domingo, 24 de noviembre de 2024

La segunda vuelta en gobernaciones: un balón de oxígeno para las fuerzas de gobierno

La política de la confrontación aguda practicada por la derecha opositora salió derrotada en la segunda vuelta de la elección de gobernadores. 

En la primera vuelta se había cerrado la elección (lo que ocurre cuando un candidato obtiene más de 40% de los votos válidos) en 5 regiones. Los candidatos de las fuerzas de gobierno habían ganado con al menos ese porcentaje en Tarapacá, Ñuble, Los Ríos y Magallanes, mientras la oposición lo había hecho en Aysén. 

En la segunda vuelta del 24 de noviembre, realizada en 11 regiones entre las dos primeras mayorías, las fuerzas de gobierno sumaron otras 4 victorias (Antofagasta, donde no pasó a segunda vuelta ninguna candidatura de oposición, además de Atacama, Valparaíso y O'higgins), mientras vencieron en otras 2 regiones fuerzas de centro independiente apoyadas por el oficialismo (Región Metropolitana y Araucanía, la única ganada por la derecha en 2021), totalizando 10 de las 16 regiones. Las fuerzas de la oposición de derecha ganaron otras 5 gobernaciones (Arica, Coquimbo, Maule, Bío-Bío y Los Lagos, donde no había contendor oficialista en la segunda vuelta), sumando 6 regiones con Aysén. Pero la derecha no logró ganar donde podría haberlo hecho en el papel, si sumaba todos los votos expresados de su sector detrás de quien pasó a la segunda vuelta, especialmente en Santiago. 

Hubo una participación de un 83% de los habilitados para votar, solo un 2% menor que la de hace un mes. Los votos nulos y blancos sumaron un 11%, a comparar con el 18% en las elecciones de gobernadores en la primera vuelta. Sigue siendo una cifra especialmente alta. Los votos nulos y blancos habían sumado también un 11% en la elección de alcaldes, por lo que ese porcentaje parece ser el de una posición de rechazo anti-sistémico de variadas inspiraciones. La cifra había sido de 20% en concejales y 25% en  consejeros regionales en octubre, pero en esa ocasión parece haber influido que pocas personas conocían a los candidatos. Los que marcaron una preferencia lo hicieron probablemente por identificación con algún partido o bloque político.

¿Qué se puede conjeturar para 2025? El antecedente es que la derecha y la ultraderecha habían obtenido solo el 31% del voto en la elección de concejales de 2021, lo que auguró su derrota en la elección presidencial de ese año, que ganó Gabriel Boric con un 56% de los votos. En cambio, estas fuerzas reunieron el 62% de los votos válidos en la elección de consejeros constitucionales de mayo de 2023, después del rechazo por 62% de la propuesta de la Convención Constitucional en septiembre de 2022, en un cambio radical del electorado en medio de una baja popularidad del gobierno y de la introducción del voto obligatorio. Adquirió entonces relevancia la hipótesis según la cual estos resultados expresaban un retroceso de más largo plazo de las fuerzas progresistas en Chile en el nuevo escenario del cuerpo electoral, lo que auguraría una alternancia en favor de la derecha en la elección presidencial de 2025

No obstante, en la elección, siempre con voto obligatorio, de concejales y consejeros de octubre de 2024, la derecha agregada ya sumó menos que el año anterior, con el 53% de las preferencias, lo que todavía constituyó una clara mayoría absoluta. Pero se constató un desgaste de casi 10 puntos porcentuales de los conservadores respecto a la elección del fallido Consejo Constitucional, aunque las fuerzas de gobierno reunieron solo un 34% de las preferencias en la elección de consejeros regionales y un 36% en la de concejales. Si a este poco más de un tercio se le agrega el 5% de la izquierda radical y de las fuerzas ecologistas, se llega a un 42% en el voto de consejeros regionales. Con la DC, el "total progresista" subió a un 46%, todavía lejos de la mayoría absoluta, pero en medio de un 25% de votos nulos y blancos que expresa un voto de rechazo que no se canaliza hacia la derecha. 

El resultado de la segunda vuelta de gobernadores de noviembre de 2024 resultó ser más positivo para las fuerzas de gobierno y de centro, en especial si se toma en cuenta las expectativas previas en medio del caso Monsalve. A pesar que el candidato comunista en Coquimbo y el de izquierda cercano a Maduro en Biobío tuvieron un desempeño que estuvo lejos de reunir el electorado de centro e izquierda, se constató globalmente que bajaron los votos nulos y blancos y que la declinación de la derecha se acentuó cuando existió  un formato de opciones políticamente binarias. Este fue el caso en 9 de las 11 regiones en que hubo segunda vuelta (se excluye Antofagasta, donde no pasó nadie de derecha a segunda vuelta, y Los Lagos, donde no lo hizo nadie de izquierda o de centro). Las candidaturas conservadoras agregadas reunieron solo un 48,8% del voto válido, mientras se manifestó un apoyo de 51,2% del voto para las diversas candidaturas de centro y de izquierda

Aunque puede parecer una conjetura aventurada, tiene sentido preguntarse si el resultado en estas regiones, que incluyen las tres principales del país, augura un eventual desenlace negativo para la derecha en la segunda vuelta presidencial de 2025.  Tendría que pasar bastante agua bajo los puentes y producirse muchas articulaciones políticas y bastantes mejorías en la gestión de gobierno y en los mensajes hacia el voto nulo y blanco, pero ese escenario no parece ser completamente irrealista.








sábado, 23 de noviembre de 2024

Actualizando el análisis sobre la victoria de Trump


Interpretar las causas de la popularidad persistente de un personaje como Donald Trump en el electorado de Estados Unidos, así como la caída de la votación demócrata en un contexto de dificultad universal de los gobiernos desde la pandemia de Covid 19 para reelegirse (con las notorias excepciones de Suiza, España y México) y de debilitamiento de las democracias, será materia de estudios y controversias por bastante tiempo.


La caída de los demócratas
La victoria de Donald Trump en el colegio electoral y en el voto popular, en este caso por un 49,85% contra 48,25% de Kamala Harris, se explica en primera instancia por el hecho que más de un 70% de la población de Estados Unidos se declaró insatisfecha o muy insatisfecha en el momento de votar. Nunca en la historia de Estados Unidos un partido ha ganado la reelección cuando la aprobación del presidente de sus filas es baja (40%) y cuando tantas personas consideran que el país va en la dirección equivocada bajo su liderazgo. El 5 de noviembre de 2024 no fue la excepción.

Trump obtuvo 76,9 millones de votos, menos que los 81,3 millones obtenidos por Joseph Biden en 2020, mientras Harris sumó solo 74,5 millones, con 4 millones de votantes habilitados adicionales. Trump aumentó en 2,8 millones sus 74,2 millones de votos de 2020, mientras Harris sufrió una caída de unos 6,8 millones de votos en comparación a Biden cuatro años antes. Harris superó por 8 millones los 65,8 millones de sufragios obtenidos por Hillary Clinton en 2016, año en el que Trump obtuvo solo 63,0 millones de votos, aunque ganó el colegio electoral. Solo dos presidentes ganaron el colegio electoral mientras perdían el voto popular: el segundo presidente Bush en 2000 y Trump en 2016.

La doble victoria en el voto popular y en el colegio electoral consagraron la legitimidad de la segunda elección de Trump, junto a la conquista por los republicanos de la mayoría del Senado y la retención de la Cámara de Representantes. Pero la diferencia de 1,6% del voto popular a favor de Trump no es una marea: Lyndon Johnson obtuvo en 1964 una ventaja de 22,6%, Richard Nixon en 1972 una de 23,2% y Ronald Reagan en 1984 una de 18,2%. Aunque es la primera vez en 20 años que un republicano gana el voto popular, la victoria de Trump es menor que la de todos los presidentes ganadores desde 1888, excepto la de John Kennedy en 1960 y la de Richard Nixon en 1968. Por otro lado, el margen de Trump en los tres estados clave de Michigan, Wisconsin y Pennsylvania fue mayor que el que logró en 2016, pero ligeramente menor que el que Joe Biden logró en su estrecha victoria de 2020 en esos estados.

Las encuestas a pie de urna mostraron una persistencia de la polarización del voto por segmentos del electorado. La de NBC indicó que Harris obtuvo un apoyo de 60% en las áreas urbanas (el 29% del voto), 47% en las suburbanas (52%) y 34% en las rurales (19%). La de CNN mostró que un 56% de los votantes sin estudios superiores (el 57% del voto) lo hizo por Trump, aunque entre los no blancos y no graduados (un 18%) Harris se impuso por un 64%, mientras un 55% de los votantes con estudios universitarios (43% del total) se inclinó por Harris. Los votantes que declararon ganar menos de 30 mil dólares anuales (el 12% del total) se inclinaron en un 50% por Harris y en un 46% por Trump. Los que declararon ganar entre 30 y 100 mil dólares anuales (el 48% del total) votaron a razón de 52% por Trump y de 46% por Harris, mientras los votantes con ingresos mayores a 100 mil dólares anuales (el 40% del total) se inclinaron en un 51% por Harris y en un 46% por Trump.

Entre las mujeres (53% del voto), Harris obtuvo un 53% de las preferencias y Trump solo un 45%. Entre los hombres (47% del voto), las cifras fueron de 55% para Trump y 42% para Harris. Entre los votantes blancos, el electorado más numeroso (71% del total), Trump obtuvo un 57% de apoyo (un 60% en los hombres y un 53% en las mujeres). En cambio, el voto a Harris se impuso con el 85% entre los votantes negros (11% del total) y obtuvo un respaldo del 52% de los votantes latinos (12% del total) y del 54% de los votantes asiáticos (3% del total). Entre los votantes de 18 a 29 años (14% del total), el apoyo a Harris fue de 54% (un 49% del voto entre los jóvenes blancos, un 83% entre los jóvenes negros y un 51% entre los jóvenes latinos según NBC) y de un 51% entre los de 30 a 44 años (23% del total). Trump, en cambio, obtuvo un apoyo de 54% de los votantes de 45 a 64 años (35% del total) y un 50% de los de más de 65 años (28% del total).

