jueves, 29 de diciembre de 2022

¿Hacia un Estado democrático y social de derecho?

 En La Tercera

Ya se tramita en el Congreso la reforma constitucional que permitirá abrir un nuevo proceso constituyente. Allí se incluye unas “bases constitucionales” a las que la nueva entidad elegida deberá atenerse, con definiciones como la que “Chile es una República democrática, cuya soberanía reside en el pueblo”, con el límite de “la dignidad de la persona humana y los derechos humanos”. Ahora se agrega como uno de los fundamentos de la República el que Chile sea “un Estado democrático y social de derecho”. Esta noción es menos conocida y estará sujeta a más interpretaciones y controversias.

El “Estado democrático de derecho” es el punto de partida y es el que consagra mediante la ley la vigencia de la igualdad de trato y de libertades para todos los miembros de la sociedad sin discriminaciones de clase, etnia o género (derechos civiles). Al mismo tiempo, extiende la esfera de los derechos y de la igualdad ante la ley del dominio civil al dominio político y establece la primacía de las normas por sobre la mera voluntad de las personas que ejercen cargos de autoridad. El Estado democrático establece un orden político basado en procedimientos en los que las autoridades son seleccionadas por el pueblo entre distintas opciones alternativas, mediante sufragio universal y según el principio de mayoría y del derecho periódico de las minorías a transformarse en mayoría. Cualquier persona con derechos de ciudadanía puede ser elegida para ejercer las funciones públicas electivas. Las autoridades ejecutivas pueden actuar solo en el marco de la ley, emanada de representantes constituidos en poder legislativo o directamente mediante referéndum (derechos políticos). El reino de la ley se expresa también a través de un poder independiente encargado de aplicarla (el poder judicial). El Estado de derecho y la democracia se articulan así de manera complementaria.

Es la idea democrática de la igual libertad de los individuos, por su parte, la que ha llevado necesariamente desde el Estado de derecho liberal al “Estado social”. Siguiendo a Hermann Heller, el jurista alemán que fundamentó esta noción a principios del siglo XX, si acaso la sociedad permanece como aquella de un Estado y el Estado es aquel de una sociedad, y si la ley es la forma jurídica en la que se juega el sistema de interacción y de mediación entre el Estado y la sociedad civil, entonces el Estado no puede sino ser un Estado social. La democracia debe constituirse en un “Estado de derecho social” para realizarse plenamente e incluir libertades y derechos fundamentales con mecanismos que los hagan efectivos y no solo declarativos. En particular, debe impedir el dominio de un poder plutocrático sobre la sociedad, es decir el control del gobierno y de las instituciones por una minoría formada por sus miembros más ricos y, en esa condición, más influyentes.

El Estado social resulta así de la premisa según la cual los seres humanos no son individualidades que gozan de una libertad aislada, sino que ésta presupone la existencia de una comunidad que garantiza su ejercicio. Este no es el caso de la concepción del Estado subsidiario, en donde la comunidad y el Estado que la representa deben actuar solo cuando existen límites objetivos en la capacidad individual de interacción con otros. Además, el Estado social asume que el individuo pertenece necesariamente a diversas esferas de identidad y acción colectiva, a las que deben reconocerse derechos para que cada cual logre el pleno desarrollo de su personalidad, las llamadas entidades intermedias.

El Estado social reconoce, entonces, que el ciudadano es miembro de una comunidad y que tiene derecho a un lugar digno y económicamente seguro en ella. Como señala el jurista Walter Wefers, “esto es lo esencial del principio (del Estado social), cuya perfección depende del progreso practicado por la legislación particular” y de su capacidad material de sustentar ese lugar digno y seguro.

Así, a los deberes de abstención (libertades) y a los marcos de acción (primacía del derecho y elección periódica de autoridades) impuestos constitucionalmente al Estado, deben agregársele “deberes de prestación positiva” para asegurar ciertas condiciones de existencia a todos los miembros de la sociedad. Que estos deberes de abstención, de acción y de prestación sean llevados o no a la práctica y en qué condiciones y alcances, dependerá de la dinámica política y económico-social de cada sociedad. Pero su existencia normativa es al menos un punto de partida indispensable para el logro de una mejor vida en sociedad. La nueva constitución chilena está llamada, en este sentido, a establecer el marco en el que la libertad económica y la propiedad privada, que se garantizan en el acuerdo de “bases constitucionales”, tendrán como límite el interés general.

El Estado social incluye en términos prácticos la protección social, las regulaciones en materia de negociación colectiva y de acceso y ejercicio del trabajo, los servicios públicos y las políticas económicas de apoyo a la actividad y al empleo, así como su dimensión ambiental para preservar el interés de las futuras generaciones. Esto no excluye que el Estado pueda delegar la producción de elementos necesarios para la provisión pública en entidades privadas y remunerarlas por ello, o someterse cuando es recomendable y posible a la competencia de entidades privadas con o sin fines de lucro para contrarrestar su eventual burocratización o captura por intereses particulares.

Su fundamento jurídico y valórico primordial es la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948, la que establece que “toda persona tiene derecho a un nivel de vida adecuado que le asegure, así como a su familia, la salud y el bienestar, y en especial la alimentación, el vestido, la vivienda, la asistencia médica y los servicios sociales necesarios; tiene asimismo derecho a los seguros en caso de desempleo, enfermedad, invalidez, viudez, vejez u otros casos de pérdida de sus medios de subsistencia por circunstancias independientes de su voluntad”. Esa Declaración Universal establece que “toda persona tiene derecho a la propiedad, individual y colectivamente”. Aunque la Declaración señala que “nadie será privado arbitrariamente de su propiedad”, se infiere que el “derecho a la propiedad” incluye la propiedad privada tradicional y también formas de propiedad social y solidaria o de carácter estatal.

Sin perjuicio de las normas y recomendaciones de la Organización Internacional del Trabajo y la suscripción posterior de acuerdos internacionales en otros campos, en especial de derechos de la mujer, de los pueblos indígenas, de los migrantes y en contra de las discriminaciones arbitrarias, junto a los compromisos en materia de protección del ambiente, la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948, el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales de 1966 y la Convención Americana de 1969 deben ser tomadas, en tanto constituyen tratados internacionales vigentes suscritos por Chile, como la base constitucional del futuro Estado social, dado que la reforma constitucional en tramitación los preserva expresamente.

Proceso constitucional: ¿permitirá el acuerdo de diciembre llegar a puerto?

 En La Nueva Mirada

Ya avanza en el Senado el proyecto de reforma constitucional que consagra el acuerdo del 12 de diciembre que relanza el proceso constituyente. Sus barrocos mecanismos, empujados por la derecha, están destinados a disminuir el carácter soberano de la nueva entidad constituyente. Pero dado el rol determinante para los elegidos por el pueblo, es difícil negarle al proceso un sentido democrático en última instancia, aunque con un manifiesto aroma de intento de interdicción de la soberanía popular.

Según la Real Academia Española, el barroco es un estilo arquitectónico o de las artes plásticas “opuesto al clasicismo y caracterizado por la complejidad y el dinamismo de las formas, la riqueza de la ornamentación y el efectismo". Esta denominación deriva del vocablo "verruca" o "berrueco", que evoca una "perla irregular deforme". Algo así se puede decir del acuerdo constitucional del 12 de diciembre, que contiene varias deformidades y efectismos inútiles destinados a satisfacer a la derecha. Esta controla la mitad del Senado y casi la mitad de la Cámara y se considera ampliamente reforzada por el rechazo de un 62% a la propuesta de la Convención Constitucional. Esta situación la llevó a una extemporánea regresión hacia un nuevo intento de imposición de órganos políticos que incluyan a miembros no elegidos por el pueblo, sin lograrlo en definitiva. Lo decisivo es que el acuerdo preserva potencialmente, con una legitimidad democrática básica, la posibilidad de lograr una mejor constitución que la actual en materia de derechos fundamentales y libertades y de funcionamiento de las instituciones representativas. Por ello es defendible, aunque en el límite, para volver a encaminar el proceso constituyente.

