lunes, 22 de abril de 2024
Más sobre el embate del gran empresariado: ¿qué hay de los indicadores básicos y de la productividad?
jueves, 18 de abril de 2024
Un progresismo que avanza a la unidad en la diversidad
La economía y la oposición apocalíptica
04-04-24 La Nueva Mirada
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jueves, 4 de abril de 2024
La economía y la oposición apocalíptica
domingo, 31 de marzo de 2024
La persistencia de una democracia polarizada
El semanario británico The Economist realiza un estudio anual de la situación democrática en 165 Estados. En su edición de 2024, mantiene a Chile muy cerca de las democracias de mejor calidad, pero fuera de las 24 “democracias plenas”, grupo del que solo forma parte ahora Uruguay en América Latina. La primera posición vuelve a ser ocupada por Noruega, en un listado tradicionalmente encabezado por los países escandinavos, como también es el caso de los índices de bienestar.
El informe distingue cinco categorías: proceso electoral y pluralismo, funcionamiento del gobierno, participación política, cultura política y libertades civiles. Según la puntuación media obtenida, un país puede ser clasificado como “democracia plena”, “democracia defectuosa”, “régimen híbrido” o “régimen autoritario”. Portugal, Argentina, Bélgica o Italia tienen sistemas defectuosos. Los de Turquía o El Salvador son híbridos, mientras China, Arabia Saudí o Nicaragua son regímenes autoritarios. Corea del Norte, Myanmar y Afganistán son, según esta clasificación, los Estados más autoritarios del mundo.
Chile se sitúa en la posición 25, con una puntuación de 7,98 sobre 10 (Noruega suma 9,81 y Uruguay 8,66, en la posición 14), con el resto de países latinoamericanos mucho más atrás. El país obtiene una muy alta puntuación de 9,58 para «el sistema electoral y el pluralismo democrático» y un 9,12 para «las libertades civiles». El “funcionamiento del gobierno” obtiene una nota honorable de 8,21. En cambio, la “cultura política” se sitúa mucho más abajo, con una nota de 6,88, mientras resulta mal parada la “participación política”, con 6,11. La vuelta al voto obligatorio probablemente mejorará este último indicador. Pero la “cultura política”, con un ambiente de descalificación creciente, con medios dominantes partisanos y polarizantes, requiere de un cambio mucho mayor para mejorar sus bajos niveles actuales.
Este se explica por un largo deterioro y porque la rebelión social de 2019 se recondujo por cauces institucionales mal concebidos. Una mayoría decidió, en un contexto de voto obligatorio, no aprobar una constitución que consagraba nuevos derechos y equilibrios territoriales, sociales y ambientales en septiembre de 2022, con una regla de aprobación de 2/3 en el órgano constituyente elegido por voto voluntario. Esto obligó a aceptar intereses particularistas y programáticos, que fueron sumando rechazos tema a tema. Un quórum menor hubiera facilitado acuerdos para una constitución no programática. La ciudadanía quiso, de paso, castigar al nuevo gobierno en medio de una contracción económica. Pero tampoco dio curso en diciembre de 2023 a la regresión autoritaria, conservadora y oligárquica que promovió la derecha, que incluía la limitación de las libertades, de la soberanía popular, de los derechos sociales y los de las mujeres.
Sorprendentemente, según la “Encuesta Postplebiscitos” del Laboratorio de Encuestas y Análisis Social (LEAS) de la Universidad Adolfo Ibáñez, realizada en enero de 2024 (ver https://leas.uai.cl/2024/03/18/chile-post-plebiscitos/), aumentó la valoración de la democracia. Un 62% de los consultados se mostró de acuerdo con la afirmación según la cual “la democracia es preferible a cualquier otra forma de gobierno”. Esta opción había sumado solo un 46% en diciembre de 2021, en una encuesta similar. Solo un 26% aprobó la frase “en algunas circunstancias, un gobierno autoritario puede ser preferible a uno democrático”, cifra igual a la de 2021. La opción «da lo mismo», bajó de 21 a 12%. De paso, un 43% consideró que la actual constitución quedó «bastante o muy legitimada» tras el plebiscito y un 37% la considera «nada o poco legitimada», lo que sigue reflejando una fractura. En el debate constitucional de 2023, la derecha se había permitido incluso hablar de “verdaderos chilenos”, en confrontación con los que no lo serían.
