domingo, 24 de noviembre de 2024
La segunda vuelta en gobernaciones: un balón de oxígeno para las fuerzas de gobierno
sábado, 23 de noviembre de 2024
Actualizando el análisis sobre la victoria de Trump
lunes, 18 de noviembre de 2024
El debate presupuestario: ¿hacer de necesidad virtud?
El ministro de Hacienda Mario Marcel parece, en estos días de difícil debate presupuestario en el parlamento, empeñado en hacer de necesidad virtud. La ausencia de mayoría parlamentaria lleva a hacer compromisos, como el reciente acuerdo de una rebaja de US$600 millones del gasto público para llevarlo en 2025 desde un aumento del 2,7% inicial al 2,0%. Son las realidades de la política, no hay objeción en ello. Pero no se debe olvidar que esto tiene como trasfondo la negativa persistente de la oposición a aprobar una reforma tributaria progresiva (rechazó la idea de legislar en marzo de 2023), lo que ha aumentado el déficit fiscal estructural, que se mantiene en todo caso en límites razonables.
Y cabe preguntarse, ¿es necesaria tanta buena letra con los defensores del Estado mínimo y el mercado máximo, al declarar Marcel que "durante este periodo, si tomamos las cifras que están ahora en discusión para el Presupuesto 2025, en tres años acumulativamente el gasto público va a haber crecido menos de 7%, que para un periodo de tres años es el crecimiento más bajo que hemos tenido desde el retorno a la democracia"? Afirmar esto en tono aparentemente positivo -aunque tal vez se trate de un momento de insistencia ante la oposición frente a su postura contra el gasto público en período electoral- no es congruente con la visión programática con la que fue elegido el actual presidente con 56% de los votos en 2022.
Este es un asunto de opciones de sociedad, en el que no tiene ningún sentido acoplarse a las modas tipo Milei, quien acaba de declarar en el G20 que se opone al "hambre y la miseria que trae la intervención estatal" y que "la solución es correr al Estado del medio", desechando toda la evidencia en sentido contrario para oponerse a la proposición de Lula de erradicar “el hambre y la pobreza". Para el presidente de Brasil "no son resultado de la escasez o de fenómenos naturales” sino de “decisiones políticas que perpetúan la exclusión", por lo que propuso en la reunión del G20 en Brasilia que los 3.300 mayores multimillonarios del mundo aporten un 2% de su riqueza anual para recaudar unos 200-250 mil millones de dólares destinados a combatir la pobreza, el hambre y los efectos del cambio climático. Este es el tipo de política propia del progresismo, alternativa a sumarse a la restricción de las capacidades redistributivas del Estado que propone la derecha en todas sus variantes. Por lo demás, ya tuvimos en Chile suficiente con los Chicago Boys en dictadura y su proyecto de destrucción del Estado inspirado en Friedman y Hayek, que llevó el gasto en educación, salud, pensiones e infraestructura al mínimo, con un fuerte incremento de la desigualdad y un crecimiento inferior a las etapas democráticas previa y posterior. El PIB se ha multiplicado por cuatro entre 1990 y 2023 y por 2,6 por habitante, como nunca antes en la historia reciente y con más regulaciones y más gasto público, mientras la desigualdad ha tendido a disminuir desde su muy alto nivel inicial al recuperarse la democracia, aunque no todavía de modo suficiente.
No olvidemos que el gasto del gobierno general representó en Chile un 27,4% del PIB en 2023, después de un máximo de 33,6% en 2021 durante la vigencia de los subsidios de emergencia a las empresas, el empleo y las familias, a comparar con el 21,0% de 1990. Esa evolución ¿es positiva o negativa? Desde el momento en que no hay en Chile impuestos manifiestamente antieconómicos, el aumento anual del gasto público por sobre el del PIB, debidamente financiado (la deuda pública bruta era de 37% del PIB en 1990 y de 39% en 2023 y la deuda pública neta de 22% y 23% del PIB respectivamente, casi sin cambios luego de una etapa de baja importante y otra de aumento para enfrentar la crisis social y pandémica), es necesario para:
a) proveer más bienes públicos que aumenten el crecimiento sostenible, como infraestructuras, conocimiento, investigación y desarrollo tecnológico y educación;
b) incrementar el bienestar general, mediante más gastos en salud, cultura, vivienda, equipamiento urbano, descontaminación y preservación de la naturaleza y
c) disminuir las desigualdades, mediante el financiamiento de redistribuciones que permitan ingresos básicos universales y mayores programas para la niñez, las mujeres discriminadas, las personas excluidas, los adultos mayores y los territorios desfavorecidos.
