lunes, 14 de abril de 2014

Nuevas consideraciones sobre la reforma tributaria

Columna en Blogs de Cooperativa

En la discusión sobre la reforma tributaria anunciada por el gobierno han prevalecido tanto afirmaciones al bulto en su contra como la profusión de detalles que a veces no ayudan a ver el conjunto.

Despejemos lo principal: aumentar parcialmente la tributación de las utilidades de las empresas grandes y medianas, así como la de las ganancias de capital, junto a eliminar el DL 600 que asegura una invariabilidad tributaria a la inversión extranjera, no perjudica la inversión.

Apenas viene a compensar en parte el gasto fiscal en bienes públicos (en institucionalidad, infraestructura, educación y salud de las personas que trabajan) que hace posible que esas utilidades existan.

Por lo demás, éstas podrían ser mayores en el futuro si se invierte una mayor recaudación en más bienes públicos, como lo demuestra la trayectoria de las economías hoy desarrolladas (ver Piketty, Le Capital au XXI Siecle, 2013), la mayoría de las cuales mantenía cargas tributarias mucho más altas que la nuestra a similar nivel de ingreso por habitante.

Existe además una suficiente evidencia analítica y empírica nacional (incluyendo un trabajo del ex ministro de Hacienda Felipe Larraín) que indica que este efecto es a lo más de poca significación.

Esto es tanto más válido cuando estamos en presencia de rentabilidades sobre patrimonio (ROE) entre 2005 y 2011, según cálculos de Eduardo Titelman -en Revista de Políticas Públicas Usach 2013 Nº 2- de 77% en la gran minería, de 39% en las Isapres, de 23% en las AFP, de 22% en los bancos, de 15% en la generación eléctrica.

Una buena parte del capital corporativo opera en Chile con rentabilidades sobre normales originadas en prácticas monopólicas y en el uso gratuito de recursos naturales, cuya tributación debiera en realidad ser mucho mayor.

Aún en ese caso no se afectaría la inversión, como saben los economistas no enceguecidos por la ideología liberal desde a lo menos David Ricardo (1817). Aunque todo el mundo tiene derecho a sostener su propia ideología, a la hora de evaluar políticas públicas no está de más procurar mantener un mínimo de ecuanimidad.

Por su parte, gravar las emisiones de gases por fuentes fijas o el uso de diésel, que contribuyen al cambio climático, es simplemente ser responsables con nuestros hijos y nietos.

Este gravamen debiera ser incluso mayor para inducir una transición hacia las energías renovables no convencionales, de las que Chile dispone en abundancia a un costo de uso cada vez más competitivo.

Gravar más el consumo de alcohol y bebidas con azúcar va en beneficio de la salud de la población y no debiera ser objeto de objeciones de principio, incluso por los que defienden a las regiones pisqueras, si es que su función es promover el interés general y no el específico de unos pocos.

Es cierto que entidades ligadas a las grandes corporaciones o a grupos de interés rechazan estos aspectos de la reforma, y que eso es repercutido profusamente con diversos argumentos en la prensa, pero convengamos que todo aquel que va a pagar más impuestos, por modesto o justificado que sea el incremento, busca los argumentos para sostener que será dañino para todos y contrata a los economistas y abogados que defienden su caso.

Esa es la ley, en ocasiones en buena lid, de las defensas corporativas del interés particular.

Desde el punto de vista del interés general, que las autoridades legisladoras están llamadas a promover, siempre cabe escuchar esas defensas, pero no tiene mucho sentido hacerles caso, salvo en sus verdades parciales, si las hubiera.

Donde la reforma presenta problemas, en cambio, es en su plazo de aplicación, en su monto y en su estructura.

Las medidas que entran en vigor el 2018, especialmente la de aplicar en base devengada el impuesto a las utilidades de las empresas, es decir cuando ya no gobierne la actual administración, son al menos una curiosidad, en línea con la inaceptable invariabilidad tributaria que el sistema de representación chilena ha aceptado sin chistar para la minería, en un caso único en el mundo de renuncia de la potestad democrática.

En esta materia se legisla para el gobierno propio, no para los que siguen. Cada gobierno debe ver si mantiene o modifica lo que encuentre al llegar en materia de ingresos y gastos públicos, según su programa de acción.

Esa es la razón por la cual los presupuestos son anuales y en muchas partes los parlamentos discuten y ajustan simultánea y periódicamente los ingresos tributarios y los gastos, sin que nadie se llame al ridículo escándalo que algunos realizan en Chile con el tema de “la estabilidad de las reglas del juego”.

Para que ninguna regla del juego cambie, entonces no debiera existir parlamento, que está precisamente ahí para establecerlas y cambiarlas en representación de los ciudadanos.

En todo caso, a lo menos la reforma educacional y los cambios en salud y pensiones presionarán por recursos que sería sensato tener a disposición durante este gobierno.Esto plantea el problema de la magnitud de la reforma.

Descontemos el 0,5% de PIB que se supone se obtendrá por la vía administrativa, lo que es difícilmente cuantificable y es a lo más una aspiración que ojalá funcione.Nos queda un 2,5% de PIB que provendrá, según el gobierno, de las modificaciones legales (se echa de menos que el parlamento disponga, como en Estados Unidos, de su propia oficina de presupuestos para contrastar estimaciones).

Supongamos que funciona la recaudación prevista: solamente la reforma educacional cuesta al menos esa cifra, si es que se aborda en serio el reforzamiento prioritario del nivel preescolar, el fin del financiamiento escolar compartido y la mejoría del acceso a la educación técnica y a las universidades.

Hacia 2017 se contaría,siempre según el gobierno, sólo con un financiamiento adicional del orden de 1,9% del PIB.Las reformas resultarán en este sentido de insuficiente amplitud, salvo que se esté pensando en una acción gubernamental de muy baja intensidad.

La tributación promedio en la OCDE es de 34% del PIB, y de 25% si descontamos las cotizaciones obligatorias de seguridad social. La de Chile es de 21% y de 20% del PIB, respectivamente.

¿Cuándo nos propondremos entonces avanzar, no digamos a niveles nórdicos, pero al menos al promedio del gasto público y la correspondiente carga tributaria de los países avanzados?

Con esta reforma nos faltan al menos 2% de PIB para llegar al promedio de la carga tributaria de la OCDE, o acercarnos al nivel de países como Corea, por ejemplo, y, claro, nos faltaría después de la reforma nada menos que 24% de PIB para llegar al nivel de Dinamarca.

Pero, ¿no era que íbamos a ser desarrollados y que las máximas autoridades se inspiraban en el modelo socialdemócrata nórdico?

El destino de nuestro país parece que seguirá siendo el de reclamar servicios públicos suecos con impuestos haitianos, es decir una ecuación imposible en la que, en una suerte de rendición de la mayor parte de la élite frente a los intereses de los sectores de más altos ingresos, nos engañamos a nosotros mismos y generamos tensiones sociales sistemáticas.

Por último, seguimos con un problema de estructura del financiamiento público.Según las autoridades de Hacienda, el impuesto a la renta pasará de un 7,6% a un 9% del PIB después de la reforma. En la OCDE el promedio es de 11% (y en Dinamarca de 30%).

En la diferencia entre 9 y 11% de impuesto a la renta están los dos puntos de PIB que faltan para que este gobierno asegure el éxito de las reformas en su período de ejercicio.

Podrían provenir de una combinación de un aumentode 35 a 40% del impuesto adicional,que se aplica a la repatriación de utilidades, aumentando la tributación minera y mejorando de paso el déficit en la cuenta corriente, junto al fin parcial de la imputación como crédito del impuesto a las utilidades en el impuesto a las personas.

Si se quiere equiparar la tasa máxima de los ingresos del capital nacional e internacional y el de éstos con los del trabajo, entonces contribuiría a ese objetivo subir a 40% el mencionado impuesto adicional y mantener la tasa marginal del impuesto global complementario en 40%.

Convengamos que es muy positivo que, según las estimaciones del gobierno, el 10% más rico podría aumentar del 10 al 24% la tributación de sus ingresos una vez que las utilidades de las empresas empiecen a gravarse en base devengada.

Pero nuestro problema de inequidad principal es con el 1% más rico (unas 170 mil personas),que se apropia del orden de 30% del ingreso total, es decir más que en cualquier otra parte del mundo, incluida Sudáfrica, según el estudio de López, Figueroa y Gutiérrez de la Universidad de Chile de marzo de 2013.

Y con el 0,1% más rico (unas 17 mil personas) que se apropia del 17% de los ingresos, y con el 0,01% (unas 1 700 personas), que se lleva más de 10% del ingreso total.

Estas personas ni van a paralizar su actividad económica ni se van a ir del país porque lleguen a pagar el 40% de aquella parte de sus ingresos que exceda los 6 millones de pesos mensuales. Están llamadas a contribuir más que el resto para financiar los bienes públicos y las transferencias a los sectores de menos ingresos que hagan de Chile un país menos desigual.

Con la reforma, se aumentará su aporte por la vía de la tributación en base devengada de las utilidades empresariales.Pero en un juego equívoco de equilibrios se pretende simultáneamente una especie de compensación, que no tiene justificación alguna, consistente en regalar a los 49 mil contribuyentes más ricos cerca de 300 millones de dólares, disminuyéndole la tasa marginal del impuesto a la renta desde el 40% al 35%.