Los demócratas deben evaluar por qué en 2020 Biden perdió por 4 puntos porcentuales entre los votantes sin título universitario, mientras Harris lo hizo en 2024 por 14 puntos. Y por qué Harris disminuyó respecto a Biden en unos 4 puntos entre las mujeres, 13 entre los votantes latinos, 2 entre los votantes afroamericanos y 6 entre los menores de 30 años. En las últimas seis elecciones presidenciales, los demócratas ganaron cuando capturaron el 60% del voto juvenil con Barack Obama en 2008 y 2012 y con Biden en 2020. Entre los jóvenes jugó un rol la falta de intervención del gobierno de Biden para impedir las masacres de civiles palestinos y libaneses por el gobierno de Israel.

Según estimaciones de The New York Times, Trump logró desde 2016 mayores avances entre los votantes negros, hispanos, asiáticos y jóvenes que entre los votantes blancos sin título universitario. Su avance se produjo primero en la clase trabajadora blanca del norte, luego en 2020 entre los votantes hispanos y asiáticos, mientras en 2024 entre los votantes jóvenes y, en menor medida, los votantes negros.

Harris fue afectada, en la contingencia, por su falta de distancia con la impopular presidencia de Biden, ya con una edad avanzada, y de explicación sobre cómo su administración sería diferente, detallando pocas propuestas y centrando su discurso en los derechos de la mujer, la personalidad de Trump y sus amenazas a la democracia, lo que hizo sentido a una parte importante del electorado, pero no a la mayoría. El rechazo a Biden terminó extendiéndose a una persona que, como Kamala Harris, encarnaba el "sueño americano" por su origen de clase media y raíces afro-asiáticas. Pero se trataba de la vicepresidenta, por lo que recayó inevitablemente sobre ella la impopularidad del gobierno.

Esto facilitó la elección por segunda vez de un personaje cuya agresividad fue vista por la mayoría de los votantes como una virtud para "mejorar la economía" y "poner orden" en lo interno y externo. Trump ha terminado por superar ante el electorado la desventaja de una vida marcada por escándalos, dos juicios políticos, cuatro imputaciones penales, múltiples sentencias civiles y una condena por 34 cargos por delitos de falsificación. Intentó, además, subvertir mediante la violencia el resultado de la elección de 2020 y no fue apoyado, por considerarlo un peligro, por la mitad de quienes fueron parte de su gabinete cuando fue presidente entre 2016 y 2020. Como señala The New York Times, Trump "demostró que más estadounidenses estaban de acuerdo con su visión de una nación distópica en crisis y estaban dispuestos a aceptar a un delincuente condenado como su líder, en lugar de considerarlo la amenaza fascista e inclinada al autoritarismo que sus oponentes describían".

En la mirada más larga, Nate Cohn subraya que "durante un siglo, los demócratas fueron considerados el "partido del pueblo", el partido opuesto a los intereses poderosos y a favor del cambio. Estas ideas atrajeron a millones de votantes de clase trabajadora hacia los demócratas. Donald Trump dio la vuelta a todo esto. Su discurso populista privó a los demócratas de su papel tradicional en la política estadounidense, debilitando gradualmente sus vínculos con los votantes de clase trabajadora, así como con los no blancos y los jóvenes. Trump se postuló contra el “establishment” y prometió “drenar el pantano”. Criticó un sistema “amañado” y afirmó que una élite global privilegiaba sus valores e intereses por encima de los estadounidenses comunes. Se comprometió a poner a “America First” y proteger los empleos estadounidenses". Entre tanto, "durante las dos décadas previas, los demócratas adoptaron posiciones centristas y favorables a las empresas en temas clave. Hillary Clinton apoyó el tratado NAFTA (promovido por su esposo) y el acuerdo de Asociación Transpacífico, además de haber respaldado inicialmente la invasión de Irak en 2003. Estas posturas dividieron al Partido Demócrata durante las primarias de 2016 y facilitaron que Trump los retratara como el partido de las élites y el sistema amañado”. Concluye Cohn: "los demócratas se convirtieron en el partido de las instituciones, del aparato de seguridad nacional, de las normas y, en última instancia, del statu quo, no del cambio".


La reacción masculinista y contra los inmigrantes

En palabras de Patrick Sabatier, Trump logró interpretar el temor de los que "no conciben otra 'lucha de clases' que la que pueda preservar, o aumentar, el 'poder adquisitivo' que es su carta de presentación a la 'sociedad de consumo' del país más rico que la humanidad haya conocido. No los motivan tanto los fines de mes, aunque sean más difíciles, ni las desigualdades, sino el gran temor del fin del mundo, su mundo. Aunque estén frustrados porque el sueño americano no tenga, para la mayoría de ellos, nada en común con su realidad cotidiana, y que sospechen que es una gran ilusión, aún desean creer en él. Para ellos es una cuestión de identidad (ciudadanos del imperio más poderoso de la historia), de economía (accionistas de una sociedad de consumo que gran parte de la humanidad solo puede soñar), y de cultura (miembros de una tribu que tiene a "Dios a su lado" mientras obedezca a los valores de la religión cristiana). Aterrados por el posible colapso de este mundo, han apoyado a quien les promete preservarlo tras los muros que les protegerán de las amenazas que hacen pesar las mutaciones del planeta: el cambio climático, la evolución demográfica, los desplazamientos de población, el agotamiento de los recursos, las reivindicaciones de igualdad de las minorías, sin hablar de las de las mujeres".

Influyó en la consolidación de un clima social y cultural a favor de Trump la orquestación por la ultraderecha de una "masculinidad hegemónica", que reivindicó contra viento y marea el modelo del hombre fuerte en las jerarquías de poder y estatus y cuya dominación se entiende como el orden natural y lo mejor para todos. Esta voluntad de dominación no solo se expresa respecto a las mujeres sino que se extiende a todos los grupos con menos poder y hacia la hostilidad con las minorías étnicas y la diversidad sexual. En palabras de Elizabeth Spiers, Trump "ofreció una visión regresiva de la masculinidad, en la que el poder sobre las mujeres se considera un derecho de nacimiento. Que esto atrajera especialmente a los hombres blancos no es una coincidencia, ya que se entrelaza con otros tipos de privilegio, incluyendo la idea de que los blancos son superiores a otras razas y más calificados para ocupar cargos de poder, y que los logros de mujeres y minorías se deben injustamente a programas de diversidad, acción afirmativa y ayudas gubernamentales. Para hombres insatisfechos con su estatus, esta perspectiva ofrece un grupo al cual culpar, algo que parece más tangible que responsabilizar problemas sistémicos como la creciente desigualdad económica y los desafíos de adaptarse a los cambios tecnológicos y culturales". La mayor incidencia de este conservadurismo cultural se produjo entre el grupo más afectado por la globalización desigual del último medio siglo, aquel de los hombres blancos sin educación superior (su voto por Trump fue de 66%), que resiente una pérdida progresiva de su rol tradicional, lo que se extendió a los hombres latinos (su voto por Trump fue de 55%) e incluso a una parte de los afroamericanos (un 21% votó por el republicano).

En esta elección, se dio rienda suelta, además, al racismo y la xenofobia. Trump y su desparpajo tuvieron éxito en trasladar una supuesta responsabilidad de los demócratas en haber "permitido la invasión" de Estados Unidos por delincuentes asimilados a la inmigración. El 40% de los votantes es partidario de la expulsión de los inmigrantes indocumentados, que son ahora amenazados por deportaciones masivas, en circunstancias que no solo no dañaron la economía ni se comieron perros y gatos, sino que han sido un factor importante de su desempeño a lo largo de la historia norteamericana, incluyendo la etapa más reciente.

La importancia de la economía

En la pérdida de voto demócrata hay aspectos, más allá de los socio-culturales, que tienen que ver específicamente con los conflictos de interés en la economía. Debido a las decisiones del Congreso, algunos beneficios que redujeron la desigualdad bajo Trump desaparecieron en la administración Biden. Las ambiciones de la campaña de Biden de expandir históricamente la red de seguridad social nunca se concretaron por falta de mayoría en el Congreso y quedaron relegadas en la campaña de Harris, en la que solo sobrevivieron el crédito fiscal por hijos y una modesta expansión de los beneficios de Medicare, el seguro gratuito para las personas de más edad, y medidas para facilitar el acceso a la vivienda y vigilar aumentos de precios. En palabras de John Della Volpe, de la Universidad de Harvard, "la ansiedad económica nunca desapareció: la era de Trump se percibía como más segura financieramente, mientras que un futuro con Harris parecía incierto. Cuando las mujeres jóvenes tomaron finalmente su decisión en las últimas semanas de la campaña, muchas eligieron a regañadientes su estabilidad económica por encima de los derechos reproductivos".

David Wallace-Wells señala que "Harris propuso un plan nacional de cuidado para personas mayores sorprendentemente ambicioso, pero no pareció tener un efecto significativo en la contienda. Presentó créditos fiscales para compradores de vivienda por primera vez y destacó la necesidad de construir más viviendas. También sugirió controles de precios para limitar la inflación, aunque luego retiró la propuesta. En un momento de descontento vago pero generalizado, es difícil ganar cuando uno se parece al símbolo del sistema y se presenta como su defensor". La incógnita es si el resultado hubiera sido diferente con un programa demócrata que comprometiera, como señala Naomi Klein, "un sistema de salud pública similar al que existe en la mayoría de los países industrializados, eliminar las deudas estudiantiles, que han alcanzado un nivel astronómico en Estados Unidos, y hacer de la vivienda un derecho fundamental. La campaña de Kamala Harris fue financiada por algunos de los individuos más ricos del planeta, quienes no quieren otorgar un salario decente a todos sus empleados ni pagar más impuestos para financiar un sistema de salud pública".

