productividad) de las horas de trabajo en beneficio de actividades sociales y personales. De nuevo derechas e izquierdas con sus diversos enfoques.

La manipulación genética humana tiene como impulso, por su parte, un genuino interés científico que algunos buscan transformar en nuevas oportunidades de rentabilidad en el contexto de delirios reeditados de “razas mejoradas”. Pero puede ser democráticamente controlada y limitada (es falso que esto no sea posible) y puesta al servicio de nuevos avances en la medicina y la mejoría del bienestar humano. De nuevo todo depende de los valores, ideas e intereses que están en juego y del privilegio por la sociedad del bienestar común o de la acumulación de capital. Nada muy nuevo en materia de dilemas sociales entre izquierda y derecha.

Sigue habiendo, sin embargo, una dimensión que supera a izquierdas y derechas, pero que las antecede ampliamente. Y es la de la limitación y erradicación del uso de la violencia. En el extremo, la era nuclear consagró la capacidad de autodestrucción del género humano y la posibilidad de un apocalipsis provocado por pulsiones autodestructivas de liderazgos sin consideración ni respeto alguno por la vida y por pueblos sometidos y fanatizados que siguen esos liderazgos. Imaginémonos por un segundo el mundo de hoy si Hitler o Stalin hubieran dispuesto unilateralmente de armas nucleares. Cuando Estados Unidos dispuso brevemente de ese monopolio, actuó sin contemplaciones y criminalmente contra Japón, destruyendo Hiroshima y Nagasaki sin distinción de población civil o militar. De ahí que izquierdas y derechas tienen el deber humano de mantener el control del uso de armas nucleares a través de formas de gobierno mundial del desarme o al menos de disuasión mutua eficaz.

Y en las distintas sociedades, izquierdas y derechas tienen el deber de hacer avanzar reglas comunes que preserven los derechos fundamentales de las personas, la separación de poderes y la alternancia en el poder. Esto no es otra cosa que hacer avanzar la democracia, inventada imperfectamente por los griegos en la antigüedad hace más de dos milenios. Y por la que cabe seguir luchando día a día por su vigencia y ampliación contra todas las variantes de autoritarismo y de violencia ilegítima institucionalizada.

viernes, 11 de enero de 2019

2019: un gobierno en dificultades y una oposición sin norte

En Voces La Tercera
Al iniciarse el año 2019, sorprende que la oposición siga dando respuestas dispersas a las iniciativas y acciones de un gobierno cada vez más entrampado en su incapacidad de hacer frente a las expectativas que creó. Un recuento somero indica que una de las pocas acciones relevantes de la oposición unida (que recordemos no hace mucho gobernaba junta, con pocas excepciones) fue haberse coordinado para establecer una rotación en la presidencia y otros cargos de las cámaras en marzo de 2018 (dicho sea de paso, esto no existe en los parlamentos de los países de mayor solidez institucional, en los que los presidentes de las cámaras y comisiones ejercen por períodos completos). O bien el anuncio de amplio espectro de una acusación constitucional contra el Intendente de La Araucanía frente al asesinato de Catrillanca, que derivó en su renuncia anticipada. Y no mucho más.

En efecto, con cuatro oposiciones distintas no es mucho lo que se puede esperar. Y menos cuando cada fuerza busca negociar temas parciales de interés propio con el gobierno, que va así reuniendo mayorías parlamentarias caso a caso para hacer avanzar su agenda. Cuando sus propios errores se lo permiten, claro.

El Partido Demócrata Cristiano (que reunió un 10,3 por cien de los votos válidos en la elección de diputados en diciembre de 2017) ha optado por mantenerse al margen de toda alianza. El supuesto rol de fiel de la balanza no transmite un mensaje demasiado contundente ni permite presagiar una recuperación del electorado perdido (del orden de 20 por cien desde 1989). En todo caso, antes de 2020 deberá decidir a qué fórmula de coalición electoral se integrará para disputar las elecciones municipales y regionales con alguna posibilidad de éxito.

El bloque de izquierda y de centro laico tradicional, que sumó un 25,1 por cien de los votos en la elección de diputados de 2017, simple y sorprendentemente se disolvió. Este se había conformado por los partidos Socialista (9,8 por cien de los votos a diputados), Por la Democracia (6,1 por cien de los votos a diputados), Comunista (4,6 por cien de los votos a diputados) y Radical Socialdemócrata (3,6 por cien de los votos a diputados). Su sentido era ser el soporte político de Alejandro Guillier en la elección presidencial de 2017. La fórmula del independiente venido de los medios de comunicación fracasó, pero la lista parlamentaria común que conformaron sus cuatro partidos de apoyo obtuvo buenos resultados en el contexto del nuevo sistema electoral proporcional.

Luego de disolverse intempestivamente, este bloque no fue reemplazado por alguna otra alianza con capacidad de incidencia política, rompiendo la antigua regla -también aplicable en política- de que en la selva no se debe soltar una liana sin haberse colgado a otra. Parece haberse tratado de un acto irreflexivo de marginación del Partido Comunista, sin otra razón que no fuera supuestamente ofrecer al Partido Radical, tentado por una alianza de “centro” con la Democracia Cristiana, una coordinación provisoria sin el PC. Esto se origina en que una parte de los dirigentes PR y DC entiende que la recuperación de su identidad, supuestamente diluida en las alianzas con la izquierda, pasa por gestos anticomunistas de tipo guerra fría antes que por cualquier reconstrucción de algún proyecto como los de Aguirre Cerda o de Frei y Tomic (que recordemos incluían la reforma agraria y la chilenización del cobre). Al parecer, estos solo aceptarían volver a una Concertación sin el PC. El problema es que esta coalición se disolvió al terminar el primer gobierno de Michelle Bachelet hace casi una década, y entre tanto el PC ha vuelto en plenitud a su tradición social e institucional.