Se trata de aquella tasa que el gobierno de Patricio Aylwin reforzó en el nivel de 50% en la reforma de 1990, que bajó en la reforma de 1993 a 45% (y a 35% el impuesto adicional) y a 40% en la de 2001 por presión de la derecha y de los economistas partidarios del enfoque tributario de Milton Friedman de la “tasa tributaria plana”, reforzando la inequidad.

¿Qué ha pasado desde 1990 que cambiaron tanto las ideas económicas de la entonces Concertación, en medio de una grave persistencia de la desigualdad de ingresos en Chile?


lunes, 31 de marzo de 2014

Avances y retrocesos en el debate tributario


Desde 1990 se viene desenvolviendo una disputa no resuelta sobre los tributos en Chile. La herencia dejada por los economistas neoliberales asociados a la dictadura militar fue la de una carga tributaria de 17,8% sobre el PIB en 1987 y de sólo 13,8% en 1990, es decir, un nivel haitiano o centroamericano. En 2012,  llegó  apenas a 17,4%, de modo que está claro que estos economistas y los intereses que representan hasta aquí han ganado la batalla y, más aún, lograron ampliar la audiencia para la tesis de mantener baja la carga tributaria y disminuir la progresividad de los impuestos directos (los que se aplican a los ingresos) en favor de los impuestos indirectos planos (los que se aplican a las ventas). Según su visión, de ese modo se producirían menos “distorsiones y pérdida de eficiencia” en la asignación de recursos, aun al precio de aumentar la regresividad de los impuestos, lo que se compensaría con un mayor crecimiento que beneficiaría a todos.

Los economistas neoclásicos menos dogmáticos y las corrientes keynesianas y críticas sostienen que esas distorsiones son inexistentes o de baja significación y que con poca tributación deja de invertirse lo necesario en infraestructuras, educación y tecnologías y, por tanto, se afecta el crecimiento. Diamond  –Premio Nobel de economía en 2010– y Saez (Journal of Economic Perspectives, 2011, 25:4) insisten, por ejemplo, en que los ingresos muy altos debieran estar sujetos a tasas marginales de impuesto crecientes y a tasas mayores que la política estadounidense actual y mencionan un rango óptimo de 48 a 76% de tasa más alta del impuesto a la renta. Sostienen, además, que los ingresos de capital pueden ser objeto de una tributación significativa sin que esto provoque disminuciones relevantes de la inversión (actualmente el que se aplica a las utilidades es de 35% en Estados Unidos, sustancialmente más alto que el 20% de Chile, y no constituye crédito del impuesto a la renta). Recordemos que Roosevelt estableció en 1937 una tasa máxima de 79%, que pasó en 1942 a 88% y a 94% en 1944. Se estabilizó en 90% hasta los años sesenta y luego en 70% hasta mediados de los años ochenta. Durante cerca de medio siglo, la tasa superior promedio fue de 81%, sin que se tenga noticia de que el  capitalismo norteamericano haya quebrado en ese período, que fue el de su mayor dinamismo. En Europa, entre los años cuarenta y noventa las tasas máximas oscilaron entre 50 y 70%, con excepción de Alemania entre 1947 y 1949, en que subió a 90%. Eran los tiempos de construcción de infraestructuras, sistemas educativos y de sistemas de protección social que pocos discutían, con excepción de Friedman y Hayek. Contrariamente a todas las afirmaciones de la ortodoxia liberal en materia de teoría de la tributación, frecuentemente trasladadas a la prensa como si fueran una evidencia irrefutable, ningún estudio ha demostrado que los ricos trabajen o inviertan menos cuando los impuestos que los afectan son importantes (Saez, Semrod, Giertz, 2011, Journal of Economic Literature, 49:1).

El argumento de que una reforma con estas características disminuiría la inversión y, por tanto, el crecimiento, sobre la base de la idea de que los inversores dejarían de mantener su esfuerzo o se irían del país, no tiene sustento. En Chile mantenemos diversas desgravaciones sustanciales e injustificadas de los ingresos y ganancias de capital. Tampoco es razonable que la situación internacional se constituya en argumento para no promover una mayor recaudación del impuesto de primera categoría en el corto plazo y viabilizar un gran acuerdo sobre la educación, junto al inicio de una reforma tributaria estructural.

Por lo demás, los datos disponibles indican que en los países de la OCDE los impuestos indirectos pasaron de representar el 36% del total en 1965 al 30% en la actualidad, en beneficio de los impuestos directos. Las economías desarrolladas aumentaron en medio siglo el peso de los impuestos progresivos –aunque las tasas máximas bajaron– en vez de disminuirlos, gracias a sus sistemas democráticos en los que la equidad tributaria importa. En Chile, los impuestos indirectos han sido tradicionalmente muy altos, reflejando el dominio secular de los intereses de los sectores de altos ingresos, los que pagan proporcionalmente menos impuestos que los más pobres, como ocurre en muchos países de América Latina. En 1960 los impuestos indirectos representaban el 62% del total. En 1970 habían bajado al 58% del mismo, entre otros factores gracias al impuesto al patrimonio introducido por Frei Montalva. Cerca del término de la dictadura, hacia 1988 la proporción había vuelto a subir a cifras superiores al 80%. La reforma tributaria de 1990 se propuso reequilibrar las cosas y llevó la carga tributaria del 13,8 al 16,2% del PIB y la proporción de impuestos indirectos de 82 a 76% en 1992. En 2012 las cifras fueron de 17,4% del PIB y 58,2% del total, respectivamente, es decir, se volvió al nivel de 1970 en materia de peso de los tributos indirectos gracias a la mayor tributación de las empresas del cobre. Pero estamos todavía muy lejos del 30% prevaleciente en la OCDE.

En Chile los impuestos directos sobre las rentas de las empresas y sobre los ingresos de las personas físicas representaban sólo el 7,3% del PIB en 2012, mientras los impuestos a la renta alcanzan un 12,5% promedio en la OCDE. Y hasta un 29,2% en Dinamarca, país que creó el impuesto progresivo a la renta en 1870 y que no es exactamente “un país quebrado por tributos que impiden la inversión y en donde el capital huye apenas tiene la oportunidad de hacerlo”, según debiera ocurrir de acuerdo a la narrativa neoliberal. Es más bien uno de los países más ricos –60 mil dólares por habitante– y dinámicos –con una fuerte industria de aerogeneradores y productos farmacéuticos y biotecnológicos–, pero también más igualitarios del mundo.

Los ingresos tributarios son inequitativos y bajos en Chile por razones sociopolíticas: se imponen en el sistema de representación los intereses de los más ricos. Estos ingresos equivalen a un promedio de 17% del PIB en el último quinquenio (a lo que cabe agregar entre un 1,8% a 5,7% de ingresos por cobre, según los años), contra un promedio de 34% en la OCDE en 2011 (cuyos rangos van desde un 24% en EE.UU., 26% en Corea, 27% en Australia, 28% en Irlanda, en la parte baja de la distribución, hasta un 42% en Francia y Finlandia, 44% en Bélgica y Suecia y 48% en la mencionada Dinamarca, en la parte alta de la misma). La cifra chilena es además mucho menor que la de varios de estos países cuando tenían un PIB por habitante similar al nuestro, los que a su vez mantenían diferencias importantes entre sí que reflejaban los distintos niveles de preferencia por provisión de bienes públicos. Los tributos siempre han reflejado las opciones de la sociedad y no son una variable “técnica” asociada a un nivel de PIB por habitante determinado, como nos quiere hacer creer la mayoría de los economistas chilenos que, con sus banalidades ideológicas nunca sustentadas en hechos, no honran una disciplina bastante discutible, pero que suele ser más rigurosa cuando sus cultores son más serios.

El nuevo gobierno ha anunciado una reforma tributaria con una meta recaudatoria de 3% del PIB, que nos pondría todavía muy por debajo de EE.UU. y Corea del Sur y muy lejos de los países que recaudan más impuestos para financiar bienes públicos que aumentan sustancialmente la modernización de sus economías y el bienestar de su población. Esta meta se descompone en 2,5% del PIB proveniente de cambios a la estructura tributaria; y 0,5% del PIB, de medidas que reducen la evasión y la elusión. Se propone elevar la tasa del impuesto a las utilidades de las empresas de 20% a 25%, el que seguiría operando como un anticipo de los impuestos personales. Los dueños de las empresas deberían tributar por la totalidad de las utilidades  y no sólo sobre las que retiran. Esta medida  terminaría con el actual mecanismo del Fondo de Utilidades Tributables (FUT). Estaría acompañada  por la  reducción de la tasa máxima de los impuestos personales del 40% actual a un 35% y también de un mecanismo de depreciación Instantánea: las empresas podrían descontar íntegramente de las utilidades la inversión total del año en curso. Todo al cabo de cuatro años, cuando la actual administración ya no gobierne: otra eventual mayoría simplemente podría suspender la reforma, con toda legitimidad, por lo demás, configurándose una situación un tanto curiosa que haría inútil toda la actual discusión. Esperemos que el gobierno y el Parlamento legislen para su período de ejercicio en materia de ingresos y gastos públicos, lo que parece una forma de gobernar un poco más usual.
Otro tema a abordar es que la reforma tendría un efecto incierto en la recaudación. 

