miércoles, 12 de abril de 2023

Sobre la inseguridad y la concentración del ingreso

 En El Mostrador

Nuestro país se ha visto envuelto de manera insólita y obsesiva en el tema de la seguridad. La muerte lamentable de tres carabineros en actos de servicio en lo que va de abril parece tener un significado muy distinto que otras muertes, como el fallecimiento diario del orden de diez personas por COVID, o que se produzcan 4.500 defunciones cada año porque un 60% de la población está expuesta a concentraciones de material particulado superiores a lo permitido, o que unas 600 mil personas padezcan subalimentación (hambre persistente), conducente a muertes prematuras.

La esfera pública está sometida a la máquina mediática de fabricar temor a la delincuencia, que paraliza y excluye casi todo lo demás. Una mayoría está convencida de que “el país está perdiendo la batalla contra el narcotráfico”, lo que es falso. En respuesta, las autoridades discurren cotidianamente sobre “la crisis de seguridad”, lo que será de nunca acabar. Delitos se cometen todos los días y ocurrirá incluso cuando las policías aumenten su eficiencia y se controle todo el crimen organizado y bajen todos los índices de delincuencia.

Entretanto, nadie menciona demasiado que mientras en 2022 el ingreso nacional real creció en 1,5%, las empresas que entregan resultados a la Comisión para el Mercado Financiero (550) obtuvieron un incremento anual de sus beneficios de 49%. Sumaron 45,9 mil millones de dólares, con 10 empresas que concentran un 51% de esas ganancias. Estas constituyen el corazón de la oligarquía económica chilena. Dos pertenecen al sector de materias primas y dos al financiero. Quiñenco y Antofagasta PLC, del grupo Luksic, dueño de un canal de TV, sumaron ganancias por 5,7 mil millones de dólares. SQM, tras el boom del precio del litio en 2022, consiguió beneficios por 3,9 mil millones de dólares, un alza de 567%. Las empresas del grupo Matte sumaron utilidades por 2,2 mil millones y AntarChile, de la familia Angelini, obtuvo utilidades por 924 millones de dólares. El sector eléctrico fue el que ostentó el mayor aumento de ganancias, nada menos que un 210%, y sumó 2,9 mil millones de dólares, lo que revela que el sistema tarifario no está repercutiendo como debiera en las bajas de costos de producción sobre el consumidor.

No es de extrañar, entonces, que las 30 empresas del IPSA hayan subido su valor en bolsa en 128% en 2022. En contraste, los salarios reales cayeron en -1,8%. Cuando han crecido en años previos, ha sido a un menor ritmo que el del ingreso nacional. Como resultado, la mitad de los ocupados ganaba menos de 528 mil pesos en 2021, el dato más reciente del INE. Vale la pena recordar lo dicho por Warren Buffett en 2014: "Hay una guerra de clases, de acuerdo, pero es la mía, la de los ricos, la que está haciendo esa guerra, y vamos ganando".

El problema no es que se remunere el capital invertido, es la magnitud de esa remuneración en contraste con la del trabajo. Y más aún cuando se trata de sobreutilidades por la apropiación privada de rentas de escasez (recursos no renovables) o de monopolio, lo que se agrava con la negativa tanto a pagar impuestos suficientes (SQM debe 745 millones de dólares de regalía por el litio que sostiene no le corresponde pagar) como a terminar con las rentas de monopolio y respetar con rigor las reglas laborales y ambientales. Así, “la desigualdad factorial” en la retribución del capital y del trabajo sigue aumentando. El aumento de la regalía minera sigue sin avanzar y no se legisla sobre negociación colectiva supraempresa. Mientras, sigue bloqueada la posibilidad de disminuir “la desigualdad de las familias”, que se puede aminorar a través de impuestos progresivos y transferencias, pues la derecha y sus aliados en el Parlamento se niegan siquiera a la posibilidad de legislar en la materia.

Tampoco hay un mayor debate sobre los cambios estructurales en curso. Citemos al economista Daren Acemoglu: "El poder predictivo de los algoritmos se podría usar para servir a la gente en vez de reemplazarla. Por desgracia, nadie presta atención a estas oportunidades, porque la mayoría de los directivos de empresas tecnológicas estadounidenses siguen apostando al desarrollo de software que pueda reemplazar a los humanos en tareas que estos ya hacen bien. Saben que podrán ganar dinero fácilmente vendiendo esos productos a corporaciones que han desarrollado una visión de túnel. Todo el mundo está enfocado en aprovechar la IA para reducir costos laborales, y a nadie le interesan ni la experiencia inmediata de los clientes ni el futuro del poder adquisitivo de la gente".

Si esto es así, la defensa de una mayor seguridad para el mundo del trabajo y de la cultura parece estar más que vigente, y debiera alimentar la agenda pública. ¿O dejó de tener sentido un Estado social que contribuya a que el trabajo sea decente, creativo y protegido y que la negociación colectiva de los salarios permita una mejor distribución del excedente económico entre capital y trabajo? ¿Y que las tarifas y precios no abusen de los consumidores? ¿Y que se socialice una parte de ese excedente para el financiamiento de más bienes públicos de uso colectivo, una mejor cobertura de los riesgos de enfermedad, desempleo y vejez sin ingresos y más redistribuciones al margen del mercado? Establecer una tributación progresiva, financiar y gestionar mejor los servicios estatales y expandir la inversión pública para avanzar en diversificación productiva, ciudades y territorios sostenibles e infraestructuras para la resiliencia ambiental crearían, además, condiciones macroeconómicas más favorables para aumentar la prosperidad colectiva, el pleno empleo y la estabilidad de precios, contrariamente a la leyenda neoliberal. La concentración del ingreso en los poseedores de capital no crea una demanda efectiva suficiente para dinamizar la economía ni menos aumenta la productividad.

¿Conclusión? La inercia del dominio oligárquico considerado como un hecho natural y de un Estado militar-policial reforzado es una respuesta posible a los desafíos del país. Pero hay otras, como las propias de un Estado democrático y social de derecho. El poder oligárquico busca bloquear en todo lo que pueda los cambios constitucionales y circunscribir el espacio público al tema de la inseguridad. Aunque no para hablar de sus causas, como la desigualdad y la globalización del crimen organizado, sino de sus manifestaciones más sensibles, cuando no truculentas. El problema es que es una ilusión pensar que las dinámicas concentradoras, que son la fuente principal de inseguridad estructural en la sociedad, van a dejar de producir sus efectos polarizadores simplemente porque no se hable de ellas.

miércoles, 5 de abril de 2023

Sobre el orden público y la legislación de matinal


El número de denuncias de delitos de mayor connotación social por cada 100 mil habitantes cayó en un 42,4% entre 2012 y 2022, según los datos recopilados por la consultora Unholster. Esto quiere decir que no hay un desborde de la delincuencia, por doloroso e inquietante que sea cada caso producido para las víctimas y sus entornos. En cambio, el número de homicidios pasó de 824 en el año 2004 a 2.795 casos en 2020 y bajó a 2.427 en el año 2021, de acuerdo a los datos del Ministerio Público. La información de la Subsecretaría de Prevención del Delito indica 934 casos para 2022 y que la tasa de asesinatos por cada 100 mil habitantes pasó de 2,8 en 2012 a 4,7 el año pasado.

Este significativo incremento de las muertes violentas es en parte atribuible a una nueva situación, la que ha corroído a otros países de América Latina: los ajustes de cuentas entre mafias organizadas que pugnan de manera sangrienta por controlar los territorios y circuitos del narcotráfico y la economía ilegal y sus ganancias. Aunque Chile no sea un productor ni exportador significativo de drogas, esta nueva situación debe atacarse adecuando a las policías sobre nuevas bases tecnológicas y de inteligencia. Esto es indispensable para avanzar en el objetivo de desmantelar la gran amenaza que es el crimen organizado, que requiere de una mucho mayor eficiencia y contundencia policial. El actual Gobierno está ayudando a incrementarla, lo que ya se observa en mejores resultados en diversos casos, sin olvidar que su complemento indispensable es la policía de proximidad, la que interactúa con los vecinos, los municipios y las entidades públicas de distinta índole para aumentar la seguridad humana en todos los rincones del territorio.

Esto no tiene nada que ver con introducir impunidad en el uso indebido de armas de servicio, como ha sido la respuesta de aquella parte del sistema mediático y político propenso al alarmismo y al uso político y electoral de la delincuencia. Las policías no deben ceder a cantos de sirena y cumplir su tarea siempre en el marco de la legalidad, lo que implica mantener un uso reglamentado y proporcional de las armas de fuego que la ciudadanía pone a su disposición, incluyendo el que se despliega para su legítima defensa en situaciones críticas. No se debe ceder ante el populismo penal impulsado por los matinales de televisión en busca de audiencia ni ante la presión por desresponsabilizar a los agentes públicos en el uso de armas de fuego. Esto tiene como horizonte la conformación de un Estado militar-policial violento y descontrolado, un remedio mucho peor que la enfermedad.

No deben olvidarse algunas situaciones de fondo en materia de seguridad. Carabineros, que es una institución con 60 mil miembros dotada de armamento suficiente y con un alto presupuesto, mantiene un aprecio colectivo por su rol de protección y ayuda a la población en todo el territorio y por su función auxiliar de la justicia. Pero enfrenta dos serios problemas frente a la sociedad.

El primero de ellos es que en Carabineros –y en alguna medida en la PDI– se realizó por largo tiempo un desfalco sistemático de recursos públicos organizado por altos oficiales, hoy perseguidos por la justicia, que es el de mayor envergadura en la historia de Chile. Esto no hace de este cuerpo una institución ejemplar en la materia en el pasado reciente. Para recuperar su pleno prestigio ante la ciudadanía y su rol en el orden democrático, debe terminar con una cierta cultura interna de no responder ante nadie por sus actos, incluyendo en algunos casos, como se ha visto, ilegalidades. Debe, en cambio, ampliarse una cultura de mayor convivencia con la rendición de cuentas ante la sociedad, la superioridad civil y los órganos contralores y de administración de justicia. Carabineros debe reformar en profundidad sus métodos de gestión y el control del uso de los recursos presupuestarios puestos a su disposición por la ciudadanía, además de acentuar la equidad de la distribución de sus recursos humanos y materiales en el territorio. La aguda demanda social de lucha inmediata contra la delincuencia no debe ser una excusa para dilatar o no realizar estas reformas indispensables.