En medio de estas maniobras tácticas de poca proyección, el PDC sigue en su camino propio poco incidente y existe solo una débil coordinación entre el PS, el PPD y el PR. Estos partidos sumaron un 19,5 por cien de los votos de diputados en 2017 y no están por sí solos en condiciones de sostener una opción presidencial que dispute la segunda vuelta, ni parecen tener un mensaje que conecte con su historia y con el mundo popular, colonizados como están por el pragmatismo encarnado por figuras como José Miguel Insulza y por las ideas neoliberales encarnadas por Rodrigo Valdés.

Ante esta situación, el Partido Comunista decidió coordinar su actividad con el PRO del ex candidato presidencial Marco Enríquez-Ominami y del también ex candidato presidencial senador Alejandro Navarro (cuyas fuerzas políticas sumaron 3,9 por cien de los votos a diputados) y con el Frente Regionalista, Verde y Social encabezado por el diputado Jaime Mulet (que obtuvo el 1,9 por cien de los votos a diputados). Estas fuerzas reunieron el 10,4 por cien de los votos a diputados en 2017, lo que no es desdeñable.

El Frente Amplio, que emergió en la reciente elección como una nueva fuerza alternativa con 16,5 por cien de los votos para la Cámara de Diputados, ha tomado iniciativas parlamentarias aisladas pero sin contar con los votos del resto de la oposición, mientras no ha mantenido vínculos muy activos con los movimientos sociales. Se han acentuado sus divergencias internas entre posiciones más proclives a alianzas con el resto de la oposición y otras más radicales y autonomistas. Su proyección pública ha estado centrada más en las tribulaciones de las personalidades que lo conforman antes que por algún cuerpo de ideas y propuestas conducentes a constituir una alternativa seria a la derecha.

En este contexto, salvo un desgaste político acelerado y un mal desempeño económico en medio de una coyuntura internacional que pudiera hacerse muy adversa, la derecha tiene altas probabilidades de ganar la elección regional y municipal de 2020 y de ser reelegida en 2021. Salvo que se produzca alguna secuencia de articulaciones positivas. Por ejemplo, las fuerzas más a la izquierda podrían coordinarse. Una clara acción común opositora del PC, Pro y Frente Regionalista podría sumar a las del Frente Amplio, o vice-versa. Esto agregaría (en el papel) un 27 por cien del electorado. Esta dinámica podría sumar (también en el papel) al 20 por cien del trío de “centroizquierda laica” hoy inmovilizado. Si además todos ellos se propusieran componer alguna colaboración con el 10 por cien, o parte de él, que representa (siempre en el papel) el PDC, el cuadro podría cambiar para construir una alternativa creíble a la derecha. Por el momento, no se ve ningún proceso mínimamente articulado de lucha contra las ideas e intereses minoritarios que defiende la derecha en el gobierno. Ni tampoco una construcción paciente de coaliciones capaces de hacer avanzar los intereses de la mayoría social en el futuro próximo.

Pero la esperanza es lo último que debiera perderse. La oposición podría actuar en el corto plazo, por ejemplo, no aprobando ningún proyecto presentado por el ejecutivo hasta que se acuerde la reforma del Tribunal Constitucional en un sentido no partidista (su conducta actual es simplemente incalificable), se restrinja su ámbito de intervención y deje de ser una sesgada tercera Cámara. Sería una primera señal de vida.

jueves, 27 de diciembre de 2018

La necesaria subordinación de los cuerpos armados al poder civil democrático

El presidente Sebastián Piñera ha hecho bien en anunciar el 26 de diciembre, como conclusión de la crisis policial reciente, que va “a enviar una reforma constitucional para terminar con ese mecanismo (de destitución)”, pues cree “que los comandantes en jefe de las Fuerzas Armadas y el general Director de Carabineros tienen que estar subordinados al poder civil y cuando el Presidente les pide la renuncia tienen que renunciar en el acto”. Al descubrirse poco a poco la magnitud del engaño policial en el asesinato de Camilo Catrillanca, y la incitación a la obstrucción de la verdad por elementos de la jerarquía policial, resultó inevitable ir de destitución en destitución hasta llegar al general director de Carabineros. Cuando Hermes Soto y varios de sus generales se insubordinaron en días pasados, también había actuado correctamente el gobierno al sacarlos rápidamente para nombrar a un oficial de su confianza y así reafirmar el poder civil. Por ello la petición de renuncia al ministro del Interior, tal vez justificada por el principio general de la responsabilidad política, sería en este caso de alguna manera un premio a la insubordinación y a la tesis de la independencia de los poderes públicos armados que algunos todavía defienden. Esto no impide la necesaria crítica política al ministro Chadwick, en especial por ser uno de los que ha estado en el origen del problema institucional que se evidenció en estos días y por su manejo reciente de la represión en la Araucanía.

Había sido un error del presidente Sebastián Piñera y de su ministro alentar expectativas al nombrar a Hermes Soto y prometer una reestructuración de Carabineros sin ir a la raíz de los problemas. Estos incluyen temas como transformar la relación con los ciudadanos y la sociedad organizada en cada territorio para combatir el delito, la formación cívica del personal, el control civil de la función policial y transparentar y supervigilar el gasto y la administración para evitar abusos. Cabía desde el principio enfrentar la cultura del engaño a las autoridades y al poder judicial, del que Carabineros es un órgano auxiliar, sobre todo después de la llamada Operación Huracán. Esta llevó la falsificación de pruebas a un extremo, logrando la cobertura para una supuesta operación de inteligencia por parte del ministerio del Interior del anterior gobierno.