Recordemos que en Chile se cobra periódicamente como anticipo este impuesto sobre la base del flujo de caja de la empresa y luego lo pagado se imputa como crédito al pago anual de impuesto a la renta personal o al impuesto adicional que pagan las empresas extranjeras que repatrian utilidades. Pero la reducción de la tasa marginal del impuesto global complementario de 40 a 35% reduce a la postre la recaudación fiscal, compensando en parte, con un aporte directo a los bolsillos de los más ricos de Chile, el efecto del alza del impuesto de primera categoría. La propia SOFOFA ha estimado que la recaudación será inferior a la prevista. Se plantea además un problema político. Si los parlamentarios de la Nueva Mayoría no aprobaron la rebaja de Piñera de 40% a 36% del impuesto marginal a la renta en 2012, no resulta muy coherente que deban en 2014 aprobar una rebaja todavía mayor, de 40% a 35%…

Lo que sigue estando detrás de todos estos enfoques es la idea del “flat tax” de Milton Friedman, es decir, de equiparar el impuesto a la renta y a las utilidades de las empresas, terminando con la progresividad de los impuestos. No se entiende bien de qué manera esto colaboraría con la disminución de la inequidad en Chile.

Tampoco se entiende bien el sentido de introducir el mecanismo de depreciación instantánea para todas las empresas. Las más beneficiadas serían las intensivas en capital, en especial las grandes mineras, cuyo misérrimo royalty en 2014 volvió a tasas de 4-5% hasta 2018.

Una reforma tributaria estructural debiera separar el impuesto a las utilidades del impuesto a los ingresos personales. Las empresas debieran pagar por los bienes públicos que concurren a la generación de su renta (infraestructura, formación, salud y transporte de los recursos humanos que emplea) y por las externalidades negativas que generan, por lo que se justifica tanto un impuesto a las utilidades (un 25%, que podría ser menor para las empresas de menor tamaño, sería todavía muy inferior al 35% de Estados Unidos) y adicionalmente, cuando es aplicable, pagar un royalty que cubra efectivamente el precio de uso de los recursos naturales que no pertenecen a la empresa que los explota. Las personas de más ingresos deben pagar proporcionalmente más que las de menos ingresos y se debiera ir manteniendo al menos el rango de 0 a 40% según tramos de ingreso actual, pues disminuirle el impuesto a los ingresos de los más ricos no tiene francamente ningún sentido. Se justifica, además, aumentar el impuesto adicional de 35% que pagan las empresas que transfieren utilidades al extranjero a un 40%, para igualar así la tasa marginal del impuesto a la renta y aumentar el aporte de la industria minera, sin modificar el royalty, sujeto desgraciadamente –por un grave error del anterior gobierno y Parlamento– a invariabilidad hasta el 2023. Una opción de este tipo podría permitir aliviar en parte el IVA, por ejemplo, a los alimentos y a la cultura, que impacta especialmente a los sectores medios y de bajos ingresos, antes que, como ha sido propuesto por algunos parlamentarios, bajar el impuesto a los combustibles, único impuesto ecológico en Chile, que además no pagan los pobres y que se justifica plenamente, aunque resulte irritante la continua alza de los combustibles, cuyo origen es externo (precio del petróleo) y que no tiene sentido subsidiar.

El argumento de que una reforma con estas características disminuiría la inversión y, por tanto, el crecimiento, sobre la base de la idea de que los inversores dejarían de mantener su esfuerzo o se irían del país, no tiene sustento. En Chile mantenemos diversas desgravaciones sustanciales e injustificadas de los ingresos y ganancias de capital. Tampoco es razonable que la situación internacional se constituya en argumento para no promover una mayor recaudación del impuesto de primera categoría en el corto plazo y viabilizar un gran acuerdo sobre la educación, junto al inicio de una reforma tributaria estructural. Lo que corresponde es que de una vez el Estado reparta más equitativamente las cargas públicas y capture e invierta las rentas del cobre y las sobreutilidades monopólicas en programas eficientes de incremento de la productividad y la sustentabilidad y de mejoramiento de la equidad y la protección social. Esto haría de Chile una sociedad un poco más decente y un poco más civilizada.

martes, 11 de marzo de 2014

La segunda presidencia de Michelle Bachelet en perspectiva


Ver columna en La Tercera electrónica

Al iniciarse el siglo XXI parecía razonable proponerse dejar atrás los límites propios de la difícil transición iniciada en 1990, en medio de las secuelas traumáticas de una dictadura prolongada y de una transformación económica ultra-liberal que había hecho retroceder dramáticamente las capacidades públicas de llevar adelante políticas de desarrollo –como las que venían llevando adelante con mucho éxito países asiáticos con elites más lúcidas. El país estuvo entonces dispuesto a un cambio de liderazgo en la mayoría de centroizquierda gobernante hacia su vertiente socialdemócrata.

Redefinir las fronteras con un mundo empresarial cada vez más concentrado, rentista y reacio a la innovación social, con un gobierno enmarañado en una institucionalidad todavía decisivamente intervenida por enclaves no democráticos y con grandes espacios para la puja clientelista y las corruptelas, implicaba un esfuerzo que debía combinar audacia, prudencia y sobre todo persistencia. Y alejarse de la ramplona moda liberal, resistir la doctrina del Estado mínimo y proyectarse por un período largo para avanzar a un nuevo modelo de economía mixta, competitiva y con una fuerte inversión en innovación y protección social, que dejara atrás la tendencia simultánea al estancamiento de la productividad y la reproducción de desigualdades. Lagos se encaminó en esa tarea no sin dificultades y avances y retrocesos, como es propio de todo proceso político y logró en todo caso la continuidad de su coalición. En la concepción de algunos de nosotros, se trataba que gobernasen los portadores de un proyecto socialdemócrata (articulado con los aportes progresistas socialcristianos), alternándose los liderazgos de Lagos y Bachelet en sucesivos gobiernos, pues la tarea, por su ambición y complejidad, era definitivamente de largo plazo y necesitaba de liderazgos articulados y convocantes.

Pero se produjo una cierta pérdida de enfoque de largo plazo, con un doble problema: en aras del culto a la “táctica de evitarse flancos” y en medio de la siempre persistente presión del poder económico corporativo, desde fuera y desde dentro, se atenuó la tarea de transformación económica y social y en el caso del primer gobierno de Bachelet se desecharon iniciativas de reformas progresivas tributarias, laborales y educacionales, realizándose sólo una limitada reforma de pensiones y un avance en el cuidado infantil. Además, se descuidó la mantención de la diversidad de la coalición de gobierno, con la consecuencia de divisiones en tres de sus cuatro partidos y la pérdida de mayoría parlamentaria. Proliferaron las maniobras de control político de corto alcance por grupos de poder sin proyecto y se privilegió asegurar la posterior reelección de Bachelet, aunque se perdiera en 2009 con una opción no competitiva, sin una oferta que atendiera las expectativas de mejor distribución del bienestar, calidad de vida y regulación seria de los abusos provocados por la creciente concentración económica.

Se produjo una división evitable en la contienda presidencial y la llegada al gobierno de una derecha sociológicamente minoritaria pero políticamente a la ofensiva.

En los cuatro años siguientes, el fracaso del gobierno de Piñera para dar cuenta de las crecientes demandas de la sociedad, junto a los méritos de Bachelet y su tipo de liderazgo que mezcla distancia (de los partidos y la política) y cercanía (con las aspiraciones del ciudadano común), le permitieron mantener una fuerte popularidad, recomponer una coalición desde la DC al PC, lo que ha sido un notable éxito de su parte, y realizar una oferta política de reformas constitucionales, tributarias y educacionales. Ganó sin dificultades la elección frente a una derecha derrumbada, pero con menos votos absolutos que en 2006, con una sociedad más escéptica y con un diseño programático que admite dudas en su orientación final (¿la nueva constitución tendrá legitimidad popular?; ¿la reforma tributaria será progresiva?; ¿se seguirá permitiendo sobreutilidades rentistas enormes en el cobre, la banca, los servicios regulados?; ¿se ampliará la negociación colectiva?; ¿la gratuidad educativa y en salud seguirá alimentando utilidades ilegítimas de operadores privados?).