La corriente neoliberal sostiene que esas acciones públicas provocan pérdidas de crecimiento, lo que es históricamente falso. Las afirmaciones de esta corriente sirven de justificación para los que privilegian la expansión de la gran empresa que procura liberarse de cargas y regulaciones, aunque implique un bajo crecimiento general, concentración de mercados, alta desigualdad de riqueza e ingresos, depredación ambiental, y el consiguiente malestar social. La idea de que el crecimiento solo se produce si los mercados se expanden con un mínimo de impuestos, gastos y regulaciones, para no hablar de la promoción de la economía social y solidaria, no tiene asidero en la historia económica (como se puede leer, por ejemplo, en el trabajo de Bradford DeLong), crecimiento que, además, no crea en estas condiciones un bienestar equitativo, integrador y sostenible. Los datos muestran que los períodos de mayor crecimiento de las economías prósperas en el siglo XX coinciden con los de mayor expansión de los gastos públicos, resultados que se potencian mutuamente.
Como señala el premio Nobel Paul Romer, "si uno mira los hechos, no es cierto que sea mejor dejar todo al mercado (...). En vez de ver al gobierno como el problema y de que hay que sacarlo del camino, tenemos que reconocer que no podemos progresar a menos que tengamos un gobierno que hace su trabajo."
En promedio, los países de más altos impuestos son los de mayor PIB por habitante. La afirmación que los impuestos y el gasto público per se hieren el desempeño económico no tiene base empírica que la sustente. Recordemos que entre las economías avanzadas, según los datos del FMI para 2023, Francia y Finlandia alcanzan un gasto público de 57% del PIB, Bélgica de 55%, Italia de 54%, Austria de 52%, Alemania de 48% (que los conservadores suelen citar en Chile como modelo, mientras algún empresario de origen alemán se permite afirmar contra toda evidencia, como Holger Paulmann, que “si seguimos aumentando más el gasto público que el crecimiento vamos a terminar como Argentina”), Dinamarca y Suecia de 47%, Noruega de 46%, España de 45%, Reino Unido de 44%, Países Bajos de 43%, Portugal de 42%, Nueva Zelandia y Canadá de 42% y Japón de 41%, países que cuentan con altos indicadores de prosperidad y bienestar sin estar en absoluto al borde de la quiebra ni nada semejante. Mientras, en Australia y Estados Unidos el gasto público representa el 38% del PIB. En este último caso, el gasto público se sitúa 10 puntos de PIB por encima de aquel vigente en Chile, mientras muchos países ya tenían gastos públicos proporcionalmente mucho más altos que los de Chile hoy con un ingreso por habitante más bajo. Suiza y los países asiáticos prósperos, por su parte, tienen Estados de bienestar menos desarrollados y una carga pública menor al promedio, pero ostentan una desigualdad antes de impuestos y transferencias menor que el resto de los países de altos ingresos.
No por casualidad, entonces, el promedio del gasto público como porcentaje del PIB en los países de la OCDE ronda el 40%. Esto ocurre por lo que señala ese organismo como buena práctica: "Un sistema fiscal eficiente no solo genera los ingresos necesarios para financiar servicios públicos, sino que también puede apoyar metas de desarrollo. Por ejemplo, puede ayudar a combatir los flujos financieros ilícitos, reducir la desigualdad mediante la redistribución y abordar objetivos de salud y medioambiente". No es algo para olvidar, aunque se produzca alguna previsible altisonancia en el debate parlamentario.
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El cambio climático sigue avanzando
En Diario Usach
Este año, la Tierra ya estará 1.5 grados Celsius más caliente que los niveles preindustriales, al menos temporalmente. Hay un 50% de probabilidades de que el calentamiento global supere establemente 1,5 ºC en seis años.
Aunque los gobiernos en el Acuerdo de París de 2015 se comprometieron a limitar el calentamiento por debajo de 2 grados Celsius, el mundo sigue en camino de alcanzar un aumento de 2.7 grados Celsius hacia 2100, según el grupo de expertos de Climate Action Tracker. La falta de acción suficiente amenaza con aumentar los riesgos climáticos.