El avance del trumpismo en el mundo del trabajo y su consolidación en los espacios rurales se vio favorecido por el hecho que una parte de la elite demócrata mantiene un vínculo estrecho con el mundo financiero y tecnológico rentista, que la aleja de toda plataforma política que recoja con consistencia y continuidad las aspiraciones de los trabajadores no calificados y precarios, que han terminado por encontrar refugio en la demagogia anti-elite de la extrema derecha.

Aunque el presidente Biden había conducido con bastante éxito la recuperación de la pandemia de Covid-19, se vio confrontado a una inflación por las interrupciones en las cadenas de suministro, agravada por un aumento de la demanda de bienes sujetos a comercio internacional y por la guerra de Ucrania. Se produjo una percepción de pérdida de ingresos respecto a la era Trump que golpeó a los hogares y volvió impopular al presidente, lo que precipitó su retiro tardío de la carrera presidencial. No fueron suficientes la creación de 16 millones de empleos, el control progresivo de la inflación y la expansión de la inversión en infraestructuras y tecnología verde, además de la defensa de los derechos de la mujer. El brote de inflación dejó los precios en un umbral más alto y alimentó el descontento y la percepción de pérdida de ingresos, a pesar de la recuperación y aumento del salario real promedio y uno de los más bajos desempleos en el último medio siglo. Pero si se va más atrás, se fue creando en las últimas décadas una inestabilidad estructural en las posiciones sociales subordinadas, un deterioro de sus condiciones de vida y un incremento de las muertes por drogas, alcohol y suicidios, con una inusitada disminución de la esperanza de vida promedio en Estados Unidos. La radicalización de una parte de la población trabajadora hacia la ultraderecha refleja una reacción de desesperanza de más largo plazo frente a la globalización y los cambios tecnológicos que se remontan a los años 1970, cuando se inició el debilitamiento del peso de los trabajadores industriales de la posguerra y el fin de sus ingresos ascendentes y carreras más o menos estables (el llamado "fordismo"). Según los datos del Bureau of Labor Statistics, los trabajadores del sector privado con empleos manuales (blue-collar) en promedio ganaban más en 1972, ajustado por inflación, que en la actualidad. El bajo desempleo, el buen crecimiento del PIB, la inflación desacelerada y la bolsa en auge se acompañaron de un récord de personas sin hogar y aumentos en los desalojos, una disminución en el ingreso familiar medio y un incremento en la inseguridad alimentaria y la pobreza desde 2021, especialmente infantil. Para el reciente premio Nobel Daron Acemoglu, "esta no es una victoria de Trump. Son los demócratas quienes han perdido esta elección. Los demócratas dejaron de ser el partido de los trabajadores hace mucho tiempo (...). La transformación es realmente sorprendente, como he argumentado antes: ahora son los altamente educados, y no los trabajadores manuales, quienes votan por los demócratas. Si el centro-izquierda no se vuelve más pro-trabajador, él y la democracia sufrirán." Este economista escribió en 2023 que "los partidarios de Trump tienen quejas legítimas... Los ingresos reales (ajustados por inflación) de los hombres con solo un diploma de escuela secundaria o menos han disminuido desde 1980... Mientras tanto, los ingresos de los estadounidenses con títulos universitarios y habilidades especializadas (como programación) han aumentado rápidamente... Las razones de esta transformación del mercado laboral están arraigadas en tendencias económicas que los políticos del establishment y los medios vendieron como beneficiosas para los trabajadores. La globalización, que se suponía elevaría a todos, ha dejado a muchos varados. La automatización, que supuestamente haría la manufactura estadounidense más competitiva y ayudaría a los trabajadores, es el principal factor en la disminución de los ingresos de los trabajadores sin título universitario. Mientras tanto, los sindicatos, las leyes de salario mínimo y las normas de protección para trabajadores de bajos salarios se han debilitado." El ex subsecretario del Tesoro y economista de la Universidad de California-Berkeley, Brad DeLong, replica respecto a la automatización que "el debilitamiento de los sindicatos, salarios mínimos más bajos en términos relativos y la demanda limitada juegan roles mucho más importantes, incluso cuando limitamos nuestra atención a los salarios relativos (ya que los ingresos absolutos no han disminuido)" y que "siempre he visto los aranceles, las barreras no arancelarias y las garantías de empleo como medidas que, salvo en casos muy especiales y delicados, producen pocos beneficios distributivos a cambio de grandes pérdidas en productividad total", mientras logran redistribuciones las "políticas de transferencias como el EITC (crédito tributario a los bajos ingresos), la Seguridad Social, Medicare y Medicaid (seguros médicos para los pobres y los mayores)" junto "a impuestos sobre la renta personal, corporativa y la riqueza que sean fuertemente progresivos y altos".
Las consecuencias para el futuro

Este será el debate futuro más candente entre los demócratas. Ya en 2023, Kuziemko, Longuet y Naidu mostraban en un estudio que "los estadounidenses con menos educación demandan preferentemente políticas de 'pre-distribución' (como una garantía de empleo federal, salarios mínimos más altos, proteccionismo y sindicatos más fuertes), mientras que los estadounidenses con más educación prefieren la redistribución (impuestos y transferencias)...La oferta de políticas de pre-distribución de los demócratas ha disminuido desde los años 70, vinculado al surgimiento de una facción del partido, los 'New Democrats', quienes buscan atraer a votantes más educados y son explícitamente escépticos sobre la pre-distribución...Los estadounidenses con menos educación comenzaron a abandonar el Partido Demócrata en los años 70, después de décadas de ser su base. Aproximadamente la mitad del cambio total puede explicarse por su cambio de opinión sobre las políticas económicas".

El peso respectivo de los regímenes de distribución ex ante que inciden en las remuneraciones del capital y del trabajo a través de las políticas laborales y de empleo y también las de educación y salud, y de los regímenes de redistribución de ingresos ex post (a través del sistema de tributos-transferencias con impuestos a la propiedad y a la renta progresivos e impuestos al consumo con tasas diferenciadas dirigidos a suplementar los ingresos de los grupos sociales de menores rentas), ha sido calculado de manera exhaustiva por Blanchet, Chancel y Gethin (2022) para Estados Unidos y Europa. Su conclusión es que en Estados Unidos se redistribuye proporcionalmente más ex post, pero que la distribución primaria del ingreso ex ante es menos desigual en Europa para los trabajadores, con el resultado de una mejor distribución agregada de los ingresos en los países europeos y más tiempo libre. Esta reflexión sobre las alternativas al neoliberalismo es relevante para la reelaboración de las plataformas progresistas en Europa y América Latina.

Si la democracia estadounidense evidenciaba múltiples falencias, empezando por la ausencia de elección directa del presidente por el voto popular, el peso del dinero en las elecciones y de los lobbies corporativos en el ejercicio del gobierno, ahora se verán acentuadas por un segundo período de Trump con pleno control de la Corte Suprema, del Senado y de la Cámara de Representantes. Los derechos, como ya se ha visto con las mujeres y el aborto, retrocederán. Estados Unidos hacía gala de basar la legitimidad de su conducta internacional imperial en una supuesta expansión de la democracia y los derechos de la ciudadanía. En América Latina, las intervenciones norteamericanas han sido tradicionalmente para promover dictaduras cercanas a sus intereses, con pocas excepciones, desmintiendo la idea de un imperio "promotor de la libertad". En Chile entre 1970-73 se produjo una agresión norteamericana encubierta para derribar el gobierno elegido por el pueblo. En el siglo XXI, las invasiones a Afganistán e Irak no hicieron más que terminar de confirmar los desastres de esa conducta imperial.
Trump acentuará una visión internacional basada en el nacionalismo y el mercantilismo. Los instintos autocráticos de Trump harán ahora que se incline por un estilo de gobierno vertical y por alianzas con personajes autoritarios semejantes a él en el mundo, como Putin, Orban o Milei, aunque está menos dispuesto a pagar los costos de las guerras imperiales que favorecen los intereses del complejo militar-industrial. A menos que Trump busque iniciar su segundo período estabilizando los focos de guerra en Ucrania y Medio Oriente, la sobrevivencia será todavía más ruda para los pueblos que sufren los conflictos étnico-religiosos y las violencias integristas o los que se encuentran atrapados en las luchas militares violentas en que intervienen los bloques que se disputan la hegemonía mundial.

lunes, 18 de noviembre de 2024

El debate presupuestario: ¿hacer de necesidad virtud?

En DiarioUsach.cl

El ministro de Hacienda Mario Marcel parece, en estos días de difícil debate presupuestario en el parlamento, empeñado en hacer de necesidad virtud.  La ausencia de mayoría parlamentaria lleva a hacer compromisos, como el reciente acuerdo de una rebaja de US$600 millones del gasto público para llevarlo en 2025 desde un aumento del 2,7% inicial al 2,0%. Son las realidades de la política, no hay objeción en ello. Pero no se debe olvidar que esto tiene como trasfondo la negativa persistente de la oposición a aprobar una reforma tributaria progresiva (rechazó la idea de legislar en marzo de 2023), lo que ha aumentado el déficit fiscal estructural, que se mantiene en todo caso en límites razonables.