El segundo problema es el de las violencias policiales (y militares, en su caso). Estas fueron generalizadas en el proceso de la rebelión social de 2019 y meses y años siguientes, con centenares de lesionados por la fuerza pública. Esto se tradujo en un maltrato generalizado a los miles de detenidos, incluyendo agresiones a mujeres, y la grave situación de daño a personas que terminaron con lesiones oculares irreparables por disparos de balines de goma y disparos horizontales de bombas lacrimógenas al rostro realizados por oficiales (lo que pude observar personalmente en la calle).

Se trata de delitos cometidos por quienes tienen el deber de proteger a los ciudadanos, incluso cuando se manifiestan, y no de perseguirlos, agredirlos o lastimarlos gravemente. Las policías (y los militares en los Estados de Excepción) deben ser un factor de control y no de ampliación de los desórdenes públicos. Las fuerzas del orden deben actuar a tiempo, lo que no siempre hacen, y simultáneamente autocontenerse. Si responden con violencia indebida, su rol pierde la legitimidad que requiere el control de las destrucciones de bienes públicos y de personas. Deben modificarse los conceptos que presiden la acción del personal de resguardo del orden público, sin olvidar nunca que el derecho a manifestarse es una garantía constitucional.

Por su parte, la retórica de violencia contra Carabineros, cuyo emblema es el "perro matapacos", es inapropiada, indefendible y nunca debe ser aceptada por ninguna fuerza política responsable. Los que la adoptaron frívolamente en algún momento debieran, como ha instado el Presidente Boric, revisar su sentido democrático y humanitario. Manifestarse y/o condenar las violencias policiales es una cosa, insinuar simpatías por matar a miembros de una institución pública es otra muy distinta. Se trata de personas que deben gozar del mismo derecho a la integridad y dignidad que cualquier otra. Y menos debe tolerarse bajo ninguna circunstancia la violencia delincuencial contra las fuerzas del orden público y los asesinatos de uniformados. Tampoco debe tolerarse de modo alguno que el derecho a manifestarse se transforme en sinónimo de agresiones a personas con o sin uniforme y destrucciones violentas de bienes comunes.

Así, el cambio de enfoque de Carabineros en la contención de los desórdenes públicos y la presión social de los que legítimamente se manifiestan sobre los que realizan destrucciones y violencias con el pretexto de manifestarse, se pueden combinar de manera virtuosa y cambiar la degradación de la situación en las calles desde 2019, lo que en alguna medida ya viene ocurriendo.

Los problemas descritos deben abordarse con la urgencia requerida. Pero nunca se debe abandonar el trabajo sistémico sobre las causas de la delincuencia. Estas son económico-sociales (ausencia de oportunidades laborales decentes y de inserción creativa en la vida activa, con 428 mil jóvenes entre 15 y 24 años que no estudian ni están ocupados en febrero de 2023, según el INE) y psicoculturales (individualismo negativo, degradación del respeto a las normas de convivencia, culto del matonaje y de la violencia, desvalorización del trabajo honesto como medio de vida y su mejoría como horizonte de cambio individual y social). Actuar sobre ellas en todos los ámbitos de la sociedad y por todos sus actores es lo que al final de cuentas logrará hacer retroceder la delincuencia, junto a una actuación policial y judicial apropiada.

sábado, 1 de abril de 2023

La elección del 7 de mayo

 En El Mostrador

A poco más de un mes de la elección de consejeros constituyentes, no se observa en el país una mayor motivación en la materia. El desgaste de la temática constituyente ha sido importante desde la secuencia de la rebelión social de 2019, el plebiscito habilitante de octubre de 2020, la elección de convencionales de mayo de 2021 y, finalmente, el plebiscito de salida del 4 de septiembre de 2022, que terminó frustrando los procesos previos.

El acuerdo político de diciembre de 2022 relanzó el proceso, pero supuso la recuperación del poder constituyente por el Congreso, contrariamente al pronunciamiento ciudadano mayoritario en sentido contrario de 2020. En este espacio institucional se expresa en plenitud el peso de la derecha en el uso de los vetos derivados de los altos quórums existentes para la aprobación de normas constitucionales. Este sector impuso un sistema de elección que, como espejo del que elige a los senadores, limita severamente la proporcionalidad de la representación y establece una gran desigualdad del voto. Penalizar a la ciudadanía de las regiones más pobladas constituye una evidente anomalía democrática.

Se establecieron, además, limitaciones a la potestad de la instancia que será elegida el 7 de mayo próximo notoriamente impropias. Los representantes que resulten elegidos se encontrarán con temas que no podrán discutir y con un borrador hecho por “expertos”, en realidad representantes políticos de la derecha y la centroizquierda e izquierda nombrados por el Congreso. Estos podrán incluso observar articulados y participar en votaciones que diriman discrepancias.

Era todo eso o nada. De este modo, solo el voto obligatorio podrá salvar al nuevo proceso constituyente de una indiferencia generalizada.

Ante la imposibilidad de conformar una lista que agrupara a todas las fuerzas distintas a la derecha, como hubiera deseado el Gobierno, las izquierdas –agrupadas en una lista del PS y liberales más Apruebo Dignidad (Frente Amplio, PC, FREVS y Acción Humanista)– probablemente habrán de señalarle a la lista autodenominada de centro –compuesta por participantes de la coalición de gobierno como el PPD y el PR y un partido que, como el PDC, no forma parte de él– que sus votos en muchos casos favorecerán la elección de más constituyentes de derecha. Esto resulta de la mecánica del poco proporcional sistema electoral del Senado adoptado para este evento (cifra repartidora con pocos escaños a elegir, en este caso de 2 a 5 según las regiones).

Es posible que los partidarios del Gobierno deban señalarle que puede volver a producirse un voto de castigo en su contra, especialmente por los temas de orden público y la ausencia de iniciativas sociales de envergadura. Promoverán seguramente una narrativa sobre seguridad que resalte los parámetros de acción que no estén al vaivén de los episodios delincuenciales, repercutidos hasta la saciedad por los grandes medios de comunicación y que por desgracia siempre se producirán (la cero delincuencia no existe). Seguirle la corriente al populismo penal no hace sino favorecer a la derecha, pues ese es su terreno.

Y posiblemente los partidarios del Gobierno plantearán la necesidad de más impulsos sociales que se agreguen a los ya logrados. Entre estos se cuenta el avance del proyecto de reducción progresiva de la jornada laboral de 45 a 40 horas y la aprobación del aumento del bono marzo y de la asignación familiar. Y también, asociados al universo que recibe esta última, los subsidios temporales a los precios de los alimentos a través de una tarjeta de compras electrónica. Este es un innovador mecanismo que debiera transformarse en un método permanente de devolución del IVA de productos básicos y medicamentos a los grupos de ingresos medios y bajos. Una mayor provisión de bienes públicos en urbanismo integrador y seguridad, un aumento progresivo de la pensión universal, de los subsidios familiares y a la vivienda, combinado con un nuevo plan de apoyo al cuidado de personas, podría terminar de configurar un sistema de redistribución justa de cierta envergadura que avanzaría en la disminución de las enormes desigualdades de ingresos y de bienestar existentes en nuestra sociedad. Esa envergadura será menor a la que podía concebirse antes del rechazo de la reforma tributaria, pero podrá tener niveles iniciales que tengan un impacto en la condición de vida de la mayoría. Y que generen una aprobación social que facilite nuevos cambios tributarios progresivos en el futuro próximo.

El Gobierno debiera, además, dar un fuerte impulso a una política del litio que recupere este recurso para el país, en vez de dejar su extracción y ganancias principales en manos de empresas privadas como SQM, que se ha permitido interferir de manera ilegal en las decisiones del sistema político y en las campañas electorales. Sus contratos de explotación en el Salar de Atacama no debieran ser renovados y ser puestos en manos de una entidad pública.

También debe fortalecerse Codelco y el cobro de regalías sustanciales a la minería privada, ampliando la capacidad recaudatoria antes que vaciando de contenido el proyecto de ley en tramitación. La nueva legislación debe incluir tasas muy altas sobre las ventas –eliminadas en el Senado– cuando se supere un umbral de precios del cobre, como estableció el proyecto aprobado en la Cámara. Centrar la regalía en los márgenes operacionales se presta para la elusión del pago, pues depende de información proporcionada por las empresas. La necesidad de una legislación seria sobre regalías no es arbitraria: todas las proyecciones indican un nuevo ciclo largo de altos precios del cobre.

Esta renta no tiene por qué seguir siendo regalada a inversionistas privados. Si esos recursos pertenecen a la colectividad, lo que es el caso desde 1971, es esta la que debe recibir su valor económico. Hacer otra cosa no sería congruente con cualquier idea de mayor progreso social y de retención nacional de la renta en las coyunturas de altos precios de los recursos naturales no renovables. Sin esto, la propia noción de Estado democrático y social de derecho carece de mayor sentido.

viernes, 24 de marzo de 2023

Tendencias de la economía chilena. Marzo 2023.

Centro de Políticas para el Desarrollo
Magíster en Gerencia y Políticas Públicas


La economía chilena exhibe un crecimiento en declinación en lo que va de siglo XXI en comparación a la economía mundial, con la excepción paradojal del último trienio. En la creación de valor agregado predominan crecientemente los servicios. Estos sustentan el grueso de los empleos, de los cuales un 27% son informales. El enfoque ortodoxo que persiste en materia de política monetaria y en parte en la política fiscal no augura perspectivas positivas para los próximos años.

