domingo, 31 de marzo de 2024

La persistencia de una democracia polarizada

En El Clarín de Chile

El semanario británico The Economist realiza un estudio anual de la situación democrática en 165 Estados. En su edición de 2024, mantiene a Chile muy cerca de las democracias de mejor calidad, pero fuera de las 24 “democracias plenas”, grupo del que solo forma parte ahora Uruguay en América Latina. La primera posición vuelve a ser ocupada por Noruega, en un listado tradicionalmente encabezado por los países escandinavos, como también es el caso de los índices de bienestar.

El informe distingue cinco categorías: proceso electoral y pluralismo, funcionamiento del gobierno, participación política, cultura política y libertades civiles. Según la puntuación media obtenida, un país puede ser clasificado como “democracia plena”, “democracia defectuosa”, “régimen híbrido” o “régimen autoritario”. Portugal, Argentina, Bélgica o Italia tienen sistemas defectuosos. Los de Turquía o El Salvador son híbridos, mientras China, Arabia Saudí o Nicaragua son regímenes autoritarios. Corea del Norte, Myanmar y Afganistán son, según esta clasificación, los Estados más autoritarios del mundo.

Chile se sitúa en la posición 25, con una puntuación de 7,98 sobre 10 (Noruega suma 9,81 y Uruguay 8,66, en la posición 14), con el resto de países latinoamericanos mucho más atrás. El país obtiene una muy alta puntuación de 9,58 para «el sistema electoral y el pluralismo democrático» y un 9,12 para «las libertades civiles». El “funcionamiento del gobierno” obtiene una nota honorable de 8,21. En cambio, la “cultura política” se sitúa mucho más abajo, con una nota de 6,88, mientras resulta mal parada la  “participación política”, con 6,11. La vuelta al voto obligatorio probablemente mejorará este último indicador. Pero la “cultura política”, con un ambiente de descalificación creciente, con medios dominantes partisanos y polarizantes, requiere de un cambio mucho mayor para mejorar sus bajos niveles actuales.

Este se explica por un largo deterioro y porque la rebelión social de 2019 se recondujo por cauces institucionales mal concebidos. Una mayoría decidió, en un contexto de voto obligatorio, no aprobar una constitución que consagraba nuevos derechos y equilibrios territoriales, sociales y ambientales en septiembre de 2022, con una regla de aprobación de 2/3 en el órgano constituyente elegido por voto voluntario. Esto obligó a aceptar intereses particularistas y programáticos, que fueron sumando rechazos tema a tema. Un quórum menor hubiera facilitado acuerdos para una constitución no programática. La ciudadanía quiso, de paso, castigar al nuevo gobierno en medio de una contracción económica. Pero tampoco dio curso en diciembre de 2023 a la regresión autoritaria, conservadora y oligárquica que promovió la derecha, que incluía la limitación de las libertades, de la soberanía popular, de los derechos sociales y los de las mujeres.

Sorprendentemente, según la “Encuesta Postplebiscitos” del Laboratorio de Encuestas y Análisis Social (LEAS) de la Universidad Adolfo Ibáñez, realizada en enero de 2024 (ver https://leas.uai.cl/2024/03/18/chile-post-plebiscitos/), aumentó la valoración de la democracia. Un 62% de los consultados se mostró de acuerdo con la afirmación según la cual “la democracia es preferible a cualquier otra forma de gobierno”. Esta opción había sumado solo un 46% en diciembre de 2021, en una encuesta similar. Solo un 26% aprobó la frase “en algunas circunstancias, un gobierno autoritario puede ser preferible a uno democrático”, cifra igual a la de 2021. La opción «da lo mismo», bajó de 21 a 12%. De paso, un 43% consideró que la actual constitución quedó «bastante o muy legitimada» tras el plebiscito y un 37% la considera «nada o poco legitimada», lo que sigue reflejando una fractura. En el debate constitucional de 2023, la derecha se había permitido incluso hablar de “verdaderos chilenos”, en confrontación con los que no lo serían.

¿Cuán polarizada quedó la sociedad chilena después de los procesos constitucionales? Se puede describir cuatro principales escenarios de polarización ideológica, siguiendo a Daniel Innerarity, Steffen Mau y otros.  El primero es el clásico conflicto socioeconómico sobre la distribución de los ingresos y la riqueza, alrededor del cual se articula el clivaje izquierda/derecha. Esto es notorio en Chile, donde no se aprecia un espacio común para el acuerdo en medio de grandes desigualdades de ingreso, como se ha visto con el rechazo a la reforma tributaria y de pensiones. Impedir un Estado de bienestar es un objetivo compartido por la derecha, que es predominantemente neoliberal, e incluso por una parte del llamado progresismo, aunque no sea hegemónica.

Un segundo ámbito de conflicto polarizador es el las desigualdades “centro/periferia”. Allí se confrontan distintas concepciones de la distribución del poder territorial y es un escenario de reclamo para obtener más recursos  públicos, lo que en Chile está presente pero con una intensidad relativamente baja, aunque persiste un Senado colegislador que sub-representa fuertemente a las regiones con más habitantes y favorece los cacicazgos cuasi-feudales.

Un tercer escenario de confrontación ideológica es el de las desigualdades “nosotros/ellos”, donde se desarrollan los conflictos de reconocimiento de la identidad, las discriminaciones de género y la diversidad sexual. Es el de la confrontación entre la idea de ciudadanía y una actitud clasista y supremacista contra los pueblos originarios y sus derechos colectivos. Se acompaña, además, de impulsos de xenofobia, en ocasiones de manera agresiva y mediando un afán de exclusión y de rechazo a la inmigración, la que se asimila impropiamente a la delincuencia. Esto es estimulado por la derecha conservadora y por diversos sectores políticos a la caza de electores. A su vez, la cultura conservadora no tolera el derecho de cada cual de vivir del modo que le parezca y a no ser objeto de exclusión y discriminación. Signos de una evolución positiva se produjeron cuando bajo Bachelet II se aprobó en 2017 el aborto por tres causales y bajo Piñera II se aprobó en 2021 el matrimonio igualitario, ampliando los derechos individuales. Pero parte de la derecha  sigue buscando su reversión, con ataques al feminismo y a las diversidades, mientras se expresa con virulencia contra la inmigración, a pesar que, en el caso de Venezuela, fue directamente promovida por Piñera y la UDI para buscar aumentar el electorado conservador en Chile.

Una cuarta dimensión es la de las desigualdades “presente/futuro” entre generaciones, con discusiones recurrentes sobre la protección del medio ambiente y la acción contra el cambio climático, que confronta con quienes valoran la sostenibilidad a negacionistas y a los que creen que el crecimiento económico debe prevalecer por sobre cualquier otra consideración.