Y cabe preguntarse, ¿es necesaria tanta buena letra con los defensores del Estado mínimo y el mercado máximo, al declarar Marcel que "durante este periodo, si tomamos las cifras que están ahora en discusión para el Presupuesto 2025, en tres años acumulativamente el gasto público va a haber crecido menos de 7%, que para un periodo de tres años es el crecimiento más bajo que hemos tenido desde el retorno a la democracia"? Afirmar esto en tono aparentemente positivo -aunque tal vez se trate de un momento de insistencia ante la oposición frente a su postura contra el gasto público en período electoral- no es congruente con la visión programática con la que fue elegido el actual presidente con 56% de los votos en 2022. 

Este es un asunto de opciones de sociedad, en el que no tiene ningún sentido acoplarse a las modas tipo Milei, quien acaba de declarar en el G20 que se opone al "hambre y la miseria que trae la intervención estatal" y que "la solución es correr al Estado del medio", desechando toda la evidencia en sentido contrario para oponerse a la proposición de Lula de erradicar “el hambre y la pobreza". Para el presidente de Brasil "no son resultado de la escasez o de fenómenos naturales” sino de “decisiones políticas que perpetúan la exclusión", por lo que propuso en la reunión del G20 en Brasilia que los 3.300 mayores multimillonarios del mundo aporten un 2% de su riqueza anual para recaudar unos 200-250 mil millones de dólares destinados a combatir la pobreza, el hambre y los efectos del cambio climático. Este es el tipo de política propia del progresismo, alternativa a sumarse a la restricción de las capacidades redistributivas del Estado que propone la derecha en todas sus variantes. Por lo demás, ya tuvimos en Chile suficiente con los Chicago Boys en dictadura y su proyecto de destrucción del Estado inspirado en Friedman y Hayek, que llevó el gasto en educación, salud, pensiones e infraestructura al mínimo, con un fuerte incremento de la desigualdad y un crecimiento inferior a las etapas democráticas previa y posterior. El PIB se ha multiplicado por cuatro entre 1990 y 2023 y por 2,6 por habitante, como nunca antes en la historia reciente y con más regulaciones y más gasto público, mientras la desigualdad ha tendido a disminuir desde su muy alto nivel inicial al recuperarse la democracia, aunque no todavía de modo suficiente. 

No olvidemos que el gasto del gobierno general representó en Chile un 27,4% del PIB en 2023, después de un máximo de 33,6% en 2021 durante la vigencia de los subsidios de emergencia a las empresas, el empleo y las familias, a comparar con el 21,0% de 1990. Esa evolución ¿es positiva o negativa? Desde el momento en que no hay en Chile impuestos manifiestamente antieconómicos, el aumento anual del gasto público por sobre el del PIB, debidamente financiado (la deuda pública bruta era de 37% del PIB en 1990 y de 39% en 2023 y la deuda pública neta de 22% y  23% del PIB respectivamente, casi sin cambios luego de una etapa de baja importante y otra de aumento para enfrentar la crisis social y pandémica), es necesario para:

a) proveer más bienes públicos que aumenten el crecimiento sostenible, como infraestructuras, conocimiento, investigación y desarrollo tecnológico y educación; 

b) incrementar el bienestar general, mediante más gastos en salud, cultura, vivienda, equipamiento urbano, descontaminación y preservación de la naturaleza y 

c) disminuir las desigualdades, mediante el  financiamiento de redistribuciones que permitan ingresos básicos universales y mayores programas para la niñez, las mujeres discriminadas, las personas excluidas, los adultos mayores y los territorios desfavorecidos. 

La corriente neoliberal sostiene que esas acciones públicas provocan pérdidas de crecimiento, lo que es históricamente falso. Las afirmaciones de esta corriente sirven de justificación para los que privilegian la expansión de la gran empresa que procura liberarse de cargas y regulaciones, aunque implique un bajo crecimiento general, concentración de mercados, alta desigualdad de riqueza e ingresos, depredación ambiental, y el consiguiente malestar social. La idea de que el crecimiento solo se produce si los mercados se expanden con un mínimo de impuestos, gastos y regulaciones, para no hablar de la promoción de la economía social y solidaria, no tiene asidero en la historia económica (como se puede leer, por ejemplo, en el trabajo de Bradford DeLong), crecimiento que, además, no crea en estas condiciones un bienestar equitativo, integrador y sostenible. Los datos muestran que los períodos de mayor crecimiento de las economías prósperas en el siglo XX coinciden con los de mayor expansión de los gastos públicos, resultados que se potencian mutuamente. 

Como señala el premio Nobel Paul Romer, "si uno mira los hechos, no es cierto que sea mejor dejar todo al mercado (...). En vez de ver al gobierno como el problema y de que hay que sacarlo del camino, tenemos que reconocer que no podemos progresar a menos que tengamos un gobierno que hace su trabajo." 

En promedio, los países de más altos impuestos son los de mayor PIB por habitante. La afirmación que los impuestos y el gasto público per se hieren el desempeño económico no tiene base empírica que la sustente. Recordemos que entre las economías avanzadas, según los datos del FMI para 2023, Francia y Finlandia alcanzan un gasto público de 57% del PIB, Bélgica de 55%, Italia de 54%, Austria de 52%, Alemania de 48% (que los conservadores suelen citar en Chile como modelo, mientras algún empresario de origen alemán se permite afirmar contra toda evidencia, como Holger Paulmann, que “si seguimos aumentando más el gasto público que el crecimiento vamos a terminar como Argentina”), Dinamarca y Suecia de 47%, Noruega de 46%, España de 45%, Reino Unido de 44%, Países Bajos de 43%, Portugal de 42%, Nueva Zelandia y Canadá de 42% y Japón de 41%, países que cuentan con altos indicadores de prosperidad y bienestar sin estar en absoluto al borde de la quiebra ni nada semejante. Mientras,  en Australia y  Estados Unidos el gasto público representa el 38% del PIB. En este último caso, el gasto público se sitúa 10 puntos de PIB por encima de aquel vigente en Chile, mientras muchos países ya tenían gastos públicos proporcionalmente mucho más altos que los de Chile hoy con un ingreso por habitante más bajo. Suiza y los países asiáticos prósperos, por su parte, tienen Estados de bienestar menos desarrollados y una carga pública menor al promedio, pero ostentan una desigualdad antes de impuestos y transferencias menor que el resto de los países de altos ingresos.

No por casualidad, entonces, el promedio del gasto público como porcentaje del PIB en los países de la OCDE ronda el 40%. Esto ocurre por lo que señala ese organismo como buena práctica: "Un sistema fiscal eficiente no solo genera los ingresos necesarios para financiar servicios públicos, sino que también puede apoyar metas de desarrollo. Por ejemplo, puede ayudar a combatir los flujos financieros ilícitos, reducir la desigualdad mediante la redistribución y abordar objetivos de salud y medioambiente". No es algo para olvidar, aunque se produzca alguna previsible altisonancia en el debate parlamentario.


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El cambio climático sigue avanzando

 En Diario Usach

Este año, la Tierra ya estará 1.5 grados Celsius más caliente que los niveles preindustriales, al menos temporalmente. Hay un 50% de probabilidades de que el calentamiento global supere establemente 1,5 ºC en seis años.

Aunque los gobiernos en el Acuerdo de París de 2015 se comprometieron a limitar el calentamiento por debajo de 2 grados Celsius, el mundo sigue en camino de alcanzar un aumento de 2.7 grados Celsius hacia 2100, según el grupo de expertos de Climate Action Tracker. La falta de acción suficiente amenaza con aumentar los riesgos climáticos.

Se proyecta una cima de emisiones (que aumentarán en 0,8% en 2024) para finales de la década, pero no la disminución pronunciada necesaria en ese período para alcanzar el objetivo del Acuerdo de París.

Los mayores emisores son China (29,2% del total), Estados Unidos (11,2%), India (7,3%) y la Unión Europea (6,7%). Se prevé que las emisiones de Estados Unidos, principal productor y consumidor mundial de petróleo y gas, disminuyan un 0,6% este año, en tanto que las de la Unión Europea se reducirán un 3,8%.

Mientras, las emisiones de India aumentarán un 4,6% este año, impulsadas por el aumento de la demanda de energía alimentada por el crecimiento económico. Las emisiones de China, segundo consumidor de petróleo del mundo, aumentarán un 0,2%. Se espera que las emisiones de la aviación y el transporte marítimo internacionales aumenten un 7,8% este año, ya que el transporte aéreo sigue recuperándose de la caída de la demanda durante la pandemia de Covid-19.

A pesar de las promesas de varios países de eliminar sus emisiones netas para mediados de siglo, muchos no han respaldado esos compromisos con acciones suficientes. Aunque algunos países han tomado medidas, el uso de combustibles fósiles ha aumentado para satisfacer la creciente demanda de energía, superando la expansión de las energías limpias.

En los últimos tres años, Estados Unidos aprobó la Ley de Reducción de la Inflación, que invertirá cientos de miles de millones de dólares en tecnologías de bajo carbono, como la energía eólica, solar y nuclear, además de tecnologías de captura de carbono.

China ya vende internamente más vehículos eléctricos e híbridos que convencionales y la Unión Europea ha aumentado sus objetivos para energías renovables y bombas de calor. Las inversiones en energía limpia ahora duplican a las de combustibles fósiles, especialmente en petróleo y gas, por primera vez, mientras que la inversión en capacidad de manufactura limpia está creciendo rápidamente. Sin embargo, los subsidios a los combustibles fósiles permanecen en un nivel histórico, y el financiamiento para proyectos que prolongan su uso se cuadruplicó entre 2021 y 2022.

Climate Action Tracker también estimó los posibles efectos del regreso de Trump a la Casa Blanca, quien ha prometido reducir el apoyo a la energía limpia y los vehículos eléctricos y desmantelar las regulaciones ambientales.