Ver el texto.


martes, 21 de marzo de 2023

Más allá de la coyuntura

En El Mostrador

El Gobierno del Presidente Boric es fruto de procesos difíciles y contradictorios. Derrotó por un buen margen a la extrema derecha, pero sin obtener mayoría parlamentaria, mientras ha debido luego enfrentar una realidad política e institucional adversa, con una derecha cada vez más radicalizada. El cuadro económico internacional no lo ha ayudado, agravado por un Banco Central que se ha empeñado en provocar una recesión en medio de la redefinición institucional del país. Y ha debido encajar dos derrotas de envergadura: la de las urnas del 4 de septiembre pasado y la ocurrida en el Parlamento el 9 de marzo en materia tributaria.

El Presidente Boric conformó su Gobierno enfrentando una gran fragmentación política de quienes lo apoyaron en segunda vuelta, y con algo así como dos coaliciones competitivas antes que integradas, y que todavía no llegan a ser una alianza para el período de gobierno. Los llamados a redefinir su programa tienen poco sentido, salvo que se entienda que se trata de deliberar con sus fuerzas de apoyo, lo que debe hacerse periódicamente, sobre los componentes de la agenda gubernamental etapa a etapa. Esta agenda debe incluir temas a plantear sin mayoría parlamentaria posible, pero válidos como opciones a discutir ante la ciudadanía y que saquen a la derecha y las oposiciones al pizarrón, y otros que deben construir una mayoría parlamentaria, con la que a priori el Presidente no cuenta, para evitar la parálisis gubernamental.

Todo esto ha obligado al Presidente Boric a realizar ajustes periódicos para consolidar su apoyo político. Quiso, además, innovar en diversos aspectos, como es propio de toda generación que aspira a cambiar lo existente, lo que no puede sino saludarse. Pero tal vez ha faltado una consideración mayor de aspectos estructurantes de la gestión del Estado.

Todos los Estados-nación en la historia se organizan alrededor de un núcleo de cinco funciones básicas: la mantención del orden interno, la administración de justicia, las relaciones exteriores, la defensa nacional y la gestión de las finanzas públicas. Se trata de las funciones "regalianas" o nucleares del Estado. No es que las demás no sean importantes, sino que éstas son estructurantes y permiten que las otras se puedan llevar a cabo. El sentido común indica que en esas posiciones no cabe experimentar demasiado y que se debe evitar divertimentos e improvisaciones. En la selección de sus responsables tiene sentido nombrar a personalidades con peso entre las fuerzas de gobierno y el sistema de partidos, que contribuyan a su equilibrio y articulación y posean aptitudes para prever y enfrentar situaciones imprevistas y presiones persistentes, además de contar con las capacidades sectoriales pertinentes y prestigio en la sociedad.

La cercanía con la persona a cargo del Estado o las exigencias parlamentarias puntuales, juegan en esto un rol, pero aceptable solo hasta un cierto punto. Cuando los colaboradores no cuentan ni con el peso político ni con la competencia suficiente, pueden terminar por no ser útiles a la tarea del jefe de Estado. Tal vez por ello al cabo de seis, nueve y doce meses, respectivamente, se ha debido producir cambios en tres de los cinco ministerios básicos (Interior, Justicia y Relaciones Exteriores).

La tarea que enfrenta el Presidente Boric es inmensa. Su Gobierno está impelido en primer lugar a morigerar sin dilación, y en alianza con una fuerte coalición latinoamericana, la crisis de la migración ilegal originada en Venezuela, en la que Sebastián Piñera tuvo un rol destacado. Esta coalición tendrá que ayudar a la superación de la crisis política y económica en ese país por vías democráticas y hacer retroceder las sanciones estadounidenses que agravan dicha crisis, para lo que ahora Chile cuenta con mejores aliados con los gobiernos de Petro en Colombia y Lula en Brasil.

Y deberá hacer todo lo posible para culminar con éxito avances tangibles en el progreso democrático y social del país. Esto involucra orientar y ampliar en la sociedad, en la política y en el Parlamento (así como en la instancia constitucional que se elegirá el 7 de mayo) una coalición de consistencia y amplitud suficiente para la creación del nuevo sistema institucional, que reemplace por uno mejor el fenecido sistema de pactos forzados de la transición. Y también resquebrajar, aunque sea en parte, la intransigencia de la hiperelite económica en materia tributaria, laboral y ambiental y en materia de captación para Chile de las rentas de los recursos naturales, en especial, el cobre y el litio. De otro modo, no se podrá avanzar a una mejor democracia, una mayor protección social y un nuevo dinamismo productivo, que es la plataforma programática básica de este Gobierno, y se aumentará el caldo de cultivo para la eventualidad de un triunfo de la extrema derecha en 2025.


martes, 14 de marzo de 2023

El significado de un rechazo y la falta de visión de grupos necesitados de protagonismo

En El Mostrador 

Chile no contará por el momento con los recursos tributarios adicionales solicitados por el Gobierno, pues la oposición no aprobó siquiera la idea de legislar en la materia. Esto fue siempre lo más probable después de la elección parlamentaria de 2021. La derecha volvió a mostrar su peor cara, la de la defensa pura y dura de los privilegiados, aunque no contaba con este rechazo que la deja tan en evidencia. Por su parte, los minoritarios que la acompañaron buscaron el fracaso del Gobierno, quien sabe si por afán de castigo, para buscar obtener ulteriores concesiones o por mera irresponsabilidad con el destino de la mayoría social.

En el programa original de Apruebo Dignidad, la meta de ingresos adicionales era de 8% del PIB en régimen a 6-8 añosEsta cifra no es arbitraria, si se tiene en cuenta lo planteado por el informe de la OCDE de junio de 2022: “La relación recaudación-PIB (o presión fiscal) y los niveles de ingresos de Chile se encuentran entre los más bajos de la OCDE" y "la relación impuestos-PIB de Chile es inferior a la de los países de la OCDE cuando tenían un nivel de ingresos similar al de Chile”. En 2020 (las cifras más recientes) la carga tributaria en Chile era de 19,4% del PIB y el promedio OCDE de 33,6%. Las de Dinamarca y Francia (las más altas) alcanzaban un 47,1% y un 45,3% del PIB respectivamente, sin que esos países dejen de contarse entre los más prósperos y de mayor bienestar en el mundo.

La derecha insiste en hacer su propio cálculo y en agregar a los impuestos las cotizaciones a sistemas privados, pretendiendo que solo faltan dos puntos de PIB para llegar al promedio OCDE. Pero este organismo recomienda expresamente excluir de los análisis sobre carga tributaria a las contribuciones a la seguridad social porque “representa un enfoque analítico poco ortodoxo, que puede no ser muy informativo e incluso podría ser engañoso”. En todo caso, cuando la OCDE considera estos pagos, la carga subiría a 26.9% del PIB (con datos de 2018 suman un 5,8% adicional del PIB) comparado con el 34.7% promedio de la OCDE en ese año. A esa fecha, con ese cálculo, la brecha era de cerca de 8% del PIB.

En el proyecto de ley enviado en 2022 el objetivo era el de aumentar la carga tributaria en 4,1% del PIB durante este Gobierno. El proyecto que se rechazó, luego de más de 80 indicaciones, implicaba solo un 1% del PIB de incremento de la recaudación por nuevos impuestos y tasas, más un 1,6% del PIB adicional por cierre de brechas de elusión y evasión. Esto queda eventualmente ahora para un año más. En el Senado mantiene su trámite el proyecto sobre regalías mineras, mientras se presentarán en la Cámara, donde deben ingresar todos los proyectos de este tipo, las iniciativas nuevas sobre impuestos verdes y de preservación de la salud, así como sobre las rentas regionales. Todo lo cual queda en manos de negociaciones en la Cámara con las diputadas que no votaron, además de un eventual acuerdo con la derecha y sus aliados ex-DC y PDG, tanto en la Cámara como en el Senado después. Ya se sospecha cómo será: el bloque pro-empresarial buscará que los aumentos de tributos sean diminutos y sin tocar los intereses del capital. Lo hará a sabiendas de que no tendremos una sociedad mínimamente decente y dinámica sin un aumento del aporte del 10% más rico, que concentraba nada menos que el 60% de los ingresos antes de impuestos en 2020, mientras el 50% de la población de menos ingresos sumaba solo el 6,7% de los mismos, según el World Inequality Lab. Esto es simplemente inaceptable.

La declaración del ministro de Hacienda, Mario Marcel, explicando lo que se rechazó y mencionando a quienes celebran que todo siga igual, ha sido firme, en especial la defensa de un sistema tributario progresivo en el que los que más tienen deben aportar proporcionalmente más, incluyendo los "grandes capitales", y la denuncia de los lobistas financiados por ellos. Pero es debatible aquello de que venció la ideología sobre el pragmatismo. El llamado pragmatismo es también una ideología que no propone ampliar las fronteras de lo considerado posible, sino eventualmente en el margen, mientras es con frecuencia alimentada por intereses particulares y sus lobistas. Otra cosa es actuar con sentido práctico y, por ejemplo, saber contar.

Lo que venció en el Parlamento fue la consabida intransigencia de la ideología del libremercadismo y del Estado mínimo, junto a los intereses empresariales que la sustentan. Y también venció la falta de visión de pequeños grupos necesitados de protagonismo, aunque eso signifique actuar contra lo que se supone defienden. Para avanzar a una reforma tributaria que sustente un Estado Social, debe volver a ponerse por delante una ideología ("conjunto de ideas fundamentales que caracteriza el pensamiento de una persona, colectividad o época, de un movimiento cultural, religioso o político", según la Real Academia Española) para construir una mejor democracia y un progreso equitativo y sostenible.

La tarea para el Gobierno es ahora avanzar en lo que pueda con los recursos y apoyos existentes, especialmente mejorando el 87% de ejecución del gasto presupuestario en inversiones –brecha que no tiene excusa– y ojalá logrando mejorar sustancialmente la legislación en materia de elusión y evasión y el monto de las regalías mineras. Y sin adelantar la consolidación fiscal programada, como se hizo de manera inexplicable en 2022, pues el decreto de política fiscal de la actual administración fija una meta de balance estructural de -0,3 del PIB para 2026, mientras el año pasado se produjo un saldo positivo de un 0,2% del PIB. Su sentido económico y social no aparece por ningún lado, más allá de los aplausos del venerable público.