Se proyecta una cima de emisiones (que aumentarán en 0,8% en 2024) para finales de la década, pero no la disminución pronunciada necesaria en ese período para alcanzar el objetivo del Acuerdo de París.
Los mayores emisores son China (29,2% del total), Estados Unidos (11,2%), India (7,3%) y la Unión Europea (6,7%). Se prevé que las emisiones de Estados Unidos, principal productor y consumidor mundial de petróleo y gas, disminuyan un 0,6% este año, en tanto que las de la Unión Europea se reducirán un 3,8%.
Mientras, las emisiones de India aumentarán un 4,6% este año, impulsadas por el aumento de la demanda de energía alimentada por el crecimiento económico. Las emisiones de China, segundo consumidor de petróleo del mundo, aumentarán un 0,2%. Se espera que las emisiones de la aviación y el transporte marítimo internacionales aumenten un 7,8% este año, ya que el transporte aéreo sigue recuperándose de la caída de la demanda durante la pandemia de Covid-19.
A pesar de las promesas de varios países de eliminar sus emisiones netas para mediados de siglo, muchos no han respaldado esos compromisos con acciones suficientes. Aunque algunos países han tomado medidas, el uso de combustibles fósiles ha aumentado para satisfacer la creciente demanda de energía, superando la expansión de las energías limpias.
En los últimos tres años, Estados Unidos aprobó la Ley de Reducción de la Inflación, que invertirá cientos de miles de millones de dólares en tecnologías de bajo carbono, como la energía eólica, solar y nuclear, además de tecnologías de captura de carbono.
China ya vende internamente más vehículos eléctricos e híbridos que convencionales y la Unión Europea ha aumentado sus objetivos para energías renovables y bombas de calor. Las inversiones en energía limpia ahora duplican a las de combustibles fósiles, especialmente en petróleo y gas, por primera vez, mientras que la inversión en capacidad de manufactura limpia está creciendo rápidamente. Sin embargo, los subsidios a los combustibles fósiles permanecen en un nivel histórico, y el financiamiento para proyectos que prolongan su uso se cuadruplicó entre 2021 y 2022.
Climate Action Tracker también estimó los posibles efectos del regreso de Trump a la Casa Blanca, quien ha prometido reducir el apoyo a la energía limpia y los vehículos eléctricos y desmantelar las regulaciones ambientales.
Los autores calcularon que un retroceso completo de las políticas climáticas de EE. UU. podría agregar unas pocas décimas de grado de calentamiento para 2100. El efecto sería relativamente limitado, en parte porque Estados Unidos representa solo el 11% de las emisiones globales actuales. Pero si las acciones de la administración Trump llevaran a otros países a debilitar o abandonar sus políticas climáticas, el efecto podría ser mucho mayor.
El estudio calculó lo que los países tendrían que hacer para mantener el calentamiento global más cerca de un promedio a largo plazo de 1,5 grados Celsius. China tendría que reducir sus emisiones en dos tercios por debajo de los niveles de 2005 hacia 2035. Estados Unidos necesitaría reducir sus emisiones aproximadamente un 80 % en el mismo lapso. India, Europa, Brasil, Japón y Australia también tendrían que hacer recortes más profundos de los que actualmente planean.
Las acciones tomadas por Chile y Costa Rica son consideradas "casi suficientes", los únicos casos en el continente entre los que se dispone de datos, junto a Noruega y algunos pocos países africanos y asiáticos.
Por su parte, Naciones Unidas señala en su más reciente informe que "reducir los gases de efecto invernadero en la próxima ronda de Contribuciones Determinadas a nivel Nacional (CDN), cuyo plazo de actualización está previsto para principios de 2025 antes de la COP30", requiere disminuir las emisiones agregadas en 42% hacia 2030 y en 57% hacia 2035 para alcanzar el objetivo de limitar el calentamiento global a 1,5 ºC.