Los autores calcularon que un retroceso completo de las políticas climáticas de EE. UU. podría agregar unas pocas décimas de grado de calentamiento para 2100. El efecto sería relativamente limitado, en parte porque Estados Unidos representa solo el 11% de las emisiones globales actuales. Pero si las acciones de la administración Trump llevaran a otros países a debilitar o abandonar sus políticas climáticas, el efecto podría ser mucho mayor.

El estudio calculó lo que los países tendrían que hacer para mantener el calentamiento global más cerca de un promedio a largo plazo de 1,5 grados Celsius. China tendría que reducir sus emisiones en dos tercios por debajo de los niveles de 2005 hacia 2035. Estados Unidos necesitaría reducir sus emisiones aproximadamente un 80 % en el mismo lapso. India, Europa, Brasil, Japón y Australia también tendrían que hacer recortes más profundos de los que actualmente planean.

Las acciones tomadas por Chile y Costa Rica son consideradas "casi suficientes", los únicos casos en el continente entre los que se dispone de datos, junto a Noruega y algunos pocos países africanos y asiáticos.

Por su parte, Naciones Unidas señala en su más reciente informe que "reducir los gases de efecto invernadero en la próxima ronda de Contribuciones Determinadas a nivel Nacional (CDN), cuyo plazo de actualización está previsto para principios de 2025 antes de la COP30", requiere disminuir las emisiones agregadas en 42% hacia 2030 y en 57% hacia 2035 para alcanzar el objetivo de limitar el calentamiento global a 1,5 ºC.

Si no se aumenta la ambición en las nuevas CDN y se empiezan a cumplir inmediatamente, habría consecuencias devastadoras para las personas, el planeta y las economías. Siempre según Naciones Unidas, "desde el punto de vista técnico, sigue siendo posible limitar el aumento de la temperatura media mundial a 1,5 ºC. Asimismo, la energía solar, eólica y las medidas basadas en los bosques prometen reducciones rápidas y radicales de las emisiones... Los países del G20, en particular los miembros con mayores emisiones, tendrían que hacer el trabajo pesado".


viernes, 15 de noviembre de 2024

¿Podrán sobrevivir las democracias?


La segunda victoria de Trump probablemente marcará un antes y un después en la era de la globalización que va de los años setenta a la crisis financiera de 2008 y la pandemia de 2020. En este proceso se consolidó un predominio de la esfera financiera en el capitalismo occidental y un aumento del control oligopólico de las cadenas globalizadas de producción que terminó favoreciendo la concentración de la riqueza y los ingresos prácticamente en todas partes. Pero en Estados Unidos no se detuvo la tendencia a la declinación del aumento de la productividad media del trabajo desde los años 1950, con una breve recuperación al inicio de la era de la información. Desde fines del siglo XX, la productividad crece de manera cada vez más lenta. Se fue creando una mayor inestabilidad estructural en las posiciones sociales subordinadas, dada la precarización de las condiciones de vida de los que viven de su trabajo, mientras se ha extendido la influencia del poder económico en los sistemas políticos y la pérdida de legitimidad de los gobernantes en el manejo de las sucesivas crisis. Esto ha terminado por favorecer los nacionalismos exacerbados y a las intolerancias étnicas y religiosas, en medio de dos grandes focos de guerra que se explican por las luchas multipolares para lograr la hegemonía mundial, con Estados Unidos, China, Rusia y Europa como actores principales.

La radicalización de una parte de la población trabajadora hacia la ultraderecha refleja una reacción de desesperanza de más largo plazo frente a la globalización y los cambios tecnológicos desde que se inició el debilitamiento del peso de los trabajadores industriales y el fin de sus ingresos ascendentes y carreras más o menos estables (el llamado "fordismo"). Por mucho tiempo, Estados Unidos, la principal economía desde la posguerra, fue artífice y beneficiario de esa globalización que, como señala Parick Sabatier, "se dio vuelta contra ellos con la emergencia de potencias que les hacen competencia", por lo que los estadounidenses ahora "prefieren creer en la 'verdad alternativa' que les promete Trump, en la que el Apocalipsis no ocurrirá. Esta ansiedad existencial sobre el declive y el desplazamiento del hombre blanco (y de los que sueñan con ser admitidos en su club) y la esperanza casi milenarista que despierta, escapan a todos los parámetros de la política tradicional". 

No obstante, permanece un desafío antiguo de las sociedades contemporáneas, que inevitablemente cruza las opciones políticas: la disminución de la desigualdad. Este sigue siendo el caso en Estados Unidos. Para Michael Ignatieff, "la educación superior estadounidense pasó del 7% de la población en 1960 al 37% en 2022, y eso ha sido revolucionario. Pero olvidamos que el 60% del país no tiene educación universitaria. Y todos los estudios muestran que han sido maltratados por el cambio tecnológico, por la inflación, por la epidemia del fentanilo, por la desindustrialización, por todo el conjunto de cambios. Son estadounidenses que no han compartido ni se han beneficiado de las transformaciones revolucionarias de su sociedad desde 1960...Creo que Trump está cosechando las consecuencias de 50 años de negligencia progresista liberal ante la desigualdad. La desigualdad económica es una fuente de descontento político". En Estados Unidos se llegó a producir un incremento de las muertes por desesperanza -drogas, alcohol y suicidios- al punto de provocar una inusitada disminución de la esperanza de vida al nacer de 78.9 años en 2014 a 77,5 en 2022, retrocediendo al mismo nivel de 2004, mientras es de 82 años en los países comparables y de 80 años en Chile. 

Según el economista regulacionista Michel Aglietta, "el régimen de crecimiento de la época neoliberal está ampliamente influenciado por el capitalismo de renta, resultado de la extrema concentración de capital, cuya contraparte ha sido el aumento de las desigualdades de ingresos y patrimonio”, lo que imposibilita “conciliar bajo estas distorsiones estructurales un crecimiento potencial de pleno empleo, una inflación moderada, pero no demasiado baja, y la estabilidad financiera". El aumento de los ingresos del capital se explica para este autor por la mayor fragmentación y precarización del contrato laboral, cuya consecuencia ha sido la expansión de la pobreza, la insuficiencia crónica de la demanda y el endeudamiento de los hogares. Predominan, además de las rentas de monopolio en las cadenas globales de producción y en muchos mercados, cuatro tipos de renta distinta de la utilidad obtenida en condiciones competitivas, que han aumentado la distorsión y concentración de los mercados en Estados Unidos: la renta financiera, realizada principalmente a través de las plusvalías bursátiles; la renta digital, que se beneficia de la ausencia de regulación antimonopolio y de la captura gratuita de datos en las plataformas de Internet que son su materia prima; la renta de la metropolización, que resulta de la concentración del trabajo calificado en las grandes ciudades, con el consiguiente deterioro de las ciudades medianas y de la complementariedad urbano-rural y, finalmente, la renta de influencia de los lobbies sobre el sistema político. 

Cabe considerar el análisis de Peter Turchin, quien en su libro de 2024 sostiene que lo que desencadena la desintegración política es el empobrecimiento de las clases populares, combinado con una "sobreproducción de elites" que acumulan riqueza y poder. Esto termina por engendrar derrumbes, revoluciones o guerras civiles. Para este autor, cuando el equilibrio de poder entre la clase dominante y la mayoría se inclina demasiado a favor de la primera, aumenta la desigualdad de ingresos, los ricos se enriquecen y los pobres se empobrecen. A medida que más personas intentan unirse a la élite dominante, la frustración hacia la clase dirigente se desborda, a menudo con consecuencias desastrosas. Ese fenómeno Turchin lo denomina "bomba de la riqueza", el que, en su interpretación, condujo al colapso del Estado en la China imperial, en la Francia medieval y en los Estados Unidos anteriores a la guerra de Secesión. Turchin deplora, en particular, que el Partido Demócrata en Estados Unidos haya fracasado en volver a representar a la clase obrera, lo que confirmó la reciente elección, pues para ello "sus financistas y sus dirigentes tendrían que consentir un sacrificio personal importante, aumentando sus propios impuestos y otorgando más poder a los trabajadores". 

Es probable que ahora la economía mundial asista a un aumento del proteccionismo y de las alineaciones estratégicas. Washington ya bloquea las exportaciones de semiconductores a China -cuya producción está, en todo caso, concentrada en Taiwán y Corea del Sur- y Bruselas se ha sumado a poner elevados aranceles a la importación de autos eléctricos chinos. Las consecuencias serán negativas para China -que ha producido según Paul Krugman la "mayor secuencia de éxito económico en la historia" (un 31% de la manufactura mundial proviene hoy de China a comparar con un 20% en 2010) pero cuya sobreproducción programada es orientada a la exportación, con los ejemplos más recientes de la energía fotovoltaica y eólica, las baterías y los automóviles eléctricos, que han creado las bases de una guerra comercial global- así como para Europa y el resto del mundo. Esto lo experimentamos recientemente en Chile con el acero chino, sin que hubiera una respuesta pública suficiente. América Latina y el Caribe están fuera de los conflictos bélicos más agudos, pero algunos de sus países no lo están de las sanciones y presiones de Estados Unidos, que se agravarán, y todos ellos sufrirán los posibles aumentos de aranceles. El continente verá disminuir las oportunidades globales de comercio y enfrentará una mayor inestabilidad financiera. La lucha contra el cambio climático sufrirá, por su parte, un retroceso o al menos un atraso. Los que se avecinan, con una alta probabilidad, no serán tiempos auspiciosos. 