La lucha progresista por un sistema tributario suficiente, equitativo y sostenible sigue inevitablemente adelante. Hagamos una sucinta comparación con datos de la OCDE. Si en Nueva Zelandia el gasto público en pensiones alcanzaba un 5,1% del PIB en 2020, en Estados Unidos un 7,5% y en Alemania un 10,4%, ¿por qué en Chile debe alcanzar solo un 3,1% del PIB? Si en Nueva Zelandia el gasto público en salud alcanzaba un 7,8% del PIB, en Alemania un 11,0% y en Estados Unidos un 15,8% ¿por qué en Chile debe alcanzar solo un 5,8% del PIB? Si en Estados Unidos el gasto público en discapacidad alcanzaba un 1% del PIB, en Alemania un 2,4% y en Nueva Zelandia un 2,8%, ¿por qué en Chile debe ser de solo 0,8% del PIB? Si en Nueva Zelandia el gasto público en desempleo alcanzaba un 0,5% del PIB, en Alemania un 0,8% y en Estados Unidos un 0,9%, ¿por qué en Chile debe ser de solo un 0,06% del PIB? Si en Nueva Zelandia el gasto en investigación y desarrollo alcanzaba un 1,4% del PIB, en Alemania un 3,1% y en Estados Unidos un 3,5%, ¿por qué en Chile debe ser de solo un 0,34% del PIB?

La respuesta es simple: ni en materia social ni en materia económica las tareas públicas en Chile están a la altura de un país moderno por el peso de la oligarquía económica rentista en el sistema político y en el paisaje mediático. Su ceguera, como en muchos otros países de América Latina, la lleva a no querer financiar tareas sociales y económicas indispensables para el equilibrio, equidad y dinamismo de las sociedades. El pretexto es la ineficiencia del sector público, que en el caso de Chile no es demasiado superior a la ineficiencia del sector privado. Solo en educación ha habido un salto nivelador en el gasto público, desde el 2,8% del PIB en 2005 a 4,2% del PIB a partir de 2019. Esto fue fruto de amplias movilizaciones sociales y de un mayor consenso político basado en un poco justificado y abundante financiamiento a privados, de eficiencia más que dudosa, poniendo en situación de marginalidad a la educación pública. Y todavía estamos lejos del gasto público en educación de 5,2% del PIB de Finlandia y de 6,4% del PIB de Noruega.

Hay elementos para el optimismo, sin embargo, pues en el fragor de la lucha política también se producen avances. En 2022, la carga tributaria, luego de las turbulencias fiscales de la pandemia, subió en 9,6% y alcanzó un 24,6% del PIB. Si un nivel de este tipo se consolida desde 2023 en adelante, lo que depende de variados factores en la administración tributaria, se habrá recorrido más de la mitad del camino. Y si se avanza en los proyectos de ley mencionados, subir en 8% del PIB la carga tributaria en régimen estará en el horizonte para alcanzar el planteamiento programático original del Presidente Boric.

jueves, 9 de marzo de 2023

Después de la recesión, un buen inicio de 2023

 En El Mostrador

El Índice Mensual de Actividad Económica de enero creció en un 0,5% en términos desestacionalizados respecto al mes anterior, dato muy positivo que siguió al buen trimestre final de 2022. Pero debe tomarse con cautela, pues en el trimestre noviembre-enero respecto a octubre-diciembre el crecimiento es de solo un 0,1% anualizado.

Los nuevos datos corregidos muestran que la política monetaria y fiscal restrictiva logró dañar la actividad en los tres primeros trimestres de 2022 y se produjo una "recesión técnica", pues hubo no solo dos sino tres trimestres consecutivos de caída de la producción. Lo positivo fue que la política fiscal muy contractiva en materia de transferencias se mantuvo activa por el lado de la inversión pública, lo que contribuyó a producir efectos expansivos hacia fin de año. El resultado anual fue de un crecimiento de 2,7%, pero exclusivamente gracias a los servicios.

En enero, la producción minera es todavía inferior a la de 2018, pero contribuyó esta vez al buen resultado coyuntural. También lo hizo la industria. La parte más floja es la construcción, especialmente afectada por las altas tasas de interés. Pero sobre todo contribuyeron de nuevo decisivamente los servicios a las empresas y a las personas. Estos representan dos tercios de la economía agregada, dato que pocos consideran.

La visión ortodoxa prevaleciente postula que se produjo un exceso de demanda en 2022 que debiera comprimirse para disminuir la inflación a niveles que implican provocar una recesión en 2023. Su diagnóstico sobreestima la brecha ingreso-producto porque subestima la capacidad de expansión de las capacidades instaladas, especialmente en los servicios, y concibe de manera estática sus procesos de adaptación ante estímulos de demanda.

Sin ir más lejos, los precios de los servicios de comunicación no han subido ante el aumento de su demanda. Entre enero de 2020 y enero de 2023, esos precios han bajado en un -7,1%, lo que se explica por el cambio tecnológico, la competencia y crecientes economías de escala. En el mismo lapso, los alimentos han aumentado en 41,6%, por el incremento de los precios de importación y sin un aumento particular de su demanda. El contraste es notorio: las evoluciones de los precios en los diferentes mercados son más complejas que los simples razonamientos mecánicos de manual, en especial con una oferta a consumidor tan internacionalizada y diversificada como la existente en Chile.

Por su parte, la cuenta corriente ha estado financiada por la inversión de cartera y la inversión extranjera directa del período, que ha tenido un muy buen comportamiento. Esto revela que no hay problemas de confianza en los actores económicos externos interesados en invertir en Chile, por lo que el peso ha tendido a revaluarse respecto al dólar, lo que ayuda a contener la inflación (la mitad del IPC está vinculado al tipo de cambio).

Es importante constatar que el impulso de demanda de 2021 ocasionó efectos en la economía, pero ninguno que justificara producir una recesión, aunque deterioró temporalmente el déficit en la cuenta corriente. Pero sobre todo dio pie para que la ortodoxia atribuyera a presiones de demanda una inflación de costos de origen importado, proceso en el que el fuerte incremento previo de la demanda interna a lo sumo contribuyó a una difusión más rápida del cambio de precios relativos. Esto justificaba salir del crédito casi gratuito de la pandemia, pero para llevarlo a un costo razonable y no a las cumbres irracionales vistas desde marzo de 2022. Mientras, aún se registran 116 mil empleos menos que antes de iniciarse la pandemia, hace ya tres años, lo que parece tener sin cuidado a la mayoría del consejo del Banco Central.

En 2023, la política fiscal será globalmente expansiva, lo que es una buena noticia, aunque desde el ámbito monetario poco se puede esperar. El facilismo intelectual ortodoxo –que produce explicaciones simplistas ante problemas complejos– insiste en omitir que la principal presión inflacionaria proviene del impacto directo de los precios externos de alimentos y combustibles y de sus efectos internos indirectos de "segunda vuelta", especialmente en el caso del costo de la energía. Esto no se ha dimensionado de manera adecuada, mientras tampoco se considera suficientemente el rol de la concentración de la oferta.

En diversos mercados de bienes los márgenes son altos y parecen haberse ampliado en los productos en cuya cadena de suministro existe un cierto poder oligopólico de fijación de precios. Un ejemplo: la diferencia de precio del mismo litro de aceite de soja a consumidor en Argentina y Chile es sideral, aunque el precio internacional ha aumentado del mismo modo para las cadenas de suministro de ambos países, sin que se vean mayores acciones de la Fiscalía Nacional Económica, que opera a unos ritmos notoriamente parsimoniosos.

Sigue habiendo una discusión necesaria sobre la política económica. La visión de inspiración poskeynesiana a la que suscribimos sostiene que se requiere de una demanda agregada suficiente para alcanzar y expandir el potencial productivo existente, lo que supone políticas fiscales, monetarias y cambiarias activas, con el límite de no provocar una inflación persistente de demanda o desequilibrios en los intercambios con el exterior. Esta visión enfatiza los fundamentos macroeconómicos de la microeconomía (ver Harcourt, 2006) y no a la inversa, como hace la ortodoxia neoclásica. La observación de las realidades económicas prueba que la desconexión entre oferta y demanda es frecuente, y lleva a "equilibrios de subempleo" o a situaciones inflacionarias, lo que requiere de las mencionadas políticas fiscales, monetarias y cambiarias activas para modular la demanda agregada y las transferencias de ingresos entre agentes económicos.

El balance de medidas que debe producir la política económica requiere de mucho criterio, ese que no se vende en la farmacia ni se enseña en alguna facultad. Y debe partir por no tener una receta unívoca: comprimir la capacidad de consumo y aumentar el costo de la inversión cuando llueve y cuando no llueve. La ortodoxia chilena se equivoca con la receta de deprimir la demanda agregada de manera frecuentemente innecesaria, junto con construir expectativas artificiales de inflación ante episodios temporales. Con este enfoque complica el horizonte de inversión y el crecimiento del país, que depende crucialmente de expectativas fundadas de flujos futuros de ingresos, mientras deja al mercado la búsqueda de aumentos de productividad.

La ortodoxia también se equivoca al atribuir los problemas de producción y empleo a sobrecostos por cargas regulatorias y tributarias que interferirían negativamente en el funcionamiento de los mercados. Las regulaciones no son antieconómicas, especialmente si limitan las inestabilidades que inhiben la regularidad del proceso económico. Y suelen tener, desde la abolición de la esclavitud, un sentido civilizatorio al que no cabe renunciar, en especial las normas sobre trabajo decente y protección del ambiente. Para no mencionar que sin impuestos que financien infraestructuras, innovación, educación y salud y sin una masa salarial en expansión suficiente, las empresas privadas como conjunto no pueden funcionar con todo su potencial, tanto por el lado de la cantidad y calidad de la oferta de trabajo y de capital como de la suficiencia de la demanda. Solo los enclaves de exportación pueden desatender algunas de las dinámicas macroeconómicas internas, pero recordemos que las exportaciones representan menos de un tercio del PIB en Chile.