La reforma constitucional en discusión tiene como clave asegurar un cuerpo de 50 constituyentes elegidos (as) por el pueblo que tiene la potestad final de aprobar una nueva constitución por 3/5, sujeta a ratificación en un plebiscito. Lo serán en las 16 circunscripciones senatoriales actuales, con las reglas de elección vigentes para los senadores, pero con una composición de género paritaria en candidaturas y personas elegidas. Habrá, además, representantes de los pueblos originarios, pero en condiciones de elección muy exigentes. Las candidaturas indígenas serán individuales, sin poder agruparse en listas, lo que contradice el derecho de asociación. Si la suma de votantes válidos del padrón indígena en una nueva figura de “circunscripción nacional indígena” alcanza al menos un 1,5% de los votos válidos, entonces se elegirá 1 representante de esta condición. Serán 2 si el voto indígena alcanza al menos un 3,5% del voto total, mientras por cada 2% adicional se asignaría otro escaño.

Por su parte, no habrá “expertos” con derecho a voto o con un rol equivalente al de los constituyentes elegidos, salvo en una circunstancia particular de desacuerdo entre propuestas de los “expertos” y constituyentes en una «comisión mixta» que es de esperar no se presente. El rol de los 24 “expertos” nominados por el congreso (12 por la Cámara y 12 por el Senado, que se repartirán tal vez por mitades entre los bloques de gobierno y de derecha o bien con una leve ventaja para éste último) será redactar un anteproyecto de Constitución a partir de “bases constitucionales” fijadas por la reforma constitucional aprobada por el Congreso por 4/7 de los votos e intervenir con “proposiciones” a los constituyentes en diversas fases del proceso de aprobación de las nuevas normas. Los constituyentes partirán aprobando, modificando o rechazando con un quórum de 3/5 las normas propuestas por la “comisión experta” también por 3/5. La “comisión experta”, de composición paritaria, podrá “formular observaciones que mejoren el texto” y hacer nuevas propuestas a los constituyentes. Estos podrán aprobar esas propuestas por 3/5 o rechazarlas con un quórum de 2/3. Ahí se abre un proceso bastante extraño con aquellas que no alcancen el quórum de aprobación o de rechazo mencionados, pues serían resueltas por una “comisión mixta”, con una votación que incluye a los “expertos”, lo que es un sinsentido democrático. Es de esperar, en todo caso, que derechamente esta situación no se presente y que todas las normas se consoliden desde el principio con una mayoría estable de 3/5, sin lo cual el proceso se llenará de incoherencias o eventualmente fracasará.

Y es de esperar que más generalmente los (as) expertos (as) se comporten como tales, es decir que sometan opciones alternativas, con sus costos y beneficios respectivos razonablemente ponderados, a los depositarios de la soberanía popular, que son los llamados a decidir. Un experto, si es un buen experto, evalúa opciones, no decide sobre las opciones posibles.

Por su parte, las “bases” serán vigilados por una figura bastante insólita llamada “comisión de admisibilidad” de “juristas” nombrados por el congreso, encargados de resolver requerimientos de los convencionales o los expertos contra propuestas que consideren “fuera de bases”. Esto probablemente dará lugar a más de alguna controversia que opondrá la legitimidad democrática directa y actual de los constituyentes con una legitimidad “derivada” de un congreso que incluye senadores electos hace cinco años. O bien será una instancia que se comportará con prudencia, es decir será básicamente inútil. Las infracciones al procedimiento serán reclamables a la Corte Suprema por un quinto del Consejo Constitucional o dos quintos de la comisión experta, completando así el proceso de “vigilancia” de la entidad constituyente elegida por el pueblo.

El “borde” esencial definido es que “Chile es una República democrática, cuya soberanía reside en el pueblo” con el límite de “la dignidad de la persona humana y los derechos humanos” y que ”Chile es un Estado democrático y social de derecho”, lo que es un punto de partida aceptable para una nueva constitución desde una postura democrática, aunque el procedimiento de limitar al poder constituyente elegido sea cuestionable. Estas definiciones fueron pactadas en un preacuerdo interpartidario refrendado el 12 de diciembre, el que debe ser aprobado como “bases constitucionales” en la reforma en tramitación, como el resto del acuerdo, por ambas cámaras y por 4/7 de los votos. Su interpretación por los vigilantes nombrados por el Congreso será crucial, como se comentó, frente a enunciados que son generales.

De más está reseñar que el Senado quedó preservado -su existencia no podrá ser discutida por los nuevos constituyentes, aunque sí sus atribuciones- y el mandato de los senadores ya elegidos no podrá ser acortado: los electos en 2021 durarán hasta marzo de 2030, lo que es una duración perfectamente extemporánea. En este caso se vuelve a aplicar aquello de que nadie está mejor servido que por sí mismo.

Los constituyentes, finalmente, darán el visto bueno a un texto de salida, de nuevo con 3/5 de los votos, el que será sometido a plebiscito a fines de 2023 (probablemente diciembre). En caso de no alcanzarse el quórum para el texto final o en caso de nuevo rechazo en las urnas, otra vez no hay nada previsto. Cabe recalcar que se disminuyó el inaceptable quórum de 2/3 -que inexplicablemente seguía promoviendo el Frente Amplio con su doctrina de la hoja en blanco basada en una curiosa teoría del veto mutuo que poco tiene que ver con la deliberación y decisión democrática- a uno de 3/5, más usual para los textos constitucionales. Nótese que desde agosto se puede reformar la constitución vigente con una cifra más cercana a la mayoría simple, es decir 4/7 de los votos de los parlamentarios, concesión hecha por la derecha en su campaña para ampliar las fronteras del rechazo a la propuesta de la Convención.

Todo hubiera sido más fluido y transparente sin el inusitado proceso introducido en la derecha por el “peso de la noche” portaliano, que echó abajo la propuesta inicial de RN y el acuerdo entre el presidente Boric y el jefe de la UDI, que incluían nuevos constituyentes 100% electos. Para ese efecto se usó a los «amarillos«, que buscaron interferir la decisión democrática proponiendo que la constitución no la redactara nadie elegido para el efecto, sino solo “expertos”. Su alineación en posiciones autoritarias a lo Jaime Guzmán los ha desacreditado y explica sus dificultades para inscribirse como partido.

No está de más recalcar que un número de representantes más amplio hubiera recogido mejor la realidad y diversidad del país. Los escaños de constituyentes a elegir por región irán de dos a cinco, con una notoria sub-representación de las regiones más pobladas, lo que de democrático tiene poco y de manipulación electoral mucho. El mecanismo de elección de la Cámara de Diputados y Diputadas es mucho más representativo y se acerca a la idea esencial de la democracia, según la cual una persona igual un voto y una similar capacidad de elegir representantes. En el modo de elección del Senado, los votos de cada persona valen muy distinto en términos de representación obtenida según la región que se habite (en la elección senatorial pasada, en Magallanes se podía elegir un representante con 17 veces menos votos que en la Región Metropolitana). Pero prevaleció aquello de alejarse todo lo posible del proceso de la Convención, en realidad alejarse de la idea misma de una soberanía popular autodeterminada.

Siguen rondando en los ambientes de la política los aires de la derrota de la propuesta constitucional de la Convención en septiembre pasado. Es de esperar que se vayan disipando conforme pase el tiempo, a lo que ayudaría mucho que el gobierno dinamice su actividad y capacidad de respuesta a los temas sociales y de seguridad del día a día, que es la temporalidad en la que se conforma la opinión pública en las sociedades actuales. En ellas reinan sin contrapeso el tiempo presente y sus emociones contingentes, se quiera o no se quiera, lo que requiere que los gobiernos actúen en consecuencia. Esto implica que las fuerzas de gobierno, si quieren en esta ocasión sacar adelante la tarea de lograr una nueva constitución mejor que la actual,  deberán ahora aumentar su capacidad de articulación política, incluyendo emitir mensajes más claros y convocantes y asumiéndose como una coalición gobernante en forma. Sus representantes en el proceso constituyente no deberán pasar de las radicalidades innecesarias a hacer concesiones indebidas a la derecha en materia de principios democráticos y económicos y sociales en la nueva propuesta, siguiendo una lógica de vaivenes circunstanciales -o derechamente de influencia de poderes fácticos- demasiado presente en la política nacional.