Si en Europa, según Daniel Innerarity, “lo que hoy tenemos es keynesianismo y nuevos derechos sociales, aceptado también por los conservadores y solo impugnado por la extrema derecha”, no es el caso de Estados Unidos y de buena parte de América Latina, con los Trump, Bolsonaro y Milei, y también con la derecha chilena de Matthei y Kast. Esta defiende a brazo partido el Estado mínimo, en lo que es minoritaria, por lo que busca hacerse mayoritaria promoviendo sus opciones autoritarias involucrando a los militares en materia de seguridad, creando sistemáticamente un clima de miedo y temor generalizado.

Es de esperar que en Chile en algún punto del tiempo, si no hay acuerdo sobre como disminuir los temores, mejorar las condiciones de vida de la población y aminorar las desigualdades y asimetrías de poder entre las categorías sociales, al menos lo haya sobre buscar una convivencia que disminuya la violencia física, simbólica y económica que hoy afecta la vida en común.

Tal vez una inspiración desde fuera pueda ayudar. En estos días, el gobierno británico busca contener las formas de «extremismo» que hoy cruzan su convivencia, para lo cual acaba de proponer una definición de esta conducta como «la promoción o impulso de una ideología basada en la violencia, el odio o la intolerancia”, así como “negar o destruir los derechos y libertades fundamentales de otros».  Esta definición debiera ser parte de los valores cívicos básicos compartidos en Chile y ser una de las primeras en consagrarse constitucionalmente mediante las reformas por 4/7 del parlamento que desde 2022 son posibles. Nunca es tarde para persistir en la tarea de fortalecer la convivencia democrática y disminuir la polarización.


viernes, 22 de marzo de 2024

¿Prejuicios ideológicos?

En El Clarín de Chile

Desde Los Vilos, no tan lejano a Tongoy, el presidente Gabriel Boric declaró el 21 de marzo que “desde la política, yo invito a que nos despercudamos de viejos prejuicios generalizados hacia la empresa y las evaluemos en función de su desempeño y de sus obras. Y también invito a otros sectores, en particular empresariales, a abandonar la soberbia paternalista que lleva a emitir juicios denigratorios a gobiernos que obedecen a la voluntad popular”.

La presión mediática furibunda ha querido atribuir a la izquierda tener «prejuicios ideológicos». Ha puesto de moda aquellos que supuestamente tiene «contra el orden público» y “contra la empresa”, que son falsos. Lo que tiene la izquierda, o las izquierdas, si se quiere, pues hay mucha diversidad en su seno, son objetivos, aunque haya flexibilidad en los medios. Y hay uno que es central: lograr una sociedad más libre y por tanto necesariamente más justa, pues la libertad no puede ser solo la de un grupo privilegiado de propietarios que concentra el poder y la riqueza, y de paso depreda el ambiente. Debe ser una libertad ejercida por todos los miembros de la sociedad, los que deben disponer de medios de vida dignos basados en el trabajo y en la solidaridad. Este es, además, el modo estructural de hacer retroceder la delincuencia, sin perjuicio de combatirla en cada contingencia con energía. Este no es un prejuicio, es un juicio. Mantenerse en esa postura lleva con frecuencia a confrontar a los poderes constituidos, lo que requiere una actitud, una disposición a ir contra la corriente y a resistir las presiones, las subordinaciones, los lugares comunes dominantes y las modas.

En efecto, la izquierda tiene un enfoque de seguridad democrática, no uno meramente represivo, y se ha hecho cargo de la seguridad en momentos decisivos de la historia de Chile, que algunos olvidan. También se le atribuye una postura «contra la empresa». En ambos casos, hay quienes se dejan llevar por esos cantos de sirena.

En el tema de la empresa, existe una larga tradición en la izquierda mundial, tanto socialdemócrata como heterodoxa, que nunca ha defendido el modelo de centralización económica y de estatización generalizada en que resultó la experiencia de la URSS y la China maoísta. Y que, por el contrario, defiende que la empresa es el lugar de la producción y la fuente de la prosperidad colectiva, que debe tener la mayor productividad posible (producción por hora trabajada) en equilibrio con la responsabilidad social y los objetivos de desarrollo que hacen posibles las redistribuciones y la sostenibilidad del bienestar colectivo. Su visión ha sido que repartir pobreza no tiene sentido.Lo que si existe en la izquierda es una visión crítica del «sistema capitalista», aquel que da todo el poder económico a pocos propietarios que maximizan utilidades, no respetan los derechos de los trabajadores y dañan el entorno y los ecosistemas, al punto de acentuar las desigualdades como nunca antes en la historia y poner en peligro la continuidad de la vida humana tal como la conocemos. Y que producen crisis periódicas con graves consecuencias sociales. Aclaremos que tampoco son aceptables empresas y servicios públicos bajo control de burocracias ineficientes y corporativas, y eventualmente corruptas, que constituyen monopolios que no dejan opciones disponibles de trabajo y consumo para la ciudadanía común.

Los que interesadamente ponen por delante el estalinismo soviético o el rentismo burocrático-autoritario de países como Venezuela debieran tomar en cuenta que el principal país que se declara socialista hoy en el mundo es China. Desde los años 1980, este país ha protagonizado la mayor expansión económica en el menor tiempo que conozca la historia humana, utilizando planificación y mercados, sin perjuicio de que los derechos de los trabajadores y el medio ambiente no siempre se cautelen suficientemente ni se deba compartir su régimen político de partido único, como es el caso de quienes consideramos que la democracia plural es insustituible para cualquier verdadero desarrollo equitativo y sostenible.

La mayor parte de la izquierda se empeña hoy en construir una alternativa al neoliberalismo (aquel que minimiza impuestos progresivos y gasto estatal, privatiza empresas y servicios públicos e impide regulaciones en beneficio del trabajo, del medio ambiente y del consumidor) a través de una economía mixta socialmente productivista que haga posible la prosperidad compartida y sostenible, haciendo declinar las actividades perjudiciales para el ambiente y la salud y expandiendo las que mejoran el nivel y la calidad de vida. Este tipo de economía incluye esferas socializadas y toda la inversión pública en infraestructuras e innovación tecnológica, las empresas estatales estratégicas y los servicios públicos que sean necesarios y posibles. Eso sí, siempre sujetos a control democrático de su probidad y resultados. Y también debe incluir a empresas privadas con y sin fines de lucro, o con motivaciones combinadas, en mercados social y ecológicamente regulados, con negociación colectiva, sindicatos y participación laboral en las utilidades. Además, debe incluir un fuerte sector social y solidario y de empresas de inserción, no basado en la rentabilidad privada, aunque con capacidad de sostenerse económicamente en el largo plazo, creador de empleo, cohesión social y territorial y diversidad cultural.