En suma, en el manejo de episodios de aumentos de precios externos, la política macroeconómica no debe alejar la actividad de su potencial por dogmas infundados, y terminar disminuyendo ese potencial. Actuar para sostener mercados competitivos y estimular la innovación y la diversificación harán lo suyo para estimular la oferta, pero esta debe anclarse en flujos futuros de ingresos que deben venir de alguna parte. La recesión programada por el Banco Central después de la gran expansión de la demanda de 2022 ha sido un error grave, especialmente si se considera que la oferta reaccionó de manera bastante dinámica y sin mayores cuellos de botella ante esa expansión. Deprimir la demanda no ha impedido ni impedirá la inflación de origen externo, salvo que se esté dispuesto a hacer colapsar la economía.


martes, 28 de febrero de 2023

La invasión a Ucrania y las alineaciones internacionales

En El Mostrador

Al condenar el intervencionismo norteamericano en América Latina, incluyendo el golpe de Estado de 1973 en Chile, así como el bloqueo por décadas a Cuba y desde 2019 a Venezuela, hay quienes creen que su deber es, además, apoyar todo lo que se oponga a Estados Unidos. La animadversión antinorteamericana, emocionalmente comprensible para todo chileno de izquierda, no debe llevar a desvaríos sin sentido, como la condescendencia con el actual arco de alianzas de la autocracia neoimperial rusa, incluyendo a las teocracias de Irán y Afganistán. Hay quienes incluso se suman a Vladimir Putin en su crítica cultural global a los países occidentales, olvidando que tanto la democracia como el socialismo y el progresismo son creaciones sociales e intelectuales que provienen de esos países. Para algunos prevalece el “cualquier cosa menos Estados Unidos” y su consecuencia mecánica: alinearse con los Maduros, Ortegas, Putines y Ayatolas de este mundo.

Aclaro que comparto la visión de quienes se han opuesto desde siempre a las políticas imperiales norteamericanas, incluyendo la que Estados Unidos ha mantenido desde la doctrina Monroe y el corolario Roosevelt hacia América Latina, que le llevó a emprender múltiples invasiones y a destrozar democracias como la chilena. Pero esta visión no es ni “anti” ni “pro” norteamericana per se, sino que juzga los temas internacionales caso a caso desde la no alineación y se orienta por la Carta de las Naciones Unidas, la voluntad de preservación de la paz entre las naciones, de la dignidad de la vida y el respeto por la autodeterminación de los pueblos.

Resulta, entonces, totalmente incongruente desde esa perspectiva apoyar a Vladímir Putin en su invasión a Ucrania hace un año. Se trata de un líder reaccionario, aliado a los grupos de oligarcas que dominan la economía, que reivindica a los zares y la Gran Rusia imperial y que ahora ha invadido un territorio como Ucrania que considera propio, a pesar de que Rusia reconoció expresamente su independencia y sus fronteras al firmar los tratados de 1994 y 1997.

El reproche antinorteamericano y antieuropeo en este caso es que el colapso interno de la Unión Soviética en 1991 indujo influencias occidentales ilegítimas sobre naciones históricas que recuperaron su independencia, como los países bálticos (Lituania, Estonia, Letonia, soberanos desde 1918) y Moldavia, integrados a la URSS en 1940 después del Pacto Mólotov-Ribbentrop de 1939, más Bielorrusia y Ucrania, en el oeste próximo a Europa, Azerbaiyán, Armenia, Georgia, Turkmenistán, Uzbekistán, Tayikistán, Kazajistán, Kirguistán  el sur del Cáucaso y el este cercano a Asia. Y sobre otras que dejaron de ser tuteladas por la URSS, como ocurría desde la segunda guerra mundial, como Polonia, Hungría (invadida en 1956), Bulgaria, Checoeslovaquia (invadida en 1968 y que se dividió en Chequia y Eslovaquia), Rumania y diversas nuevas naciones de los Balcanes, que se sumaron en los años siguientes a la Alianza Atlántica compuesta por Europa Occidental y Estados Unidos, fraguada en la guerra fría contra la URSS. Pero esos países lo hicieron en uso de su soberanía recuperada y luego del pronunciamiento democrático de sus pueblos, sin mediar invasiones ni nada semejante. Los alegatos rusos sobre una influencia imperial histórica chocan contra el principio de autodeterminación de los pueblos.

No obstante, uno de los componentes no formales del nuevo equilibrio era que la presencia militar de la OTAN no debía extenderse a Ucrania ni a Bielorrusia, por su cercanía geográfica con la nueva Federación Rusa, a pesar de que ambos países fueron fundadores de Naciones Unidas como Estados independientes (aunque en la práctica no soberanos). La contrapartida del reconocimiento ruso de la soberanía ucraniana, incluyendo la península de Crimea, fue el retiro de los arsenales nucleares (un tercio de los existentes entonces en el mundo). Bielorrusia ha mantenido un régimen autoritario prorruso, pero Ucrania se inclinó al cabo del tiempo por buscar integrarse a la Unión Europea, lo que esta entidad demoró, hasta hace poco tiempo, para mantener una perspectiva de entendimiento paneuropeo con Moscú, mientras Alemania desarrolló una completa dependencia del gas ruso y múltiples relaciones económicas con Rusia, hoy puestas en cuestión por la invasión a Ucrania. La OTAN, en todo caso, no consideró ni considera hoy la inclusión de Ucrania en esa alianza militar para preservar un eventual entendimiento futuro con Rusia.

Ucrania vivió una crisis política en 2014 y una represión sangrienta de las manifestaciones populares proeuropeas, que culminó con la fuga no muy digna a Moscú del presidente prorruso, con una rápida normalización posterior de la democracia ucraniana en medio de una guerra interna con las provincias separatistas del este del país apoyadas por Rusia, hoy anexadas por la fuerza. Putin considera que nada de esto es expresión de una voluntad popular que se ha inclinado soberanamente hacia la pertenencia a Europa, sino un golpe de Estado promovido por los servicios secretos occidentales. Y decidió que iba a considerar a Ucrania en su conjunto, y no solo el este, como territorio histórico ruso a ser reconquistado y anexado progresivamente mediante el uso de la fuerza, desconociendo los tratados firmados después del fin de la Unión Soviética.

Esto no solo pone a Rusia contra el derecho internacional, y ha llevado a Finlandia y a Suecia a abandonar su neutralidad para incorporarse a la OTAN, fortaleciéndola, sino que vuelve a poner la guerra en Europa como método de resolución de las ancestrales y sangrientas disputas territoriales. A la vez, afianza la alianza entre Estados Unidos y Europa y liga el destino de Rusia a China, de la que pasará a depender en muchas dimensiones, empezando por la venta de su petróleo y gas. El sentido estratégico de este enfoque para Rusia es al menos discutible.

Putin divide ahora, además, al mundo en dos: “el de los valores tradicionales y el de los valores neoliberales”, en su búsqueda de alianzas con Irán y Turquía. Califica a la cultura occidental como “depravada” y rechaza el matrimonio igualitario y los colectivos LGTBI, que tienen en Rusia la prohibición legal de expresarse. En su último discurso a la nación, Putin ha llegado a decir: “Mirad lo que están haciendo con sus propios pueblos. La destrucción de la familia y de la identidad cultural y nacional. La perversión, el abuso de los niños, incluso la pedofilia, son norma, norma de vida. Y los sacerdotes son obligados a bendecir matrimonios entre personas del mismo sexo”. Rara vez se escuchan discursos tan reaccionarios en un jefe de Estado.

Los de la izquierda prorrusa contestan con el antiguo expediente de desplazar el argumento: más allá de Putin, lo que pasa es que Zelenski es un “neonazi” y por eso se justifica que Ucrania sea invadida. Esto es ridículamente falso, tratándose de un presidente emanado de elecciones libres, ruso parlante y proeuropeo, con un parlamento pluripartidista que lo controla, incluyendo partidos prorrusos. Es además un judío con parte de su familia exterminada en el Holocausto y cuyo abuelo fue un coronel del Ejército Rojo que luchó contra los nazis, al que Zelenski rindió homenaje como primer acto de gobernante. Y si lo fuera, lo que manifiestamente no es el caso, no se puede considerar como una causal para invadir a otro país y anexar partes de su territorio. Hoy Italia es gobernada por una mujer de ideología neofascista, pero eso no quiere decir que entonces ese país deba ser invadido.

Más vale usar un cierto método para orientarse en estos asuntos: estar siempre más cerca de los gobiernos democráticos, por imperfectos que sean, antes que de las dictaduras, como sea que se autodenominen, pues las dictaduras terminan invariablemente con la dominación ilegítima de una minoría sobre sus pueblos. Se puede admitir casos en que los países deban defenderse de agresiones y restringir algunas libertades temporalmente. Y también que es muy problemático que en diversas democracias gobiernen establemente sendas plutocracias capitalistas, como es en buena medida el caso de Estados Unidos, con una frecuente lógica de expansionismo económico agresivo.

Pero esas democracias incluyen una dinámica que, al elegir a los gobernantes de manera competitiva, logra límites a la sola búsqueda de hegemonía (la descolonización europea, los acuerdos de desarme nuclear, la normalización de Estados Unidos con China o el reciente intento de distensión de Obama con Cuba son ejemplos, aunque nunca exentos de consideraciones estratégicas). E internamente permiten mantener la separación de poderes para una cierta garantía de los derechos fundamentales de la ciudadanía, ir avanzando en la paridad de género, el respeto a las minorías, a las diversidades humanas y a las diferentes culturas, junto a dotar de sistemas de protección a los que viven de su trabajo.

Más cercanas aún se pueden considerar las democracias que han construido Estados de bienestar y mecanismos de redistribución de los ingresos y la riqueza, es decir, socializan aspectos de la vida en común para un mayor bienestar de la mayoría social. Y todavía mejor si avanzan ahora a la preservación de la naturaleza y la lucha contra el desorden climático, lo que no es el caso de Rusia y lo es de manera insuficiente en el de China. Esa es una escala de simpatías internacionales que podría ser digna de utilizarse.