Si no se aumenta la ambición en las nuevas CDN y se empiezan a cumplir inmediatamente, habría consecuencias devastadoras para las personas, el planeta y las economías. Siempre según Naciones Unidas, "desde el punto de vista técnico, sigue siendo posible limitar el aumento de la temperatura media mundial a 1,5 ºC. Asimismo, la energía solar, eólica y las medidas basadas en los bosques prometen reducciones rápidas y radicales de las emisiones... Los países del G20, en particular los miembros con mayores emisiones, tendrían que hacer el trabajo pesado".
viernes, 15 de noviembre de 2024
¿Podrán sobrevivir las democracias?
lunes, 11 de noviembre de 2024
El capital viajero
jueves, 7 de noviembre de 2024
Escenarios en la etapa final del gobierno de Gabriel Boric
Gabriel Boric ganó la elección presidencial en la segunda vuelta de 2021 de manera holgada, con un 56% de los votos. Ese resultado hizo que tal vez no se prestara suficiente atención a lo estrecho e inestable de la situación política de entonces, después de una rebelión social y una pandemia, con un triunfo que se explica en buena medida por tener al frente al candidato de la extrema derecha José A. Kast y no a una derecha con nexos con el centro, como la que encarnó en su momento Sebastián Piñera y en esa ocasión Sebastián Sichel, derrotado en primera vuelta en un contexto polarizado.
Las fuerzas políticas del espectro progresista que habían participado en los gobiernos desde 1990, sumadas a las fuerzas de izquierda emergente, no habían obtenido la mayoría parlamentaria en noviembre de 2021. Los partidos de la ex Concertación se agruparon en una lista que obtuvo solo el 17% de los votos, después de haber dominado la escena política por décadas, mientras una coalición de izquierda compuesta por el PC, el Frente Amplio y otras fuerzas la superaba con el 21%, a lo que se agregó el 12% reunido por las listas de la izquierda radical y ecologista, con el impulso de la rebelión social de 2019 y la voluntad de cambio que expresó.
Las fuerzas de extrema derecha de republicanos y socialcristianos lograron un 11% del voto para la Cámara y los populistas de Parisi lograron otro 8%, mientras la derecha tradicional reunió un 25%. La suma de la derecha en el electorado (44%) y su mayoría en el parlamento, engrosada por quienes dejaron la democracia cristiana después de la elección presidencial, le permitió construir una plataforma opositora sólida que, además, cuenta con el control de los medios masivos. Logró bloquear tempranamente las reformas emblemáticas de Gabriel Boric, como la tributaria y de pensiones, aunque se produjo el aumento del salario mínimo y la pensión básica y otros avances. Pero el presupuesto heredado muy contractivo de 2022 y una política monetaria marcada por el control del Banco Central desde marzo de ese año por la hiper-ortodoxia liberal, produjo un desgaste casi inmediato del gobierno, que demoró un tiempo que no tenía en improvisaciones y luego en ajustar las piezas de la gestión del Estado. Terminó por construir de manera tardía un sistema de apoyos políticos y parlamentarios más amplios, pero con tensiones internas a las que no fue ajeno el enunciado de una supuesta superioridad moral generacional o la resistencia conservadora de una parte de la izquierda tradicional.
Las fuerzas vinculadas al gobierno actuaron con cierta incoherencia, agravada por una etapa final de la Convención constitucional elegida en mayo de 2021 que se vio envuelta en radicalidades consagradas por la regla de dos tercios que, en vez de darle poder de veto a la derecha, se lo dio a intereses particularistas proclives a la declamación verbal. Esta mezcla llevó a una derrota de la propuesta constitucional de la Convención por nada menos que un 62% en septiembre de 2022, lo que selló la puesta en minoría del gobierno de Gabriel Boric. Esto ocurrió apenas seis meses después de iniciada su gestión, lo que se agravó en la elección de consejeros constitucionales de mayo de 2023 con una inusitada mayoría relativa de la extrema derecha. No obstante, se produjo un rechazo a la propuesta constitucional de ese sector por un 56% del voto en diciembre de 2023, la misma proporción, ahora con voto obligatorio, que eligió al actual presidente.
Luego de poco más de dos años y medio de gobierno, las fuerzas políticas que participan en su gestión sufrieron un fuerte desgaste en la reciente elección territorial. De un total de 345, los alcaldes de este signo bajaron de 150 a 111 y los de oposición aumentaron de 87 a 122, mientras la población administrada por unos y otros es ahora de 38% y 37% respectivamente. El restante 25% lo será por alcaldes independientes. En la reciente elección de concejales y consejeros regionales, la derecha agregada sumó un 53% de las preferencias. Había obtenido el 31% en la elección de concejales de 2021 y el 62% en la de consejeros constitucionales de 2023 (en este último caso ya con voto obligatorio).