Lo peor por parte del nuevo gobierno fue terminar de encargar al GOPE y las Fuerzas Especiales un recrudecimiento ciego de la represión en La Araucanía. El resultado más reciente fue el asesinato por la espalda de un inocente y el intento posterior de esconder los hechos con chapuzas sucesivas. Se había creado un clima de “mano dura” para contentar a un grupo de propietarios de tierras -pertenecientes en origen a comunidades mapuches- exasperados por los ataques a sus bienes y en algunos casos dramáticamente por ataques a personas con fatales consecuencias, lo que merece la reprobación de todos. Pero esto se tradujo en un ineficaz acompañamiento del espíritu castigador y discriminador de la más primitiva derecha que ha reemergido en el país. Se ha afirmado en el gobierno la idea de no perder votos en el mundo conservador y de hacerlo a través de respuestas autoritarias frente a cada desafío que plantea la sociedad.

No olvidemos, además, el trasfondo institucional: se pagan hoy las consecuencias de la norma de permanencia y destitución de los jefes militares y de orden establecida en 2005, la que da espacio a los intentos de desacato al poder civil democrático. El gobierno de la época la aceptó porque devolvía, aunque imperfectamente, la subordinación de los órganos armados del Estado a la autoridad presidencial democrática. No olvidemos que el presidente Ricardo Lagos tuvo que lidiar, exitosamente a la postre pero en medio de múltiples tensiones perfectamente injustificadas, con la destitución de dos comandantes en jefe sin tener la autoridad formal para hacerlo. En la actual crisis, la norma absurda de informar al parlamento antes de perfeccionar administrativamente la destitución de los mandos, se da vuelta contra los que la impusieron en el Senado: los hoy ministros Chadwick, Larraín y Espina, entre otros. Su motivación en la época, que es de esperar ya no exista, fue mantener la ilusión de la inamovilidad y sobre todo dar espacio a la independencia y, en su caso, a la desobediencia militar frente a quien resulte elegido/a por los ciudadanos/as para conducir el Estado y que pudiera resultarle molesto a sus intereses y visiones. Hay todavía dando vueltas elementos de la tradición política de la derecha oligárquica, la que propició los golpes y la insubordinacion militar no una sino muchas veces en la historia, y de manera grave contra Freire, Balmaceda, A. Alessandri y Allende.

Lo que está detrás es una concepción instrumental de la democracia, en nombre de una libertad que es para las oligarquías tradicionales esencialmente la que otorga el poder de apropiarse de la parte del león del excedente económico. Muchos de sus representantes no aceptan que los problemas de la democracia se aborden con métodos democráticos y piensan que las explotaciones y discriminaciones forman parte de una suerte de orden natural, en el que ellos están en la cima, o consideran que deben estarlo por algún designio divino. A la vez, sus partidarios (o subordinados) plebeyos aspiran a acompañarlos en el olimpo de la jerarquía social, o al menos a ser tomados en cuenta en la sociedad desigual y patriarcal que los conservadores defienden. Conservadores que defendieron, entre otros hechos históricos cruciales, la ruptura violenta de 1973 en vez del plebiscito que sería convocado por el presidente Salvador Allende para intentar una salida política a la crisis. Y que incitaron a la represión violenta y prolongada contra la izquierda y contra todos quienes aspiran a una sociedad progresista, democrática e igualitaria.

Parte de la izquierda también tuvo en los años sesenta una visión instrumental de la democracia, en nombre de la urgente emancipación de la clase trabajadora y de los pobres del campo y la ciudad, la que debía realizarse contra viento y marea. Pero la mayor parte de este mundo hizo una autocrítica radical hace décadas, después de intensos debates,  al asumir lo ya planteado por Eugenio González en la década de los años cuarenta y más tarde por el allendismo, en el sentido que el Estado democrático de derecho termina siendo una protección fundamental para la mayoría social frente a las oligarquías. Desde entonces la izquierda mantiene una invariable conducta que concibe a la democracia, en palabras de Jorge Arrate, como espacio y límite de su acción política. Incluso los ex estalinistas del PC han reiterado que en Chile su accionar es exclusivamente democrático, y así lo demuestra su práctica, aunque sus adhesiones internacionales dejen que desear.

La lección democrática para la reforma constitucional en la materia o, mejor aún, una nueva Constitución generada participativamente, es que la información al Congreso, al que le cabe un rol deliberativo como representación de los ciudadanos, debe ser posterior y no previa a la completa tramitación de la destitución de los comandantes en jefe o generales directores. Los cuerpos armados estatales deben subordinarse efectivamente a la autoridad política democrática, sin autonomía alguna de decisión incluso en materias operativas y  presupuestarias (Carabineros ha realizado el mayor desfalco al Estado en la historia de Chile, solo comparable a los de Pinochet y la Dina). Nunca debe permitirse cualquier trato arbitrario a los ciudadanos ni el uso de la fuerza por cuenta propia de los órganos públicos armados, y menos para asesinar a nadie (no existe ya en Chile la pena de muerte) o subvertir el orden legal y constitucional. El uso de la fuerza debe ser siempre proporcional a la amenaza y controlado por la autoridad civil y judicial. El incumplimiento de las normas de uso de los recursos públicos o de uso de la fuerza, así como la omisión de información y la mentira a la autoridad, deben ser sancionados severamente y sus responsables separados de inmediato de las filas.

Esas deben ser las condiciones de ingreso y permanencia en las Fuerzas Armadas y de Orden, para que nadie se equivoque. De otro modo entraríamos irremediablemente en la trayectoria de los Estados cleptómanos y violentos, a la que nos empezó a encaminar el régimen dictatorial en 1973-1989 y de la que tanto nos ha costado salir progresivamente, con avances y retrocesos. Hoy nos encontramos en un nuevo punto de inflexión de alcances históricos, en el que los actores políticos y sociales deben estar a la altura del desafío, incluyendo el respeto y consideración debida a la inmensa mayoría de uniformados probos que dedican su vida al servicio de los demás.

martes, 18 de diciembre de 2018

Un año después de la derrota



La actual oposición ha reflexionado poco sobre su derrota de 2017 y acerca de la pérdida de sentido de su práctica política, su largo desgaste, incorrecciones e incoherencias. De la quebrada Nueva Mayoría han surgido tres expresiones que no reflexionan ni trabajan juntas (y que en realidad tampoco compartieron en su momento el programa que firmaron): el PDC caminopropista, la no muy estrecha coordinación PS-PPD-PR y la coordinación que el PC hace con el PRO luego de haber sido sacado de los escenarios unitarios. Tampoco el Frente Amplio ha salido de su identidad constestataria-generacional y no ha ofrecido una interpretación de su exitosa emergencia en 2017 ni impulsado propuestas visibles.