Mencionemos, además, que ser parte de una nación independiente conlleva el derecho a no subordinarse a ninguna otra nación en particular, lo que se traduce en la idea de la no alineación como fundamento de la política exterior. No obstante, esta debe ser activa en la defensa de principios universales. Si bien cultivar las raíces propias tiene sentido, lo que lleva a propiciar en nuestro caso la cooperación latinoamericana, la condición humana y la defensa de su dignidad son, más allá de fronteras, de carácter universal.

martes, 21 de febrero de 2023

Envenenar un Nobel, envenenar un país

En El Mostrador

Pablo Neruda tuvo un recorrido singular con su país. Fue primero reconocido como una de sus voces de alcance universal, y apoyado por la democracia como funcionario diplomático. Pero luego fue parte de las tragedias del siglo XX en Chile. Ya siendo Senador, fue objeto de persecución y exilio por González Videla al ilegalizar el PC, que había ayudado a elegirlo presidente, incluyendo el aporte de Neruda ("el pueblo lo llama Gabriel"). En 1972 fue recibido de manera multitudinaria luego de obtener el Premio Nobel de Literatura el año anterior, en la huella de la insigne Gabriela Mistral. Pero ahora se confirma que, a los pocos días del golpe de Estado de 1973, fue envenenado, presumiblemente por agentes de la dictadura recién entronizada a sangre y fuego.

¿Por qué buscar asesinar a un hombre enfermo? ¿Para qué destrozar sus lugares, como pude verlo con estupor en la Sebastiana en Valparaíso, compartida por Neruda con Maria Martner y Francisco Velasco? Existe una explicación inmediata. La junta militar pensó que su palabra podía ser devastadora. Había tomado la decisión de viajar a México. Una inyección sospechosa le fue aplicada en una clínica y falleció el 23 de septiembre de 1973. Su chofer, que conoció el hecho, fue encarcelado en el Estadio Nacional.

También hay un contexto global en el que todo esto ocurre: la decisión de Nixon-Kissinger en 1970 (otra habría sido la actitud norteamericana con un presidente demócrata como Carter, que asumió en 1976) de impedir a toda costa que tuviera lugar la experiencia socialista en democracia de Salvador Allende. El argumento, expuesto en las memorias de Kissinger, y que hoy suena especialmente delirante, fue que había que evitar sus efectos posibles en Italia y Francia, que contaban con izquierdas que se podían inspirar en coaliciones como la de Allende y debilitar a la OTAN en plena guerra fría. Había que “hacer chirriar” la economía, en palabras de Nixon, fomentar una insurrección civil contra el gobierno democráticamente constituido y derrocarlo militarmente a la brevedad.

Internamente, la oligarquía tradicional y la derecha política —que tenía en su seno antiguos partidarios de instaurar una dictadura militar en Chile, como el grupo de Jorge Prat, Jarpa y otros— se volcó a pedir a Nixon-Kissinger su intervención para que Allende no llegara siquiera a asumir el gobierno. Agustín Edwards se entrevistó con ambos, y con el jefe de la CIA Helms, a días de haber ganado Allende la elección en 1970, con el fin expreso de obtener una intervención clandestina en Chile, pidiéndole a una potencia extranjera que hiciera todo lo posible por impedir que asumiera el gobierno democráticamente electo de su país. La coincidencia de intereses fue inmediata y Nixon ordenó una operación encubierta que terminó en el intento de secuestro y finalmente asesinato del Comandante en Jefe del Ejército, René Schneider. El diseño era aparentemente evitar que el Congreso ratificara la elección de Allende y nombrara a Alessandri, quien renunciaría y permitiría la reelección de Frei Montalva. o directamente intronizar una dictadura militar de ultraderecha. La actitud de Frei y de la derecha de la Democracia Cristiana en esos días frente a este plan tiene zonas grises, pero se sabe a ciencia cierta que mantenían desde los años sesenta vínculos y financiamientos de la CIA. A la postre, buscaron y obtuvieron el derrocamiento violento de Allende en 1973, aliados a la derecha civil, empresarial y militar y a militares cercanos que organizaron el golpe, como Arellano y Bonilla. El financiamiento norteamericano de todo el proceso insurreccional fue revelado por el Senado de Estados Unidos en el Informe Church.

El hecho es que Frei se negó a una salida democrática basada en un plebiscito y rechazó incluso reunirse con Allende, enviando a Aylwin a reuniones infructuosas, ante la petición en ese sentido del Cardenal Silva Henríquez y del General Prats, comandante en jefe del Ejército. El argumento esgrimido para negarse a un acuerdo es que prevalecía un desborde incontrolado del PS, el MIR y supuestas milicias extranjeras inexistentes, como reconoció mucho más tarde el propio ex presidente Aylwin en sus memorias. El general Prats se sorprendió con la expresa renuencia del entonces presidente del Senado para buscar una salida negociada a la crisis, con una ausencia de disposición a colaborar que Frei le manifestó en su casa en septiembre de 1970 a Allende en persona, aludiendo que su partido, el socialista, no le dejaría gobernar en los marcos de la democracia.

El hecho es dramático: estaba tomada desde mucho antes la fatal decisión de generar como fuera una crisis que llevara a un golpe militar, con un repliegue inicial y generación de tierra arrasada llamado “estrategia de los mariscales rusos”. La coalición insurreccional ya logró un primer éxito parcialmente en octubre de 1972 —con una paralización del país durante semanas— pero luego prevaleció el calendario electoral democrático. En marzo de 1973, el gobierno obtuvo el 44% de los votos en la elección parlamentaria, a pesar del agobio inflacionario y la escasez de productos en medio del bloqueo norteamericano y de perturbaciones productivas provocadas por el boicot interno, la reforma agraria y la creación de un sector industrial y comercial estatal con alta improvisación y desbordes en su ámbito de aplicación. A esto se sumó una fuerte presión salarial que expandió la demanda y la capacidad de consumo popular más allá de las capacidades productivas y de las divisas disponibles. Al no lograr una mayoría de dos tercios en el parlamento, la coalición golpista se volcó —incluyendo una vergonzosa declaración de ilegitimidad del gobierno por la DC y la derecha en la Cámara de Diputados— al violento desenlace del 11 de septiembre de 1973, precedido de una intentona el 29 de junio.

El plan del presidente Allende era dar curso a un plebiscito sobre las áreas de propiedad que dirimiera la crisis, con una elección presidencial posterior en caso de perderlo (Allende pensaba en el general Prats como candidato, ya como civil, de una coalición amplia, a lo que probablemente no es ajeno su asesinato en el exilio en Buenos Aires en 1974). Pero no encontró eco en la oposición a tiempo y tampoco en el Partido Socialista y otros partidos de gobierno. El PS se encontraba muy distanciado del presidente Allende, con una crítica global a su proyecto político (expresada en una larga carta final que no llegó a ser enviada al presidente). Pero no estaba planeando alguna acción insurreccional, más allá de la retórica de algunos grupos, sino a lo más providencias defensivas de muy bajo alcance, como se demostró poco después. Las reuniones de líderes de la izquierda con marineros a petición de ellos fueron para defender el orden constitucional, no para atacarlo, y así sucesivamente. Hay un hecho de perogrullo que los defensores del golpe se niegan a reconocer: nadie tenía tanto interés como la izquierda en mantener viva la democracia, consolidar los cambios sociales y evitar las consecuencias de una confrontación armada. Hay quienes dudan de la existencia de la propuesta de plebiscito del presidente Allende, que dramáticamente estuvo a punto varias veces de ser anunciado en los días previos al golpe, el que además se adelantó por esa razón. Sus detalles y partícipes, que conozco bien pues incluyen a mi propio padre, ministro del presidente Allende, están descritos con precisión por Joan Garcés, asesor directo del presidente.

Pero sigue habiendo algo insuficiente en toda esta explicación. ¿Por qué la oposición se negó a una salida mediante un plebiscito? ¿Por qué bombardear una y otra vez La Moneda con aviones de combate, defendida por unas 30 personas?

Al frente lo que había era una izquierda con unas pocas armas sin mayor parque, llevadas a un cordón industrial en Vicuña Mackenna y una población del sur de Santiago por el PS y sin quienes supieran usarlas, así como al bajo de Valparaíso por las alcantarillas. El MIR, movimiento al que pertenecí en la adolescencia, no disponía sino de muy pocas armas, que además no pudo utilizar el día del golpe por carecer de un plan preciso y de movilidad logística, y solo logró crear pequeños enfrentamientos en Santiago y Valdivia, con unas pocas armas de fuego y granadas hechizas, como las que estuve ensamblando el 11 de septiembre, muchas de las cuales no funcionaron. El PC no usó armas en esa fecha e internó cantidades significativas solo años más tarde. La lucha armada sí se hizo efectiva por parte del MIR y el PC, sin éxito y con grandes sacrificios humanos, pero para actuar legítimamente contra la dictadura, lo que es harina de otro costal.

Se impuso rápidamente por Pinochet la tesis de “metas y no plazos”, aunque Leigh se rehusó a una prolongación indefinida de la dictadura y fue destituido de la junta militar por ello en 1978, cuando el Ejército sometió a la Fuerza Aérea con el concurso de Matthei. Lo que triunfó fue un proyecto de restauración oligárquica que iba mucho más allá que desalojar por la fuerza un gobierno: se trataba de sacar del sistema político a las fuerzas impulsoras de las reformas agrarias, nacionalizaciones del cobre, áreas de propiedad social y participación popular directa en las decisiones. Más aún, se trató de cuestionar la propia idea de un Estado desarrollista, como el que se fue construyendo desde el primer alessandrismo y el Frente Popular. Para conducir esa refundación con apoyo de la cúpula militar, estaba disponible el grupo gremialista ultraconservador y el de los Chicago Boys.