Por su parte, las fuerzas de gobierno reunieron un 34% de las preferencias en la elección de consejeros regionales y un 36% en la de concejales, a comparar con el 44% de 2021, su mejor momento en este nivel, y con el 34% en consejeros constitucionales de 2023. Si a este poco más de un tercio se le agrega el 5% de las disminuidas fuerzas de la izquierda radical y de los ecologistas, se llega en 2024 a un 42% para la izquierda variopinta. Con la Democracia Cristiana, el "progresismo agregado” sube a un 46% en concejales (la cifra es similar en consejeros), a comparar con el 62% en concejales de 2021 y el 50% en la elección de diputados en 2021.
En la configuración de fuerzas internas en la coalición de gobierno no hay nadie especialmente ganador y casi todos sus componentes pierden adhesión. El llamado “socialismo democrático” (radicales, PPD, liberales y socialistas) suma 19% del voto en concejales y 14% en consejeros regionales (los liberales fueron juntos con los regionalistas verdes en regionales), mientras “Apruebo Dignidad” (comunistas, Acción Humanista, regionalistas verdes y Frente Amplio) suma un 18% y 21% respectivamente. Los dos bloques de gobierno representan hoy más o menos lo mismo en materia de adhesión ciudadana. Este es el punto de partida a considerar para lo que viene, luego del fin del viraje al centro y a la adaptación al neoliberalismo que emprendió poco a poco buena parte de la antigua Concertación, hoy expresado en la puesta en franca minoría de los grupos de “amarillos” y “demócratas”.
Ese nuevo punto de partida requiere preguntarse: ¿tiene sentido prolongar las luchas de hegemonía entre estos dos bloques para lograr un buen fin del gobierno de Gabriel Boric, lo que está en su interés común, y enfrentar la elección presidencial y parlamentaria de 2025 con alguna probabilidad de éxito? La estabilización del gobierno supondrá que la coalición se mantenga unida. En la proyección hacia el futuro, ni las fuerzas más moderadas ni las más radicales parecen estar en condiciones de emprender caminos propios y deberán, en cualquier caso, organizar primarias presidenciales comunes o bien apoyos mutuos en segunda vuelta.
Si se considera que la derecha y sus candidaturas presidenciales están en una situación sólida pero no imbatible, el “agregado progresista” debiera reflexionar sobre su estrategia futura. Desde luego, esta debe partir por un compromiso férreo con la tolerancia cero con las corruptelas y los abusos machistas y de poder, sin lo cual nada podrá hacerse para reconstruir una mayoría que vuelva a ganar prestigio ante la sociedad. Y, tal vez, repensar sus alineaciones internas.
Si se superara el trauma generacional generado en el progresismo desde 2011 y se conformara una suerte de "izquierda democrática amplia", aquella que en lo básico adhiere a la democracia en todas partes y al crecimiento sostenible con redistribución social, es decir la posible suma de radicales, liberales, PPDs, socialistas, frente-amplistas y regionalistas-verdes, sería de un 27%, según la reciente elección municipal. Si el destino del PC fuera persistir en su alineación internacional ortodoxa, su 6% tenderá a sumarse al 5% de la izquierda radical y a buscar mantener ahí un polo.
Simplificando mucho, si la potencial "izquierda democrática amplia" articulara su fuerza en la próxima primera vuelta presidencial y en una lista parlamentaria con la idea principal de construir un Estado democrático y social de derecho, detrás de Carolina Tohá, Michelle Bachelet u otra candidatura presidencial de consenso, y estableciera apoyos mutuos en la segunda vuelta con la DC, la izquierda ortodoxa y las fuerzas ecologistas, el “progresismo agregado” podría volver a ser competitivo y hacer retroceder a la derecha, que hoy tiene todo para gobernar durante la próxima década.
Por supuesto, no se trata solo de imaginar combinaciones electorales, sino de construir un proyecto común para esa próxima década. Esto supone una clarificación previa, luego de los diversos terremotos políticos desde 2011, sobre qué sectores sociales y qué intereses se trata de representar. ¿Deberá considerar el nuevo proyecto de manera prioritaria las libertades y la igualdad de género? ¿Y poner de manera central la redinamización de una economía que crezca y redistribuya de manera sostenible para representar los intereses del trabajo dependiente asalariado, que reúne el 76% de la ocupación; los del trabajo por cuenta propia, que abarca otro 20%; los de la población joven, que requiere educación de calidad e inclusiva; los de la edad avanzada, que requiere de mejores pensiones; los de los sectores de ingresos precarios, que requieren de más apoyo en redistribuciones e inserción? ¿Se deberá considerar con mucho más fuerza los de la economía social y cooperativa y los de las empresas pequeñas y medianas, mediante desconcentración, financiamiento, política industrial y transferencia tecnológica? ¿Y considerar los intereses del conjunto de la población en materia de seguridad cotidiana, de seguridad social, de urbanismo integrador y de infraestructuras colectivas? ¿Y los del conjunto de la nación para respetar la diversidad, la pluralidad cultural y la autonomía de los territorios?