Para avanzar en estos debates, la Fundación por la Democracia que dirige Victor Barrueto realizó mesas de intercambio en días pasados. Fui invitado a comentar una exposición de Rodrigo Valdés y coincidí con él en que las malas ideas inspiran malas políticas, pero con la interpretación de que son los axiomas y modelos neoclásicos al uso entre los economistas convencionales los que no explican ni predicen la evolución económica, ni menos inspiran buenas políticas. Constituyen una teorización de un prejuicio político (el “fundamentalismo de mercado”, en la expresión de Joseph Stiglitz) a favor de los mercados desregulados y su supuesta capacidad de coordinación de los agentes económicos que optimizaría el uso de los recursos en condiciones de equilibrio. Nada de eso ocurre en las economías realmente existentes. No son una abstracción pertinente que describa las economías de mercado tal cual son, con agentes e información asimétricos, crisis periódicas, concentración del capital y de los ingresos y daño ambiental. Y no consideran las condiciones para que los mercados funcionen ni sus fallas en la asignación de recursos, lo que justifica una amplia intervención pública en la economía.

El liberalismo a la Friedman y Von Hayek lleva al extremo la fobia contra la esfera pública y las acciones colectivas racionales y democráticas. Defiende los intercambios descentralizados motivados por el afán de lucro sin limitaciones, aunque su resultado sea la inestabiidad, la desigualdad y la depredación. Este enfoque ha sido adoptado por economistas que han logrado un injustificado y amplio poder político en algunos gobiernos de la Concertación y en el de la Nueva Mayoría (algunos de los cuales provenían de la ortodoxia marxista-leninista y se reconvirtieron a una nueva ortodoxia), en contraste con los programas de esas fuerzas y con la opinión de sus partidarios. Muchos de los ministros de Hacienda no compartían los programas progresistas ni estaban de acuerdo con las reformas tributarias, laborales, de pensiones, de salud y educacionales capaces de reducir la desigualdad y proteger el ambiente. Esto se ha producido por el condicionamiento empresarial y mediático del sistema político y de los gobiernos. Y conducido al descrédito de fuerzas políticas que señalizan en campaña para un lado y en el gobierno giran hacia el lado contrario. Tema para la reflexión, en el que el mérito de Rodrigo Valdés es tratar con claridad de convercer al progresismo que adopte frontalmente el enfoque neoliberal.

Recordé que sus políticas no produjeron, para empezar, resultados aceptables de crecimiento del PIB. Este fue desde 1990 a 2009 de 5,3% anual promedio, muy superior al 3,5% de 1974-89. Pero en el de Bachelet II el crecimiento fue de solo 1,7% anual promedio, uno de los más bajos desde los años 1950. No se escuchó rendición de cuentas alguna en la materia por el exministro, que redujo la inversión pública contra toda lógica durante su gestión, entre otras medidas recesivas. Señalé que sus resultados distributivos fueron también muy deficientes. La desigualdad de la distribución del ingreso monetario venía bajando sistemáticamente, desde un coeficiente de Gini de 57,2 en 1990 a uno de 47,7 en 2015, según los cálculos del Banco Mundial. Pero la desigualdad subió en la segunda parte del gobierno de Bachelet II, quebrando inusitadamente la tendencia previa. Junto al aumento del coeficiente de Gini, también lo hizo el de Palma (cuantas veces representa el ingreso del 10% más rico aquel del 40% más pobre), que subió a 2,1 veces en 2017 desde 2,0 en 2015. Era de 2,4 veces en 2006 y 2,2 veces en 2013. Si antes se avanzaba lentamente, en el último bienio se retrocedió, sin que ningún responsable haya dado mayores explicaciones, lo que tampoco ocurrió en esta ocasión. En la OCDE, la relación 10-40 es de 1,2 veces en promedio (y de 0,9 veces en Dinamarca y Finlandia). Se necesita más producción con valor agregado y trabajo calificado, negociación colectiva, tributación progresiva y servicios públicos y transferencias en pensiones y apoyos a las personas a la altura del desafío. Ya no se puede seguir tergiversando. Salvo que se considere que no se puede hacer mucho al respecto, que es lo que Valdés insinúa.

Sobre el tema mencioné que las economías que más han acortado sus brechas previas de PIB con las economías de altos ingresos son las asiáticas (el precursor fue el Japón de posguerra, luego Corea del Sur, Taiwán, Hong-Kong y Singapur y hoy China, India y los países de la ASEAN), con gobiernos que intervienen, y mucho, sobre todos los mercados, mantienen políticas industriales, empresas e inversiones públicas en gran escala y políticas para mantener una desigualdad de ingresos relativamente acotada, favorecida por una fuerte demanda de trabajo calificado. Estas experiencias apenas fueron mencionadas. Agregué que, contrariamente a la leyenda neoliberal, históricamente buena parte de las economías más exitosas en el mejoramiento del bienestar de su población son las que han contado con política industrial y con Estados de bienestar financiados con altos impuestos directos, como las nórdicas y otras europeas, construidos desde la posguerra con una amplia redistribución cuando eran más pobres que Chile hoy. Logran, incluso en Estados Unidos, lo que no hacemos acá: disminuir sustancialmente la desigualdad de ingresos de mercado una vez que se aplican impuestos y transferencias. Pero lo que se escuchó fue un escepticismo sobre la viabilidad de producir disminuciones sustanciales de la desigualdad y una supuesta ausencia de experiencias en la materia.