Pero en definitiva hay una dimensión que sigue excediendo todas estas explicaciones. Volvamos a Neruda: ¿Por qué buscar asesinar un premio Nobel? Y agreguemos, a riesgo de quedarnos cortos: ¿Por qué asesinar brutalmente a Víctor Jara, preso e indefenso? ¿Por qué masacrar con corvos e incluso sacarles los ojos a prisioneros ya condenados a penas menores por consejos de guerra? ¿Por qué no solo derrotar sino que buscar exterminar a la izquierda, lo que se organizó de manera sistemática con la Caravana de la Muerte primero y la DINA después, con plenos poderes sobre la vida y la muerte, incluso de altos oficiales como el general Lutz? ¿Por qué las más de tres mil ejecuciones y desapariciones, incluyendo 205 niñas, niños y adolescentes, las horrorosas torturas, los abusos sexuales, las crueles desapariciones de cuerpos lanzados al mar o desenterrados para una segunda desaparición? ¿Por qué llegar en 1980 al degollamiento del sindicalista Tucapel Jiménez y el propio envenenamiento del ex presidente Freí Montalva, como ha confirmado la justicia, personas que habían apoyado el golpe?

Está en primer lugar la crueldad y paranoia del dictador. Pero debemos asumir que en la sociedad chilena afloró la violencia histórica de las clases dominantes, más allá de todo el cuestionable diseño del proyecto que encarnaba el gremialismo y los economistas de Chicago, por tortuoso e inaceptable que fuera. Muchos dirán que cada sociedad tiene su historial de violencias, e incluso mucho mayor que el de la sociedad chilena. La diferencia es que aquí se busca negarla o, peor aún, justificarla hasta el día de hoy, intentando hacer aparecer los errores de las víctimas como responsables de los horrores de sus victimarios, en una distorsión moral inaceptable.

Hay, en efecto, una violencia recóndita y oscura en nuestra historia que probablemente viene desde tan atrás como la colonización española, que marcó en todos los ámbitos la lenta conformación de la nación chilena, incluyendo la crueldad de sus procedimientos. El despojo de tierras y los intentos de esclavización como mano de obra gratuita o sujeta a un impuesto colonial, suscitaron la sacrificada y exitosa resistencia mapuche, al precio de muchas víctimas. Pero también de la muerte en batalla de dos gobernadores españoles (Pedro de Valdivia en 1553 y Martín Oñez de Loyola en 1598), hecho inédito en América Latina. Esta lucha se encaminó, también de manera muy inusual, hacia un acuerdo con la corona española, pues sucesivos “parlamentos” mantuvieron una paz estable digna de imitarse en la actualidad, solo rota por la oligarquía criolla a fines del siglo XIX al reiniciarse los despojos de tierras.

La violencia histórica incluye hechos como el asesinato por la espalda del patriota Manuel Rodríguez, el primer desaparecido, y el fusilamiento de los hermanos Carrera. La orden vino de O’Higgins, que vengó mediante el crimen ofensas y rivalidades. Las violencias siguieron Las violencias siguieron con la "guerra a muerte", como llamó Vicuña Mackenna a la cruenta etapa final de la lucha por la independencia entre 1819 y 1827 en el sur de Chile contra los realistas liderados por Benavides, Picó y Seniosaín, y luego contra los bandoleros Pincheira derrotados en 1932, con la guerra civil de 1829-1830 y la sangrienta victoria conservadora sobre los liberales, luego con el asesinato de Portales en 1837 en una rebelión militar contra la declaración de guerra a Perú y Bolivia, las guerras civiles de 1851 y 1859 contra el conservador Montt, y la de 1891 contra Balmaceda, en la que estuvo en juego el uso de los excedentes del salitre. La contienda terminó con los cuerpos de los comandantes del Ejército lacerados y amarrados a la parte frontal de una locomotora por la Marina vencedora, exponiéndolos cruelmente al entrar a Valparaíso, como consigna el Coronel Varela en sus memorias. Y con el suicidio del presidente Balmaceda para evitar que siguiera la masacre de sus seguidores. Su entierro fue clandestino, envuelto en un saco y llevado al cementerio de madrugada en una carreta, para evitar laceraciones a su cuerpo. Y luego, en el siglo XX, se produjeron las masacres de obreros de 1905 en Valparaíso, de 1906 en Antofagasta, de 1907 en la escuela Santa María de Iquique, de 1912 en Forrahue contra una comunidad Huilliche, de 1920 en Punta Arenas, de 1921 en la oficina salitrera de San Gregorio, de 1925 en las oficinas de Marusia y de La Coruña, de 1934 en Ranquil contra campesinos, de 1938 en pleno centro de Santiago contra jóvenes pro nazis ya rendidos por orden personal de Arturo Alessandri, de 1946 en la Plaza Bulnes, de 1962 en la población José María Caro, de 1966 en el mineral de El Salvador, de 1969 en Puerto Montt, lo que desemboca en las violencias de 1973-1989.

En la perspectiva de esta secuencia, se puede concluir que el país vivió entre 1994 y 2019, una vez controladas las asonadas pinochetistas y la acción de grupos armados de extrema izquierda, una época relativamente pacífica y con la menor intervención militar en la historia de la República, de lo que las nuevas generaciones, tan prestas a la descalificación del pasado reciente, debieran tomar nota. La rebelión popular multiforme de 2019, originada en la resistencia de la vieja y nueva oligarquía a disminuir las desigualdades y abusos, fue, en cambio, enfrentada con una represión mórbida, la que apuntó a los ojos de los manifestantes pacíficos y no pacíficos, en una actitud otra vez criminal (ahí están las numerosas víctimas, mientras puedo señalar que en una ocasión en Plaza Italia-Dignidad una bomba lacrimógena disparada verticalmente por un oficial pasó a centímetros de mi cabeza).

Se ha avanzado en conocer la verdad de la represión dictatorial (comisiones Rettig y Valech) y en someter a la justicia y condenar a múltiples responsables de crímenes, incluyendo los más recientes. Pero no se ha procesado como sociedad la violencia ancestral y la contemporánea. Peor aún, algunos todavía intentan justificarla, incluyendo el golpe de hace 50 años.

Nunca es tarde para procesar estos aspectos de nuestra historia, especialmente en una fecha simbólica. Y debe considerarse como emblema de la crueldad inexcusable la que atentó contra uno de nuestros mayores creadores, el Premio Nobel Pablo Neruda. Nuestro poeta fue calificado por Gabriel García Márquez como el más grande del siglo XX en cualquier idioma. No obstante, para nuestra vergüenza como nación, al término de su vida fue envenenado por orden de quien consideró a un insigne compatriota, militante, pero pacífico y amante de la vida, como un enemigo que debía ser exterminado. Al envenenarlo, envenenó a toda la sociedad. Eso es lo profundamente inaceptable de la tragedia de la violencia sectaria en la historia de Chile, que debemos esforzarnos en dejar atrás para siempre. El momento constituyente actual debiera terminar de consagrar, en homenaje al poeta y a todas las víctimas, el declarado respeto de los derechos humanos como fundamento de la República.

martes, 14 de febrero de 2023

Las revoluciones y sus tragedias

En El Mostrador

A propósito de la expulsión de 222 presos y presas por razones políticas en manos de la dictadura de Ortega-Murillo, cabe preguntarse qué pasó con la revolución nicaragüense, esa que reunió a un pueblo en una lucha insurreccional heroica contra una dictadura familiar entronizada desde 1937 y que culminó con éxito en 1979, dirigida por el Frente Sandinista de Liberación Nacional.

La contrarrevolución, con ingente apoyo norteamericano, no le hizo la vida fácil a la novel revolución, que mantuvo su promesa democrática y terminó derrotada en las urnas al cabo de una década. Esa derrota fue aceptada por el sandinismo, pero manteniendo el control de la policía y el ejército y al precio de una “piñata” que llevó a una parte del FSLN a la apropiación privada de bienes públicos. Otro sector, encabezado por Sergio Ramírez y Dora María Téllez, inició el rumbo de una disidencia de izquierda y democrática.

Daniel Ortega, uno de los comandantes de la revolución, logró poner fin al carácter colegiado del FSLN y terminó haciéndose con el poder luego de perder las elecciones de 1996 y 2001 y de ganar las de 2006. A pesar de una prohibición constitucional expresa, desde entonces ha sido reelegido en tres ocasiones, luego de obtener el control del poder legislativo y judicial mediante compromisos espurios con sectores de la derecha, de la Iglesia y del empresariado. En la última reelección, la de 2021, luego de la represión a las manifestaciones populares de 2018 que costó 350 muertos, se llegó a la caricatura tragicómica del encarcelamiento de todos los candidatos presidenciales opositores, los mismos que ahora Ortega expulsó y despojó de su nacionalidad acusándolos de “traidores a la patria”.

Ya no hay en el clan Ortega ideología alguna ni proyecto de sociedad que no sea el control y conservación del poder, que incluye la propiedad en manos de sus hijos y familiares de los principales canales de televisión y de diversas áreas de la economía, en uno de los países más pobres de América Latina. Salvo uno, los comandantes del FSLN de 1979 aún vivos no apoyan a Ortega. El legendario guerrillero y ex ministro de planificación Henry Ruiz considera, en una entrevista de 2019, que hay “una dictadura desgraciada liderada por Ortega" que es "la antítesis más horrible" de la revolución de la cual fue parte. “La revolución era para acabar con el somocismo, pero fuimos condescendientes con la corrupción que se daba en el gobierno, con el culto a la personalidad. Sobre el somocismo se montó el orteguismo. Daniel Ortega es un producto de lo que no fue la revolución".

El siglo XX fue testigo de la involución de algunas de las mayores revoluciones sociales hacia regímenes despóticos como espejo de los que derrocaron. La revolución rusa de 1917 devino en un régimen que no fue la dictadura del proletariado sino la de un partido único sobre el proletariado y, peor aún, en un régimen de despotismo del jefe de ese partido, Stalin, como un espejo del despotismo los zares. No trepidó en asesinar a casi todos los dirigentes de la revolución de octubre y a millones de personas para obtener el control autoritario de la economía y la sociedad y construir así un régimen burocrático que le sobrevivió pero terminó por colapsar por su propia ineptitud en 1991, aunque volvió a reconstruirse como régimen despótico y de agresión territorial por su actual gobernante, Putin.