Por su parte, el gobierno debiera dejar atrás de una vez sus "divertimentos experimentales" y consolidar su capacidad de acción en materia de orden público -pero sin caer en la tentación de la militarización– así como contribuir a evitar una recesión el año próximo, de modo que no se encuentre de nuevo con un muy mal clima de seguridad y una situación económica con una inflación no compensada en los grupos de menos ingresos, los salarios a la baja y el desempleo al alza a la hora de sufragar, conducente a un nuevo voto de castigo al gobierno por razones que nada tienen que ver con el tema constitucional.


Proceso constitucional: ¿Permitirá el acuerdo de diciembre llegar a puerto?


Ya avanza en el Senado el proyecto de reforma constitucional que consagra el acuerdo del 12 de diciembre que relanza el proceso constituyente. Sus barrocos mecanismos, empujados por la derecha, están destinados a disminuir el carácter soberano de la nueva entidad constituyente. Pero dado que en definitiva habrá un rol determinante para los elegidos por el pueblo, es difícil negarle al proceso acordado un sentido democrático en última instancia, aunque con un manifiesto aroma de intento de interdicción de la soberanía popular.

Según la Real Academia Española, el barroco es un estilo arquitectónico o de las artes plásticas “opuesto al clasicismo y caracterizado por la complejidad y el dinamismo de las formas, la riqueza de la ornamentación y el efectismo". Esta denominación deriva del vocablo "verruca" o "berrueco", que evoca una "perla irregular deforme". Algo así se puede decir del acuerdo constitucional del 12 de diciembre, que contiene varias deformidades y efectismos inútiles destinados a satisfacer a la derecha. Esta controla la mitad del Senado y casi la mitad de la Cámara y se considera ampliamente reforzada por el rechazo por un 62% de la propuesta de la Convención Constitucional. Esta situación la llevó a una extemporánea regresión hacia un nuevo intento de imposición de órganos políticos que incluyan a miembros no elegidos por el pueblo, sin lograrlo en definitiva. Lo decisivo es que el acuerdo preserva potencialmente, con una legitimidad democrática básica, la posibilidad de lograr una mejor constitución que la actual en materia de derechos fundamentales y libertades y de funcionamiento de las instituciones representativas. Por ello es defendible, aunque en el límite, para volver a encaminar el proceso constituyente.

La reforma constitucional en discusión tiene como clave asegurar un cuerpo de 50 constituyentes elegidos (as) por el pueblo que tiene la potestad final de aprobar una nueva constitución por 3/5, sujeta a ratificación en un plebiscito. Lo serán en las 16 circunscripciones senatoriales actuales, con las reglas de elección vigentes para los senadores, pero con una composición de género paritaria en candidaturas y personas elegidas. Habrá, además, representantes de los pueblos originarios, pero en condiciones de elección muy exigentes. Las candidaturas indígenas serán individuales, sin poder agruparse en listas, lo que contradice el derecho de asociación. Si la suma de votantes válidos del padrón indígena en una nueva figura de “circunscripción nacional indígena” alcanza al menos un 1,5% de los votos válidos, entonces se elegirá 1 representante de esta condición. Serán 2 si el voto indígena alcanza al menos un 3,5% del voto total, mientras por cada 2% adicional se asignaría otro escaño.

Por su parte, no habrá “expertos” con derecho a voto o con un rol equivalente al de los constituyentes elegidos, salvo en una circunstancia particular de desacuerdo entre propuestas de los “expertos” y constituyentes en una "comisión mixta" que es de esperar no se presente. El rol de los 24 “expertos” nominados por el congreso (12 por la Cámara y 12 por el Senado, que se repartirán tal vez por mitades entre los bloques de gobierno y de derecha o bien con una leve ventaja para éste último) será redactar un anteproyecto de Constitución a partir de “bases constitucionales” fijadas por la reforma constitucional aprobada por el Congreso por 4/7 de los votos e intervenir con “proposiciones” a los constituyentes en diversas fases del proceso de aprobación de las nuevas normas. Los constituyentes partirán aprobando, modificando o rechazando con un quórum de 3/5 las normas propuestas por la “comisión experta” también por 3/5. La “comisión experta”, de composición paritaria, podrá “formular observaciones que mejoren el texto” y hacer nuevas propuestas a los constituyentes. Estos podrán aprobar esas propuestas por 3/5 o rechazarlas con un quórum de 2/3. Ahí se abre un proceso bastante extraño con aquellas que no alcancen el quórum de aprobación o de rechazo mencionados, pues serían resueltas por una “comisión mixta”, con una votación que incluye a los “expertos”, lo que es un sinsentido democrático. Es de esperar, en todo caso, que derechamente esta situación no se presente y que todas las normas se consoliden desde el principio con una mayoría estable de 3/5, sin lo cual el proceso se llenará de incoherencias o eventualmente fracasará.

Y es de esperar que más generalmente los (as) expertos (as) se comporten como tales, es decir que sometan opciones alternativas, con sus costos y beneficios respectivos razonablemente ponderados, a los depositarios de la soberanía popular, que son los llamados a decidir. Un experto, si es un buen experto, evalúa opciones, no decide sobre las opciones posibles.

Por su parte, las “bases” serán vigilados por una figura bastante insólita llamada “comisión de admisibilidad” de “juristas” nombrados por el congreso, encargados de resolver requerimientos de los convencionales o los expertos contra propuestas que consideren “fuera de bases”. Esto probablemente dará lugar a más de alguna controversia que opondrá la legitimidad democrática directa y actual de los constituyentes con una legitimidad “derivada” de un congreso que incluye senadores electos hace cinco años. O bien será una instancia que se comportará con prudencia, es decir será básicamente inútil. Las infracciones al procedimiento serán reclamables a la Corte Suprema por un quinto del Consejo Constitucional o dos quintos de la comisión experta, completando así el proceso de “vigilancia” de la entidad constituyente elegida por el pueblo.

El “borde” esencial definido es que “Chile es una República democrática, cuya soberanía reside en el pueblo” con el límite de “la dignidad de la persona humana y los derechos humanos”, y que” Chile es un Estado democrático y social de derecho”, lo que es un punto de partida aceptable para una nueva constitución desde una postura democrática, aunque el procedimiento de limitar al poder constituyente elegido sea cuestionable. Estas definiciones fueron pactadas en un preacuerdo interpartidario refrendado el 12 de diciembre, el que debe ser aprobado como “bases constitucionales” en la reforma en tramitación, como el resto del acuerdo, por ambas cámaras y por 4/7 de los votos. Su interpretación por los vigilantes nombrados por el Congreso será crucial, como se comentó, frente a enunciados que son generales.

De más está reseñar que el Senado quedó preservado -su existencia no podrá ser discutida por los nuevos constituyentes, aunque sí sus atribuciones- y el mandato de los senadores ya elegidos no podrá ser acortado: los electos en 2021 durarán hasta marzo de 2030, lo que es una duración perfectamente extemporánea. En este caso se vuelve a aplicar aquello de que nadie está mejor servido que por sí mismo.

Los constituyentes, finalmente, darán el visto bueno a un texto de salida, de nuevo con 3/5 de los votos, el que será sometido a plebiscito a fines de 2023 (probablemente diciembre). En caso de no alcanzarse el quórum para el texto final o en caso de nuevo rechazo en las urnas, otra vez no hay nada previsto. Cabe recalcar que se disminuyó el inaceptable quórum de 2/3 -que inexplicablemente seguía promoviendo el Frente Amplio con su doctrina de la hoja en blanco basada en una curiosa teoría del veto mutuo que poco tiene que ver con la deliberación y decisión democrática- a uno de 3/5, más usual para los textos constitucionales. Nótese que desde agosto se puede reformar la constitución vigente con una cifra más cercana a la mayoría simple, es decir 4/7 de los votos de los parlamentarios, concesión hecha por la derecha en su campaña para ampliar las fronteras del rechazo a la propuesta de la Convención.


Todo hubiera sido más fluido y transparente sin el inusitado proceso introducido en la derecha por el “peso de la noche” portaliano, que echó abajo la propuesta inicial de RN y el acuerdo entre el presidente Boric y el jefe de la UDI, que incluían nuevos constituyentes 100% electos. Para ese efecto se usó a los "amarillos", que buscaron interferir la decisión democrática proponiendo que la constitución no la redactara nadie elegido para el efecto, sino solo “expertos”. Su alineación en posiciones autoritarias a lo Jaime Guzmán los ha desacreditado y explica sus dificultades para inscribirse como partido.