¿Cuán polarizada quedó la sociedad chilena después de los procesos constitucionales? Se puede describir cuatro principales escenarios de polarización ideológica, siguiendo a Daniel Innerarity, Steffen Mau y otros. El primero es el clásico conflicto socioeconómico sobre la distribución de los ingresos y la riqueza, alrededor del cual se articula el clivaje izquierda/derecha. Esto es notorio en Chile, donde no se aprecia un espacio común para el acuerdo en medio de grandes desigualdades de ingreso, como se ha visto con el rechazo a la reforma tributaria y de pensiones. Impedir un Estado de bienestar es un objetivo compartido por la derecha, que es predominantemente neoliberal, e incluso por una parte del llamado progresismo, aunque no sea hegemónica.
Un segundo ámbito de conflicto polarizador es el las desigualdades “centro/periferia”. Allí se confrontan distintas concepciones de la distribución del poder territorial y es un escenario de reclamo para obtener más recursos públicos, lo que en Chile está presente pero con una intensidad relativamente baja, aunque persiste un Senado colegislador que sub-representa fuertemente a las regiones con más habitantes y favorece los cacicazgos cuasi-feudales.
Un tercer escenario de confrontación ideológica es el de las desigualdades “nosotros/ellos”, donde se desarrollan los conflictos de reconocimiento de la identidad, las discriminaciones de género y la diversidad sexual. Es el de la confrontación entre la idea de ciudadanía y una actitud clasista y supremacista contra los pueblos originarios y sus derechos colectivos. Se acompaña, además, de impulsos de xenofobia, en ocasiones de manera agresiva y mediando un afán de exclusión y de rechazo a la inmigración, la que se asimila impropiamente a la delincuencia. Esto es estimulado por la derecha conservadora y por diversos sectores políticos a la caza de electores. A su vez, la cultura conservadora no tolera el derecho de cada cual de vivir del modo que le parezca y a no ser objeto de exclusión y discriminación. Signos de una evolución positiva se produjeron cuando bajo Bachelet II se aprobó en 2017 el aborto por tres causales y bajo Piñera II se aprobó en 2021 el matrimonio igualitario, ampliando los derechos individuales. Pero parte de la derecha sigue buscando su reversión, con ataques al feminismo y a las diversidades, mientras se expresa con virulencia contra la inmigración, a pesar que, en el caso de Venezuela, fue directamente promovida por Piñera y la UDI para buscar aumentar el electorado conservador en Chile.
Una cuarta dimensión es la de las desigualdades “presente/futuro” entre generaciones, con discusiones recurrentes sobre la protección del medio ambiente y la acción contra el cambio climático, que confronta con quienes valoran la sostenibilidad a negacionistas y a los que creen que el crecimiento económico debe prevalecer por sobre cualquier otra consideración.
Si en Europa, según Daniel Innerarity, “lo que hoy tenemos es keynesianismo y nuevos derechos sociales, aceptado también por los conservadores y solo impugnado por la extrema derecha”, no es el caso de Estados Unidos y de buena parte de América Latina, con los Trump, Bolsonaro y Milei, y también con la derecha chilena de Matthei y Kast. Esta defiende a brazo partido el Estado mínimo, en lo que es minoritaria, por lo que busca hacerse mayoritaria promoviendo sus opciones autoritarias involucrando a los militares en materia de seguridad, creando sistemáticamente un clima de miedo y temor generalizado.
Es de esperar que en Chile en algún punto del tiempo, si no hay acuerdo sobre como disminuir los temores, mejorar las condiciones de vida de la población y aminorar las desigualdades y asimetrías de poder entre las categorías sociales, al menos lo haya sobre buscar una convivencia que disminuya la violencia física, simbólica y económica que hoy afecta la vida en común.
Tal vez una inspiración desde fuera pueda ayudar. En estos días, el gobierno británico busca contener las formas de «extremismo» que hoy cruzan su convivencia, para lo cual acaba de proponer una definición de esta conducta como «la promoción o impulso de una ideología basada en la violencia, el odio o la intolerancia”, así como “negar o destruir los derechos y libertades fundamentales de otros». Esta definición debiera ser parte de los valores cívicos básicos compartidos en Chile y ser una de las primeras en consagrarse constitucionalmente mediante las reformas por 4/7 del parlamento que desde 2022 son posibles. Nunca es tarde para persistir en la tarea de fortalecer la convivencia democrática y disminuir la polarización.
viernes, 22 de marzo de 2024
¿Prejuicios ideológicos?