El tema es democratizar la economía y ponerla al servicio del bienestar de la mayoría, no ahogar a las empresas que producen bienes y prestan servicios en términos social y ambientalmente satisfactorios. Las economías mixtas con Estados de bienestar y promotores de la innovación productiva son las que han logrado en la historia la mayor prosperidad común, como es el caso de los países nórdicos y otras experiencias, no aquella que defiende y promueve el gran empresariado en Chile, basada en la concentración financiera y de los mercados y la explotación del trabajo. Este sector de la sociedad no defiende la empresa, defiende la concentración económica y los privilegios de una minoría oligárquica.

 


jueves, 21 de marzo de 2024

El devenir del oficialismo

En La Nueva Mirada
El gobierno no logra salir de la agenda de la “crisis de seguridad”, ni argumenta demasiado que la tasa de homicidios disminuyó en 2023 y que el caso del militar venezolano asesinado fue resuelto de manera rápida y profesional. Tampoco se explican con énfasis suficiente los avances y dificultades de los controles de fronteras y las expulsiones administrativas de inmigrantes irregulares, especialmente cuando no se cuenta con la colaboración de los países de origen, por ejemplo para identificar a los menores de edad. Y que el gobierno trabaja intensamente en estas materias, en un contexto de ausencia de colaboración efectiva y formalizada entre las policías y órganos de justicia y seguridad del continente. 
La que sí existe es una crisis manifiesta de los mandos policiales, lo que sorprendentemente no se ha enfrentado con los correspondientes reemplazos rápidos, como si la remoción necesaria de las jerarquías cuestionadas fuera decisión de ellos y no de la autoridad. Frente a la nueva realidad delincuencial marcada por el crimen organizado e internacionalizado, no emergen propuestas de reforma de las policías, aunque su urgencia es cada día más evidente. Esto permite a la oposición mantener al gobierno a la defensiva y sin salida en los temas de seguridad, de modo de desgastarlo cotidianamente. Y, además, le permite seguir bloqueando en el parlamento la agenda económico-social, casi sin costos. 
¿Serán los próximos dos años unos de una falta de narrativa oficialista propia, pues muchos de sus componentes prefieren tomar el enfoque conservador en materia de seguridad y ofrecer concesiones en materia de impuestos, pensiones, seguros de salud y así sucesivamente, en medio de un clima electoral polarizado? Esto plantea interrogantes sobre la próxima etapa política para el oficialismo que, entretanto, no ha logrado mejorar su cohesión interna.
Ha sido el presidente de la DC, Alberto Undurraga, quien ha planteado una propuesta para acordar dos candidaturas presidenciales en 2025, una del Frente Amplio y del PC y otra del “Socialismo Democrático” y de la DC, junto a una lista parlamentaria común “para darle soporte a quien gane en primera vuelta». Este enfoque permite ir delineando un esquema de unidad y diversidad. Pero hay varios problemas.  Primero, que el esquema también debe aplicarse hoy para fortalecer el trabajo del gobierno frente al viraje a la derecha de los desprendimientos de la DC y para construir una lista común para las elecciones territoriales de este año. Segundo, Undurraga no es muy claro en comprometerse a votar en segunda vuelta por una lista FA-PC si ésta pasara a esa instancia. Si gano me apoyas, si no gano no te apoyo. ¿Qué acuerdo puede resultar de semejante propuesta? Tercero, se sitúa en una perspectiva que llama de «renovar la centroizquierda». Pone al PS como parte de una corriente de ese tipo, aunque es un partido que no ha dejado de ser de izquierda (lo ha corroborado su reciente congreso de 2023) y por eso concurrió a la elección de consejeros de mayo pasado en una lista con el Frente Amplio, el PC, los regionalistas. los liberales y acción humanista, y no en la lista con la DC, los radicales y el PPD, esta última de muy magros resultados, por lo demás. No eligió a nadie.
Sin horizontes en debate, la democracia pierde su sustancia y vitalidad. Esta no puede ser solo un conjunto de procedimientos de regulación del acceso al poder y de su ejercicio por las fuerzas organizadas que representan ideas e interesesLo que tiene sentido hoy para enfrentar a la derecha aliada a la extrema derecha es consolidar una «izquierda plural reagrupada y abierta al centro». Si el PS recupera su rol articulador, podrá ayudar a un mejor desenvolvimiento de la actual administración, después de haber parecido sumarse, o al menos algunos de sus parlamentarios, a un intento de coalición chica de sello anti-frente amplio, con socios poco habilitados para construir mayorías ni orientar transformaciones. Se alude la idea de reeditar un supuesto “eje histórico” DC-PS que existe sólo en la imaginación de algunos. Entre otras cosas, el PS fue decisivo en formar la Concertación en 1989, pero hasta 2006 compitió siempre con la DC dentro de los pactos de coalición, en alianza con el PPD y en ocasiones con el PR y el PH, en sub-listas distintas a nivel municipal y parlamentario. Lo propio hizo a nivel presidencial, con la excepción de 1989. Por ello Ricardo Lagos y Michelle Bachelet fueron presidentes. 
En todo caso, en la realidad política actual, no se avizora por qué habría que volver a mirar hacia atrás, a los años 1990. En el actual gobierno se cristaliza, poco a poco, un nuevo tipo de coalición, una de izquierda plural, que debiera ser de largo aliento, y abrirse a la DC, para representar en la sociedad chilena un bloque por los cambios que exprese al mundo del trabajo y de la cultura y a las clases medias.
En esa perspectiva, el socialismo chileno tiene un rol insustituible para aportar su experiencia gubernamental y de conformación de coaliciones amplias, además de un horizonte de construcción de una sociedad de mayor democracia, igualdad social y libertades individuales. Esto requiere minimizar en sus filas la tentación de la estadolatría y del clientelismo y volver a articular su raigambre nacional-popular en la defensa de los intereses de la mayoría social con el horizonte emancipador de su proyecto de sociedad. Se trata de la emancipación de la tradicional dominación oligárquica para terminar con los privilegios y asimetrías de poder de clase y posición social, mediante la expansión de la igualdad de derechos y oportunidades, empezando por los de las mujeres, el respeto de los pueblos originarios y de las diversidades, el fin de la primacía del dinero en las elecciones y en los medios y la construcción de instituciones fuertes, probas y territorialmente participativas basadas en el autogobierno y la cautela de la seguridad colectiva. Y también se trata, simultáneamente, de la emancipación de los trabajadores de la subordinación mediante el trabajo decente, la negociación colectiva de sus derechos y la puesta del esfuerzo productivo, de las nuevas tecnologías y de la innovación al servicio de la equidad social y de la democracia económica. Se agrega el imperativo de orientar con urgencia la vida en común según las exigencias de la sostenibilidad y la resiliencia de los ecosistemas, pues en este siglo está en juego la propia supervivencia de la especie humana. Una plataforma de este tipo puede volver a insuflar un espíritu de innovación y de futuro a un gobierno hasta hoy sumido, por el bloqueo de la derecha, en los avatares del corto plazo.

domingo, 17 de marzo de 2024

Preguntas sobre la seguridad pública

 En El Clarín

Algunos alcaldes oficialistas se sumaron a los cantos de sirena de la militarización de la lucha contra la delincuencia e inclinaron por fórmulas efectistas en un clima de reelección. Piensan que así crean la imagen de “una autoridad que actúa”. Como si asumir el discurso militarista y autoritario, aquel de la “mano dura” para el cual solo las dictaduras y la fuerza bruta pueden mantener el orden, no fuera una inepcia y una inutilidad práctica.