O bien ¿seguirá la complacencia miope con los intereses del gran empresariado, que concentra brutalmente los ingresos y la riqueza, y el de los que giran a su alrededor y se someten a su financiamiento? ¿O los de los inversionistas extranjeros en minería que se apropian de la mayor parte de la renta de los recursos naturales? ¿O los de quienes quieren volver a militarizar la sociedad o mantener conductas xenófobas?
Hecha esa clarificación mediante el insustituible diálogo político, tal vez un paso siguiente sea deliberar sobre qué aspiraciones presentes en la mayoría social se deberán recoger y priorizar, en diálogo con ella, y traducir en programas secuenciados en el tiempo, siempre con espíritu de responsabilidad y con equipos competentes al margen del clientelismo. Y, más allá de los fracasos recientes, se deberá deliberar en materia de propuestas de reformas próximas de las instituciones, pues las vigentes siguen sin reflejar plenamente la voluntad mayoritaria ni garantizan suficientes libertades individuales. Y también en materia de política económica y de desarrollo, que sigue basada en un gobierno débil y sin herramientas en un mundo en el que se aceleran grandes cambios que requieren de un Estado estratégico.
Probablemente se encontrarán las coincidencias necesarias y se constatará la distancia con la visión de los grupos social-liberales, siempre influyentes pero que son más bien próximos al gran empresariado y a la derecha en sus concepciones de la democracia, la economía y la sostenibilidad, y con la izquierda ortodoxa, que se ha negado pertinazmente a romper con los autoritarismos en su alineación internacional, a pesar de su conducta interna constructiva. Esta reagrupación no debe impedir que la "izquierda democrática ampliada" promueva una coalición mayoritaria para gobernar, que incluya tanto al PC como a la DC y al centro progresista. Las agrupaciones minoritarias autocomplacientes, y autosatisfechas con la ocupación de espacios en el Estado, definitivamente no son las que logran cambiar las realidades de la mayoría social.
viernes, 1 de noviembre de 2024
Un balance después de la elección territorial
En El Mostrador
Las fuerzas políticas que participan en el gobierno sufrieron un fuerte desgaste en la reciente elección territorial. Comunas emblemáticas como Antofagasta, Santiago, Ñuñoa, Concepción y Puerto Montt, entre otras, fueron ganadas por la derecha opositora. La población gobernada por alcaldes de oposición aumentó un 59%, mientras que aquella gobernada por la diversidad de oficialistas disminuyó un 28%. Los alcaldes de gobierno y de la Democracia Cristiana, que iban en pacto, bajaron de 150 a 111, mientras los de oposición aumentaron de 87 a 131, de un total de 345. No obstante, no se produjo un tsunami opositor, pues la población gobernada por uno u otro campo es de 38% y 37% respectivamente. El restante 25% lo será por alcaldes independientes, aunque 75 de los 103 electos ya compitieron antes representando a un partido y en esta ocasión decidieron hacerlo por su cuenta.
En materia regional, las fuerzas de gobierno ganaron en la primera vuelta de la elección de gobernador (lo que, como establece la norma, ocurre cuando un candidato obtiene más de 40% de los votos válidos) en las regiones de Tarapacá (independiente), Ñuble (PS), Los Ríos (PS) y Magallanes (independiente), mientras la oposición ganó en Aysén (UDI). En la segunda vuelta del 24 de noviembre, que tendrá lugar en 11 de las 16 regiones, los datos muestran que la oposición de derecha, si suma todos los votos expresados de su sector detrás de quien pasó a la segunda vuelta, puede ganar la mayoría. La excepción es Antofagasta, en que se enfrenta una candidata radical y un candidato independiente ex RD, mientras las fuerzas de gobierno parecen bien situadas en Atacama y Valparaíso. En 2021, cuando se eligieron por primera vez los gobernadores regionales, la derecha había ganado solo una región, la de la Araucanía.