Recordé, asimismo, que las emisiones por habitante de gases con efecto invernadero, que llevan a un cambio climático irreversible que sufrirían la nuevas generaciones si no se actúa para desacoplar el crecimiento de las emisiones, son en Chile las más altas del continente -después de Trinidad Tobago y Venezuela- y crecen aceleradamente. El tema ambiental ni siquiera fue mencionado en la exposición de Valdés, cuya distancia con la materia es conocida -primero el crecimiento, después se verá qué se hace con los otros asuntos de interés público- y le costó la salida del gobierno.

El progresismo que no produce resultados en reducción de la desigualdad ni de la huella ecológica, y además tampoco en crecimiento, no es progresismo. Tal vez pueda ser un social-liberarismo bajo en calorías, pero no un actor de transformación equitativa y sostenible que represente a la mayoría social, que es lo que se necesita reconstruir a la brevedad como factor de oposición a la gestión de la derecha y de alternancia progresista.

viernes, 14 de diciembre de 2018

Comentario a Rodrigo Valdés en seminario

Mi comentario a Rodrigo Valdés en seminario de Fundación por la Democracia el viernes 14 de diciembre.

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martes, 4 de diciembre de 2018

Sobre crítica y ecuanimidad




Soy de los que siempre ha pensado que en las ciencias sociales y económicas la perspectiva crítica es fundamental. Cuando se observa la realidad, cabe mirar preferentemente la parte medio vacía del vaso de agua y no la parte medio llena. También creo que en materia de derechos fundamentales de las personas hay que ser intransigentes, porque de lo contrario no serían fundamentales sino que adaptables según las conveniencias del momento y de quienes ejercen el poder. Pero hay algo que también resulta fundamental: mantener un mínimo sentido de la ecuanimidad.

Participé recientemente como ponente en una mesa redonda de la Fundación Presente en el ex Congreso sobre temas sociales. Volvió a aparecer en el debate la descalificación fácil y al voleo de los parlamentarios y “los políticos”, como si no fuéramos todos políticos -activos o pasivos, pero ese es otro tema- por el solo hecho de pertenecer a la sociedad. Me permití recordar que los parlamentarios son elegidos por el pueblo, por acción (mediante el voto) o por omisión (mediante la abstención, dejando que otros los elijan). Y que son de alguna manera un reflejo de la sociedad, más allá de las manipulaciones mediáticas, de la incidencia del dinero empresarial en las campañas y de las eventuales compras de votos. Y que a los que no les gustan los actuales parlamentarios, les cabe organizarse para buscar reemplazarlos. El que piensa que es el sistema político y electoral el que requiere ser cambiado, entonces de nuevo el camino es organizarse y luchar por ese cambio. Salvo que en realidad no se crea mucho en la democracia y en aquello de “vox populi, vox dei” (la voz del pueblo es la voz de Dios), que es lo que está muchas veces detrás del alegato contra los políticos y los parlamentarios.

Otro tópico recurrente en muchos debates, y también en el que asistí recientemente, es que “desde 1990 no se ha hecho nada”, lo que afirman tanto personas de derecha como de algún centro e izquierda. Me parece que un poco de ecuanimidad debe llevar a reconocer al menos cosas como que: 

– Vivimos en un clima de libertades y de respeto del derecho, imperfecto e insuficiente y sin que prevalezca el principio de mayoría en temas cruciales y haya avanzado la corrupción en diversos órganos públicos, pero que en nada se puede comparar a la dictadura de 1973-1990;

– Ya no existe la ley de autoamnistía de 1978, a pesar de la lentitud de los tribunales e insuficiencias variadas, pues la justicia considera hoy que debe prevalecer la legislación internacional en materia de crímenes de lesa humanidad, lo que ha conducido a muchas condenas a violadores de los derechos humanos, cuyas penas se cumplen en la mayoría de los casos mediante privación de libertad (sin olvidar que Pinochet no fue condenado aludiendo una demencia que logró certificar, pero si fue enjuiciado por diversos crímenes), y que nada de eso ha sido fruto del espíritu santo sino de muy respetables y prolongadas luchas;

– Los ingresos de las familias y el empleo y los mecanismos de protección social han aumentado desde 1990 más que en cualquier otra etapa prolongada de la historia de Chile y la producción crecido al doble que en dictadura, si bien las insuficiencias son múltiples y en algunos casos graves: la economía se ha concentrado enormemente, los derechos de los trabajadores y los consumidores son inexcusablemente limitados y también lo son las políticas minera y pesquera, las de diversificación industrial y de innovación, la educacional, de salud y previsional, así como la protección del medio ambiente, como fruto en parte de la herencia dictatorial y de la influencia del gran empresariado en el parlamento; pero todo esto no elimina los progresos, que son los mejores de América Latina en diversas materias;

– La concentración de la distribución del ingreso monetario, que sigue siendo intolerable, bajó de un coeficiente de Gini de 57,2 en 1990 a uno de 47,7 en 2015 (según los cálculos del Banco Mundial);

– La esperanza de vida al nacer, que refleja una parte significativa de las condiciones de vida de la población (y no solo de los más ricos, como en buena medida ocurre con el PIB por habitante en condiciones de concentración del ingreso) aumentó en 6 años y pasó de 73,7 años en 1990 a 79,7 años en 2017, la tasa más alta de América Latina (después de los 80 años de Costa Rica y los 79,9 años de Cuba), cifra que supera hoy a la de Estados Unidos, cuya esperanza de vida al nacer aumentó en solo 4 años y pasó de 75,3 años en 1990 a 79,5 años en 2017, según la Organización Panamericana de la Salud (2018);

– La tasa de mortalidad de los niños menores de un año (un indicador directo de pobreza) pasó de 16,0 en 1990 a 6,9 en 2015 por cada 100 mil nacidos vivos;

– La tasa de mortalidad por homicidios (un indicador directo de criminalidad) pasó de 10,2 en 2000 a 7,6 en 2015 por cada 100 mil habitantes en el caso de los hombres y de 1,4 a 1,0 en el caso de las mujeres.