No está de más recalcar que un número de representantes más amplio hubiera recogido mejor la realidad y diversidad del país. Los escaños de constituyentes a elegir por región irán de dos a cinco, con una notoria sub-representación de las regiones más pobladas, lo que de democrático tiene poco y de manipulación electoral mucho. El mecanismo de elección de la Cámara de Diputados y Diputadas es mucho más representativo y se acerca a la idea esencial de la democracia, según la cual una persona igual un voto y una similar capacidad de elegir representantes. En el modo de elección del Senado, los votos de cada persona valen muy distinto en términos de representación obtenida según la región que se habite (en la elección senatorial pasada, en Magallanes se podía elegir un representante con 17 veces menos votos que en la Región Metropolitana). Pero prevaleció aquello de alejarse todo lo posible del proceso de la Convención, en realidad alejarse de la idea misma de una soberanía popular autodeterminada.

Siguen rondando en los ambientes de la política los aires de la derrota de la propuesta constitucional de la Convención en septiembre pasado. Es de esperar que se vayan disipando conforme pase el tiempo, a lo que ayudaría mucho que el gobierno dinamice su actividad y capacidad de respuesta a los temas sociales y de seguridad del día a día, que es la temporalidad en la que se conforma la opinión pública en las sociedades actuales. En ellas reinan sin contrapeso el tiempo presente y sus emociones contingentes, se quiera o no se quiera, lo que requiere que los gobiernos actúen en consecuencia. Esto implica que las fuerzas de gobierno, si quieren en esta ocasión sacar adelante la tarea de lograr una nueva constitución mejor que la actual, deberán ahora aumentar su capacidad de articulación política, incluyendo emitir mensajes más claros y convocantes y asumiéndose como una coalición gobernante en forma. Sus representantes en el proceso constituyente no deberán pasar de las radicalidades innecesarias a hacer concesiones indebidas a la derecha en materia de principios democráticos y económicos y sociales en la nueva propuesta, siguiendo una lógica de vaivenes circunstanciales -o derechamente de influencia de poderes fácticos- demasiado presente en la política nacional.

Por su parte, el gobierno debiera dejar atrás de una vez sus "divertimentos experimentales" y consolidar su capacidad de acción en materia de orden público -pero sin caer en la tentación de la militarización- así como contribuir a evitar una recesión el año próximo, de modo que no se encuentre de nuevo con un muy mal clima de seguridad y una situación económica con una inflación no compensada en los grupos de menos ingresos, los salarios a la baja y el desempleo al alza a la hora de sufragar, conducente a un nuevo voto de castigo al gobierno por razones que nada tienen que ver con el tema constitucional.

jueves, 22 de diciembre de 2022

Acuerdo sobre biodiversidad y adaptación verde de la economía chilena

 En La Mirada Semanal

Unos 195 países adoptaron el 19 de diciembre en Montreal, en la cumbre de biodiversidad de la ONU, el mejor regalo de pascua para la humanidad: un acuerdo histórico para revertir la prolongada destrucción ambiental que amenaza las especies y los ecosistemas en todas partes del mundo.

En efecto, está en curso un gigantesco proceso de extinción que amenaza a un millón de las alrededor de ocho millones de especies vegetales y animales conocidas del planeta. Cuatro años después del último acuerdo, los miembros del Convenio sobre la Diversidad Biológica, una instancia intergubernamental equivalente a la existente respecto del cambio climático, concordaron un marco de acción propuesto por China, el país que preside la cita de Montreal (la reunión debía realizarse originalmente en Kunming, China, pero no fue posible por la pandemia), con la única oposición de República Democrática del Congo.

El compromiso principal adoptado es que en 2030 el 30% de las “zonas terrestres, aguas continentales y costeras y marinas” se “conserven y gestionen eficazmente mediante sistemas de áreas protegidas” y que “al menos el 30% de las áreas de ecosistemas terrestres, de aguas continentales y costeros y marinos degradados” estén restaurados o en el proceso para estarlo, un objetivo global aclamado como el equivalente a los 1,5 grados del clima. Según la última evaluación de Naciones Unidas, solo alrededor del 17% de la superficie terrestre y el 10% de la marina están bajo protección.

Los objetivos más importantes del acuerdo de Kunming-Montreal para 2030 son:

– Proteger al menos el 30% de las tierras, aguas continentales, zonas costeras y océanos del mundo.

– Restaurar completamente (o estar en proceso de conseguirlo) el 30% de los ecosistemas terrestres, continentales y costeros y marinos degradados del planeta.

– Reducir el desperdicio mundial de alimentos a la mitad y reducir significativamente el consumo excesivo y la generación de residuos.

– Reducir a la mitad tanto el exceso de nutrientes como el riesgo general que representan los pesticidas y los productos químicos altamente peligrosos.

– Eliminar o reformar progresivamente los subsidios que dañan la biodiversidad en al menos 500.000 millones de dólares cada año para 2030.

– Movilizar al menos 200.000 millones de dólares para 2030 al año en financiación nacional e internacional relacionada con la biodiversidad de fuentes públicas y privadas.

– Aumentar los flujos financieros internacionales de los países desarrollados hacia los países en desarrollo hasta por lo menos 20.000 millones de dólares anuales para 2025 y hasta los 30.000 para 2030.

– Prevenir la introducción de especies exóticas invasoras prioritarias y reducir al menos a la mitad la introducción y el establecimiento de nuevas especies exóticas invasoras. Y erradicarlas o controlarlas en las islas y otros sitios prioritarios.

El acuerdo también menciona la necesidad de apoyo a los pueblos indígenas, guardianes del 80 % de la biodiversidad de la Tierra.

En el caso de Chile, será necesario un esfuerzo adicional al ya realizado. Actualmente, el país cuenta con 100 áreas silvestres protegidas, que incluyen 36 Parques Nacionales, 49 Reservas Nacionales y 15 Monumentos Naturales, que cubren una superficie aproximada de 14,5 millones de hectáreas. Esto representa un 20% del territorio nacional, superficie protegida que se concentra en las regiones más australes, recientemente ampliada por el decisivo aporte de las donaciones de Douglas Tompkins y Kristine McDivitt. El sistema a cargo de CONAF es, no obstante, insuficiente para conservar la biodiversidad de las regiones del Chile central, donde la sustitución de bosques nativos por plantaciones forestales ha sido generalizada en las últimas décadas. Deberá, por tanto, aumentarse el esfuerzo de preservación de la biodiversidad ampliando las áreas protegidas terrestres en el territorio que carece de ellas en magnitudes suficientes.

A su vez, en el país existen cuatro tipos de Áreas Marinas Protegidas: los parques y las reservas marinas, esencialmente acuáticas, y los santuarios de la naturaleza y áreas marinas y costeras protegidas de múltiples usos, que pueden incluir zonas terrestres. Estas áreas son declaradas para la conservación y gestión sustentable de la biodiversidad marina. Su superficie cubre cerca de un tercio de la zona económica exclusiva, y por tanto se sitúa en principio por sobre la nueva meta internacional.

Chile cuenta con grandes ventajas para acelerar su transición hacia la sostenibilidad y puede transformarse en una economía con “sello verde” mucho antes que otras. El país debe trabajar por hacer de esta característica no solo un valor en sí mismo, incluyendo la transformación de los hábitos alimentarios, sino también una ventaja competitiva. Es, además, lo que se proyecta en la evolución de los mercados internacionales. La Unión Europea ha alcanzado el 12 de diciembre un acuerdo para imponer una tasa a las importaciones de los productos más intensivos en dióxido de carbono (CO₂) para proteger su industria e impulsar a la vez la lucha contra el cambio climático. Este arancel climático —el primero de este tipo en el mundo— empezará a aplicarse gradualmente desde octubre de 2023 y afectará la importación de productos como el hierro, el acero, el cemento, el aluminio, los fertilizantes y también a la electricidad y el hidrógeno, tema en el que Chile está buscando una presencia futura de amplia envergadura. El plan de lucha contra el cambio climático del presidente de Estados Unidos, Joe Biden, también plantea crear una tasa parecida.