Dificultades más o dificultades menos en la puesta en marcha del nuevo equipo, donde parece haber faltado más atención a los conflictos de interés que tanto han deteriorado la fe pública en las instituciones, la presidenta Bachelet merece un fuerte apoyo de su campo político –que incluye la proposición constructiva y la crítica democrática, no siempre bien recibidas por una cultura jerárquica y con fruición por el secreto – si se considera las aspiraciones colectivas que encarna y la gravedad de su eventual frustración. Frente al escepticismo de que es poco lo que se puede hacer desde el gobierno, Michelle Bachelet tiene inevitablemente en su segunda presidencia el desafío y la oportunidad de promover la recomposición democrática de las instituciones, el otorgamiento de más derechos a los ciudadanos, incluyendo el matrimonio igualitario y el aborto terapéutico, la realización de reformas equitativas en educación y salud, el avance en descentralización y ordenamiento sustentable del territorio y las ciudades, así como de presentar una oferta de autonomía creíble para el mundo mapuche. También tiene la oportunidad y la necesidad de dar pasos para avanzar a una economía más competitiva e innovadora, que aborde una transición energética hacia fuentes renovables en el marco de una política industrial moderna y desarrollista, una nueva relación laboral basada en la negociación colectiva y una nueva distribución de los ingresos a la que contribuya una tributación progresiva. En suma, el desafío de volver a retomar objetivos de largo plazo y proyectar la interrumpida marcha hacia un nuevo modelo de sociedad democrática, inclusiva, sustentable y progresista propia del siglo XXI.


lunes, 6 de enero de 2014

La democracia y los vetos

Artículo en El Mostrador

La democracia post 1990 está marcada en Chile por la idea de “democracia protegida” que concibieron los civiles que promovieron y sostuvieron a la dictadura militar de 1973-1989. Se trataba para ellos, en primer lugar, de asumir como indeseable pero inevitable volver a un cierto régimen de libertades en el momento más tardío posible, pero estableciendo una limitación expresa del pluralismo. Por ello prohibieron las ideas de izquierda en el artículo 8° original de la constitución de 1980, a cuya supresión debieron resignarse más tarde por inaceptable e indefendible. En segundo lugar, su propósito expreso era impedir los roles activos del Estado en la economía y en la política pública social y cultural, a través de normas constitucionales y de un sistema legal (”perfeccionado” hasta último minuto antes de marzo de 1990) que no fueran modificables por la mayoría. Es decir, se trataba de establecer el veto de la minoría con un triple candado: los senadores designados (que sólo se terminaron cuando los ex presidentes empezaban a inclinar la balanza en el Senado), el sistema electoral binominal (que impide o hace muy difícil que la mayoría electoral sea mayoría en las cámaras legislativas, que se sacó de la constitución en el pacto constitucional de 2005 pero para dejarlo con el mismo quorum) y los altos quorum de aprobación de leyes y reformas constitucionales, hasta hoy vigentes de manera inaceptable (y que se reforzaron en este último caso muy equivocadamente en el pacto constitucional de 1989). Se trataba de “proteger” al sistema político de la voluntad del pueblo a través de un régimen de veto ejercido por la minoría en el parlamento y por la influencia del dinero en las elecciones. Este se legalizó, más tarde, permitiendo el aporte de empresas a las campañas de manera otra vez muy inadecuada en los pactos de 2003 sobre gestión pública, en los que obtuvieron una victoria indebida los partidarios de la “democracia protegida”, subordinada al poder económico y gobernada por el mercado. 
Aunque desde el punto de vista de la moral pública sea deleznable, el veto minoritario ha constituido un notable éxito político de la derecha en los últimos 25 años. La pregunta es si el resto del país político y social está dispuesto a seguir tolerando esta situación. La reivindicación de una asamblea constituyente es la expresión de una saludable rebeldía colectiva frente al veto de la derecha, a la que no debiera renunciar nadie que considere que vivimos en un régimen político inaceptable, por mucho que se pudiera haber justificado transitoriamente para salir de la situación de dictadura sin guerra civil.
La perpetuación del sistema político y constitucional vigente desde 1990 es, en efecto, inaceptable desde el punto de vista de los fundamentos mismos de la democracia. Ponerlo en evidencia es la primera tarea de los que comparten sus valores.
La democracia es el ideal del autogobierno del pueblo y goza de legitimidad como el sistema político más idóneo para regir las sociedades contemporáneas en tanto las personas sean libres de interferencias indebidas de otros y las instituciones sean la expresión de la soberanía popular, de la igualdad ante la ley y del gobierno de las mayorías con respeto de las minorías. Es decir, un sistema político en el que “los más tienen derecho a mandar, pero en el respeto de los derechos de la minoría” en la expresión de Giovanni Sartori (2009). La democracia es, en palabras de Cornelius Castoriadis (publicadas en 2010), “la conciencia explícita de que nosotros creamos nuestras leyes y por tanto nosotros podemos también cambiarlas” e instituye a ese título la autonomía política colectiva. Norberto Bobbio (1986) subraya el sentido procedimental de la democracia y pone el acento en que su tarea principal es establecer determinadas reglas del juego que eviten la resolución violenta de conflictos. La valoración de la democracia se nutre también de diversos otros atributos, según Robert Dahl (2006): está llamada a evitar la tiranía, garantizar derechos fundamentales, permitir un alto grado de igualdad política, extender una cultura de libertades, ayudar a las personas a perseguir sus propios intereses y a autodeterminarse. 
De acuerdo a Jurgen Habermas (2009), se ensamblan tres elementos como núcleo normativo de los Estados democráticos de derecho modernos (con sus respectivas tradiciones de pensamiento político: la liberal, la republicana, la deliberativa). Primero, la autonomía privada de los ciudadanos, que tienen derecho a llevar una vida autodeterminada, con protección de la esfera privada mediante un sistema de libertades básicas iguales sólo restringidas por los derechos a la libertad de los demás (principio del derecho de Kant), en base al acceso a tribunales independientes que otorgan a todos la misma protección jurídica, con separación de los poderes ejecutivo, legislativo y judicial para garantizar la sujeción de la administración pública al derecho y a la ley. Segundo, la ciudadanía democrática como inclusión de ciudadanos libres e iguales en la comunidad política (Rousseau), que se encarga de la participación política de tantos ciudadanos interesados como sea posible mediante iguales derechos a la asociación, a la participación y la comunicación, y con elecciones periódicas y referéndums con base electoral inclusiva e igualitaria, competencia entre partidos, plataformas y programas, ejerciéndose el principio de mayoría en los cuerpos representativos. Tercero, la esfera pública independiente, en la que concurre la libre formación de la opinión y de la voluntad, que vincula al Estado y la sociedad civil, con libertad de prensa e información, pluralidad de medios, garantía de acceso a la información y a los foros de la comunicación pública.
En la concepción republicana de la democracia, el Estado debe estructurarse con un principio constitucional-democrático según el cual el poder público no sea arbitrario y oprima a los ciudadanos, pero también con un segundo principio según el cual el Estado debe plantearse como objetivo la reducción de la dominación que conlleva el poder privado. La concepción cívica republicana traslada estos principios a diseños institucionales específicos que procuran facilitar el control por los ciudadanos del poder público, y también a políticas públicas que persigan el establecimiento de un orden social en el que los ciudadanos comunes puedan no estar a merced del poder privado en los ámbitos básicos de la decisión humana, siguiendo a Philip Pettit (2009). No se trata de suprimir la propiedad privada para terminar con los peligros de la concentración del poder económico, pues la estatización general de la economía establece una desigualdad radical entre el ciudadano, las comunidades y la burocracia que domina el Estado y acaba por suprimir toda democracia, según mostró la experiencia del siglo XX. La autonomía del ciudadano y de las comunidades supone que no dependan del Estado para su existencia. Pero sí se trata de evitar que pese en forma desigual la influencia política de individuos en extremo desiguales, violando la condición de igualdad política propia de la democracia. La concentración de la propiedad genera esa influencia desigual e incluso la captura del sistema político por el poder del dinero. En palabras de Adam Przeworski (2010): «la influencia corruptora del dinero es la plaga de la democracia». Ya lo decía Rousseau en un pasaje de su Contrato Social: la participación democrática exige que “ningún ciudadano sea suficientemente rico como para comprar a otro y ninguno tan pobre como para verse forzado a venderse”. 
Esta dimensión crucial de la democracia es la que la derecha ha logrado con éxito impedir que tenga vigencia en Chile. Es cierto que para eso, en definitiva, realizó el golpe de Estado de 1973 y construyó el andamiaje institucional de la constitución de 1980 y sus leyes asociadas. También ha logrado impedir que se reconozca derechos civiles como el matrimonio igualitario y el aborto bajo condiciones, postura que proviene de su integrismo religioso que busca imponer respetables convicciones particulares a todos los ciudadanos, impidiendo su autonomía y el ejercicio de las libertades de las que son merecedores en las sociedades democráticas modernas. A ese ejercicio es al que se opone la derecha, con la complicidad de los que se someten a sus designios con el pretexto del realismo político que supuestamente evita desestabilizaciones. Como todos debiéramos saber, las desestabilizaciones provienen de la ausencia de autodeterminación y de grados elementales de cohesión social, lo que la mayoría de la élite tradicional se niega a reconocer, con el concurso muy mediático de sus actuales socios “realistas” y “prudentes”.
Una variante de la lógica del veto es la que terminó descomponiendo y derrotando a la Concertación. Sus sectores conservadores en materias culturales y económicas actuaron de manera abierta para terminar con la lógica del “arco iris” y de la diversidad, imponiendo sus posiciones en el gobierno y el parlamento, aliados a la tecnocracia gubernamental liberal y vetando avances sociales y políticos que la sociedad mayoritariamente demandaba. Una alianza amplia y diversa sólo puede mantenerse con coherencia política reconociendo y respetando la diferencia, y luego pactándola de manera transparente o dirimiéndola mediante el voto popular. La actual Nueva Mayoría construyó un buen método: el de las primarias legales para dirimir liderazgos sin excluir a nadie que quisiese participar de ellas, a la manera del Frente Amplio uruguayo. Concurrió el Partido Comunista, ampliando su convocatoria. Se autoexcluyó Marco Enríquez-Ominami, disminuyendo la suya. Y en las primarias se expresó quien quiso, incluso con ideas situadas bastante a la derecha, y otros conformaron bloques llamados a prolongarse, no por afán divisivo de nadie, sino en defensa de ciertas ideas programáticas contra la desigualdad y la exclusión. La democracia dirime, no divide. Esto todavía no lo han entendido algunos que se formaron en política adhiriendo a los regímenes de partido único y que se han adaptado a la democracia porque está en los signos de los tiempos, pero sin dejar de creer en la lógica de los vetos ejercidos o recibidos. 
Lo que no resolvió bien la Nueva Mayoría, en cambio, es la construcción de su programa de gobierno, que terminó haciéndose “entre cuatro paredes” en manos de la tecnoburocracia liberal y dejando muchas ambigüedades, incluyendo propuestas tributarias y educacionales que pueden terminar siendo regresivas y aumentando todavía más la desigualdad en Chile. Tal vez se podrá buscar una inspiración futura en el método de resolución programática recientemente practicado por la democracia cristiana y la socialdemocracia alemanas: debate político que consideró el dato de mayoría electoral relativa, deliberación temática en comisiones amplias, el acuerdo entre direcciones legítimas y finalmente el voto de los militantes, en el caso de los socialdemócratas. Con deliberación y votos, pero sin vetos.