En temas culturales y de discriminación se han producido avances notorios, los que hoy forman parte del paisaje como si siempre hubieran estado ahí, a pesar de la oposición de la derecha dura y de conservadores de otros signos, los que en su momento usaron los argumentos más retrógrados que sea posible imaginar. Entre estos avances progresistas se cuenta en 1994 la despenalización del adulterio femenino; en 1998, el fin de los hijos ilegítimos; en 1999, la despenalización de la sodomía; en 2004, la ley de divorcio; en 2015, la ley de Acuerdo de Unión Civil; en 2017, la ley de despenalización del aborto en tres causales, y en 2018, la ley de Identidad de género.

La “legitimidad del reclamo” frente a lo que se pueda considerar equivocado, insuficiente o injusto, que alimenta de manera crucial la deliberación en democracia, se ha visto opacada en nuestro país por la “cultura de la queja” y de la maledicencia. Nos hemos acostumbrado a emitir, y a aplaudir, afirmaciones que no dan cuenta de datos básicos de la realidad, o en el mejor de los casos a cuestiones laterales. Me quejo luego existo, y sigo tan contento/a. Y no me hago cargo de contribuir a cambiar nada, ni me siento responsable de nada. En efecto, para cambiar las realidades injustas o dañinas para la condición humana y para los ecosistemas, hay que diagnosticar lo mejor que se pueda lo que pasa para proponer las transformaciones que resulten necesarias, y actuar individual y colectivamente en consecuencia. Que se tenga éxito o no en el empeño nunca estará garantizado, pero si no se intenta estará garantizado que nada nuevo ocurrirá. Y podremos seguir quejándonos con mayor entusiasmo. Hasta que aparezca un Salvador de la Patria y sea demasiado tarde para sostener y ampliar la democracia.

jueves, 29 de noviembre de 2018

Fin a la indemnización por años de servicio: ¿una nueva regresión social?


El gobierno ha manifestado su intención de eliminar la indemnización por años de servicio (un mes por año trabajado según la última remuneración mensual con un tope de 11 meses y 90 UF) y compensarla con una ampliación del seguro de cesantía. Llama la atención que esto no le resulte contradictorio con haber recientemente aceptado en el Congreso extender la indemnización al trabajo agrícola temporal. La coherencia no parece ser una de las virtudes de la actual administración, aunque en su descargo constatemos que las conductas barrocas son bastante usuales por estas tierras. Volviendo al tema: la diferencia entre ambos mecanismos es que la indemnización proporcional a los años de servicio, vigente en muchas economías (incluyendo algunas muy prósperas y de bajo desempleo como la alemana), representa un costo del despido que no existe en el caso del seguro, que otorga ingresos de reemplazo por un período de tiempo. Así, el actual gobierno “sale del closet” para evidenciar su orientación a favor del empleador en las relaciones laborales. Lo que no es por lo demás demasiado extraño si se considera el mundo del que proviene el presidente Piñera y si se constata cuantos grandes empresarios dominan las principales posiciones ministeriales. Esta regresión social en perspectiva se agrega a otras como la contra-reforma tributaria que, de aprobarse, regalaría unos 900 millones de dólares por año al 1% más rico.

El análisis del tema no puede hacer abstracción del hecho que los empleadores, salvo en algunos casos y circunstancias, dominan la relación laboral en las economías de mercado, y muy especialmente en Chile. Esto proviene de su poder de contratación y despido de los asalariados, es decir de aquellas personas que en su gran mayoría solo poseen su capacidad de trabajar para poder subsistir. En palabras de Bernard Guerrien y Sophie Jallais, “la tarea propia del economista es determinar las consecuencias de los comportamientos cuando se limitan a lo que Adam Smith llama el ‘deseo de riqueza’. Tienen por tanto que tomar en cuenta, entre otras cosas, la lucha por el reparto de la ganancia que genera la actividad de los hombres. Lucha que es en ciertos momentos frontal, pero que adopta habitualmente la forma de compromisos entre las fuerzas en presencia. Las leyes, las normas sociales y las costumbres son en parte una consecuencia de esos compromisos. No es posible entender lo que pasa en nuestras sociedades sin tomarlas en cuenta”.

Las empresas necesitan flexibilidad en la contratación y despido por razones productivas, pues el ciclo económico y las adaptaciones tecnológicas requieren modificaciones periódicas de las dotaciones de trabajadores. Si estas modificaciones no fueran posibles, muchas empresas se tornarían inviables al desaparecer su rentabilidad (salvo que sean subsidiadas, pero ese subsidio debe tener alguna justificación de interés general y en todo caso provenir de excedentes generados en alguna otra parte: todas las empresas no pueden ser subsidiadas al mismo tiempo). Pero lo que se olvida en el enfoque económico liberal es la contrapartida que toda visión socialista o socialdemócrata, amén del mundo sindical, pone por delante: los trabajadores no son objetos desechables ni sus jornadas moldeables de acuerdo al interés empresarial sin consideración de su condición de seres humanos dotados de dignidad y derechos. ¡Y que necesitan legítimamente seguridad en su trabajo y en sus ingresos!

