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¿Y ahora qué hacemos?


La resolución del Frente Amplio expresa una indefinición, una falta de acuerdo, lo que nunca es bueno en política. Pero no debe entenderse como dramático ni desanimar el camino final de la agrupación de fuerzas detrás de Guillier para derrotar el retorno de la derecha. Por un lado, han estado los que querían llamar a votar por Alejandro Guillier (eventualmente con ciertas condiciones programáticas) porque, aunque desconfían de él y de las fuerzas que lo apoyaron en primera vuelta, consideran que hacerlo es la única manera de evitar que Piñera sea el próximo presidente y que ese es un valor en sí mismo para evitar regresiones sociales y mayores conductas autoritarias del Estado. Y eventualmente que un acuerdo con Guillier, que es un independiente que no viene del corazón de la Nueva Mayoría, pudiera dar lugar a una agenda legislativa que viabilice cambios progresistas que el actual gobierno no estuvo dispuesto o no pudo llevar a cabo. Por otro lado, se situaron los que consideraron que ambos candidatos de segunda vuelta expresan a los poderes existentes y que deben ser rechazados por igual, por lo que la conducta a adoptar es la abstención y concentrarse en proyectar una futura mayoría autónoma del Frente Amplio sin alianzas, en una estrategia de camino propio. Las explicaciones que resultan de esta indefinición no son fáciles de entregar a la opinión pública, según se ha visto en estas horas. Los electores, incluyendo los numerosos votantes del Frente Amplio, de todas maneras van a determinar su conducta según su propio discernimiento, pues es efectivo que en democracia nadie es dueño de los votos de nadie. Pero las fuerzas políticas por definición buscan convocar a algo y a definirse frente a los hechos de la esfera pública orientando a sus adherentes y procurando ampliar su número. En este sentido esta es una ocasión perdida para el Frente Amplio.

Pero hay que considerar y comprender que su rápido recorrido desde que se constituyó hace un año sobre una base generacional y federativa, ha estado centrado en ser oposición al centro y a la izquierda tradicionales, con bastante razón pues estas fuerzas políticas han devenido desde hace ya bastante tiempo en una plataforma de poder burocrático llamada "centroizquierda" con cada vez menos credibilidad y eficacia. Su tema no ha sido hasta ahora constituirse en una opción efectiva de manejo de los asuntos de la sociedad. No se conciben como tal, sino como oposición a lo existente. La paradoja es que una parte sustancial del país está disponible para una nueva alternativa de izquierda y progresista dirigida por jóvenes, pero que esos jóvenes, entre otras cosas por serlo, no han hecho aún el natural recorrido, que no puede forzarse, de constituirse en alternativa de gobierno capaz de convocar a distintas generaciones, valorar la historia y las diversidades sociales y territoriales, en un nuevo bloque histórico para cambiar una sociedad aun económicamente extremadamente desigual, socialmente excluyente y depredadora del medio ambiente.

Constituir un nuevo bloque histórico por los cambios sigue siendo el desafío. El desafío de la consolidación democrática, aunque nunca puede descuidarse, ya deja de estar en el centro de la escena política. Para ese desafío se constituyó la Concertación, la que incluyó a los que tenía que incluir. Para disminuir las desigualdades, pasar del Estado subsidiario a un Estado de bienestar moderno y dar un giro ambiental y descentralizador a la economía, es bastante evidente, al menos para quien escribe estas líneas y sin ánimo de descalificar a personas sino que de describir tendencias, que figuras que se identificaron con el progresismo como Correa, Tironi, Schaulsohn, Brunner, Marfán, Valdés, Velasco, Guilisasti y otros, o bien que se identificaron con el socialcristianismo, como Aninat, Santa Cruz, Walker, Perez Yoma, y demases, están hoy día más cerca del neoliberalismo y la sociedad de mercado que de su transformación progresista. Están en su derecho, y este no es un tema de personas sino que de opciones políticas, que es útil se clarifiquen para no producir gobiernos incoherentes, como desgraciadamente fue en buena medida el que termina, con adversarios de su programa manejando los órganos clave del gobierno.