¿Podrán entonces las democracias sobrevivir en el futuro próximo? Estas habían logrado extenderse en el siglo XX, especialmente desde la segunda guerra mundial en Europa y hacia fines de siglo en América Latina, Europa del Este y parte de África y Asia. Están desde hace un tiempo en retroceso, con los ejemplos visibles de Hungría e India y Pakistán, que restringen a la oposición, el poder de clanes en Nicaragua y Venezuela, que no reconoce el resultado de las elecciones, junto a los recientes golpes militares y guerras civiles en partes de Africa, sin mencionar la permanencia del régimen de partido único de la segunda potencia mundial, China, y la consolidación del régimen neo-zarista en Rusia. Ahora se producirá un previsible autoritarismo acentuado en la segunda presidencia de Trump.

Más allá de la reconfiguración de las opciones políticas, la sobrevivencia de las democracias dependerá de múltiples factores, pero hay uno especialmente relevante: la continuidad del pensamiento independiente y crítico. En efecto, la aventura humana y su evolución desde tiempos ancestrales está basada en procurar entender el mundo para adaptarse al entorno natural y producir una capacidad de subsistencia y, con el tiempo, de creación de bienestar, con transformaciones sociales y productivas sucesivas en distintas escalas. Esta relación con el mundo natural y con la vida en sociedad supone buscar una suerte de verdad de las cosas que es, en palabras de George Orwell, "algo que existe fuera de nosotros, algo que se debe descubrir, y no algo que se pueda fabricar según las necesidades del momento".

Las sociedades humanas que dejan de pensar sobre sí mismas y de reconocer sus patologías y conflictos de intereses diversos, también dejan de elaborar transformaciones de su capacidad de sobrevivencia y mejoramiento de la vida en común a partir de valores emancipatorios y de instituciones que los hagan posibles. Cuando las sociedades han sido capturadas por grupos dominantes (clases, géneros, etnias, clanes, partidos), éstos buscan extender su poder para asegurar su reproducción, en desmedro del resto de la sociedad y de su diversidad, y buscan su subordinación y, en el extremo, su aniquilación mediante la violencia. Es lo que muestra la historia y se evidencia de modo reiterado en el mundo actual, sin que las ideologías importen demasiado frente al afán de continuidad del poder obtenido o por conquistar, ideologías que los grupos dominantes o aspirantes a serlo suelen adaptar para ese fin primordial.

Es aquello sobre lo que reflexionó George Orwell, que prefiguró las distopías modernas, y escribió en 1944, en la época nazi y del estalinismo, que "lo que es verdaderamente aterrador en el totalitarismo no es que cometa atrocidades, sino que ataque el concepto de verdad objetiva". En 1946, reiteró que "la mentira organizada es una parte integral de los regímenes totalitarios y seguiría existiendo incluso si los campos de concentración y la policía secreta dejaran de ser necesarios". Si los que controlan el poder logran separar las mentalidades de los intentos de comprensión del mundo real y promocionan la subordinación, el pensamiento irreflexivo y las emociones destructivas, su dominio se hace absoluto: no hay nada que se les oponga. Es lo que suelen buscar las oligarquías dominantes y los grupos burocráticos de poder, lo que termina en el afán de que solo exista lo que ese poder quiere que exista y, con alguna frecuencia, se traduce en las peores atrocidades y violencias.

Su antinomia es la defensa del poder de la ciudadanía y de las mayorías sociales, junto a la búsqueda plural de las verdades, la promoción del autogobierno y la democracia como su garantía de existencia. Las democracias, además, como demuestran Acemoglu y otros, proveen mayores capacidades de producir prosperidad económica.

En la preservación de las democracias, existe en una responsabilidad particular de los grupos dirigentes. El politólogo de Harvard Steven Levistky acentúa el argumento al señalar que presentarse a elecciones "con el discurso de defender la democracia no va a traer demasiados votos. Nunca lo hace. Con la excepción de países como Argentina en los años 80 o Chile y Sudáfrica en los 90, que salían de dictaduras terribles; con pequeñas excepciones, la gente nunca vota por la democracia. No podemos depender del electorado para salvarnos. Es el trabajo de la elite defender la democracia. De los políticos, los jueces, los periodistas, los líderes religiosos, los empresarios. No podemos depender de la gente. La gente se preocupa, con razón, por la inflación". Las realidades del mundo están hoy cruzadas por fenómenos culturales como la acentuación del individualismo, el debilitamiento de las normas que sostienen la vida social, incluyendo el respeto del semejante y de las leyes legítimas que hacen posible la convivencia colectiva y que restringen el abuso del más fuerte o del que no respeta las reglas. Cambiar esas realidades dependerá de voluntades colectivas y coaliciones de amplia envergadura en el que el rol de las elites, en la tesis de Levitsky, no basta y se debe incluir de modo privilegiado a los movimientos sociales en la salvaguardia de las democracias, coaliciones que deberán demostrar si son o no capaces de expresarse y actuar a nivel local y global. Pero ese esfuerzo requiere de reelaboraciones y de nuevas formas de desarrollo de los principios democráticos que tengan sentido para las mayorías sociales. 

La promoción de una alternativa más deseable al autoritarismo y la desigualdad supone alguna forma actualizada de democracia republicana y social, y ahora también ecológica, que permita que cada cual mantenga la esperanza de "vivir bien una buena vida", según sus preferencias pero en condiciones de igual dignidad, respeto y consideración. Este tipo de democracia inscribe en los derechos fundamentales no solo los de tipo civil y político sino también la igualdad de género, el respeto a la diversidad de orígenes, culturas y opciones de vida, la creación y preservación de bienes comunes y el acceso universal a ingresos y servicios básicos, junto a los derechos de las futuras generaciones en el uso de recursos y la intervención de los ecosistemas. Esto requiere persistir en un Estado que provea los bienes públicos necesarios para la vida en común y la resiliencia de los ecosistemas, para lo que debe aproximarse -con los incentivos respectivos- a ser competente, activo, deliberante y estratégico. Su rol debe seguir siendo, siempre bajo control ciudadano, establecer las regulaciones sociales y ambientales de los mercados, de la producción privada con o sin fines de lucro y de los intercambios con el exterior, incluyendo los impuestos y transferencias necesarios para realizar los programas públicos y cumplir sus fines democráticamente establecidos. Las políticas aplicadas deben resultar del juego de mayorías y minorías periódicamente establecidas mediante el voto, respetando esos derechos fundamentales y siempre sujetas a evaluación por la ciudadanía y sus representantes. Esta es la que debe, y no los poderes de mercado o los poderes burocráticos, establecer su orientación y la mayor o menor intensidad de recorrido de los caminos de prosperidad compartida y la creación de condiciones para la actividad económica y el empleo sostenibles, equitativos y decentes. Y también es la que debe decidir sobre la magnitud y modalidades de redistribución de recursos y oportunidades desde los más favorecidos a los menos favorecidos social y espacialmente.

Los proyectos de construir sociedades de seres libres e iguales en derechos individuales y colectivos y en oportunidades de prosperar sin dañar a sus congéneres, en contextos de cooperación y solidaridad (la visión social-republicana de la democracia), y no solo de competencia regulada en el acceso al poder político pero sin interferir en la economía (la visión liberal de la democracia), presentan en la historia avances y retrocesos y un balance variopinto. Para que esos proyectos puedan seguir existiendo y prosperar, requieren como punto de partida el apoyo del mundo del trabajo y de movimientos sociales activos de diversa índole, junto a preservar y cultivar espacios de conocimiento en los que los juicios y valores estén anclados de modo suficiente en el mundo de los hechos tal como estos ocurren y no en mistificaciones. Requieren, por tanto, de espacios libres para la cultura, la creación y la innovación independientes de las situaciones de poder. Estos conjuntos diversos son los que permiten resistir, aunque sea desde condiciones temporalmente minoritarias y eventualmente adversas, a los que buscan dominar ilegítimamente las vidas de los demás y crean para ese efecto instituciones políticas, económicas y culturales en su favor y practican el autoritarismo, las post-verdades y las manipulaciones cotidianas de los hechos y las personas.


lunes, 11 de noviembre de 2024

El capital viajero

En enero-septiembre de 2024 la salida neta de capital de empresas no financieras y de personas, que excluye los movimientos de empresas financieras o las inversiones de las AFP, volvió a aumentar y alcanzó 4.068 . La salida de capitales había experimentado un salto importante en 2020, en medio de las conflictos sociales y políticos derivados de la rebelión social de octubre de 2019. Esta salida alcanzó 9.691 millones de dólares, el mayor monto en 21 años. Probablemente esta salida se hizo al precio de menores rendimientos del capital, por lo que se redujo en 2021 a 7.064 millones, a 3.133 millones en 2022 y a solo 696 millones en 2023. Hasta 2024, cuando el flujo volvió a aumentar. Una parte de las personas con altos patrimonios en Chile parece estar prefiriendo invertir en otras partes del mundo, aunque la perspectiva más probable sea una vuelta al gobierno en 2026 de las fuerzas de signo pro-empresarial. Tal vez estén evaluando una mayor conflictividad social en el futuro. 

En cambio, la percepción desde el extranjero es distinta. El registro de inversión extranjera directa (IED) para 2023 fue el más alto en los últimos nueve años, mientras en los primeros nueve meses de 2024 el país recibió un flujo neto de 11.760 millones de dólares, un 5% más alto que el promedio del periodo enero-septiembre de las últimas dos décadas. El componente más importante del flujo acumulado de IED en 2024 es la reinversión de utilidades, con 7.492 millones, seguido de las participaciones en el capital, con 2.398 millones, y la deuda relacionada, con 1.870 millones.

Se prevé que en la minería chilena habrá una inversión que superaría los 83 mil millones de dólares en los próximos 10 años, según el informe “Inversión en la Minería Chilena: Cartera de Proyectos 2024-2033” de la Comisión Chilena del Cobre, que incluye empresas estatales y privadas en la minería del cobre y la extracción de oro, hierro, litio y otros minerales industriales. Esto representa un crecimiento del 26,5% en comparación con la cartera prevista del año pasado, que contemplaba 49 proyectos con una inversión total de 65.712 millones de dólares. Por parte de Codelco se observa un incremento de 7.527 millones en su plan de inversiones, destinado tanto a proyectos operativos como estructurales. En el sector privado, se registra un aumento de 2.328 millones en las inversiones. 