No se discute qué se hace con los 400 mil jóvenes que no estudian ni trabajan, según el INE, ni se reflexiona sobre en qué puede mejorar la situación de seguridad ciudadana la presencia de militares en el corazón de las ciudades, que están entrenados para atacar o aniquilar objetivos enemigos, no para perseguir delincuentes. ¿Para disuadirlos? ¿Qué delincuencia va a cesar porque se ponen militares de punto fijo o patrullas en estaciones de metro, de trenes, terminales de buses, hospitales, centros de salud familiar, malls, como «colaboradores de las fuerzas policiales regulares», según el alcalde Carter, utilizando, según el gobernador Orrego, que no se anda con recomendaciones menores, «blindados, helicópteros, drones e inteligencia»? ¿La del Tren de Aragua, del crimen organizado e internacionalizado, del narcotráfico, de la trata de personas, de las extorsiones y secuestros? Por lo demás, ¿qué fuerza militar podrá funcionar con un mínimo de eficacia bajo el mando operativo de policías? Si las fuerzas militares devienen en órganos de patrullaje y puntos fijos de orden público en las ciudades, no ya en Estados de emergencia o elecciones, sino por mero decreto presidencial, más se consagrará una impresión de desborde y se aumentará el miedo. Y sobre todo se pondrá en manos de eventuales gobernantes sin criterio o derechamente autoritarios una fuerza coercitiva sin control, cubierta además por las nuevas leyes represivas que la protegen en caso de abusos de autoridad. ¿Alguien puede asegurar que no se producirán incidentes que después los mismos que piden la intervención militar lamentarán y propondrán castigar?

Manipular el miedo de la población no conduce a ninguna parte, salvo a aumentar ese miedo. ¿Por qué no se integra de una buena vez la comprensión de que los países con menos delincuencia no son los más ricos ni los con más cárceles y penas más altas, como Estados Unidos -en contraste con Canadá, por ejemplo- o los países periféricos clasistas, racistas y excluyentes dominados por oligarcas sin escrúpulos, sino los que crecen con más prosperidad compartida y cohesión social, como muchos europeos, asiáticos y de Oceanía? Así lo muestran los datos mundiales de homicidios. Sobre el tema de El Salvador, el nuevo paradigma de los partidarios del Estado violento, basta con señalar que su tasa de homicidios en 2022 siguió siendo superior a la chilena, pero a un altísimo costo en arbitrariedades y violencias estatales de todo tipo.

A pesar de la penetración de una criminalidad más dura e internacionalizada en Chile (el 53% de los homicidios es por arma de fuego y el 17% contra extranjeros), la tasa de homicidios chilena es una de las más bajas de América Latina. ¿Qué sentido puede tener no subrayar que, luego de aumentos en la década pasada y en 2022, los homicidios disminuyeron en 2023 en Chile, según los datos de Carabineros y los de la Fiscalía hasta el primer semestre? ¿O no subrayar que en pocos días el sonado secuestro y asesinato de un refugiado ex militar venezolano fue esclarecido gracias a una inteligencia investigativa ágil y no políticamente sesgada, que dejó claro que era responsabilidad de un grupo delictual? Pareciera ser que se hizo sentido común que ponderar los hechos y ponerlos en perspectiva es una actitud de «débiles frente a poderes externos que intervienen en Chile y están fuera de control”. Nada está fuera de control, hay que decirlo con claridad.

Lo que hay es una actitud política opositora, para la cual todo acto de delincuencia, como si hubiera sociedades en que no existe,  es sinónimo de desborde y descontrol, para sacar réditos políticos dudosos y, sobre todo, buscar legitimidad para las opciones autoritarias.

El gobierno ha decidido jugar en la cancha del endurecimiento legislativo y no parece tener una estrategia que confronte la idea falaz de la “crisis de seguridad” y oriente el trabajo policial en base a la responsabilidad que le cabe a las instituciones. Mantener por dos años a un General Director de Carabineros que será imputado por violaciones a los derechos humanos durante la crisis social de 2019 y a un Director General de la PDI vinculado a los abogados de la UDI y que finalmente se descubre ha violado la ley para proteger a un anterior director acusado de corrupción, no parece haber sido la mejor opción.

Luego, ¿por qué no haber impulsado la reforma de las policías previamente comprometida? ¿No se requería reforzar la presencia territorial y la colaboración con las comunidades, especialmente las que están en riesgo social, y la cooperación con los municipios y órganos sociales del Estado? ¿Y reestructurar el trabajo de inteligencia contra el crimen organizado y el lavado de dinero para hacerlo mucho más fuerte y coordinado? ¿Por qué no fortalecer en Carabineros más unidades especiales de patrullaje y cuidado disuasivo de puntos críticos, en detrimento de unidades de represión en las calles que mostraron no estar a la altura de la disuasión y el desescalamiento de la violencia? ¿No se debe acaso reforzar lo hecho en materia de inteligencia policial, apoyada en capacidades técnicas, como en el caso del militar venezolano?

Mezclar el trabajo policial y la defensa nacional y la inteligencia civil y la militar no es la respuesta adecuada. No existe en ningún Estado serio, simplemente porque son funciones distintas. Cuando se alude la presencia militar en las calles contra el terrorismo integrista en otras partes del mundo, se está hablando de un fenómeno que no existe en Chile y que requiere de respuestas distintas de las policiales. Otra cosa es pensar a mediano plazo en una nueva institución como la Guardia Nacional de Estados Unidos, que colabore en las catástrofes y refuerce a las policías en situaciones de crisis, dejando a las fuerzas armadas en las tareas profesionales que no deben descuidar. Pero esa es harina de otro costal.

En democracia no se debe jugar con la lucha por mantener la plena seguridad de la ciudadanía ni hacer de cada acto delictivo un argumento partidista contra el gobierno, sea del signo que sea. Hacerlo es de irresponsables. La democracia es escuchar la voz del pueblo, pero eso no debe confundirse con plegarse a emociones sin racionalidad para parecer fuerte. Al contrario, al solicitarle a la ciudadanía segundas reflexiones y contener los impulsos y los miedos, es cuando se es verdaderamente fuerte, en beneficio de lo que rinde frutos: el trabajo policial profesional, serio y metódico, integrado a las comunidades y en un contexto de mejoras socio-económicas inclusivas.

domingo, 10 de marzo de 2024

¿Hay una perspectiva después del bloqueo?