Desde Los Vilos, no tan lejano a Tongoy, el presidente Gabriel Boric declaró el 21 de marzo que “desde la política, yo invito a que nos despercudamos de viejos prejuicios generalizados hacia la empresa y las evaluemos en función de su desempeño y de sus obras. Y también invito a otros sectores, en particular empresariales, a abandonar la soberbia paternalista que lleva a emitir juicios denigratorios a gobiernos que obedecen a la voluntad popular”.
La presión mediática furibunda ha querido atribuir a la izquierda tener «prejuicios ideológicos». Ha puesto de moda aquellos que supuestamente tiene «contra el orden público» y “contra la empresa”, que son falsos. Lo que tiene la izquierda, o las izquierdas, si se quiere, pues hay mucha diversidad en su seno, son objetivos, aunque haya flexibilidad en los medios. Y hay uno que es central: lograr una sociedad más libre y por tanto necesariamente más justa, pues la libertad no puede ser solo la de un grupo privilegiado de propietarios que concentra el poder y la riqueza, y de paso depreda el ambiente. Debe ser una libertad ejercida por todos los miembros de la sociedad, los que deben disponer de medios de vida dignos basados en el trabajo y en la solidaridad. Este es, además, el modo estructural de hacer retroceder la delincuencia, sin perjuicio de combatirla en cada contingencia con energía. Este no es un prejuicio, es un juicio. Mantenerse en esa postura lleva con frecuencia a confrontar a los poderes constituidos, lo que requiere una actitud, una disposición a ir contra la corriente y a resistir las presiones, las subordinaciones, los lugares comunes dominantes y las modas.
En efecto, la izquierda tiene un enfoque de seguridad democrática, no uno meramente represivo, y se ha hecho cargo de la seguridad en momentos decisivos de la historia de Chile, que algunos olvidan. También se le atribuye una postura «contra la empresa». En ambos casos, hay quienes se dejan llevar por esos cantos de sirena.
En el tema de la empresa, existe una larga tradición en la izquierda mundial, tanto socialdemócrata como heterodoxa, que nunca ha defendido el modelo de centralización económica y de estatización generalizada en que resultó la experiencia de la URSS y la China maoísta. Y que, por el contrario, defiende que la empresa es el lugar de la producción y la fuente de la prosperidad colectiva, que debe tener la mayor productividad posible (producción por hora trabajada) en equilibrio con la responsabilidad social y los objetivos de desarrollo que hacen posibles las redistribuciones y la sostenibilidad del bienestar colectivo. Su visión ha sido que repartir pobreza no tiene sentido.Lo que si existe en la izquierda es una visión crítica del «sistema capitalista», aquel que da todo el poder económico a pocos propietarios que maximizan utilidades, no respetan los derechos de los trabajadores y dañan el entorno y los ecosistemas, al punto de acentuar las desigualdades como nunca antes en la historia y poner en peligro la continuidad de la vida humana tal como la conocemos. Y que producen crisis periódicas con graves consecuencias sociales. Aclaremos que tampoco son aceptables empresas y servicios públicos bajo control de burocracias ineficientes y corporativas, y eventualmente corruptas, que constituyen monopolios que no dejan opciones disponibles de trabajo y consumo para la ciudadanía común.
Los que interesadamente ponen por delante el estalinismo soviético o el rentismo burocrático-autoritario de países como Venezuela debieran tomar en cuenta que el principal país que se declara socialista hoy en el mundo es China. Desde los años 1980, este país ha protagonizado la mayor expansión económica en el menor tiempo que conozca la historia humana, utilizando planificación y mercados, sin perjuicio de que los derechos de los trabajadores y el medio ambiente no siempre se cautelen suficientemente ni se deba compartir su régimen político de partido único, como es el caso de quienes consideramos que la democracia plural es insustituible para cualquier verdadero desarrollo equitativo y sostenible.