lunes, 16 de diciembre de 2013

Comentario sobre la elección en La Tercera Digital



La jornada del 15 de diciembre consagró un hecho histórico en la etapa post 1989: la reelección de un presidente, en este caso de una presidenta. Asistiremos a una nueva ceremonia de cambio de mando en marzo con los mismos protagonistas que en 2010 entregándose la banda presidencial, pero a la inversa.

¿Fue el gobierno de Sebastián Piñera sólo un paréntesis? ¿Está la derecha distanciada de los valores y aspiraciones de la sociedad chilena contemporánea y constituye definitivamente una minoría sociológica? Es muy temprano para un juicio de esta índole, pero seguramente será el tipo de reflexión a la que estará abocada la derecha a partir de hoy.

Por su parte, Michelle Bachelet volverá a La Moneda con más experiencia, con la más amplia coalición política que conozca la historia reciente, con plena legitimidad y con un mandato programático que es el que ella misma planteó en tres elecciones sucesivas (primarias, primera y segunda vuelta) durante 2013: lograr en su nuevo gobierno una nueva constitución, una reforma educacional y una reforma tributaria, junto a diversas otras medidas políticas, económicas, sociales y culturales contempladas en su programa.

Para ello cuenta con lo que no contó ningún gobierno desde 1990: una mayoría cercana a los 4/7 en ambas cámaras para cambiar las principales legislaciones, incluyendo las leyes orgánicas constitucionales. En todo caso dispone de mayorías simples para cambios tributarios y laborales.

La gran interrogante política es si se trata de una mayoría teórica o sustantiva, capaz de expresarse en votos suficientes en el parlamento. La gestión política en su primer gobierno coincidió con el quiebre de tres de los cuatro partidos de su coalición, lo que se tradujo en la pérdida de mayoría en ambas cámaras. Seguramente la lección está aprendida para buscar en esta etapa una gestión política integradora, no divisiva y comprometida con las promesas hechas a los ciudadanos.

A su vez, la entrega de la conducción económica a personas sin partido pero contrarias a reformas estructurales se corregirá seguramente en esta ocasión con una conducción económica que articule mediante el diálogo a los actores de la producción para enfrentar en conjunto los desafíos de corto plazo que vienen de un contexto externo con dificultades, así como desafíos de largo plazo que incluyen la necesidad de rediscutir la distribución del ingreso (primaria, con reformas laborales, y secundaria, con reforma tributaria), junto a acelerar el crecimiento usando las rentas de los recursos naturales que hoy se regalan para invertirlas en más economía del conocimiento y de la innovación.

Pero la presidenta electa ha querido reconocer en la noche de su segunda victoria que el sistema político necesita recuperar la confianza de las ciudadanas y ciudadanos y mencionó un tema crucial: el respeto por la veracidad de la palabra. La política democrática en las últimas décadas se fue transformando en Chile en un proceso, a pesar del alegato minoritario de algunos de nosotros, que terminó haciendo de la necesidad (para salir pacíficamente del atolladero de la dictadura) una virtud (dejando de combatir una institucionalidad antidemocrática y en algún caso validándola y defendiéndola). Los ciudadanos, con razón, fueron poniendo en duda la veracidad del discurso democrático y de su promesa primordial y fundacional de dejar atrás la herencia de “democracia protegida”. Estos han terminado dándole la espalda a la participación en democracia en una proporción abrumadora. La presidenta electa le ha propuesto al país el 15 de diciembre iniciar la reversión de esta situación insostenible.


martes, 10 de diciembre de 2013

Para qué la segunda vuelta





El 15 de diciembre se resuelve quien dirigirá el Estado entre 2014 y 2018. Para algunos, da lo mismo quien resulte electo, pues consideran que no les afecta quien gobierne. Otros consideran que los unos y los otros gobiernan para sus propios intereses o los de sus cercanos, o para el poder económico que los condiciona y, por tanto, que no tiene sentido participar en la elección de autoridades. Razonamientos de este tipo, hasta donde se puede conjeturar, llevaron a una conducta abstencionista en la primera vuelta presidencial de noviembre que alcanzó la impresionante proporción de 51,5 % de los habilitados legalmente para votar –unos 6,9 millones de personas entre 13,6 millones– o bien de 47,6% con una estimación de habilitados efectivos (sin considerar a los chilenos en el exterior, reos no condenados y otras categorías) -es decir, unos 5.9 millones de personas entre 12,6 millones–. Esto no es una buena noticia para la democracia. Es más, es una tragedia para el ideal democrático de autodeterminación política de los ciudadanos.

Está de moda afirmar que esto es culpa de las élites, indistintamente, en tanto se interpreta que se han separado del resto de la población y gozan de privilegios que defienden en común. Esta interpretación está conectada con la gelatinosa noción de “clase política”, inventada por el senador vitalicio italiano y subsecretario para las colonias de principios de siglo XX, Gaetano Mosca, y con la afirmación criolla de que en el mundo de la representación institucional “son todos iguales”, es decir, igualmente repudiables.

Más allá de las apariencias combinadas con elementos de la realidad, esa representación de la esfera pública es parcial e incompleta. Es cierto que algunos representantes electos sólo privilegian el acceso al poder y a las granjerías que proveen las instituciones por sobre cualquier visión de mundo o programa de acción, y para eso se esfuerzan por obtener la adhesión de un número suficiente de electores usando argumentos que éstos quieran escuchar o suscitando emociones con las que una mayoría se pueda identificar fácilmente. También es cierto, para no mencionar hechos anteriores, que en materias como la subvención escolar, el royalty minero y la ley de pesca la actual oposición –con honrosas excepciones– dio sus votos al gobierno de Piñera, renunciando de manera inaceptable a la defensa de la educación pública o a impedir la entrega cuasi gratuita a intereses privados de recursos naturales que pertenecen a todos los chilenos. Es cierto que con frecuencia el poder económico logra subordinar a representantes de unas y otras corrientes políticas. Pero no es menos cierto que eso no siempre es así y que las posiciones de los unos y los otros en el Parlamento a la hora de legislar no son las mismas en temas cruciales, por mucho que el temor al conflicto lleve a muchos parlamentarios a esconderlo. La acción política puede hacer la diferencia en cuestiones colectivas fundamentales, contrariamente a la leyenda del individualismo negativo.

La lógica de la primera vuelta es la de la expresión de todas las diversidades, la de la segunda es la de la decisión entre las opciones que tuvieron mayor adhesión. Por definición, para los que no pasaron a segunda vuelta, se trata de decidir por el “mal menor”, en tanto entiendan que el “bien mayor” son ellos mismos, con el problema de que los electores, por ahora, opinaron otra cosa.

La abstención es además una mala decisión desde el punto de vista de la maximización del interés individual, que termina beneficiándose de menos bienes públicos o menos bienes privados, de cuya provisión a las personas de menos ingresos se encarga el Estado. El gobierno y el parlamento inciden en la vida de cada cual. Ejemplos: políticas económicas restrictivas o contra cíclicas implican más o menos empleo; políticas que incentiven o desincentiven la negociación colectiva implican salarios más altos o más bajos; hacer reformas tributarias que produzcan mayores ingresos y gastos públicos implican más gasto social o menos gasto social y así sucesivamente. La gran paradoja es que el desanclaje masivo del espacio público al que estamos asistiendo perjudica a los que menos ganan y/o más pierden en las relaciones de mercado no reguladas, en un contexto de erosión del vínculo social propio de las relaciones laborales “flexibles” y de la, en palabras de Norbert Lechner, “sociedad desconfiada” en que vivimos, que “hace estallar las viejas ataduras, pero sin crear una nueva noción de comunidad”.