La revolución sandinista evolucionó progresivamente en el siglo XXI, por su parte, hacia un régimen de dictadura familiar, con un nuevo clan que controla la totalidad del poder, como espejo caricatural del clan Somoza. Se cumplió en Nicaragua la ley de la historia según la cual si las instituciones políticas no evolucionan hacia la democracia (lo que pareció ocurrir cuando el sandinismo aún colegiado aceptó su derrota ante Violeta Chamorro en 1990 en las urnas) entonces las revoluciones sociales que se alzaron originalmente contra el orden oligárquico tradicional se transforman en nuevos órdenes autoritarios en manos de nuevos caudillos.

Una vez más la conclusión es que el socialismo, como movimiento emancipador del trabajo y la cultura dotado de un proyecto de sociedad basado en libertades efectivas y en la justicia distributiva, solo puede florecer sin desmentirse a sí mismo en un régimen democrático que acepta la alternancia política. Su tarea histórica es hacer efectivos los derechos civiles y políticos junto a los derechos económicos, sociales, culturales y ambientales de los pueblos, con los deberes ciudadanos respectivos. Si esta tarea no se lleva adelante con la adhesión de la mayoría y en base a reglas racionales democráticamente establecidas y controladas, entonces tendrá pies de barro. Los enemigos de la democracia social y la intervención extranjera se combaten primero políticamente y con las armas de la ley, según el principio de la legítima defensa, y no con violencias arbitrarias. Sus adversarios, además, deben poder concursar por el poder y obtenerlo si logran la mayoría en alguna elección periódica. La historia enseña que las alternancias democráticas hacia la derecha no consiguen regresiones en materia de conquistas logradas por la mayoría social sino en el margen. Además, los pasos a la oposición permiten a las izquierdas desburocratizarse e interpretar mejor a la sociedad, y así volver a concursar ante la soberanía popular con legitimidad, propuestas y liderazgos renovados.

Esos son los procesos de representación y síntesis de los intereses de la mayoría social que son propios de las izquierdas plurales, que no buscan el poder para sí mismas sino para consolidar la democracia y la igualdad de derechos y oportunidades efectivas como orden social. Solo respetando esos procesos cumple con su finalidad última: avanzar hacia un bienestar colectivo equitativo y sostenible que permita tratar a todos con igual consideración y obtener los mayores grados posibles de libertad y de autonomía personal en las condiciones existentes en la sociedad. Esa es su razón de ser, y no buscar el poder para grupos que luego se autonomizan, actuando en nombre del pueblo pero al margen del pueblo, y finalmente contra el pueblo, como es el caso emblemático de la dictadura de Ortega y Murillo.

martes, 7 de febrero de 2023

¿Es la política económica un asunto técnico?

En El Mostrador

La economía es un asunto técnico que nada tiene que ver con la política y la sociedad, ¿verdad? No se le vaya a ocurrir a alguien por ahí afirmar que el resultado del plebiscito de septiembre de 2022 tuvo algo que ver con un deterioro económico programado. Y que este se prolongará durante 2023, afectando por lo menos la mitad del período de Gobierno del Presidente Boric. Y que, a pesar de un cuarto trimestre de 2022 mucho mejor de lo previsto, volvió a subir la tasa de desempleo desestacionalizada, ya por quinto mes consecutivo.

La tasa de interés de política monetaria del Banco Central alcanzó entre un 1,5% en septiembre y un 2,75% en noviembre de 2021, en medio de la elección presidencial y parlamentaria reciente. Ese fue un nivel todavía razonable, luego que se aumentara las tasas poco a poco desde julio de ese año como una medida de enfriamiento de la demanda agregada frente al efecto de los retiros y de las transferencias a las familias, aunque fuera una medida algo temprana. Pero había argumentos de peso para hacerlo, pues en el segundo semestre había aumentado fuertemente el déficit fiscal y el Gobierno no había impedido los retiros de fondos de pensiones por cantidades muy altas y desestabilizadoras, mientras se deterioró la cuenta corriente de la balanza de pagos.

Sin embargo, pasada la elección y producido el cambio de Presidente del país y del Banco Central, este organismo decidió radicalizar su política para combatir la inflación. La tasa de interés ya debía pasar a un 5,6% en marzo ante problemas de "anclaje de expectativas". ¿Y por qué no llevarla muy por encima de las tasas norteamericanas y europeas? Que la inflación fuera en esta etapa esencialmente importada y se acelerara con la invasión rusa a Ucrania y con el aumento de los precios de alimentos y combustibles no venía al caso. Había que abatir el exceso de demanda interna del año anterior a como diera lugar.

El aumento de tasas en 2022 nunca debió producirse. No bajó en nada la inflación importada porque simplemente no podía hacerlo, pero produjo severos efectos en el empleo. En el cuarto trimestre de 2021, había unos 672 mil cesantes, mientras en el tercer trimestre de 2022 estos habían aumentado a 773 mil. Algo más de cien mil personas adicionales quedaron sin trabajo, con el impacto en sus familias respectivas –57 mil corrigiendo las variaciones estacionales–, en pleno período de plebiscito constitucional.

Agreguemos que, si bien el año 2021 terminó con un déficit fiscal de un 7,7% del PIB, financiado sin dificultad con endeudamiento a tasas razonables, el año 2022, en cambio, terminó con un superávit fiscal de un 1,1% del PIB. Incluso se produjo un superávit estructural que ni siquiera debía alcanzarse a fines del Gobierno actual (el decreto de política fiscal de la actual administración gubernamental fija una meta de balance estructural de -0,3 del PIB para 2026). Se llevó a cabo un ajuste fiscal de 8% del PIB en un año, con una caída de 23% del gasto, una brutalidad, programado por el Gobierno anterior y no corregido por el actual.

Haber bajado el déficit efectivo a -2% del PIB, por ejemplo, no hubiera comprometido en absoluto una senda de convergencia fiscal hacia la meta de leve déficit estructural en 2026 y, en cambio, hubiera permitido disminuir con menos brusquedad las transferencias a las familias en 2022 y compensar una parte mayor de las pérdidas de ingreso por la aceleración de la inflación en los sectores más vulnerables. Este habría sido un buen uso de los mayores ingresos por el alto precio del cobre de inicio de año y la recaudación por la regalía del litio, en vez de atenerse a una suerte de religión de los superávits que nadie en el mundo practica, simplemente porque no tienen racionalidad económica.

Las presiones inflacionarias por el lado de la demanda, en tanto, ya habían decaído notoriamente en el primer trimestre de 2022. La demanda interna total disminuyó nada menos que en -9,5% (y el consumo de los hogares en -7,7%) respecto al trimestre previo, dado el agotamiento del efecto de los retiros, las mayores tasas de interés y el inicio de la caída de los salarios reales. Por ello, las tasas no debieron haber subido desde su nivel de fines de 2021, salvo que se quisiera provocar una recesión, lo que efectivamente ha intentado expresamente el Banco Central. Este enfoque extremo fue asumido erróneamente como la única manera de impedir un eventual anclaje de expectativas de inflación futura en los agentes económicos. Un enfoque gradual y cauteloso era, a todas luces, más recomendable, como el utilizado por los bancos centrales en las grandes economías.

No olvidemos que hay economistas para los cuales mantener desempleos altos y salarios e impuestos bajos es una supuesta condición de rentabilidad de las empresas que redundaría en estimular la inversión, la productividad y el crecimiento. Este enfoque no es de consenso en la profesión de los economistas, pues no considera la importancia de los factores de demanda y las oscilaciones distributivas en el manejo del ciclo, con efectos de corto plazo y en el crecimiento de más largo plazo (ver aquí, por ejemplo, y los trabajos  de orientación postkeynesiana de economistas como Lance Taylor, recientemente fallecido, y Stephen Marglin, o bien de economistas de la llamada corriente principal, como Paul Krugman). La orientación al pleno empleo es una meta de política económica singularmente inexistente para la ortodoxia prevaleciente en Chile, contrariamente a personalidades académicas como Janet Yellen, la actual secretaria del Tesoro de Estados Unidos.     

Pero no hablemos de estas cosas desagradables y menos del hecho de que los especialistas discuten entre sí porque no hay verdades reveladas en estas materias. La economía es un asunto técnico que nada tiene que ver con la política y la sociedad, ¿verdad? No se le vaya a ocurrir a alguien por ahí afirmar que el resultado del plebiscito de septiembre de 2022 tuvo algo que ver con un deterioro económico programado. Y que este se prolongará durante 2023, afectando por lo menos la mitad del período de Gobierno del Presidente Boric. Y que, a pesar de un cuarto trimestre de 2022 mucho mejor de lo previsto, volvió a subir la tasa de desempleo desestacionalizada, ya por quinto mes consecutivo. Y que el número de desempleados aumentó de 672 mil a 765 mil personas en un año, a una tasa creciente trimestre a trimestre, pues se siguen incorporando nuevos contingentes al mercado de trabajo con una población de más de 15 años que crece al 1% al año, mientras más personas inactivas desean trabajar a medida que se crea más empleo.

Por su parte, el número de personas dispuestas a trabajar pero que no buscan empleo activamente (“fuerza de trabajo potencial”) pasó en un año de 848 mil a 875 mil en el cuarto trimestre. La suma de los desempleados y de los trabajadores desalentados pasó en un año de 1,52 millones de personas a 1,64 millones, unas 120 mil personas adicionales. Las personas de entre 15 y 24 años que no trabajan ni estudian (conocido como el grupo NiNi) pasaron de 360 mil hace un año a 397 mil en el cuarto trimestre de 2022, siempre según la encuesta de empleo del INE. Pero, de nuevo, ¿para qué hablar de estos temas? Para eso están los técnicos. Y, sobre todo, ¿para qué recordar la crisis profunda que ha vivido la sociedad chilena desde 2019, precisamente, por negarse a abordarlos?


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