El gobierno subraya, además, una perspectiva favorable para la inversión extranjera vinculada a la energía y la electromovilidad: “nuestro país ya cuenta con más de 50 proyectos de producción de hidrógeno verde en diversas etapas de desarrollo, en los cuales ya hay inversión extranjera. Algo similar ocurre con el litio y los minerales críticos, que son esenciales para la creación de baterías de almacenamiento y dónde estamos trabajando en las difusión de las oportunidades ofrecidas por Corfo y Codelco”.

La movilidad del capital es parte de las realidades económicas contemporáneas. Más vale autorizarla de modo regulado, siempre que se paguen los impuestos aplicables, incluyendo un futuro impuesto patrimonial cuya base sean los activos de todo ciudadano chileno, independientemente del país de inversión, lo que aún no fructifica en el parlamento. Prohibirla no impediría, en cambio, la salida ilegal de capitales de Chile al exterior e inhibiría los ingresos de capital.

jueves, 7 de noviembre de 2024

Escenarios en la etapa final del gobierno de Gabriel Boric

 En La Nueva Mirada

Gabriel Boric ganó la elección presidencial en la segunda vuelta de 2021 de manera holgada, con un 56% de los votos. Ese resultado hizo que tal vez no se prestara suficiente atención a lo estrecho e inestable de la situación política de entonces, después de una rebelión social y una pandemia, con un triunfo que se explica en buena medida por tener al frente al candidato de la extrema derecha José A. Kast y no a una derecha con nexos con el centro, como la que encarnó en su momento Sebastián Piñera y en esa ocasión Sebastián Sichel, derrotado en primera vuelta en un contexto polarizado. 

Las fuerzas políticas del espectro progresista que habían participado en los gobiernos desde 1990, sumadas a las fuerzas de izquierda emergente, no habían obtenido la mayoría parlamentaria en noviembre de 2021. Los partidos de la ex Concertación se agruparon en una lista que obtuvo solo el 17% de los votos, después de haber dominado la escena política por décadas, mientras una coalición de izquierda compuesta por el PC, el Frente Amplio y otras fuerzas la superaba con el 21%, a lo que se agregó el 12% reunido por las listas de la izquierda radical y ecologista, con el impulso de la rebelión social de 2019 y la voluntad de cambio que expresó. 

Las fuerzas de extrema derecha de republicanos y socialcristianos lograron un 11% del voto para la Cámara y los populistas de Parisi lograron otro 8%, mientras la derecha tradicional reunió un 25%. La suma de la derecha en el electorado (44%) y su mayoría en el parlamento, engrosada por quienes dejaron la democracia cristiana después de la elección presidencial, le permitió construir una plataforma opositora sólida que, además, cuenta con el control de los medios masivos. Logró bloquear tempranamente las reformas emblemáticas de Gabriel Boric, como la tributaria y de pensiones, aunque se produjo el aumento del salario mínimo y la pensión básica y otros avances. Pero el presupuesto heredado muy contractivo de 2022 y una política monetaria marcada por el control del Banco Central desde marzo de ese año por la hiper-ortodoxia liberal, produjo un desgaste casi inmediato del gobierno, que demoró un tiempo que no tenía en improvisaciones y luego en ajustar las piezas de la gestión del Estado. Terminó por construir de manera tardía un sistema de apoyos políticos y parlamentarios más amplios, pero con tensiones internas a las que no fue ajeno el enunciado de una supuesta superioridad moral generacional o la resistencia conservadora de una parte de la izquierda tradicional.

Las fuerzas vinculadas al gobierno actuaron con cierta incoherencia, agravada por una etapa final de la Convención constitucional elegida en mayo de 2021 que se vio envuelta en radicalidades consagradas por la regla de dos tercios que, en vez de darle poder de veto a la derecha, se lo dio a intereses particularistas proclives a la declamación verbal. Esta mezcla llevó a una derrota de la propuesta constitucional de la Convención por nada menos que un 62% en septiembre de 2022, lo que selló la puesta en minoría del gobierno de Gabriel Boric. Esto ocurrió apenas seis meses después de iniciada su gestión, lo que se agravó en la elección de consejeros constitucionales de mayo de 2023 con una inusitada mayoría relativa de la extrema derecha. No obstante, se produjo un rechazo a la propuesta constitucional de ese sector por un 56% del voto en diciembre de 2023, la misma proporción, ahora con voto obligatorio, que eligió al actual presidente.

Luego de poco más de dos años y medio de gobierno, las fuerzas políticas que participan en su gestión sufrieron un fuerte desgaste en la reciente elección territorial. De un total de 345, los alcaldes de este signo bajaron de 150 a 111 y los de oposición aumentaron de 87 a 122, mientras la población administrada por unos y otros es ahora de 38% y 37% respectivamente. El restante 25% lo será por alcaldes independientes.  En la reciente elección de concejales y consejeros regionales, la derecha agregada sumó un 53% de las preferencias. Había obtenido el 31% en la elección de concejales de 2021 y el 62% en la de consejeros constitucionales de 2023 (en este último caso ya con voto obligatorio). 

Por su parte, las fuerzas de gobierno reunieron un 34% de las preferencias en la elección de consejeros regionales y un 36%  en la de concejales,  a comparar con el 44% de 2021, su mejor momento en este nivel, y con el 34% en consejeros constitucionales de 2023. Si a este poco más de un tercio se le agrega el 5% de las disminuidas fuerzas de la izquierda radical y de los ecologistas, se llega en 2024 a un 42% para la izquierda variopinta. Con la Democracia Cristiana, el "progresismo agregado” sube a un 46% en concejales (la cifra es similar en consejeros), a comparar con el 62% en concejales de 2021 y el 50% en la elección de diputados en 2021. 

En la configuración de fuerzas internas en la coalición de gobierno no hay nadie especialmente ganador y casi todos sus componentes pierden adhesión. El llamado “socialismo democrático” (radicales, PPD, liberales y socialistas) suma 19% del voto en concejales y 14% en consejeros regionales (los liberales fueron juntos con los regionalistas verdes en regionales), mientras “Apruebo Dignidad” (comunistas, Acción Humanista, regionalistas verdes y Frente Amplio) suma un 18% y 21% respectivamente. Los dos bloques de gobierno representan hoy más o menos lo mismo en materia de adhesión ciudadana. Este es el punto de partida a considerar para lo que viene, luego del fin del viraje al centro y a la adaptación al neoliberalismo que emprendió poco a poco buena parte de la antigua Concertación, hoy expresado en la puesta en franca minoría de los grupos de “amarillos” y “demócratas”. 

Ese nuevo punto de partida requiere preguntarse: ¿tiene sentido prolongar las luchas de hegemonía entre estos dos bloques para lograr un buen fin del gobierno de Gabriel Boric, lo que está en su interés común, y enfrentar la elección presidencial y parlamentaria de 2025 con alguna probabilidad de éxito? La estabilización del gobierno supondrá que la coalición se mantenga unida. En la proyección hacia el futuro, ni las fuerzas más moderadas ni las más radicales parecen estar en condiciones de emprender caminos propios y deberán, en cualquier caso, organizar primarias presidenciales comunes o bien apoyos mutuos en segunda vuelta. 

Si se considera que la derecha y sus candidaturas presidenciales están en una situación sólida pero no imbatible, el “agregado progresista” debiera reflexionar sobre su estrategia futura. Desde luego, esta debe partir por un compromiso férreo con la tolerancia cero con las corruptelas y los abusos machistas y de poder, sin lo cual nada podrá hacerse para reconstruir una mayoría que vuelva a ganar prestigio ante la sociedad. Y, tal vez, repensar sus alineaciones internas.

Si se superara el trauma generacional generado en el progresismo desde 2011 y se conformara una suerte de "izquierda democrática amplia", aquella que en lo básico adhiere a la democracia en todas partes y al crecimiento sostenible con redistribución social, es decir la posible suma de radicales, liberales, PPDs, socialistas, frente-amplistas y regionalistas-verdes, sería de un 27%, según la reciente elección municipal. Si el destino del PC fuera persistir en su alineación internacional ortodoxa, su 6% tenderá a sumarse al 5% de la izquierda radical y a buscar mantener ahí un polo. 

Simplificando mucho, si la potencial "izquierda democrática amplia" articulara su fuerza en la próxima primera vuelta presidencial y en una lista parlamentaria con la idea principal de construir un Estado democrático y social de derecho, detrás de Carolina Tohá, Michelle Bachelet u otra candidatura presidencial de consenso, y estableciera apoyos mutuos en la segunda vuelta con la DC, la izquierda ortodoxa y las fuerzas ecologistas, el “progresismo agregado” podría volver a ser competitivo y hacer retroceder a la derecha, que hoy tiene todo para gobernar durante la próxima década.

Por supuesto, no se trata solo de imaginar combinaciones electorales, sino de construir un proyecto común para esa próxima década. Esto supone una clarificación previa, luego de los diversos terremotos políticos desde 2011, sobre qué sectores sociales y qué intereses se trata de representar. ¿Deberá considerar el nuevo proyecto de manera prioritaria las libertades y la igualdad de género? ¿Y poner de manera central la redinamización de una economía que crezca y redistribuya de manera sostenible para representar los intereses del trabajo dependiente asalariado, que reúne el 76% de la ocupación; los del trabajo por cuenta propia, que abarca otro 20%; los de la población joven, que requiere educación de calidad e inclusiva; los de la edad avanzada, que requiere de mejores pensiones; los de los sectores de ingresos precarios, que requieren de más apoyo en redistribuciones e inserción? ¿Se deberá considerar con mucho más fuerza los de la economía social y cooperativa y los de las empresas pequeñas y medianas, mediante desconcentración, financiamiento, política industrial y transferencia tecnológica? ¿Y considerar los intereses del conjunto de la población en materia de seguridad cotidiana, de seguridad social, de urbanismo integrador y de infraestructuras colectivas? ¿Y los del conjunto de la nación para respetar la diversidad, la pluralidad cultural y la autonomía de los territorios? 