Desde un punto de vista cultural, el individualismo negativo que acompaña la masiva abstención irreflexiva es propio de una época en que, en palabras del sicoanalista Charles Melman, se ha producido un cierto progreso que es fuente, o ilusión, de una cada vez mayor libertad: “Ninguna sociedad ha conocido jamás una expresión de su deseo tan libre para cada cual (…) Es evidente que cada uno puede satisfacer públicamente todas sus pasiones y, más aún, pedir que sean socialmente reconocidas”. Para Melman es importante que exista la expresión de límites y renuncias para que “la relación del sujeto al mundo, a su deseo, a su identidad pueda constituirse”. Y afirma que ésta se ha vuelto caduca y lleva a subjetividades inciertas, volubles, sin nadie que dé autoridad al otro: “El sujeto ha perdido el lugar desde el que podía hacer oposición, desde el que podía decir ‘no, no quiero’, desde el que podía entrar en insurgencia (…) El comportamiento social se caracteriza por el hecho que los que dicen ‘¡No!’ lo hacen en general por razones categoriales o corporativas. La posición ética tradicional, metafísica, política, que permitía al sujeto orientar su pensamiento frente al juego social, frente al funcionamiento de la Ciudad, pues bien, ese lugar parece hacer singularmente falta”.

Por estas razones, se puede afirmar que en efecto las élites junto a todos los ciudadanos tienen una responsabilidad crucial, y en especial las de izquierdas y progresistas, para darle a la democracia impulso, significación y capacidad de enfrentar y resolver dilemas económicos, sociales y culturales. La idea, aludiendo a Mario Góngora, de que había que abandonar las “planificaciones globales” en Chile, ha sido una pésima conclusión del análisis de buena fe de las causas de la crisis democrática de 1973, pues ha contribuido a que las élites proclives al cambio social hayan multiplicado un comportamiento meramente adaptativo y sin perspectivas globales creadoras de sentido. Por eso la “democracia de los consensos”, propia de una situación muy particular de salida del pinochetismo, debe ser dejada atrás con fuerza y decisión. La democracia es la regulación civilizada y estructurada de los disensos, no su eliminación artificial, en donde lo que se pretende expulsar por la puerta vuelve por las ventanas. En esta lógica, sostiene Anthony Giddens, en que “en una sociedad donde la tradición y la costumbre están perdiendo su fuerza, la única ruta para establecer la autoridad es la democracia. El nuevo individualismo no corroe inevitablemente la autoridad, pero reclama que sea configurada sobre una base activa o participativa”.

Desde una perspectiva de neurociencias, se puede citar en un sentido semejante a George Lakoff, para quien “reformatear” el marco de pensamiento progresista es crucial: “Son nuestros valores los que nos unen. Debemos aprender a articular esos valores fuerte y claro (…) No se puede sólo presentar una lista de lavandería de programas. Se debe presentar una moral alternativa”.

Una reafirmación de la democracia como el lugar en el que se disputan alternativas concretas inspiradas en valores solidarios y cívicos debe ser el desafío para las dirigencias progresistas, que deben en primer lugar dejar a un lado los liderazgos personalistas y fortalecer a los partidos, los sindicatos, las asociaciones, donde la deliberación y la recreación de valores y propuestas pueden sobrevivir o renacer por encima de las confianzas rotas. Este es probablemente el mayor pasivo de la generación de la transición: no haber sabido o no haber querido formar o reconfigurar partidos democráticos y programáticos de masas portadores de un proyecto y haber estimulado el modelo del liderazgo individual que conquista episódicamente mayorías electorales. Y de ese modo haber contribuido al abstencionismo y al escepticismo frente a las capacidades de la esfera pública para resolver los problemas de la vida en común.

A la situación de abstención “estructural” se agrega en estos días la abstención “narcisista” de tres de las candidaturas distantes de la derecha que obtuvieron, con Marcos Enríquez-Ominami, Marcel Claude y Roxana Miranda, un apreciable 15% de los votos válidamente emitidos (y un 7,3% de los habilitados para votar) y que ahora se niegan a llamar a votar por Michelle Bachelet. En efecto, estos tres candidatos participaron en primera vuelta, pero se sustraen de la segunda: ya no los involucra. Se expresan así las prioridades del líder narcisista: “Yo primero; yo segundo, yo tercero”. Después de mí, el diluvio. Triste espectáculo.

Los argumentos son en algún caso los del “abstencionismo estructural”: el “sistema” no se puede intervenir desde las instituciones democráticas, así es que no hay que votar en segunda vuelta. Uno se pregunta entonces para qué se presentaron en la primera vuelta, “legitimando el sistema” y no asumiendo luego la responsabilidad de orientar a sus seguidores en la decisión final, la que produce efectos prácticos. El segundo argumento es que Bachelet y Matthei son lo mismo, lo que no resiste el menor análisis. Para muestra un botón: una candidata representa con bastante dignidad la cultura laica y progresista, la otra promete gobernar “con la Biblia”. Razón más que suficiente, para cualquier persona que crea en la separación de la iglesia y el Estado, para votar por Bachelet, sin mencionar que además la ex Presidenta se compromete con una nueva Constitución y Matthei con mantener la actual; con una educación pública gratuita y de calidad y Matthei con mantener el sistema segregado y desigual, y así sucesivamente. En esta ocasión, no se está decidiendo sobre los temas de la primera vuelta, ni sobre los balances de los errores de los 20 años de la Concertación, ni sobre los defectos del primer gobierno de Bachelet. Eso ya ocurrió. Ahora se decide sobre quien va a gobernar por cuatro años a partir de marzo en función de lo que representa y de sus compromisos. Abstenerse es, contrariamente a las apariencias, tener una posición: no hacer nada para sacar a la derecha del gobierno y, en caso de victoria de Bachelet, disminuir su legitimidad como autoridad democráticamente electa frente a los poderes fácticos. Respetable, y en democracia todas las opiniones civilizadas lo son, pero si alguien sostiene que esa es una posición de izquierda, permítaseme afirmar que eso es una falacia: cuando se está ayudando a la derecha, no se es precisamente de izquierda.

La lógica de la primera vuelta es la de la expresión de todas las diversidades, la de la segunda es la de la decisión entre las opciones que tuvieron mayor adhesión. Por definición, para los que no pasaron a segunda vuelta, se trata de decidir por el “mal menor”, en tanto entiendan que el “bien mayor” son ellos mismos, con el problema de que los electores, por ahora, opinaron otra cosa. Vox populi, vox dei. Cabe hacer notar lo que en Francia, país que inventó el “ballotage”, hizo en 2012 Jean Luc Mélenchon, el más ácido crítico de Francois Hollande desde la izquierda: en la noche de la primera vuelta invitó a sus electores (el 10%) a votar sin condiciones por la izquierda socialdemócrata que tanto había atacado, pues no hacer nada contra la derecha gobernante no era para él una opción. Y, por cierto, sin refugiarse en la falta de coraje de decir que “los electores hagan lo quieran porque los líderes no son dueños de sus votos”. Eso está claro de antemano. Pero los líderes están para liderar, no para escamotear sus responsabilidades, que son las de orientar en los desafíos posteriores a los que votaron por ellos. Aún hay tiempo para que se expresen las virtudes republicanas, como ya lo hizo Alfredo Sfeir, por sobre los hasta ahora reflejos narcisistas de los candidatos en primera vuelta que claramente no son de derecha y dijeron que no querían que siguiera gobernando la derecha o que ésta condicionase al gobierno desde afuera. Para que eso ocurra, tiene que pasar algo preciso: que Michelle Bachelet gane, y ampliamente, en segunda vuelta. A partir de ahí se podrá seguir debatiendo sobre lo que debe o no hacerse en el país, pero ya sin la derecha gobernando el Estado. No se trata de un detalle frente al cual pueda abstenerse nadie que ponga por delante el interés colectivo.

viernes, 15 de noviembre de 2013

Entrevista en el Diario Financiero.

Si Matthei pierde “sería una derrota del gobierno, una sanción”

- ¿De acuerdo al estudio la sociedad ha cambiado mucho?


- En la Universidad de Santiago queremos investigar la distancia entre las élites y la opinión pública. Lo que se constata en esta primera encuesta es que la gente quiere reformar la sociedad y lo que tenemos como imagen es una sociedad bastante distinta de sus élites.

- ¿Y esa sociedad se ve interpretada por los candidatos?
- Hay una buena parte de la gente que no se siente identificada y se abstiene. Michelle Bachelet manifiesta una mayor preferencia respecto al resto y da la impresión que sus planteamientos parece que conectan muy bien con las aspiraciones de los ciudadanos.

- ¿Cuál es su pronóstico para el domingo?

- Nunca he ido a un casino. Todos sabemos que esto va a depender mucho del nivel de abstención del mundo popular de derecha o conservador que si estima que las opciones de Matthei o Parisi son bajas, se va a quedar en casa. Eso pudiera dar una opción de ganar en primera vuelta para Michelle Bachelet.

- Se ha dicho que esta podría ser la peor derrota para la derecha en muchos años…

- Creo que sí, sobre todo porque está gobernando. Entonces es la derrota de un gobierno y, por lo tanto, una sanción.