Deberá acelerarse en el horizonte de 2030, en consecuencia, la transición en Chile a la descarbonización energética y acelerar en todos los sectores productivos y de servicios la restricción del uso del diésel, la generalizada electrificación del transporte y la salida de las centrales a carbón del sistema de generación eléctrica. A la vez, deberá hacerse una revisión amplia de los procesos productivos en la agricultura, pesca, minería, industria, construcción y transporte para que cautelen mucho más rigurosamente la resiliencia de los ecosistemas locales en que se desenvuelven, con los debidos apoyos fiscales y crediticios. El mejoramiento de la calidad del aire en las ciudades será, probablemente, el desafío más urgente a abordar, dadas sus amplias consecuencias sobre la salud humana.

jueves, 15 de diciembre de 2022

Perú: destitución, autogolpe y presidencialismo

En La Mirada Semanal

Perú es un país clave en el contexto sudamericano. 33 millones de habitantes y fronteras con cinco países. Es la quinta economía sudamericana medida por el PIB (después de Brasil, Argentina, Colombia y Chile) y tiene un fuerte sector minero y agrícola. Lo que ocurra en Perú, como sucede ahora con su inestabilidad política, será siempre de importancia para Chile.

La constante discordancia entre el signo político del gobierno y el del congreso, la dispersión del sistema de partidos e instituciones con fragilidades diversas en medio de una alta desigualdad social y territorial, constituyen una realidad sociopolítica que ha conducido a una recurrente inestabilidad política en el Perú, aunque el crecimiento económico ha permanecido estable y es mayor al de Chile (4% promedio entre 2010 y 2021, a comparar con 3,3% en nuestro caso, según los datos del FMI).

El presidente del Perú elegido en 2021, Pedro Castillo, enfrentó el 7 de diciembre un tercer intento de destitución desde que inició su gobierno. Los opositores debían sumar más de 2/3 de los votos del congreso unicameral para lograrlo, lo que no era claro que ocurriera. En las dos ocasiones previas habían fracasado en su intento.

El congreso usó una norma constitucional frecuente en los sistemas presidencialistas, incluyendo Estados Unidos y también Chile, concebida en principio para situaciones excepcionales de abuso de poder presidencial o de pérdida de condiciones de ejercicio del cargo, en este caso una “vacancia” por “incapacidad moral“. La diferencia es que en Perú el uso de este mecanismo se ha vuelto un componente usual del conflicto político contingente.

El 7 de diciembre, Pedro Castillo se adelantó unas horas al nuevo intento de “vacancia” y proclamó, violando expresamente la constitución y sin siquiera el apoyo de su gabinete, la disolución del congreso, la intervención de los poderes del Estado y el establecimiento de un gobierno personal por decreto, lo que el partido que lo llevó a la presidencia condenó de inmediato y calificó de golpe de Estado, junto a las demás fuerzas políticas del arco parlamentario. Castillo, en una maniobra que hasta ahora no encuentra una explicación convincente -más allá de conjeturar un diseño previo de espera de un momento de crisis para utilizar la institución presidencial y poner fin a la influencia del congreso- terminó siguiendo un remedo del esquema golpista de Alberto Fujimori en 1992. Este logró en ese momento un respaldo militar y de opinión que en este caso no existió en absoluto.

El congreso respondió al autogolpe presidencial procediendo a la destitución de Castillo, con una mayoría reforzada. Fue reemplazado (y luego detenido por la policía) mediante sucesión por la vicepresidenta, Dina Boluarte, de su mismo signo político. Ésta no cuenta, sin embargo, con el apoyo sólido de ninguna fuerza parlamentaria y su presidencia es de transición por definición, por lo que pareció extemporáneo su anuncio inicial de completar el período de cinco años de Pedro Castillo, hasta 2026. Las manifestaciones callejeras en todo el Perú, reclamando nuevas elecciones presidenciales y parlamentarias, derrumbaron rápidamente esta perspectiva y llevaron al anuncio de elecciones por Boluarte para 2024, lo que podría terminar siendo una fecha demasiado lejana.

Se completó, aunque siguiendo las normas constitucionales, una secuencia que ha llevado al Perú a tener tres destituciones o renuncias presidenciales y seis presidentes desde 2018. El fondo del asunto parece ser un sistema de partidos fragmentado, como en muchas otras partes del continente, pero con la particularidad del rol de un partido caudillista de derecha heredero del ex dictador Alberto Fujimori. Éste se mantuvo en el poder durante una década y fue portador, sin provenir de la oligarquía tradicional (y habiendo derrotado a Mario Vargas Llosa en la segunda vuelta presidencial con el apoyo de la izquierda), de una alternativa de restablecimiento del orden tradicional, acompañado de un esquema de clientelismo populista. Anudó una alianza corrupta con las fuerzas militares y justificó su régimen autoritario por la necesidad de enfrentar a uno de los grupos armados más irracionalmente violentos que haya conocido el continente latinoamericano, Sendero Luminoso.

Este grupo ultradogmático, de curiosa inspiración maoísta, había iniciado una lucha armada sin contemplaciones justo cuando el Perú recuperó la democracia en 1980, y causó miles de muertes. De acuerdo con la Comisión de la Verdad y Reconciliación, de un total de 69 280 víctimas fatales en el proceso de violencia, Sendero Luminoso habría provocado la muerte de más de 30 mil personas hasta que fue desarticulado.

El fujimorismo actual, aunque su fundador esté en prisión desde 2005 y haya sido condenado a 25 años de cárcel como responsable de asesinatos, mantiene una importante fuerza electoral en el mundo popular, liderado por la hija del exdictador. Pero no gana las elecciones presidenciales, si bien estuvo muy cerca de lograrlo en 2011, 2016 y 2021 y obtiene periódicamente una amplia influencia en el Congreso. Este es un factor permanente de condicionamiento y desestabilización frente al hecho que los presidentes no fujimoristas de distinto signo (nacionalista con Humala, de derecha liberal con Kuczynski y ahora de una izquierda ortodoxa con arraigo sindical y campesino), reúnen relativamente pocos votos en la primera vuelta presidencial y luego forman coaliciones heteróclitas para ganar por corta distancia en segunda vuelta, pero sin fuerza gobernante suficiente.

Hechos de corrupción sobrevinientes o previos han dado pábulo a las “vacancias“, con coaliciones destituyentes de 2/3. Esto le ocurrió a Kuczynski en 2018, en base a la acusación de sobornos de una empresa brasileña especializada en corromper gobernantes para obtener obras públicas en casi toda América Latina, lo que ya era el caso del expresidente Alan García, que se suicidó antes de ser detenido, y de Keiko Fujimori, que estuvo en prisión preventiva por recibir fondos ilegales de Odebrecht para su campaña. Luego su vicepresidente y sucesor Martín Vizcarra fue acusado de corrupción en su gestión previa como gobernador regional y destituido. Después de Vizcarra, el Congreso nombró dos presidentes, hasta que se realizaron nuevas elecciones en 2021. En ellas resultó victorioso por estrecho margen Pedro Castillo, un profesor rural y sindicalista que representó a las provincias postergadas en medio de un crecimiento significativo en la última década, pero socialmente polarizado.

Con una orientación popular y campesinista sui generis, culturalmente conservadora, fue objeto de sistemáticos ataques clasistas y racistas, y también de acusaciones de corrupción de miembros de su círculo cercano. Con un soporte parlamentario débil y una inusitada rotación de equipos de gobierno, en ruptura con el partido que lo llevó a la presidencia, finalmente se inclinó por la aventura del autogolpe, la que terminó en su destitución. Logró durar solo un año y medio en el cargo.

El sistema presidencialista, atenuado en este caso con un primer ministro que debe ser ratificado por el Congreso, pero sin mayor poder frente al presidente, debiera ser objeto de un debate. Un parlamento con una mayoría que no es responsable de gobernar tiene, en la particular configuración política del Perú, todos los alicientes para desestabilizar al presidente en ejercicio, y eventualmente destituirlo, reemplazarlo por sucesión vicepresidencial por figuras más débiles y precipitar nuevas elecciones, en un ciclo que ha terminado siendo demasiado frecuente y termina por corroer la legitimidad del sistema democrático.