O bien ¿seguirá la complacencia miope con los intereses del gran empresariado, que concentra brutalmente los ingresos y la riqueza, y el de los que giran a su alrededor y se someten a su financiamiento? ¿O los de los inversionistas extranjeros en minería que se apropian de la mayor parte de la renta de los recursos naturales?  ¿O los de quienes quieren volver a militarizar la sociedad o mantener conductas xenófobas? 

Hecha esa clarificación mediante el insustituible diálogo político, tal vez un paso siguiente sea deliberar sobre qué aspiraciones presentes en la mayoría social se deberán recoger y priorizar, en diálogo con ella, y traducir en programas secuenciados en el tiempo, siempre con espíritu de responsabilidad y con equipos competentes al margen del clientelismo. Y, más allá de los fracasos recientes, se deberá deliberar en materia de propuestas de reformas próximas de las instituciones, pues las vigentes siguen sin reflejar plenamente la voluntad mayoritaria ni garantizan suficientes libertades individuales. Y también en materia de política económica y de desarrollo, que sigue basada en un gobierno débil y sin herramientas en un mundo en el que se aceleran grandes cambios que requieren de un Estado estratégico. 

Probablemente se encontrarán las coincidencias necesarias y se constatará la distancia con la visión de los grupos social-liberales, siempre influyentes pero que son más bien próximos al gran empresariado y a la derecha en sus concepciones de la democracia, la economía y la sostenibilidad, y con la izquierda ortodoxa, que se ha negado pertinazmente a romper con los autoritarismos en su alineación internacional, a pesar de su conducta interna constructiva. Esta reagrupación no debe impedir que la "izquierda democrática ampliada" promueva una coalición mayoritaria para gobernar, que incluya tanto al PC como a la DC y al centro progresista. Las agrupaciones minoritarias autocomplacientes, y autosatisfechas con la ocupación de espacios en el Estado, definitivamente no son las que logran cambiar las realidades de la mayoría social.


viernes, 1 de noviembre de 2024

Un balance después de la elección territorial

En El Mostrador

Las fuerzas políticas que participan en el gobierno sufrieron un fuerte desgaste en la reciente elección territorial. Comunas emblemáticas como Antofagasta, Santiago, Ñuñoa, Concepción y Puerto Montt, entre otras, fueron ganadas por la derecha opositora. La población gobernada por alcaldes de oposición aumentó un 59%, mientras que aquella gobernada por la diversidad de oficialistas disminuyó un 28%. Los alcaldes de gobierno y de la Democracia Cristiana, que iban en pacto, bajaron de 150 a 111, mientras los de oposición aumentaron de 87 a 131, de un total de 345. No obstante, no se produjo un tsunami opositor, pues la población gobernada por uno u otro campo es de 38% y 37% respectivamente. El restante 25% lo será por alcaldes independientes, aunque 75 de los 103 electos ya compitieron antes representando a un partido y en esta ocasión decidieron hacerlo por su cuenta.

En materia regional, las fuerzas de gobierno ganaron en la primera vuelta de la elección de gobernador (lo que, como establece la norma, ocurre cuando un candidato obtiene más de 40% de los votos válidos) en las regiones de Tarapacá (independiente), Ñuble (PS), Los Ríos (PS) y Magallanes (independiente), mientras la oposición ganó en Aysén (UDI). En la segunda vuelta del 24 de noviembre, que tendrá lugar en 11 de las 16 regiones, los datos muestran que la oposición de derecha, si suma todos los votos expresados de su sector detrás de quien pasó a la segunda vuelta, puede ganar la mayoría. La excepción es Antofagasta, en que se enfrenta una candidata radical y un candidato independiente ex RD, mientras las fuerzas de gobierno parecen bien situadas en Atacama y Valparaíso. En 2021, cuando se eligieron por primera vez los gobernadores regionales, la derecha había ganado solo una región, la de la Araucanía.

Las fuerzas de gobierno reunieron un 34% de las preferencias en la elección de consejeros regionales y un 36%  en la de concejales,  a comparar con el 44% de 2021, su mejor momento, y con el 34% en consejeros constitucionales de 2023, cuando se produjo su segunda caída electoral luego del 38% del plebiscito de 2022. Si a este poco más de un tercio se le agrega el 5% de la izquierda radical y de las fuerzas ecologistas, se llega en 2024 a un 42%. Con la DC, el "total progresista", si así pudiera llamarse, sube a un 46% en concejales (la cifra es similar en consejeros), a comparar con el 62% en concejales de 2021, es decir 16 puntos porcentuales menos, mientras entre tanto ha habido dos años y medio de gobierno de Gabriel Boric. 

En la reciente elección de concejales y consejeros regionales, la derecha agregada sumó un 53% de las preferencias. Había obtenido el 31% en la elección de concejales de 2021 y el 62% en la de consejeros constitucionales de 2023 (en este último caso ya con voto obligatorio). Chile Vamos aumentó en poco más de medio punto su caudal de voto en concejales y llegó a 28%. En el seno de la alianza de la derecha tradicional, hubo un repunte de RN, una estabilidad de la UDI y una caída de Evopoli. Por su parte, cayó el voto de los republicanos de extrema derecha respecto a la elección de consejeros constitucionales, aunque en concejales pasó de un 3% en 2021 a un 16% en 2024, un gran aumento de su caudal de apoyo que los lleva a ser hoy el partido con más votos en el país. En las elecciones de concejales y consejeros, las otras expresiones nuevas de la derecha se situaron cada una en el 3-4%, como el Partido de la Gente, los socialcristianos y Amarillos y Demócratas. La suma de la derecha tradicional y de la nueva derecha expresa el auge general de este sector político.

La Democracia Cristiana no experimentó grandes cambios. Sumó un 5% de las preferencias en la elección de concejales (y un 7% en la de consejeros), a comparar con el 7% de 2021 y el 4% de 2023. El PR-PPD-PS sumó un 17% en concejales, una caída respecto al 22% de 2021. El PR baja algo su caudal de 2021 y se mantiene un poco más arriba del 6%, el PS baja un punto porcentual y medio y llega por poco al 6%, afectado probablemente por el escándalo Monsalve y otros previos de alcaldes de sus filas, mientras el PPD baja dos puntos porcentuales y llega solo al 4% del voto válido. Hay pocos alcaldes elegidos de este sector en las comunas más grandes. 

El PC bajó 3 puntos porcentuales y llegó al 6% en concejales, en lo que tal vez ha incidido su alineación en la crisis de Venezuela. Sufrió la derrota de Irací Hassler por amplio margen en Santiago. Por su parte, los regionalistas verdes aumentaron algo su caudal a cerca de 4%, ahora aliados a los liberales con cerca de 2%. El Frente Amplio mostró una caída de un par de puntos, sumando solo un 7% de las preferencias, lo que es bastante poco para el partido del presidente, aunque obtuvo amplios triunfos alcaldicios en comunas como Maipú y Viña del Mar.

En esta configuración de fuerzas internas en la coalición de gobierno no hay nadie especialmente ganador y casi todos pierden adhesión. Su sobrevivencia y proyección presidencial y parlamentaria probablemente supondrá que la coalición se mantenga unida y disminuya sus luchas de hegemonía en aras del interés común. Ni las fuerzas más moderadas ni las más radicales parecen estar en condiciones de emprender caminos propios.

Por otro lado, la participación llegó a 85%, a comparar con la de solo 43% en la elección municipal de 2021. En alcaldes, el voto nulo y blanco llegó en 2024 a un 11% del voto. En cambio, acumuló un 18% en gobernadores, un 20% en concejales y un 25% en consejeros regionales. En la elección de consejeros constitucionales de 2023 ese voto ya había alcanzado cerca de un 22%. En contraste, en la elección de concejales de 2021 los votos nulos y blancos habían alcanzado solo un 6% y en la de alcaldes un 2%, lo que se explica por el voto voluntario. Descontando los votos nulos y blancos, las preferencias por candidatos a alcalde en ese entonces sumaron apenas un 41% del universo electoral, a comparar con el 74% en esta ocasión, una mucho mejor cifra para remontar la salud democrática del país.  

Recordemos que en 1997 se produjo la primera ola de abstención desde el plebiscito de 1988, seguida de un alejamiento ciudadano progresivo del sistema político. En 2009, el Congreso cambió el voto obligatorio por uno voluntario. La participación de los habilitados para votar cayó a cerca del 50% en las elecciones presidenciales y parlamentarias y a cerca del 40% en las de alcaldes y concejales. El voto obligatorio se restableció para el plebiscito de 2022 y luego para todas las elecciones. Por ahí ha pasado el descrédito creciente de los representantes elegidos y la poca capacidad de las autoridades democráticas de llevar adelante sus programas, dado un Estado débil en muchos aspectos y la ausencia de prevalencia del principio de mayoría en las instituciones, cuyo resultado es un empate permanente en el sistema político y un cierto estancamiento general. 

En suma, se ha repetido el gran desgaste que sufrió la derecha bajo el gobierno de Piñera cuando enfrentó la elección territorial de 2021. Ironías aparte, no está resultando fácil gobernar el país en las circunstancias posteriores a 2019, y nadie parece estar en condiciones de mantener la adhesión ciudadana por mucho tiempo.




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