 En El Clarín

Al cumplirse dos años de gestión del presidente Boric, prevalece la percepción de un gobierno bloqueado en sus iniciativas. A sus errores de instalación se sumó una política económica contractiva y luego el “empate plebiscitario” en 2022 y 2023 en materia constitucional. Logró avances en las 40 horas, el aumento del salario mínimo y la pensión básica, un nuevo mecanismo de compensación del aumento de  los precios de los alimentos y el cobro de las pensiones alimenticias, pero fracasó en su reforma tributaria y no ha logrado avances en su reforma de pensiones ni una resolución de la crisis de las Isapres que apunte a hacer emerger un seguro de salud universal. Abandonó la creación de la empresa estatal del litio en beneficio de un acuerdo de Codelco (cuya mala gestión baja y baja la producción de cobre) con la SQM de Ponce Lerou y se limitó a un pequeño aumento de la regalía minera (una cuarta parte de lo que debiera). No dispone de mayoría parlamentaria ni ha logrado un soporte suficiente en la sociedad para empujar las legislaciones cruciales, mientras no ha logrado salir del discurso de “crisis de seguridad”, a pesar de múltiples concesiones, que ha logrado imponer una oposición política y mediática  implacable.

Esta situación de bloqueo obliga a discurrir sobre la articulación de los dos años que quedan de gobierno de Boric y la preparación de una nueva mayoría de gobierno que pueda emerger de las elecciones de 2025. Una que sea alternativa a la derecha aliada a la extrema derecha y que relance los avances progresistas en la sociedad chilena.

El presidente de la Democracia Cristiana, Alberto Undurraga, ha hecho un planteamiento: «lo que propongo es que acordemos dos candidaturas presidenciales, una del Frente Amplio y del PC y otra del Socialismo Democrático y de la DC, además una lista parlamentaria común que enfrente a la derecha. Entonces, que diriman estas dos opciones en primera vuelta y sea la ciudadanía la que elija con una lista parlamentaria común para darle soporte a quien gane en primera vuelta». Pero hay dos problemas. El primero es que no se compromete claramente a votar en segunda vuelta por una lista FA-PC si ésta pasara a esa instancia. Si gano me apoyas, si no gano no te apoyo. ¿Qué acuerdo puede resultar de semejante propuesta? El segundo es que se sitúa en una perspectiva que Undurraga llama de «renovar la centroizquierda» y pone al PS como parte de una corriente de ese tipo. Pero ocurre que el PS es un partido que ha corroborado su adscripción a la izquierda en su reciente congreso de 2023 y que no concurrió en una lista de “coalición chica” con la DC, los radicales y el PPD a la elección de consejeros de mayo de 2023, sino en una lista con el Frente Amplio, el Partido Comunista, los regionalistas, los liberales y Acción Humanista.

El PS no dejó de ser de izquierda cuando construyó acuerdos para gobernar con presidentes de la DC entre 1990 y 2000 y luego con presidentes de sus filas entre 2000 y 2010 en la Concertación, un entendimiento de partidos de izquierda y de centro. Tuvo el sentido de permitir en la salida de la dictadura avances en derechos humanos, crecimiento, empleo, logros sociales e infraestructuras (ver https://gonzalomartner.blogspot.com/…/sobre-critica-y…), en base a muchas luchas. Pero no se logró salir de todas las trampas que mantuvieron una democracia semi-interdicta y un modelo económico híbrido que disminuyó poco la desigual distribución del ingreso (https://drive.google.com/…/1CDflAeewAwl6OI34PaZWnA…/view) y aumentó la concentración y la fuga al exterior de la renta minera (ver https://gonzalomartner.blogspot.com/…/la-renta-minera…). Esto obligaba a buscar nuevas perspectivas políticas.Mantener diluidas las identidades y los proyectos terminó por no servirle a nadie, lo que ocurrió equivocadamente después de 2006, especialmente en materia económica. 

La fórmula inicial cumplió su ciclo y su prolongación terminó en un gran distanciamiento con la ciudadanía en temas de orientación de su política y de método de gobierno. Esto dio lugar, entre otras cosas, a la emergencia de nuevas fuerzas partidarias ante la frustración social creciente, especialmente de los jóvenes. Después de 20 años, la derecha llegó democráticamente al gobierno en 2010, lo que no ocurría desde 1958. Un primer intento de salir de la impasse fue agregar al PC a una nueva coalición, lo que permitió gobernar a la Nueva Mayoría en 2014-2018, pero sin cambiar la situación fundamental de ausencia de acción consistente tras un proyecto transformador, agravada por una gran falta de cohesión. Y se produjo la vuelta de la derecha al gobierno y la grave y cuestionadora ruptura social de 2019 y luego la pandemia, con sus turbulencias y el giro de la ciudadanía hacia el apoyo a una nueva generación progresista. Esta creó esperanzas, pero fracasó en su mandato primordial de lograr una nueva constitución y de reorientar el modelo de desarrollo, dando lugar a un avance de la extrema derecha. Esto es lo que ahora no tiene sentido prolongar, y lo que hace valioso el esfuerzo de Undurraga.

Pero no se requiere de una «centroizquierda» conectada a los grupos que se aliaron a las oligarquías económicas. Algunos rompieron con sus partidos y crearon unos nuevos situados a la derecha (“demócratas “ y “amarillos”, que cuentan  con ex dirigentes de la DC, el PR, el PPD y el PS que terminaron por transparentar sus posiciones). Son los que procuraron desviar un amplio apoyo social a cambios y transformaciones postuladas por las fuerzas mayoritarias de centro y de izquierda. Su objetivo ha sido, y sigue siendo, preservar un modelo liberal y elitario que requiere de una democracia limitada para sostenerse. Contrariamente a lo que equívocamente postulan, se trata de un esquema totalmente distinto a uno de tipo socialdemócrata (ver https://gonzalomartner.blogspot.com/…/quo-vadis…). Y que no difiere en temas fundamentales de los postulados de Matthei y Kast. Por eso están ahora aliados con ellos.

Lo que podría volver a dinamizar cambios progresistas en Chile es consolidar una «izquierda plural reagrupada y abierta al centro progresista» o un «centro progresista reagrupado y abierto a una izquierda plural», según la perspectiva de cada cual, en vez de intentar repetir una idea forzada de «centroizquierda» que terminó en una crisis social y política de grandes proporciones.