Tal vez ha llegado el momento de pensar en nuestros países en la eventual pertinencia de un régimen propiamente parlamentario, con un presidente(a) que garantice el funcionamiento de las reglas del juego y vele por el respeto del Estado de derecho, pero donde el gobierno se origine en una mayoría parlamentaria y lo ejerza un primer ministro (o primera ministra) que cuente de manera directa con su confianza, aunque no cuente con la del presidente(a). Si esta confianza parlamentaria se pierde mediante un voto de censura (que debe presentarse con una mayoría alternativa para nombrar a un nuevo jefe(a) de gobierno), en un sistema parlamentario bien concebido, que incluya un porcentaje mínimo de votos para que los partidos estén representados en el parlamento, se produce un reemplazo que no implica una crisis política general y la consiguiente realización de elecciones mucho antes de completarse la legislatura respectiva.

Los regímenes parlamentarios suelen tener mala prensa por su aparente proclividad a las crisis y reemplazos de liderazgo (como acabamos de observar en el Reino Unido, aunque allí el proceso de recambio en el partido conservador fue impecable), pero aseguran una mejor gobernanza y absorción de crisis que en los regímenes presidenciales. Éstos son en América Latina una copia extemporánea del de Estados Unidos, que nació en una configuración sociopolítica muy distinta. Pero calzan demasiado bien con la tradición que pone a caudillos en el centro de la vida pública, propia de la cultura iberoamericana de la que formamos parte, y que nada tiene que ver con alguna idea razonable de modernidad política.

martes, 13 de diciembre de 2022

¿Un nuevo escenario político?

En El Mostrador

Para intentar entender la confusa situación política actual no queda sino remontarse un poco en el tiempo. Partamos por señalar que en el segundo Gobierno de Michelle Bachelet, inaugurado con una expresa voluntad reformadora, se fueron acumulando las tensiones subterráneas en la sociedad chilena, aunque con una aparente estabilidad política. El problema es que esto era un espejismo, pues provenía del sistema de bloqueo de mayorías que resultó de la transición, el que no podía sino estallar en algún momento.

Se avanzó en terminar con el sistema binominal, pero un momento crucial fue la minimización de una reforma tributaria –bloqueada en el Senado desde la derecha pero también desde las filas de la coalición de gobierno– que era indispensable para darles mayor consistencia a las políticas sociales y de innovación productiva. Estas debían necesariamente acompañar la expansión promedio de los ingresos durante más de dos décadas, ampliando el acceso de nuevos sectores sociales a la educación superior, a la atención de salud y pensiones razonables, a la vivienda, transporte público y entornos urbanos seguros, así como reforzar la investigación y desarrollo tecnológico, todo lo cual requiere de muchos recursos (razonablemente un 10% adicional del PIB en régimen, como es el caso de muchos países intermedios de la OCDE). Luego de un salto en crecimiento, acompañado de una altísima concentración económica, era indispensable construir un Estado de bienestar y políticas activas de innovación.

Pero los conservadores de distintas obediencias se negaron con gran ceguera a avanzar en esta dirección. Al hacerlo, boicotearon la posibilidad de crear un ambiente de inclusión y de mayor capacidad de las familias de abordar los riesgos de desempleo, enfermedad y vejez sin ingresos suficientes, junto con ofrecer a las nuevas generaciones una educación que abriera los horizontes de la igualación de oportunidades. En ese proceso, se fue agotando la credibilidad de la narrativa de las reformas que había dado una mayoría prolongada a la coalición de la transición, aunque con un primer traspié después de 20 años en 2010, lo que llevó sin sobresaltos iniciales a ampliarla al Partido Comunista en la elección de 2014. No obstante, esto resultó a la postre frágil, con síntomas de una regresión antiizquierdista en sectores de centro que terminaron por quebrar la nueva alianza.

Junto a un crecimiento económico más lento, que agotó la expansión basada en recursos naturales y con una elite económica que apostó por una absurda ausencia de políticas de diversificación productiva en un mundo en acelerado cambio tecnológico, empezó la descomposición de la llamada centroizquierda y la emergencia de nuevas fuerzas políticas generacionales. Pero sobre todo se produjo una fuerte sustracción de la participación en la esfera pública y el reforzamiento de la anomia, es decir, la pérdida de legitimidad de las normas sociales.

La crisis de la narrativa y de la credibilidad del “crecimiento con equidad” y de la promesa de completar la democratización del país, tuvo como colofón que se diera a conocer una propuesta de nueva Constitución solo una semana antes de que la Nueva Mayoría dejara el Gobierno en 2018. La falta de avances sociales suficientes, la resignación, los boicots internos, la renuncia al cambio (“fumar opio”) y la división, dieron lugar a un nuevo impulso de la derecha, que accedió de nuevo democráticamente al poder.

Si la desconexión con la situación social que se observaba en el Gobierno saliente era manifiesta, la del equipo entrante fue mayúscula: su programa de disminución de impuestos a los más ricos, de desregulación laboral y un evidente desprecio a las personas de la calle por las autoridades, terminaron por producir una rebelión social de proporciones inusitadas en la historia de Chile. Vale la pena citar a Mariam Martínez-Bascuñán, aunque lo suyo esté escrito en otro contexto: “La angustia de los desposeídos no se entiende mirando solo aquello a lo que se oponen, pues… no están ‘en contra de algo’: sencillamente están ‘en otro lugar’… son los desposeídos quienes encarnan la premisa del espejismo democrático arendtiano: una democracia puede funcionar con normas reconocidas solo por una minoría, hasta que deja de funcionar. Porque todos sabemos lo que pasa cuando los indiferentes, los atomizados, los expulsados de todo interés común, abandonan de pronto, con un aullido, su aparente indiferencia”.

El “todo sabemos lo que pasa cuando” es, precisamente, el problema político central en el Chile de hoy: hay quienes se niegan a saber lo que pasa, ensimismados en su condición oligárquica o en la pertenencia cómoda a pequeñas esferas de poder. Todo lo acontecido desde octubre de 2019 es un conjunto de respuestas parciales e incompletas a una “policrisis”, que es social, cultural y también institucional. El fracaso de la propuesta de la Convención, que acumuló gratuitamente oposiciones por doquier sin ninguna consideración por el objetivo central de dotar a Chile de una Constitución que abriera cerrojos –y en la que el quórum de 2/3 concebido para “moderar” terminó por obligar a las fuerzas centrales a aceptar excesos variados para alcanzarlo–, cerró el ciclo del acuerdo del 15 de noviembre de 2019 y de la política de los divertimentos generacionales y de grupos de interés parcial.

El nudo actual es que el nuevo escenario es uno en que la derecha, fortalecida por el plebiscito de 2022, está mostrando signos de querer retroceder a otros tiempos, en un proceso en que vuelve a acariciar la utopía oligárquica de mantener instituciones “atadas y bien atadas” en favor de sus intereses. En efecto, la derecha (y en especial la UDI, que es su expresión más consistente) insinúa a través de algunos de sus voceros que llegó el momento de volver a la Constitución de 1980 sin más.

Olvida este sector del país que el 4 de septiembre se rechazó una propuesta constitucional elaborada por una Convención elegida para el efecto y nada más. No se derogó el resultado del plebiscito de octubre de 2020, que como sabemos estableció de manera perentoria un mandato para una nueva Constitución a ser elaborada y aprobada al margen del Congreso. La derecha insinúa que ese mandato es en origen ilegítimo y que en todo caso habría quedado invalidado, lo que es un punto de vista, no una verdad jurídica. El poder constituyente proviene del pueblo y puede ser objeto de delegación, pero siempre que el pueblo lo apruebe de manera expresa. No hay otra legitimidad democrática que esa. La Constitución del 80 reformada no tiene legitimidad constituyente en origen, y menos después del pronunciamiento popular de octubre de 2020.

Al no haberse previsto de manera expresa, en la reforma constitucional del 24 de diciembre de 2019, la manera en que podría seguir el proceso en caso de derrota de la propuesta de la Convención, este debe ser encaminado mediante una reforma constitucional aprobada por 4/7 del actual Congreso, según la norma vigente desde el 19 de agosto de 2022. Nadie con representación parlamentaria ha puesto en cuestión esta mecánica de toma de decisiones para dar continuidad al proceso constituyente, salvo una ultraderecha que está al acecho para producir algún zarpazo antidemocrático en cuanto pueda.