Hoy existe una nueva situación político-partidaria. La Fuerza de Mayoría (PS, PPD, PC, PR) obtuvo, en la elección de diputados, un 24% de los votos. El Frente Amplio, un 16,5%. Los partidos Progresista y País, un 3,9%. El MAS e Izquierda Ciudadana un 0,4%. Estas expresiones políticas de izquierda representan el 45% del electorado. Cabe considerar, además, a la emergente Federación Regionalista Verde, con un 1,9%. La Democracia Cristiana, por su parte, reunió el 10,3% de los votos. La derecha tradicional (Chile Vamos) obtuvo el 38,7% y la neoderecha (Amplitud y Ciudadanos) el 1,6%, sumando un poco más del 40%. En resumen, entre los que participan en las elecciones parlamentarias, la izquierda es más que la derecha y bordea la mayoría absoluta y el centro es muy minoritario.

Esta nueva situación, en la que la izquierda tiene que meditar sobre su identidad y sobre su futuro, el Frente Amplio no la valoró lo suficiente. Como no valoró al constituirse en 2016 la incorporación de personas de otras generaciones provenientes de la izquierda tradicional que podrían haber ayudado a que, con una configuración más amplia y de mayor credibilidad gubernamental, hubiera llegado incluso a disputar la segunda vuelta de diciembre de 2017.

El hecho es que la candidatura de Guillier no se parece mucho a las de la Concertación y la Nueva Mayoría. Su programa es claramente progresista -convención constituyente, fin al monopolio de las AFP, 70% de gratuidad, condonación de CAE para 40%, fondo universal para salud primaria, etc.- pero además ya no estarán en el parlamento figuras insignes de la lógica conservadora y acomodaticia con los poderes fácticos como Walker, Zaldívar, Escalona, Andrade que contribuyeron a desdibujar el programa de Bachelet y a desprestigiar su gobierno. Las figuras conservadoras de la DC y la tecnocracia neoliberal DC y PPD se han negado a apoyar a Guillier, que tampoco le reconoce a esos sectores el poder de veto que han ostentado en las etapas políticas previas. En el PDC, el peso parlamentario de sus sectores progresistas es hoy determinante, en un contexto en que, en una decisión que honra a ese partido, decidió de inmediato apoyar a Guillier sin condiciones, confiando, como seguramente hará, en que incorporará sus temas programáticos en una convergencia no forzada, pues el PDC sigue siendo básicamente una fuerza de cambio.

Como nunca están dadas las condiciones para avanzar a una nueva constitución democrática que reconcilie a los chilenos con sus instituciones y para terminar de reconstruir la protección social al margen del mercado en Chile. No es poca cosa. Por eso hay que saludar el llamado del Frente Amplio a votar el 17 de diciembre y a impedir que Piñera gobierne, aunque faltó agregar que eso solo se logrará votando por Guillier. La victoria de Guillier, que ya parece ir configurándose en el ánimo colectivo, seguramente será seguida de la conformación de un gobierno coherente con la realización del programa comprometido. Este gobierno deberá incluir a sus fuerzas políticas de apoyo y probablemente también a independientes y a figuras jóvenes, ojalá al margen de cuotas pero seguramente con un sentido del equilibrio y al mismo tiempo de la eficiencia. Se abocará, por la fuerza de las cosas, a buscar acuerdos en el parlamento a partir de la Fuerza de Mayoría y de la DC y necesariamente con el Frente Amplio. Las legislaciones tributarias, laborales, presupuestarias, tendrán mayoría para aprobarse si se llega a esos acuerdos en beneficio de la mayoría social. La cuestión constitucional, en cambio, requerirá de un acuerdo con una parte de la derecha, la que tendrá que abocarse a un giro democrático si quiere volver a ser alternativa.

En suma, la regresión derechista es ciertamente negativa en sí, pero además una victoria de Piñera impediría producir los grandes avances que son posibles de concretar en los próximos cuatro años. Comprometerse a votar por Guillier o abstenerse es una gran responsabilidad, pues hacer lo uno o lo otro hará una gran diferencia para el futuro del país. Y del Frente Amplio.

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