 

jueves, 7 de marzo de 2024

¿Era evitable la recesión de 2023

En La nueva mirada

Se produjo una recesión de -0,2% de la actividad económica en 2023, lo que será refrendado más adelante con la publicación de las cifras de PIB por el Banco Central. Es el comercio el que, con una caída de -3,2% de su actividad respecto a 2022, explica sectorialmente la recesión, signo de un problema en el consumo de los hogares. La producción de bienes aumentó, en promedio, en 0,9% y la provisión de servicios en 1,1%. La caída de la recaudación tributaria por la menor actividad (las recesiones nunca son buenas para las finanzas públicas, contrariamente a lo que sostiene la ortodoxia) y por menores ingresos desde la minería estatal y privada, derivó en un déficit fiscal de -2,4% del PIB. Este ayudó, en parte, a empujar como “estabilizador automático” la demanda interna y el empleo en la segunda parte del año -la menor actividad hace caer los ingresos y, a gasto constante, un mayor déficit aumenta el impulso fiscal al gasto agregado en la economía- aunque la inversión pública en 2023 fue muy poco dinámica, con solo un 82% de ejecución, lo que revela un problema de gestión.

En 2023 la ocupación promedio anual, según la encuesta del INE, aumentó en 2,4%. Así, el empleo mostró una importante resiliencia frente a la caída de la actividad económica medida por el Imacec. El aumento fue, no obstante, inferior al 6,7% de 2022 y al 5,5% de 2021, después de la fuerte caída de -12,3% del empleo en 2020. A los 258 mil empleos netos adicionales se sumó que el número total de horas trabajadas se incrementó en un 2,6% anual. No obstante, la tasa de desocupación alcanzó en el cuarto trimestre de 2023 un 8,5% de la fuerza de trabajo, cifra un 0,6 punto porcentual superior a la de hace un año. Antes de la crisis de la pandemia, la tasa fue de un 7,1% y hace una década de un 5,8% de la fuerza de trabajo. La diferencia es significativa. Las personas ocupadas informales, a su vez, aumentaron un 3,5% en el año, especialmente las mujeres, con un incremento de 7,2%. Por sector económico, aumentó especialmente la informalidad en el alojamiento y servicio de comidas (21,9%) y en el comercio (4,2%).
El crecimiento y la recuperación del empleo desde la segunda parte de 2020 ya no habían sido suficientes para volver a una tasa de ocupación de la población en edad de trabajar (15 años y más) al menos equivalente al nivel previo a la crisis de la pandemia de Covid-19. La recesión de 2023 no ayudó en la tarea. La tasa de ocupación sobre la población en edad de trabajar alcanzó solo a un 56,6% en el cuarto trimestre de 2023, a comparar con el 58,6% en el mismo trimestre de 2019. 
El frenazo de 2022 y la recesión de 2023 no eran en absoluto indispensables para bajar la inflación y fueron fruto de una política monetaria restrictiva y de una política fiscal primero de ajuste brutal (-24%) y luego de baja expansión del gasto público (1%) que terminaron dañando el consumo y la inversión. La disminución de la inflación se produjo por los mismos factores que la habían causado primordialmente, es decir primero el aumento en 2021 y parte de 2022 y luego la disminución en 2023 de los precios externos claves de alimentos y combustibles. El aumento de la demanda interna de 2021 se debió a factores que ya no existieron desde 2022, los retiros y subsidios de emergencia.
Fuente: Instituto Nacional de Estadísticas.
Fuente: Instituto Nacional de Estadísticas.
El Índice de Precios al Consumidor (IPC) registró en diciembre de 2023 en doce meses un aumento de 3,9%, en contraste con el aumento de 12,8% a diciembre de 2022. El promedio semestral del IPC mensual se situó en 0,3% en la segunda parte del año, un 3,7% anualizado (el promedio era del doble en marzo). Si consideramos el IPC sin alimentos y energía (SAE), de mayor volatilidad, es decir la «inflación subyacente» que usualmente toma en cuenta de manera prioritaria la política monetaria, la inflación alcanzó un promedio semestral de 0,15% mensual, un 1,8% anualizado. El IPC de los bienes no transables internacionalmente, esencialmente servicios, llegó a solo un 0,25% mensual promedio, un 3% anualizado, evidenciando adicionalmente la ausencia de presiones de demanda interna.
Se completó así en 2023 un proceso de «desinflación» en Chile (es decir un menor ritmo de incremento de los precios, a no confundir con una «deflación» constituida por una caída general de los precios). El peor momento fue la inflación anual de agosto de 2022, con un registro de 14,1%, después del impulso inflacionario iniciado en el primer semestre de 2021 por los impactos de la salida de la crisis Covid en las cadenas de suministro y el transporte internacional, y luego su aceleración por la invasión a Ucrania en febrero de 2022. El mayor impacto acumulado de los aumentos de precios desde enero de 2021 se concentró en las divisiones de alimentos, restaurantes y hoteles y en el transporte, con un nivel de precios que es un 36-37% superior al previo al brote inflacionario. Estas divisiones están altamente influenciadas por los precios de bienes finales o insumos importados. En contraste, el IPC general aumentó en 25%.
Las remuneraciones nominales lo hicieron a un ritmo mucho menor al del IPC de los alimentos y el transporte, creando la percepción de pérdida de poder adquisitivo en la población, aunque las remuneraciones reales, con oscilaciones, aumentaron en 2023 en 1,9%. Esto es positivo para los asalariados, pero también para la economía en su conjunto, pues contribuye al consumo de las familias, el principal componente de la demanda agregada, de la que depende en el corto plazo la producción y el empleo. Las remuneraciones reales no habían disminuido en la crisis de la pandemia (crecieron en 0,6% en 2020) y luego presentaron un aumento (1,0% en 2021). El brote inflacionario produjo una caída (disminuyeron en -1,8% en 2022), lo que se revirtió en la primera parte de 2023 con la menor inflación y los pactos salariales.