En las conversaciones sobre un nuevo proceso, la pretensión adicional de volver a un sistema de redacción de normas que incluya a personas designadas junto a representantes elegidos, es una regresión evidente a posturas no democráticas. ¿Qué es un experto? ¿Alguien que sabe más de algo que los demás? ¿En qué grado? ¿Con qué certificación? ¿En qué lugar respetable del mundo existe un sistema de representación semejante? Recordemos que en el Reino Unido, incluso, nadie puede ser ministro si no es primero representante elegido por el pueblo.

Voceros de la UDI se han permitido incluso llegar más lejos y afirmar que no hay que "confundir democracia con electoralismo". Como bien se sabe, es de la esencia de la democracia que las autoridades y los representantes sean elegidos directa y periódicamente por el pueblo, según el principio de mayoría y de respeto de las minorías, a la vez que cualquier ciudadano(a) debe tener derecho a ser elegido(a) en las posiciones públicas de representación. Eso no es electoralismo, es la democracia propiamente tal.

La derecha está jugando con fuego al volver a sus pretensiones de recreación de privilegios institucionales –los económicos no los abandonará nunca, pues son su razón de ser– y poner en cuestión que la única legitimidad posible para un sistema político estable en Chile es la de tipo democrático, es decir, sustentada en la soberanía popular periódicamente expresada, en la separación de poderes y en un régimen de libertades y derechos. En todo caso, el Gobierno deberá impulsar todas las reformas constitucionales parciales por 4/7 que estime necesarias, de persistir la voluntad de bloqueo del proceso constituyente por la derecha. Entretanto, los “acuerdos imperfectos” que son un retroceso respecto a la situación vigente, manifiestamente no tienen sentido.

jueves, 8 de diciembre de 2022

Economía: ¿cae o mejora la actividad?

En La Mirada Semanal

El Índice Mensual de Actividad Económica (Imacec) más reciente (octubre) fue presentado por la prensa como una caída de la economía por segundo mes consecutivo, en este caso de -1,2%, al compararse el dato del mes con el mismo del año anterior. Pero si se considera la comparación del dato corregido de efectos estacionales con el del período inmediatamente anterior, en este caso el mes de septiembre, entonces la economía creció en 0,5%. 

Esta es una muy buena cifra, pero que debe tomarse con cautela, pues se explica casi íntegramente por la fuerte recuperación de la minería en octubre, y en una proporción pequeña por una cierta reactivación del comercio, en medio de caídas de la actividad industrial y de servicios. En una perspectiva más larga, son los servicios los que vienen sosteniendo la actividad, como se observa en el gráfico adjunto.

Se puede constatar la mejoría reciente de la actividad agregada después de los malos datos de abril a julio de 2022. En esos meses se manifestaron con especial fuerza los efectos de las alzas sistemáticas de las tasas de interés de política monetaria del Banco Central (hoy en 11,25%), las caídas de los salarios reales por la inflación importada de combustibles y alimentos y una brutal caída del gasto público de -25% programada por el gobierno saliente.

Es pertinente, además, observar la evolución en períodos trimestrales. En el primer trimestre de este año se registró una caída desestacionalizada respecto al anterior de -0,6%, en el segundo se produjo un leve aumento de 0,1% y en el tercero una nueva caída de -1,2%. El crecimiento promedio del Imacec del trimestre móvil agosto-octubre fue, en cambio, de 0,6%.

Los nuevos datos abonan la interpretación provisoria de una economía chilena que, a pesar del golpe inflacionario externo desde marzo que ha erosionado los salarios reales, y de la política monetaria y fiscal ultra restrictiva, hasta aquí muestra un importante grado de resiliencia. En la jerga macroeconómica, esto se denomina “histéresis” (concepto que viene de la física de los materiales y se empezó a usar en este ámbito por Blanchard y Summers en 1986) pero en este caso de signo inverso: la política macro contractiva afecta a la actividad, pero se prolongan efectos expansivos previos.

Una clave será la evolución futura del empleo. Según la Encuesta del INE para el trimestre móvil terminado en octubre, la tasa de desempleo desestacionalizada viene aumentando desde junio y subió a 8% de la fuerza de trabajo. Hace tres años en la misma época, su nivel fue de 7,2%, mientras se situó en 7,6% entre enero y mayo de este año y había llegado a 7,9% en septiembre.

Con esta evolución se completó un período de 5 meses de deterioros consecutivos, aunque relativamente leves. Por su parte, la tasa de desempleo ampliada calculada por el INE, que incorpora a las personas dispuestas a trabajar pero que no buscan empleo activamente, alcanzó un 15,6% en octubre (hace un año registró un 16,4%), casi el doble de la tasa convencional. Esta es una aproximación más realista a la hora de evaluar la magnitud del desempleo, junto a observar la evolución de la población inactiva.

En el trimestre móvil agosto-octubre, la ocupación total registró un 4,9% de incremento respecto a un año atrás. Pero su ritmo de expansión es menor que el de los trimestres móviles previos, lo que se reflejó en la tasa de desempleo. El gráfico anexado más abajo reseña en línea azul la evolución de la fuerza de trabajo (ocupados más desocupados) y en línea roja la de la ocupación total. Se puede observar que ambos componentes han tenido una evolución similar y no recuperan aún su nivel previo a la crisis de la pandemia en 2020. Esta más lenta recuperación del empleo que la producción la predijimos en el momento de la crisis, pero no por una perspicacia particular sino por una razón simple: la evidencia muestra que es mucho más fácil destruir empleo que volver a crearlo. A la vez, en choques como la pandemia se producen incrementos de productividad en algunos sectores, en los que se empieza a producir más con menos gente.

Por su parte, la población inactiva (línea verde) experimentó un fuerte incremento con la crisis, descendió desde el segundo semestre de 2021 y ahora se encuentra estancada, y muy lejos del nivel previo a la crisis.

Si alguien piensa que el país no enfrenta un problema serio con el empleo, está equivocado a la luz de esta evidencia.

Además, se observa que el empleo asalariado formal (cotizantes dependientes) fue en agosto (últimas cifras disponibles) superior en 353,5 mil al del mismo mes de hace tres años atrás y superior en 272 mil al del nivel inmediatamente previo a la crisis. Por contraste, el que está lejos de recuperarse es el empleo por cuenta propia y el empleo informal. Pero se ha evidenciado una evolución preocupante en el área del empleo formal entre enero y agosto de este año, pues se produjo una pérdida de 104 mil empleos dependientes formales en ese lapso, es decir una caída de -1,8%, como se observa en el segundo gráfico adjunto. Cabe señalar que la caída se concentró en mayo y que desde entonces no hay más pérdidas de empleo asalariado formal, sino incluso un leve aumento.

Como la producción, el empleo se encuentra en una situación expectante y puede evolucionar hacia un deterioro mayor o hacia una recuperación. Dependerá en el futuro próximo de la relajación o no de la política monetaria y fiscal restrictiva actualmente vigente y de la evolución de la demanda interna y del entorno externo.



martes, 6 de diciembre de 2022

Los que no creen en la democracia

 En El Mostrador

La coalición de derecha Chile Vamos, que ahora incluye al partido Amarillos sin más trámite, dio a conocer su "propuesta final" para redactar una nueva Constitución con una instancia de 50 integrantes elegidos y 50 designados. Esto ocurrió el viernes 2 de diciembre, cuando cambió su propuesta formal inicial de una instancia elegida de 50 miembros con la mismas reglas que el Senado. Igualmente rechazó la propuesta que el jefe de la UDI había conversado con el Presidente Boric, según versiones de prensa, que también contemplaba una instancia constituyente con solo miembros elegidos, aunque con participación del Congreso antes de presentar un nuevo proyecto constitucional para una aprobación final mediante plebiscito.

La coalición de partidos de derecha decidió, en definitiva, refrendar que quiere volver a la idea de una democracia interdicta y no representativa, entusiasmada por el resultado del plebiscito de septiembre. Olvidan que este tiene solo un efecto legal y político: se rechazó la propuesta constitucional de la Convención. Nada más.

Cabe constatar que, incluso en la Constitución de 1980, modificada en 1989, la derecha fue más cauta, cuando impuso 9 designados más los ex Presidentes (con la excepción de Patricio Aylwin), de 47 miembros del Senado. Finalmente aceptó eliminarlos en 2005 (ejercieron hasta 2006), porque se iban sumando ex Presidentes no de derecha que rompían el empate del sistema electoral binominal entonces vigente, en el que 2/3 valía lo mismo que 1/3.