La mayor parte de la izquierda se empeña hoy en construir una alternativa al neoliberalismo (aquel que minimiza impuestos progresivos y gasto estatal, privatiza empresas y servicios públicos e impide regulaciones en beneficio del trabajo, del medio ambiente y del consumidor) a través de una economía mixta socialmente productivista que haga posible la prosperidad compartida y sostenible, haciendo declinar las actividades perjudiciales para el ambiente y la salud y expandiendo las que mejoran el nivel y la calidad de vida. Este tipo de economía incluye esferas socializadas y toda la inversión pública en infraestructuras e innovación tecnológica, las empresas estatales estratégicas y los servicios públicos que sean necesarios y posibles. Eso sí, siempre sujetos a control democrático de su probidad y resultados. Y también debe incluir a empresas privadas con y sin fines de lucro, o con motivaciones combinadas, en mercados social y ecológicamente regulados, con negociación colectiva, sindicatos y participación laboral en las utilidades. Además, debe incluir un fuerte sector social y solidario y de empresas de inserción, no basado en la rentabilidad privada, aunque con capacidad de sostenerse económicamente en el largo plazo, creador de empleo, cohesión social y territorial y diversidad cultural.
El tema es democratizar la economía y ponerla al servicio del bienestar de la mayoría, no ahogar a las empresas que producen bienes y prestan servicios en términos social y ambientalmente satisfactorios. Las economías mixtas con Estados de bienestar y promotores de la innovación productiva son las que han logrado en la historia la mayor prosperidad común, como es el caso de los países nórdicos y otras experiencias, no aquella que defiende y promueve el gran empresariado en Chile, basada en la concentración financiera y de los mercados y la explotación del trabajo. Este sector de la sociedad no defiende la empresa, defiende la concentración económica y los privilegios de una minoría oligárquica.
jueves, 21 de marzo de 2024
El devenir del oficialismo
domingo, 17 de marzo de 2024
Preguntas sobre la seguridad pública
En El Clarín
Algunos alcaldes oficialistas se sumaron a los cantos de sirena de la militarización de la lucha contra la delincuencia e inclinaron por fórmulas efectistas en un clima de reelección. Piensan que así crean la imagen de “una autoridad que actúa”. Como si asumir el discurso militarista y autoritario, aquel de la “mano dura” para el cual solo las dictaduras y la fuerza bruta pueden mantener el orden, no fuera una inepcia y una inutilidad práctica.
No se discute qué se hace con los 400 mil jóvenes que no estudian ni trabajan, según el INE, ni se reflexiona sobre en qué puede mejorar la situación de seguridad ciudadana la presencia de militares en el corazón de las ciudades, que están entrenados para atacar o aniquilar objetivos enemigos, no para perseguir delincuentes. ¿Para disuadirlos? ¿Qué delincuencia va a cesar porque se ponen militares de punto fijo o patrullas en estaciones de metro, de trenes, terminales de buses, hospitales, centros de salud familiar, malls, como «colaboradores de las fuerzas policiales regulares», según el alcalde Carter, utilizando, según el gobernador Orrego, que no se anda con recomendaciones menores, «blindados, helicópteros, drones e inteligencia»? ¿La del Tren de Aragua, del crimen organizado e internacionalizado, del narcotráfico, de la trata de personas, de las extorsiones y secuestros? Por lo demás, ¿qué fuerza militar podrá funcionar con un mínimo de eficacia bajo el mando operativo de policías? Si las fuerzas militares devienen en órganos de patrullaje y puntos fijos de orden público en las ciudades, no ya en Estados de emergencia o elecciones, sino por mero decreto presidencial, más se consagrará una impresión de desborde y se aumentará el miedo. Y sobre todo se pondrá en manos de eventuales gobernantes sin criterio o derechamente autoritarios una fuerza coercitiva sin control, cubierta además por las nuevas leyes represivas que la protegen en caso de abusos de autoridad. ¿Alguien puede asegurar que no se producirán incidentes que después los mismos que piden la intervención militar lamentarán y propondrán castigar?
Manipular el miedo de la población no conduce a ninguna parte, salvo a aumentar ese miedo. ¿Por qué no se integra de una buena vez la comprensión de que los países con menos delincuencia no son los más ricos ni los con más cárceles y penas más altas, como Estados Unidos -en contraste con Canadá, por ejemplo- o los países periféricos clasistas, racistas y excluyentes dominados por oligarcas sin escrúpulos, sino los que crecen con más prosperidad compartida y cohesión social, como muchos europeos, asiáticos y de Oceanía? Así lo muestran los datos mundiales de homicidios. Sobre el tema de El Salvador, el nuevo paradigma de los partidarios del Estado violento, basta con señalar que su tasa de homicidios en 2022 siguió siendo superior a la chilena, pero a un altísimo costo en arbitrariedades y violencias estatales de todo tipo.