El Banco Central de Chile ha mantenido una política monetaria altamente restrictiva desde marzo de 2022 y llevó la tasa de interés de política monetaria desde el 5,5% en esa fecha hasta un 11,25% en noviembre de 2022, buscando deprimir la demanda interna. Empezó a relajar este exceso a partir de agosto de 2023 y ha llevado la tasa hasta un 8,25% en diciembre, con una inflación subyacente (SAE) que se sitúa nada menos que desde septiembre pasado por debajo del 3% anual, que es la meta del Banco Central a 24 meses. Hubo un sobreajuste cuya consecuencia es que creció muy poco la economía en 2022, ayudada por una política fiscal de fuerte restricción a la baja, y se estancó en 2023. Si bien las decisiones del Banco Central y de la autoridad económica poco pueden hacer frente a las variaciones de los precios externos, salvo estabilizar algunos por un tiempo, en cambio inciden fuertemente en el nivel de actividad interna. 
El alza de tasas fue una respuesta estándar frente al fuerte crecimiento de la demanda interna en 2020-21, aunque la reacción de la oferta funcionó bastante bien ante este aumento súbito, superior al de 1971. Incluso el sector de servicios de comunicaciones expandió sus ventas y al mismo tiempo bajó sus precios. Situaciones parecidas de respuesta de la oferta que contribuyeron a la desinflación se registraron en Estados Unidos (Konczal, 2023). 
Más generalmente, Gagnon y Sarsenbayev (2022) sostienen, con abundante evidencia empírica, que ha habido 25 años de exceso de desempleo en las grandes economías por una equivocada estimación de la brecha de producto y políticas monetarias excesivamente restrictivas ante estimaciones erróneas de la capacidad de respuesta de la oferta, mientras Girardi, Meloni y Stirati (2020) sostienen que los impulsos de demanda han sido decisivos para explicar las dinámicas de expansión de la oferta, lo que postulan los economistas postkeynesianos (por ejemplo Taylor, 2021).
En el caso de Chile, la presión de demanda y su efecto en el consumo provino de los tres retiros de los fondos de pensiones y del déficit fiscal y las ayudas a las familias por la pandemia, y fueron fenómenos transitorios. Su progresiva desaparición se acompañó del efecto contractivo de los propios aumentos de precios dada la pérdida de poder adquisitivo de los hogares. El aumento de los precios externos también fue originado por efectos transitorios en los precios de alimentos y combustibles. Si este es el diagnóstico, la tasa de inflación hubiera disminuido como en el resto del mundo, incluso si el Banco Central no hubiera subido la tasa de interés más allá del nivel de marzo de 2022 y si no se hubiese forzado un tan drástico ajuste fiscal como el programado por el gobierno anterior y no corregido por el actual.
El brote inflacionario interno tuvo como causa principal el traslado directo de aumentos de precios externos a los consumidores y luego el impacto en los costos de los insumos importados. Estos también fueron traspasados con el correr de los meses a los consumidores. Luego, la caída de los precios internacionales de alimentos y energía produjo la correspondiente desinflación. Este impacto alcista «de segunda vuelta» se produce con todos los insumos importados, pero en particular en el caso de los combustibles, que son un insumo difundido en la producción de todo tipo de bienes y servicios y que termina por aumentar los costos y repercutir con mayor o menor intensidad en los precios de todos ellos, pues como mínimo requieren transporte, además de energía importada en las diversas fases de sus procesos de elaboración y distribución. En mercados con demanda muy elástica al precio, el oferente puede decidir mantener sus precios o bien aumentarlos poco y disminuir sus utilidades para evitar así disminuciones de ventas. Otra situación posible es la del aumento de los precios al consumidor más allá de los incrementos de costos, ampliando los márgenes empresariales, especialmente en los mercados oligopólicos (con pocos actores que dominan el mercado) con demanda poco elástica al precio. 
La política oficial del Banco Central de mantener la inflación en 3% en un horizonte de 24 meses tiene un soporte en que ninguna expectativa está hoy anclada a una inflación futura alta. Dicho sea de paso, diversos economistas defienden una tasa de horizonte de inflación de hasta 4%, la que en todo caso debiera ser fijada por las autoridades electas y no por el Banco Central, como sostiene el ex presidente de la Reserva Federal Ben Bernanke (2010): “En ningún caso abogo por la independencia incondicional para los bancos centrales. (…) Los objetivos de política deberían ser puestos por el gobierno, no por el banco central en sí mismo; y el banco central debe demostrar con regularidad que cumple con los objetivos conferidos por mandato«. 
La lección, en palabras del premio Nobel Paul Krugman (2023), es que «si nos aferramos a una visión de la economía que ha sido refutada por los acontecimientos recientes es más probable que metamos la pata y sometamos la economía a una recesión que ahora resulta que no necesitábamos, ni necesitamos, para controlar la inflación. El argumento pesimista original era que la Reserva Federal necesitaba crear mucho desempleo para reducir la inflación. El argumento actual es que, al actuar con dureza, la Reserva Federal convenció a la gente de que la inflación bajaría, y que esto fue una profecía autocumplida. Que yo sepa, no hay absolutamente nada que pruebe esta afirmación». Concluye Krugman: «aquí percibimos algunos ecos históricos. Hace aproximadamente una década, algunos economistas y responsables políticos insistían en que, si se recortaba el gasto público, se aumentaría el empleo, al propiciar una mayor inversión; yo me burlé de este punto de vista, que resultó ser totalmente erróneo, refiriéndome a él como fe en el Hada de la Confianza. Lo que estamos viendo ahora podría denominarse fe en el Hada de la Credibilidad. Ninguna de las dos creencias está respaldada por la evidencia. ¿Se ha ganado definitivamente la guerra contra la inflación? No. Pero la recesión parece un riesgo mayor que el repunte de la inflación. Y me preocupa que este riesgo aumente si los responsables políticos escuchan a personas que se resisten a admitir que se equivocaron respecto a la inflación y se aferran a una teoría falsa sobre cómo hemos logrado que baje
En el caso de Chile, se requiere un impulso monetario y fiscal que vuelva la economía a una senda de crecimiento, priorizando la reanimación de la inversión y especialmente la construcción, que se encuentra en una crisis artificialmente provocada, y el apoyo a quienes más han sufrido el impacto de la inflación de alimentos a través de una extensión del mecanismo de «bolsillo familiar electrónico» que conduzca una devolución del IVA de la canasta básica de alimentos a las familias de menos ingresos. 