Los liberales se oponen a todo reforzamiento del escaso poder de los asalariados y consideran a la fuerza de trabajo como una mercancía más a transar en “mercados de trabajo”. Rechazan el salario mínimo, la negociación colectiva con sindicatos que tengan algún peso, la regulación del despido o bien que éste tenga algún costo para el empleador. Su argumento es desde el siglo XIX siempre el mismo: estas regulaciones pueden ser bien intencionadas pero afectan la creación de empleo. Y a la vez justifican la exigencia de los dueños del capital -acumulado legítima o ilegítimamente mediante el poder monopólico o el simple expolio- de todo tipo de derechos inamovibles sobre la propiedad de sus activos. Pero este argumento interesado esconde una realidad muy simple: las regulaciones de las retribuciones del capital y del trabajo pueden generar una más equitativa distribución primaria del ingreso, lo que no impide si están bien diseñadas ni la inversión ni la creación de empleo. En efecto, ambas dependen tanto de la rentabilidad para la empresa de cada unidad de capital o de trabajador adicional empleados (en principio nadie invierte ni contrata a alguien si va a significar un costo mayor al ingreso que pueda generar) como de las perspectivas futuras de la demanda por los bienes ofrecidos (ninguna empresa perderá racionalmente la oportunidad de aumentar sus utilidades).

Existiendo una rentabilidad empresarial y una demanda efectiva suficientes (estos temas se tratan en detalle en mi reciente libro “Economía, Una Introducción Heterodoxa”), la intervención pública bien concebida para disminuir las asimetrías de poder favorables al capital en la empresa y para reequilibrarlas a favor de los asalariados, no provoca efectos mayores en los niveles de empleo. Es perfectamente razonable propiciar una “estabilidad dinámica del empleo”, la que supone no solo permitir en ciertas condiciones a las empresas ajustar el volumen y modalidades de empleo de la fuerza de trabajo sino también establecer normas de despido y que este tenga un costo. Una relación laboral más equitativa y eficiente supone, además, mecanismos mutualizados de protección de los ingresos en caso de desempleo temporal y organizar el acceso a capacitaciones para la reinserción laboral. Y también otorgar a los asalariados una capacidad de incrementar sus ingresos según al menos los aumentos de productividad y el nivel de utiidades de las empresas. Este es el componente de seguridad y de coparticipación en la relación laboral que no interesa a los liberales.

El enfoque liberal no valora la retención de recursos humanos y la disminución de la rotación laboral, factores que favorecen el aprendizaje y la adquisición de capacidades y que pueden traducirse en sustanciales aumentos de productividad. Es absurdo económicamente que las coyunturas desfavorables sean abordadas perdiendo capacidades humanas en la empresa. Esta es la razón básica por la cual se justifica que el despido sea oneroso. Cuando es indispensable disminuir el costo laboral, el ajuste coyuntural de la jornada de trabajo es una opción preferible al despido. La permanencia en el empleo y la retención de capacidades en la empresa puede incentivarse, junto a poner un costo al despido, mediante subsidios temporales, como lo ha demostrado la exitosa experiencia de varios países en la gran recesión de 2008-2009.

En suma, los propietarios de las empresas en una sociedad democrática no deben ser autorizados para ejercer una completa “libertad económica” si esto se traduce en un poder de dominación sobre sus asalariados y en externalidades negativas sobre la sociedad. Las empresas deben, además de ser incentivadas para proteger a sus trabajadores, ser impedidas de dañar la salud humana, atentar contra los ecosistemas, deteriorar el entorno urbano y abusar de los consumidores. Por eso los indicadores internacionales de “libertad económica” son especialmente absurdos, como ideológicos son los economistas que los defienden. Las empresas deben convivir con un conjunto de restricciones institucionales justificadas y razonadas, como lo hacen con las cambiantes condiciones del mercado y de los costos de los insumos, las que son al menos tan desafiantes, y con frecuencia mucho más, que gestionar los costos laborales. Y no olvidemos que su sistemática compresión es, desde el lado macroeconómico, un poderoso factor recesivo.

Existen buenos argumentos para afirmar que el cultivo de un clima laboral cooperativo y de una relación constructiva con el entorno es un factor de creación de valor en la empresa. En cambio, desentenderse del entorno e instituir la precariedad en el trabajo como principio organizativo básico generaliza relaciones laborales conflictivas, dificulta la inversión en las capacidades humanas en la empresa y no permite la construcción de estrategias compartidas de mejoramiento de la competitividad. En palabras de Dani Rodrik, “en una discusión tecnocrática de este tipo, es fácil olvidar que lo que los economistas llaman las ‘rigideces del mercado de trabajo’ son en realidad un componente crucial del diálogo social en las economías capitalistas desarrolladas. Proveen una seguridad de los ingresos y del empleo a trabajadores cuya existencia podría de otro modo estar sujeta a trastornos tumultuosos. Además, como lo subraya el economista italiano Giuseppe Bertola, pueden ser eficientes incluso desde una perspectiva estrictamente económica, en la medida en que facilitan la estabilización de los ingresos del trabajo”. Recordemos que los ingresos del trabajo, que permiten el consumo de la mayoría de las familias, son el componente más significativo de la demanda agregada en la mayoría de las economías.

Puesta en este contexto, la discusión que acaba de iniciar el gobierno sobre la indemnización por años de servicios debe considerar que este mecanismo ayuda a inhibir los despidos sin justificación económica, estimula la capacitación para aumentar la productividad al favorecer la permanencia en la empresa y es, llegado el caso, un patrimonio del asalariado que le permite enfrentar mejor el drama del desempleo. Si además existe un seguro de cesantía a todo evento, bienvenido sea para el trabajador. Así, no hay justificaciones sólidas para eliminar o disminuir la indemnización vigente (cuyo tope, recordemos, pasó de 5 a 11 meses en el gobierno de Patricio Aylwin, que tanto dice admirar el actual presidente). Salvo que el objetivo sea simplemente fortalecer aún más en Chile el muy desequilibrado poder del capital sobre el trabajo, en línea con el persistente paradigma del pleno dominio oligárquico propio de la antigua hacienda.