A pesar de la penetración de una criminalidad más dura e internacionalizada en Chile (el 53% de los homicidios es por arma de fuego y el 17% contra extranjeros), la tasa de homicidios chilena es una de las más bajas de América Latina. ¿Qué sentido puede tener no subrayar que, luego de aumentos en la década pasada y en 2022, los homicidios disminuyeron en 2023 en Chile, según los datos de Carabineros y los de la Fiscalía hasta el primer semestre? ¿O no subrayar que en pocos días el sonado secuestro y asesinato de un refugiado ex militar venezolano fue esclarecido gracias a una inteligencia investigativa ágil y no políticamente sesgada, que dejó claro que era responsabilidad de un grupo delictual? Pareciera ser que se hizo sentido común que ponderar los hechos y ponerlos en perspectiva es una actitud de «débiles frente a poderes externos que intervienen en Chile y están fuera de control”. Nada está fuera de control, hay que decirlo con claridad.
Lo que hay es una actitud política opositora, para la cual todo acto de delincuencia, como si hubiera sociedades en que no existe, es sinónimo de desborde y descontrol, para sacar réditos políticos dudosos y, sobre todo, buscar legitimidad para las opciones autoritarias.
El gobierno ha decidido jugar en la cancha del endurecimiento legislativo y no parece tener una estrategia que confronte la idea falaz de la “crisis de seguridad” y oriente el trabajo policial en base a la responsabilidad que le cabe a las instituciones. Mantener por dos años a un General Director de Carabineros que será imputado por violaciones a los derechos humanos durante la crisis social de 2019 y a un Director General de la PDI vinculado a los abogados de la UDI y que finalmente se descubre ha violado la ley para proteger a un anterior director acusado de corrupción, no parece haber sido la mejor opción.
Luego, ¿por qué no haber impulsado la reforma de las policías previamente comprometida? ¿No se requería reforzar la presencia territorial y la colaboración con las comunidades, especialmente las que están en riesgo social, y la cooperación con los municipios y órganos sociales del Estado? ¿Y reestructurar el trabajo de inteligencia contra el crimen organizado y el lavado de dinero para hacerlo mucho más fuerte y coordinado? ¿Por qué no fortalecer en Carabineros más unidades especiales de patrullaje y cuidado disuasivo de puntos críticos, en detrimento de unidades de represión en las calles que mostraron no estar a la altura de la disuasión y el desescalamiento de la violencia? ¿No se debe acaso reforzar lo hecho en materia de inteligencia policial, apoyada en capacidades técnicas, como en el caso del militar venezolano?
Mezclar el trabajo policial y la defensa nacional y la inteligencia civil y la militar no es la respuesta adecuada. No existe en ningún Estado serio, simplemente porque son funciones distintas. Cuando se alude la presencia militar en las calles contra el terrorismo integrista en otras partes del mundo, se está hablando de un fenómeno que no existe en Chile y que requiere de respuestas distintas de las policiales. Otra cosa es pensar a mediano plazo en una nueva institución como la Guardia Nacional de Estados Unidos, que colabore en las catástrofes y refuerce a las policías en situaciones de crisis, dejando a las fuerzas armadas en las tareas profesionales que no deben descuidar. Pero esa es harina de otro costal.
En democracia no se debe jugar con la lucha por mantener la plena seguridad de la ciudadanía ni hacer de cada acto delictivo un argumento partidista contra el gobierno, sea del signo que sea. Hacerlo es de irresponsables. La democracia es escuchar la voz del pueblo, pero eso no debe confundirse con plegarse a emociones sin racionalidad para parecer fuerte. Al contrario, al solicitarle a la ciudadanía segundas reflexiones y contener los impulsos y los miedos, es cuando se es verdaderamente fuerte, en beneficio de lo que rinde frutos: el trabajo policial profesional, serio y metódico, integrado a las comunidades y en un contexto de mejoras socio-económicas inclusivas.
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