- ¿Ese escenario cómo afectará al futuro gobierno?

- Creo que la sociedad chilena no debe seguir en la lógica del empate. Si uno tiene una convicción sobre Constitución, educación, desigualdad y reforma tributaria, llévelas adelante y mientras más débiles estén los que están en contra, mejor.

¿Qué viene después de la campaña presidencial?

Columna en La Tercera

Al terminar la campaña presidencial, el balance principal parece ser el que las perspectivas de continuidad del actual gobierno terminaron de colapsar. Se discute si Michelle Bachelet ganará en primera o en segunda vuelta. En el segundo caso, el margen sería mayor que en primera vuelta, lo que no ayudaría a mitigar el problema en que se encuentran envueltas las fuerzas de gobierno. En esta línea de reflexión, se puede afirmar que el gobierno de Sebastián Piñera habrá sido una suerte de accidente histórico, a partir del fuerte desgaste de 20 años de Concertación, que quedó sin otra perspectiva que ofrecer su continuidad en la administración, lo que no entusiasmó a nadie,como era previsible.

Aquello de renovarse o morir no fue una lección aprendida. Esto dio lugar a que una mayoría se configurase ocasionalmente para darle una oportunidad a otra opción de gobierno. Hecha la prueba, parecen volver ciertas constantes o reafirmarse perspectivas de futuro en otra dirección que la que ofrece la actual coalición de gobierno, más allá de los comentarios que puedan hacerse sobre la coherencia de su acción, que ha sido sorprendentemente baja.

Se puede conjeturar que la sociedad chilena no es conservadora ni comparte los valores de la derecha y eso es lo que estaría determinando el resultado electoral previsible, más que la gestión específica de Sebastián Piñera en el gobierno o los déficits de la campaña oficialista. Para despejar este tipo de interrogantes, en la Universidad de Santiago (con Ipsos) preguntamos a fines de octubre a una muestra representativa de chilenos y chilenas mayores de 18 años sobre una serie de valores sociales. Un 68% considera que Chile es un país “muy desigual”. La desigualdad es atribuida a “diferencias de educación” (51%) o al“origen social o familiar” (un 39%). Una mayoría (52%) opina que el funcionamiento actual de la sociedad chilena no contribuye a disminuir las desigualdades sociales de origen o bien que, más aún, las agrava (33%).

De manera abrumadora, una mayoría (70%) opina que hay que “reformar de manera importante” la sociedad. Los que además quieren “cambiarla totalmente” son más (18%) que los que creen que hay que “hacerle cambios menores” o “dejarla como está” (12%). Los factores que podrían ser constitutivos de un mundo mejor más mencionados son“igualdad”, “respeto por el otro”, “trabajo”, “seguridad” y “respeto por los derechos humanos”, lejos por sobre la “responsabilidad individual” o la “autoridad”. Los de “justicia” e “igualdad” son los conceptos más importantes para los ciudadanos. Se observa además una opinión abrumadoramente mayoritaria a favor de la gestión pública de los servicios básicos y de la salud, las pensiones y la educación. Existe también una opinión ampliamente mayoritaria en favor de que los recursos naturales (el cobre, el litio, el agua, la energía) sean exclusivamente de propiedad estatal. Un 33% está a favor del matrimonio igualitario y otro 31% está a favor del Acuerdo de Vida en Pareja. Sólo un 25% se opone a alguna de éstas fórmulas y sólo un 14% se opone a cualquier forma de aborto. Así, no parece haber mucha duda sobre los valores que prevalecen en la sociedad chilena: definitivamente no son los tradicionales del mundo conservador.

Las principales preocupaciones de los ciudadanos sobre el devenir del país son las desigualdades sociales, el sistema educativo y el de salud, mientras sus principales preocupaciones personales son la educación de sus hijos y la delincuencia. En estos temas, al cabo de cuatro años, la coalición gobernante parece tener poco que decir, sobre todo frente a una mayoría de chilenos que sostiene que estos problemas deben enfrentarse con cambios sustanciales de las políticas vigentes. Además, en todas las áreas consultadas, la mayoría cree que el mejoramiento de la calidad del servicio no justifica el lucro en su prestación, mientras acepta un aumento de los impuestos para financiar la educación gratuita, reformar el sistema de salud y de previsión social y aumentar las ayudas a los más necesitados.

No parece ser entonces un tema de expectativas creadas por ofertas maximalistas lo que estaría volcando la opinión ciudadana a favor de Michelle Bachelet. Son los valores y aspiraciones presentes en la sociedad los que han encontrado en ella una mejor respuesta, o en todo caso la más viable y seria, entre una oferta bastante amplia y variada. No obstante, la palabra la tienen los electores. Si se confirma lo señalado por las encuestas, la ex presidenta deberá enfrentar el desafío de trabajar sus prioridades en las distintas áreas y conformar sus equipos para ponerse, desde el gobierno, al frente de las fuertes aspiraciones de cambio de la mayoría de los ciudadanos.

jueves, 14 de noviembre de 2013

Chile y los cambios en China

Columna en El Mostrador

Con un nuevo equipo dirigente, bajo el mando de Xi Jinping, el III Pleno del 18 Comité Central del PC de China ha optado por mantener la continuidad del esquema de centralización política y se abocará a nuevas reformas económicas en materia de mercado de tierras y urbanización (en 2013 la distribución urbano-rural de la población alcanzó el 50%) y de mercado financiero, apuntando a ampliar el consumo de 1.300 millones de chinos. Los dirigentes chinos han señalado que estas reformas serán tal vez tan importantes como las de 1978 y 1993, decisivas para la apertura con Deng Xiaoping y el desarrollo de la “economía socialista de mercado” con Jiang Zeming. Habrá un menor énfasis en las exportaciones y en la inversión en infraestructura, que ha alcanzado proporciones inéditas en la historia económica y cambiado la faz de China, fuertemente estimulada con el plan anticrisis de 2008, el mayor del mundo con un 7% del PIB. Se apuntará a un crecimiento que dejará de ser de 10% anual como en los últimos treinta años y se ubicará en un rango del orden de 7-8% anual en la próxima década, como ya ha ocurrido en 2013.

La diferencia es que en 1980, con su 2% de participación en la economía mundial, un crecimiento de 10% en China era menos importante que una expansión de 1% en Estados Unidos. Con el 16% del PIB mundial a paridad de poder de compra en 2014, China estará cerca de alcanzar el 19% de Estados Unidos y el 18% de la Unión Europea, lo que ocurrirá en todo caso antes de 2020. Con el de India, explicará el 50% del crecimiento global en los próximos años. Un ejemplo del actual impacto mundial de China en los mercados de bienes: se han vendido cien millones de smartphones hasta el tercer trimestre de 2013, con un mercado que crece en un 64 % al año y representa el 39 % del total mundial.

En el mediano y largo plazo, la gran interrogante es si el nuevo crecimiento chino, más moderado y centrado en el consumo, permitirá sostener los precios de los bienes primarios que han configurado una suerte de “sino-dependencia” latinoamericana, involucrando a nuestro cobre, el mineral de hierro brasileño y la soja argentina.

¿Qué se puede esperar de la desaceleración China para Chile, con su 0,4% de la economía mundial y el hecho de ser el país más lejano de China en el planeta? El impacto se produce especialmente a través del precio del cobre, producto que representa la mayor exportación del país en términos agregados (54% en 2012) y una buena parte de los ingresos tributarios (el 11%, es decir, un 1,9% del PIB en 2014). Se puede aventurar que la reestructuración del crecimiento chino no será desfavorable para Chile. Consignemos que China compró el 34% de nuestro cobre en 2012, contra un 23% en 2007, antes de iniciarse la actual crisis global, mientras representa globalmente el 21% del comercio exterior chileno. El precio del cobre ha estado en 2013 en un nivel algo inferior al previo a la crisis de 2008-2009. Pero China ha estado importando más cobre y empujando el precio desde su nivel más bajo de junio, en el contexto de mejores cifras domésticas para el tercer trimestre que las esperadas y un fuerte incremento de su producción industrial, disminuyendo los temores y estimulando el mercado cuprífero y también el de mineral de hierro. El gasto en infraestructura se mantiene con nuevas líneas de metro, centrales eléctricas y refinerías de petróleo, e incorpora importantes cantidades de cobre y acero, lo que lleva a prever un crecimiento de la demanda en los próximos dos años, aunque también se prevé aumentos de producción.