La derecha va ahora de mal en peor: no termina de adherir a la democracia como método de gobierno. Mantiene la convicción según la cual sus intereses solo se pueden defender en instancias en que la soberanía popular esté interdicta o severamente limitada. Esa es una convicción a lo Jaime Guzmán de la que no se quiere desprender.

Para el resto de fuerzas políticas, no es tiempo de retroceder en una cuestión de principios medular y ceder ante un chantaje inaceptable. Cabe reafirmar sin ambigüedades que se legisla y se redactan constituciones mediante representantes elegidos. Esos son los únicos expertos habilitados en una democracia. Punto y aparte. No es tiempo de aceptar un nuevo intento de reescribir las reglas elementales de la democracia en modo oligárquico.

La situación institucional vigente es la siguiente: desde el 23 de agosto de 2022, la Constitución se puede reformar por 4/7 de los votos del Parlamento. La derecha aceptó este año rebajar el quórum desde 2/3, lo que entró en vigencia a dos semanas del plebiscito para mejorar las posibilidades de la opción Rechazo. Seguramente ahora está arrepentida y por eso postula la proposición antidemocrática de conformar un órgano constituyente con la mitad de miembros no elegidos sino designados por el Congreso actual, en el que tienen la garantía de que las fuerzas de gobierno no tienen mayoría. De no mediar un cambio en esta posición inaceptable, un nuevo Parlamento y Presidente(a) serán los llamados a habilitar, más adelante, la redacción completa de una nueva Constitución por una instancia democrática elegida para el efecto.

En lo que queda de este gobierno, no quedará sino, al parecer, ir tratando las reformas constitucionales indispensables caso a caso, o por bloque de temas, como el reconocimiento de los pueblos originarios, una mayor descentralización del Estado, más límites sociales y ambientales a la propiedad privada, la modificación de las concesiones mineras, una seguridad social, atención de salud y educación con un rol público preferente, la creación de empresas públicas por ley simple, el apoyo preferente a la economía social, solidaria y del cuidado, entre otros diversos temas. Quedará, así, para iniciativa de la coalición de gobierno que vayan quedando claras las posiciones de los unos y los otros en materias constitucionales en la agenda pública en los próximos años.

jueves, 1 de diciembre de 2022

¿Órganos políticos designados o elegidos?

En La Mirada Semanal

Los que han propuesto que la constitución sea redactada por una comisión de “expertos” designados desde el parlamento, ahora agregan que lo único que importa es un plebiscito final para asegurar el carácter democrático del atribulado proceso constituyente. El tema de quien redacta una constitución, y de si los encargados de hacerlo tienen o no restricciones indebidas en el proceso de elaboración, no es secundario. Es primordial.

Los “expertos constitucionales” en un orden democrático son los elegidos por el pueblo para ese fin. Punto y aparte. Es el mismo principio que lleva a que en las diversas democracias las leyes las redactan y aprueban personas elegidas, y no personas con tal o cual conocimiento experto.

Recordemos que los griegos antiguos (en el siglo IV antes de nuestra era) fueron los que inventaron las elecciones, aunque prefirieron que el grueso de los cargos públicos se resolvieran por sorteo entre los ciudadanos (ni mujeres ni esclavos tenían derecho a participar) para evitar la influencia de las familias y clanes más poderosos. De los griegos viene, entonces, el espíritu democrático originario, que se traspasó en parte a Roma , se mantuvo en algunos monasterios y ciudades en la Edad Media y luego se trasladó a las constituciones norteamericana y francesa emanadas de sendas revoluciones a fines del siglo XVIII. Este espíritu se extendió poco a poco al continente latinoamericano y a otras latitudes, haciendo retroceder los diversos despotismos, muchos de los cuáles aún permanecen o pujan por volver por sus fueros.

El plebiscito ratificatorio lo usó primero Napoléon Bonaparte para ser nombrado “cónsul de por vida”, antes de autocoronarse emperador. Y luego su sobrino Napoléon III, en cinco ocasiones, para legitimar normas que le aseguraran su permanencia en el poder. Ni la constitución norteamericana ni la declaración de derechos francesa necesitaron de plebiscitos ratificatorios, pues sus redactores fueron considerados representantes legítimos del pueblo, suficientemente habilitados para tomar decisiones. La idea de plebiscito fue teorizada luego por Carl Schmitt, el filósofo político de simpatías nazis, y el mecanismo fue utilizado tanto por Hitler como por Mussolini.

Los plebiscitos de Pinochet en Chile tienen ese mismo origen despótico. En parte también lo tiene el de 1925, una vez que Arturo Alessandri terminó nombrando una comisión restringida para redactar una nueva constitución cuando entró en crisis el antiguo orden. El plebiscito ratificatorio alessandrista, precisamente por la falta de legitimidad del proceso previo, contó con una mínima participación y fragilizó a la postre la continuidad de la constitución de 1925, que hoy casi nadie reivindica.

Una cosa distinta son los referéndum, como los que autoriza la legislación vigente para temas municipales, para dirimir opciones por la vía del pronunciamiento directo de los ciudadanos. Su modelo es el de Suiza, con la respectiva iniciativa popular de ley, en este caso  habilitada por la firma de al menos 50 mil electores.

Dicho lo anterior, es la soberanía popular la que aprobó por 78% en 2020 elegir una Convención diversa para redactar una nueva constitución, con la expectativa de que sus aspiraciones se vieran reflejadas en ella. Y la que dos años después, a razón de 63%, rechazó la propuesta de la Convención, en la que encontró una variedad de temas objetables, o creyó que estaban incluidos en ella (como que le iban a quitar la casa a las personas, por ejemplo). O que quiso expresar un voto de castigo a los miembros de la Convención por sus estridencias poco responsables y/o al nuevo gobierno por sus improvisaciones y falta de medidas sociales suficientes. Vox populi, vox dei. Pero eso no quiere decir que se aprobó mantener eternamente la constitución de 1980, sino solo hasta que una nueva instancia redacte una nueva propuesta que logre una aprobación final.

El hecho es que desde septiembre reina la confusión. Si se entiende que no hay definiciones claras sobre el camino a seguir en materia constitucional, lo que tal vez democráticamente se deba hacer es que se vuelva a preguntar al pueblo, como en octubre de 2020, si quiere una nueva constitución. Y, si es el caso, que lo redacte un órgano especialmente elegido al efecto o el parlamento en funciones. Se debiera, además, preguntar al soberano si prefiere delegar en sus representantes la aprobación final o que el resultado sea otra vez sometido al pronunciamiento popular. En este último caso, se debiera también preguntar si se debe o no someter las normas que no obtuviesen un cierto quórum, con las alternativas del caso, a la decisión popular. Todo esto debiera permitir que a más tardar en 2024 tengamos una nueva constitución legítima, que haya terminado de encauzar mediante la combinación de la democracia directa y la representación ciudadana plural la profunda crisis abierta a fines de 2019. Todavía el país está a tiempo de demostrar que puede ser un ejemplo de capacidad democrática para superar una crisis nacional, lo que no logró hace 50 años con las dramáticas consecuencias que conocemos.

Lo que no debe aceptarse es que supuestos salvadores de la patria no elegidos, por ilustres que se consideren a sí mismos, sean los encargados de redactar unas normas que después sean puestas en situación de “lo toma o lo deja” ante la ciudadanía. Esto rompe con los principios democráticos elementales y los reemplaza por el más caracterizado elitismo.

Si el actual parlamento no da lugar por 4/7 a un órgano representativo íntegramente elegido para redactar una nueva constitución, tendrá sentido esperar a que un próximo parlamento lo haga, en vez de aprobar fórmulas inaceptables. Retroceder a la lógica de los designados sería una irresponsabilidad con la historia, sobre todo si está motivada por la tradicional exclusión oligárquica de la soberanía popular o por egos redentores de demasiado respetable dimensión. A estas alturas, simplemente no deben tolerarse, pues nada debe reemplazar la voz del pueblo, si bien no siempre pueda resultarnos grata, y el respeto al principio de elección de los gobernantes y de los legisladores y su renovación periódica por la ciudadanía.


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