lunes, 19 de noviembre de 2018

Una nueva tragedia


El uso desmedido de la fuerza por Carabineros para causar terror termina otra vez en el asesinato de un mapuche, esta vez Camilo Catrillanca. El gobierno de Sebastián Piñera debe hacerse responsable de su política de armar comandos a la colombiana, que terminan, como era previsible, saliendo a matar por la espalda con balas en la cabeza a alguien que “arranca en un tractor”, y que supuestamente “ha participado antes en delitos” pero ostenta un certificado de antecedentes incólume. Sería cómico si no fuera trágico. Junto a la investigación judicial de rigor, que ojalá no demore años como suele ocurrir en estos casos y conduzca a sanciones penales proporcionales al delito cometido, no podrán esquivarse las responsabilidades políticas

Ya se habían producido asesinatos de mapuches por la fuerza pública en gobiernos previos, en un contexto que ha llegado a tomar la injustificable forma de castigos colectivos a diversas comunidades. La Inteligencia (¿?) de Carabineros llegó, al parecer, al extremo de inventar falsas pruebas contra dirigentes mapuches, validadas por las autoridades del gobierno anterior. Con el cambio de administración, y después de un disperso plan del empresarial ministro Moreno, la represión vuelve por sus fueros. Prevalece una ceguera que habla muy mal de la capacidad del sistema político chileno actual, y desde luego de quienes hoy gobiernan, de abordar problemas complejos de una manera que no sea simplemente por la fuerza. ¿O acaso no debemos considerar que existe un traumático transfondo histórico y olvidar que los mapuches fueron despojados por la República de buena parte de sus territorios, los que a la postre habían sido respetados por los españoles, incluso al margen de la propia ley chilena? A quien tenga dudas le recomiendo leer la dramática descripción de José Miguel Varela de lo ocurrido a fines del siglo XIX en el libro “Un veterano de Tres Guerras” y su experiencia como Intendente frente a la violencia de los terratenientes contra los mapuches y contra la ley.

Mucho más tarde, luego de los avatares de la reforma agraria y de su reversión violenta por la dictadura de 1973-89, la transición democrática ofreció a los pueblos originarios -a partir de previos parlamentos con presencia del propio Patricio Aylwin- un reconocimiento constitucional, que la derecha bloqueó desde 1990, y un significativo pero insuficiente Fondo de Tierras y Aguas. Con el paso de los años, la voluntad emancipatoria inicial terminó cediendo a la lógica clientelista y burocrática. Peor aún, se volvió a caer en la torpeza de la respuesta meramente represiva frente a acciones violentas de nuevas generaciones de mapuches que -aunque sea políticamente incorrecto afirmarlo- terminaron explicablemente radicalizados al constatar una y otra vez la inoperancia de las promesas del nuevo orden democrático.

Habemos quienes sostenemos la necesidad de combinar una lógica tanto de inclusión como de autonomía frente al histórico tema mapuche Este enfoque debe al menos contemplar:

a) reforzar la devolución de tierras y aguas en diversos lugares del territorio -incluso en parte de los hoy en manos de empresas forestales- pero con un nuevo pacto productivo entre las comunidades, el Estado y las empresas y con la aplicación general de la consulta indígena obligatoria del Convenio 169;

b) establecer una representación mapuche y de pueblos originarios en el parlamento y

c) crear nuevos municipios en territorios mapuches y de otros pueblos originarios que velen autónomamente por el bienestar e identidad plural de sus ciudadanos.

La democracia debe ser capaz de producir resultados que sean significativos para la mayoría social. Debe ser algo muy distinto a la distribución del poder político entre miembros perennes de una “clase política” condicionada por un poder económico cada vez más concentrado. Esto lleva inevitablemente a la percepción colectiva de que la democracia ya no termina siendo la expresión, aunque imperfecta, del ideal del autogobierno, sino un sistema que asegura con más legitimidad la perpetuación de una sociedad de clases y de privilegios. Esta percepción, como llevamos años constatándolo en Chile sin que hayamos logrado hacer nada útil al respecto, conduce a la mayoría de los ciudadanos a la abstención y a algunas minorías a la violencia política. En otros países, la mayoría ha terminado por volcarse hacia esquemas demagógicos o hacia soluciones autoritarias que, aunque inconducentes, canalizan respuestas simplistas frente a la inseguridad económica y frente a la delincuencia, fenómenos que el orden neoliberal no resuelve sino que amplifica.

Llegó el momento de tomar en serio la necesidad de constatar que la representación democrática tradicional debe evolucionar. Y que debe al menos asegurar tres nuevos objetivos: que se tomen más decisiones mediante consulta ciudadana, lograr la paridad de género (por ejemplo mediante la atribución proporcional de escaños a cada lista ya no a individuos sino a duplas hombre-mujer previamente establecidas por las respectivas listas) y también establecer la representación y autonomía de los pueblos originarios. Pero sin olvidar el punto de partida: el fundamento de la democracia es el principio de mayoría, respetando el derecho de las minorías a existir, a expresarse equitativamente y a procurar transformarse en mayoría en elecciones periódicas de las autoridades. Una parte sustancial de este principio básico sigue anulado en Chile, a pesar de los cambios sucesivos desde 1990. Existe aún un derecho a veto de la minoría sobre la mayoría, tanto por los altos quórum de aprobación de las leyes orgánicas y reformas constitucionales como por un ilegítimo Tribunal Constitucional que anula una y otra vez contenidos de leyes aprobadas por el parlamento. Este orden político de “democracia protegida de las mayorías” -que no es otra cosa que una herencia dictatorial impuesta al pueblo chileno- evidentemente produce y producirá cada vez más un alejamiento de la participación democrática y facilitará la multiplicación de violencias. La respuesta a este desafío deberá estar en cambios políticos y económico-sociales, enfrentando con más democracia los problemas de la democracia, y no en la represión indiscriminada que hemos visto en estos días.

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