viernes, 1 de marzo de 2024

Los opciones del gobierno y la izquierda

En El Clarín

Los dos primeros años del actual gobierno han sido muy difíciles. Lo que supone, para el campo político que se opuso con éxito a los conservadores en la elección de 2020 y el plebiscito constitucional de 2023, reflexionar constructivamente al respecto, y sobre lo que razonablemente debe ser mejorado para no terminar con la extrema derecha en el gobierno en 2026, como en Argentina.

Partamos por el principio: existe la necesidad primordial de que el gobierno mantenga con solidez una visión amplia de un futuro democrático, igualitario y sostenible. Como señala Daniel Innerarity, “muchos defectos de las democracias actuales tienen que ver con la mala calidad del futuro que proyectan. El modo como divisemos el futuro condiciona nuestro afecto a la democracia. Detrás de mucho desapego hacia ella no hay otra cosa que un futuro frustrado. La democracia tiene la función de articular futuros deseables y no puede vivir sin esa promesa. Si esa promesa deja de ser plausible, también deja de serlo la democracia. Tarde o temprano la desconfianza respecto del gobierno se convierte en desprecio al “sistema” para acabar siendo desafecto hacia la democracia. La democracia está en crisis porque lo está su futuro”.

Por razones que resultan poco comprensibles, en marzo de 2022 se produjeron nominaciones cruzadas que terminaron con una funcionaria de Libertad y Desarrollo a cargo del Banco Central, la que se empeñó en precipitar, hasta lograrlo, una recesión para combatir una inflación esencialmente importada. Hubiera sido mucho mejor que Mario Marcel siguiera a cargo de la autoridad monetaria, con Nicolas Grau u otra persona en Hacienda. Se agregó el error de no distinguir entre la necesaria rebeldía generacional, sin la cual las sociedades no avanzarían y que la ciudadanía apoyó para salir de un gobierno de derecha fracasado, y el manejo de los asuntos públicos con perspectiva de largo plazo y a la vez consistencia, en lo que la edad no tiene mayor relevancia. Los países no se manejan exitosamente con improvisaciones y ocurrencias entre amigos y redes de generación, sino con grupos dirigentes deliberativos que defienden la política comprometida ante la ciudadanía y se anclan en el interés general. Junto al bloqueo legislativo de la oposición a reformas como la tributaria, de pensiones y de salud, se ha alimentado un clima político muy adverso para el gobierno actual. Esto incidió en el rechazo a la nueva constitución en septiembre de 2022, lo que fue una derrota de proporciones para la actual administración y para largos procesos de lucha por el cambio constitucional promovidos por la izquierda.

Lo anterior se ha combinado con algo que viene desde mucho más atrás. Se trata de la simplista y genérica idea anti-elite que ha ido dejando de lado un requisito indispensable de la gestión pública al servicio de la ciudadanía: poner a cargo de su dimensión ejecutiva a las personas más idóneas y competentes, aunque no sean las más cercanas. En el caso de la izquierda, se requiere una mirada puesta en la mayoría social y sus aspiraciones, para lo cual el desarrollo de sus políticas debe, cuando conduce órganos del Estado, cautelar cuerpos de gestión pública profesionales, aquellos que cuesta mucho construir y muy poco desbaratar.

Especialmente dañinos para el interés público son los copamientos clientelares de los órganos ejecutivos de gobierno y de los municipios, que es el gran punto débil de las administraciones en América Latina. Esta es una herencia de su pasado colonial y de la prolongada concepción del Estado como botín. De ella debe alejarse siempre la izquierda, en base a sus tradiciones sociales y anti-burocráticas al servicio de quienes viven de su trabajo o en condiciones de exclusión, marginalidad económica y discriminación. Es precisamente la parte de la sociedad que más requiere de servicios estatales probos y eficaces para garantizar el acceso universal a condiciones básicas de vida digna y contribuir a crear un entorno de seguridad pública y económica consistente para desarrollar, con los mayores grados de libertad posible, los proyectos de vida individuales y colectivos de su preferencia.

Los servicios públicos nunca deben debilitarse en aras del acceso de clientelas a empleos estatales al margen del mérito y la experiencia. Ni permitir que se orienten los subsidios y prestaciones según presiones corporativas inequitativas o, peor aún, desviar recursos comunes a fines particulares. Eso es destruir el apoyo de la ciudadanía y la base institucional del proyecto político anti-oligárquico e integrador de la izquierda. Del mismo modo, nunca se debe descuidar la expansión sistemática de la base material que permite redistribuciones, cautelando al mismo tiempo su capacidad de perdurar en el tiempo y controlando la inflación. Se debe evitar tanto las políticas ortodoxas recesivas como los desbordes inflacionarios. Sin base institucional y material para las transformaciones que promueve, no hay izquierda viable.

Los déficits anteriores se han combinado con una sorprendente concepción del mensaje del gobierno a la ciudadanía. Parece no tener importancia persistir en las ideas y el proyecto propio ni sostener el timón ante las dificultades. Se prefiere retroceder una y otra vez en las posiciones programáticas para, al parecer, hacerse más aceptable a los oídos de los grupos dominantes y su prensa. Esta se empeña en establecer al «socialismo democrático» como una sub-coalición entre PPD, PR y PS, en circunstancias que no se presentó de manera conjunta en la última elección, la de consejeros, y el reciente congreso del PS reiteró esa postura. Fueron en una lista conjunta frente-amplistas, socialistas y comunistas y otros grupos de la coalición de gobierno, frente de partidos llamado a consolidarse en el tiempo y en las elecciones territoriales de este año.

Con ese enfoque se desconcierta y desmoviliza a los que se representa. Se acentúa primero la idea que da lo mismo quien gobierne y luego se alimenta la frustración. Y se desencadena la tentación de remitirse, ya que la acción colectiva en defensa de los intereses de la mayoría social en empleo, salarios, pensiones, salud, vivienda, educación parece carecer de sentido, a las emociones primarias en favor del «orden». Se termina con la ampliación hasta el infinito del temor a la delincuencia propalado por los medios y se estigmatiza a la inmigración como causante de ella y de los problemas sociales. Temas que manipula con predilección, y con el éxito conocido, la extrema derecha.

Lo que cabe para la izquierda es retomar el discurso propio y la defensa de las condiciones de vida de la mayoría social, expresada en su lucha por la democratización del régimen político y por persistir en reformas de la tributación, de las relaciones laborales, de las pensiones, de la salud, de la educación, de la integración urbana y de la seguridad centrada en los barrios y el ataque efectivo al crimen organizado. No se ganan las batallas que no se dan. Y si una mayoría conservadora en el parlamento derriba las reformas, las responsabilidades quedarán claras para los pronunciamientos ciudadanos que vienen.

La política fiscal y de inversión pública debe, en todo caso, ser mucho más contundente y orientarse a la creación de empleo y a obtener mayores grados de seguridad económica de los hogares trabajadores y de los sectores medios. Las autoridades no deben hacer política de matinal y menos dejarse llevar por la histeria cotidiana en materia de delincuencia, sino que simultáneamente apoyar y reformar a la policías para aumentar fuertemente su eficacia frente a las nuevas amenazas. Y asumir que el conflicto en el Sur es histórico, social y político, aunque se deba actuar con firmeza frente a una violencia insurgente injustificada, lo que no supone mantener un estado de emergencia permanente.

Para todo lo anterior se debe consolidar el eje político de gobierno, es decir la alianza entre el Frente Amplio, el Partido Socialista y el Partido Comunista, abierto a otras fuerza de izquierda y al centro, para gobernar con cohesión, en vez de las chicanas menores a las que hemos asistido con demasiada frecuencia. Y proponerse ganar en 2024, en una fórmula de unidad en la diversidad, las elecciones territoriales y luego las elecciones presidenciales y parlamentarias de 2025. El horizonte debe ser asegurar las mayorías suficientes para gobernar, y así proyectar el programa de segunda vuelta del actual gobierno con la suficiente cohesión interna, aquella que no se improvisa y construye a su debido tiempo.

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