En el mediano y largo plazo, la gran interrogante es si el nuevo crecimiento chino, más moderado y centrado en el consumo, permitirá sostener los precios de los bienes primarios que han configurado una suerte de “sino-dependencia” latinoamericana, involucrando a nuestro cobre, el mineral de hierro brasileño y la soja argentina. La respuesta puede estar en el desafío de la urbanización china y pasa por mantener un fuerte ritmo de inversión, pero no en las industrias excedentarias y contaminantes como hasta ahora, sino estimulando la manufactura y los servicios modernos y la infraestructura en las zonas menos desarrolladas del oeste chino, lo que supone estabilizar el endeudamiento de los gobiernos locales y transferir importantes recursos a proyectos de gestión eléctrica, sistemas de transporte y tratamiento de aguas, cuidados de salud y protección ambiental. China tiene hoy cerca de 90 ciudades de más de un millón de habitantes, las que llegarán a unas 200 hacia 2030, y tendrá de 10 a 12 megaciudades de más de 15-20 millones en 2025. Para Richard Dodds, director de McKinsey Global Institute, “la urbanización y la transformación de China está ocurriendo a 100 veces la escala de Reino Unido, el primer país en urbanizarse e industrializarse y alrededor de 10 veces su velocidad… de manera que la revolución industrial china tiene 1.000 veces el impulso que la revolución industrial británica”. En la próxima década, cerca de 200 millones de habitantes rurales se trasladarán a trabajos urbanos. Para estimular el consumo, China necesita acomodar mucha más gente en sus ciudades, cuya construcción de infraestructuras consume metales y entre ellos cobre.

Así, no se espera desmedros en materia de venta de nuestra principal materia prima a precios remuneradores, cuyo retorno para el país a través del fortalecimiento de Codelco y de royalties más sustanciales aplicables a la minería privada debe ser revisado. Nuestro país cuenta con un Tratado de Libre Comercio con China desde 2006, que ha llevado el número de productos chilenos exportados a ese país de 290 en 2005 a 506 en 2012, donde destacan las frutas, con una impresionante tasa de crecimiento promedio anual de 83% desde 2005, con un aumento total de exportaciones de 22% anual. En el contexto latinoamericano, Perú también ha firmado un acuerdo de libre comercio con China, mientras los países de Mercosur, más fuertes industrialmente, se mantienen reticentes en la materia. Chile debe mantener un enfoque latinoamericano en su relación con China y no sólo centrado en la Alianza del Pacífico (junto a México, Colombia y Perú) y favorecer un Foro China-América Latina para tratar los temas de interés mutuo, que serán cada vez más importantes para el futuro de Chile y del continente.

jueves, 31 de octubre de 2013

¿Sin la sociedad?

Columna en Cooperativa
http://www.elmostrador.cl/opinion/2013/10/30/bachelet-sin-la-sociedad.
En medio de una campaña electoral bastante confusa, parece ser que somos mayoritarios los que preferimos que en 2014-2018 el país sea gobernado por Bachelet antes que por Matthei y su derecha dura o bien por las expresiones políticas neocaudillistas que hoy proliferan. La ex Presidenta tiene méritos incuestionables: honestidad y compromiso con grandes causas, como la de la democracia, los derechos humanos y la igualdad de género, lo que no es poca cosa. Pero algunos somos más exigentes en otros temas y queremos que se gobierne para disminuir las desigualdades, y no para entregar, como en su primera administración, estos temas a tecnocracias con ideas económicas de derecha que bloquearon sin ruborizarse las necesarias reformas progresivas en materias tributarias y de royalty minero, laborales, sociales y educacionales; queremos que se gobierne para producir una transición a energías limpias, y no para dejar hacer a las empresas que han carbonizado la matriz energética sin por ello bajar los costos de la electricidad y que, además, llegaron al absurdo de pretender instalar plantas nucleares en el ultrasísmico Chile y megarrepresas destructoras de ecosistemas dignos de ser preservados para las nuevas generaciones; queremos que se gobierne para ampliar la democracia política y buscar al menos alcanzar estándares mínimos en materia de representación de la voluntad popular, y no que el liderazgo se incline ante los que no quieren reformas políticas serias sino cosméticas, con el efecto de preservar la falta de representación adecuada y la actual extrema subordinación del sistema político al poder económico.

Los enfoques poco complacientes respecto al canon hoy en boga y promovido verticalmente de adhesión entusiasta e incondicional a personas, ¿representan a muchos o a pocos en la esfera política opositora? No lo sabemos, pero los con espíritu crítico seguiremos en lo nuestro, aunque nunca llegaremos a ser muy populares entre los que privilegian el acceso al poder por sobre el sentido a dar a ese acceso y que no quieren adquirir demasiados compromisos ante los ciudadanos en nombre del pragmatismo y del “manejo de expectativas”. Estas suelen ser fantasías de su propia cosecha, basadas en una idea prejuiciada sobre los comportamientos colectivos, siempre considerados llenos de peligros, y en todo caso contrarios a la religión de la eficiencia, como si ésta fuera el único valor que debiera existir en la sociedad y el único modo de alcanzarla fuese el recetario neoliberal que ha probado ser no sólo inequitativo, sino también altamente ineficaz. Esta desconfianza en el pueblo se ancla en la antigua tradición autoritaria de la oligarquía chilena y es adoptada por la tecnocracia postmoderna que domina la gestión de gobierno, mientras los que provienen del autoritarismo de izquierda se amoldan a ella con fluidez y, por ejemplo, rehuyen las primarias o descalifican las expresiones de soberanía popular dignas de ser conquistadas.


Este rasgo cultural, en una época de ampliación de la sociedad de masas, es acompañado por la incapacidad de una parte de las nuevas elites post 90 para construir conductas de autonomía frente al poder conservador, que es la única fuente de innovación social posible, y mientras al mismo tiempo prolifera en la sociedad de mercado el afán de lucro y en la política la conducta de buscar espacios burocráticos para fines personales a cualquier precio, fenómenos propios del individualismo negativo que es la moral de nuestro tiempo.

No obstante, el autoritarismo y el individualismo negativo no son los únicos rasgos culturales de Chile. Como parte de una noble tradición, desde siempre en nuestra historia se han alzado voces libertarias y convocatorias a realizar acciones colectivas. Estas voces seguramente serán persistentes, aunque se procuren disciplinamientos irreflexivos en nombre del orden, que costaron a la ex Presidenta, sin ir más lejos, el alejamiento de toda una generación de jóvenes estudiantes o bien la pérdida de la mayoría en ambas cámaras en su primer gobierno. Lo razonable en política es siempre sumar antes que restar, buscar convencer y pactar honorablemente con el distinto antes que procurar aplastarlo, representar lealmente intereses colectivos antes que actuar con sumisión en nombre del orden para defender parcelas de poder. Pero la racionalidad y la consistencia parecen no estar demasiado cerca del horizonte político actual, en el que se valoriza más la imagen, la fórmula fácil, la promesa o los gestos que recogen emociones, la pequeña o gran ventaja inmediata, antes que la construcción de perspectivas y proyectos de largo plazo. Esta es, sin embargo, la tarea primordial de la política o, en todo caso, de la política democrática, especialmente en un mundo que cambia aceleradamente y en el que es cada vez más peligroso improvisar o seguir irreflexivamente la corriente del presente o del que habla más fuerte.

La esfera política enfrenta por añadidura una situación nueva. Los movimientos sociales son hoy actores que han ganado presencia y autonomía. Esta autonomía, y más ampliamente la de la sociedad civil, ha aumentado en el gobierno de Piñera y probablemente para quedarse. Estos movimientos son diversos y plurales y se han expresado en el ámbito laboral y estudiantil, pero también han aumentado su escala en el terreno más ignoto de las reivindicaciones étnicas, culturales, territoriales y ambientales. La ausencia de respuesta desde la esfera política, y de comprensión de su naturaleza, ha incrementado una profunda desconfianza mutua. Esto incluye a la izquierda tradicional, que hasta un pasado no tan lejano mantenía un vínculo fluido y de mutua influencia con el mundo social y con las minorías activas, incluyendo las juveniles, que esperemos no desaparezca del todo.

Hoy esa dinámica ha sido desplazada por la idea de que la articulación con lo social es hacerse parte de meros intereses corporativos, de los que hay que alejarse como la peste o, en el mejor de los casos, atender porque no hay otra opción, pero para mantenerlos en cintura. Esta idea es expresada por una tecnocracia que se pretende representante del interés general por arrogante e inútil autodefinición, presta, eso sí, a descalificar la expresión de los más débiles y a tratar con manga ancha en la política pública a las grandes corporaciones empresariales, en nombre de la inversión y el empleo. Este enfoque ha encontrado cobijo en un sistema político y burocrático con fuerzas democráticas degradadas, que dejaron de entender las reivindicaciones de derechos por los oprimidos como legítimas en el marco democrático, generalmente poseedoras de capacidades para resituarse y reformularse en función de un interés general construido y articulado en interacción con la esfera política. Al revés, confinar los intereses populares en reivindicaciones especificas a ser tratadas en el día a día, aumenta su dimensión particularista y al final las multiplica, reproduciendo la dinámica del desencanto y de las peticiones y las dádivas carentes de inscripción en sueños y aspiraciones colectivas.

La tecnocracia neoliberal tomó el poder en la Concertación, al terminar subordinándose ésta a los intereses del poder económico dominante, como se vio en el royalty minero y la ley de pesca, y al parecer lo conservará, gracias a oídos políticos complacientes, en medio de una acción tan audaz como ilegítima. Pero no se gobierna exitosamente, al menos en democracia en el mundo de hoy, al margen de la sociedad. Y menos contra la sociedad. El desafío para un nuevo gobierno progresista de trabajar inmerso en sus aspiraciones permanecerá abierto. Su incapacidad de hacerlo sería el derrotero inevitable de un fracaso anunciado.

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