Las fuerzas de gobierno reunieron un 34% de las preferencias en la elección de consejeros regionales y un 36% en la de concejales, a comparar con el 44% de 2021, su mejor momento, y con el 34% en consejeros constitucionales de 2023, cuando se produjo su segunda caída electoral luego del 38% del plebiscito de 2022. Si a este poco más de un tercio se le agrega el 5% de la izquierda radical y de las fuerzas ecologistas, se llega en 2024 a un 42%. Con la DC, el "total progresista", si así pudiera llamarse, sube a un 46% en concejales (la cifra es similar en consejeros), a comparar con el 62% en concejales de 2021, es decir 16 puntos porcentuales menos, mientras entre tanto ha habido dos años y medio de gobierno de Gabriel Boric.
En la reciente elección de concejales y consejeros regionales, la derecha agregada sumó un 53% de las preferencias. Había obtenido el 31% en la elección de concejales de 2021 y el 62% en la de consejeros constitucionales de 2023 (en este último caso ya con voto obligatorio). Chile Vamos aumentó en poco más de medio punto su caudal de voto en concejales y llegó a 28%. En el seno de la alianza de la derecha tradicional, hubo un repunte de RN, una estabilidad de la UDI y una caída de Evopoli. Por su parte, cayó el voto de los republicanos de extrema derecha respecto a la elección de consejeros constitucionales, aunque en concejales pasó de un 3% en 2021 a un 16% en 2024, un gran aumento de su caudal de apoyo que los lleva a ser hoy el partido con más votos en el país. En las elecciones de concejales y consejeros, las otras expresiones nuevas de la derecha se situaron cada una en el 3-4%, como el Partido de la Gente, los socialcristianos y Amarillos y Demócratas. La suma de la derecha tradicional y de la nueva derecha expresa el auge general de este sector político.
La Democracia Cristiana no experimentó grandes cambios. Sumó un 5% de las preferencias en la elección de concejales (y un 7% en la de consejeros), a comparar con el 7% de 2021 y el 4% de 2023. El PR-PPD-PS sumó un 17% en concejales, una caída respecto al 22% de 2021. El PR baja algo su caudal de 2021 y se mantiene un poco más arriba del 6%, el PS baja un punto porcentual y medio y llega por poco al 6%, afectado probablemente por el escándalo Monsalve y otros previos de alcaldes de sus filas, mientras el PPD baja dos puntos porcentuales y llega solo al 4% del voto válido. Hay pocos alcaldes elegidos de este sector en las comunas más grandes.
El PC bajó 3 puntos porcentuales y llegó al 6% en concejales, en lo que tal vez ha incidido su alineación en la crisis de Venezuela. Sufrió la derrota de Irací Hassler por amplio margen en Santiago. Por su parte, los regionalistas verdes aumentaron algo su caudal a cerca de 4%, ahora aliados a los liberales con cerca de 2%. El Frente Amplio mostró una caída de un par de puntos, sumando solo un 7% de las preferencias, lo que es bastante poco para el partido del presidente, aunque obtuvo amplios triunfos alcaldicios en comunas como Maipú y Viña del Mar.
En esta configuración de fuerzas internas en la coalición de gobierno no hay nadie especialmente ganador y casi todos pierden adhesión. Su sobrevivencia y proyección presidencial y parlamentaria probablemente supondrá que la coalición se mantenga unida y disminuya sus luchas de hegemonía en aras del interés común. Ni las fuerzas más moderadas ni las más radicales parecen estar en condiciones de emprender caminos propios.
Por otro lado, la participación llegó a 85%, a comparar con la de solo 43% en la elección municipal de 2021. En alcaldes, el voto nulo y blanco llegó en 2024 a un 11% del voto. En cambio, acumuló un 18% en gobernadores, un 20% en concejales y un 25% en consejeros regionales. En la elección de consejeros constitucionales de 2023 ese voto ya había alcanzado cerca de un 22%. En contraste, en la elección de concejales de 2021 los votos nulos y blancos habían alcanzado solo un 6% y en la de alcaldes un 2%, lo que se explica por el voto voluntario. Descontando los votos nulos y blancos, las preferencias por candidatos a alcalde en ese entonces sumaron apenas un 41% del universo electoral, a comparar con el 74% en esta ocasión, una mucho mejor cifra para remontar la salud democrática del país.
Recordemos que en 1997 se produjo la primera ola de abstención desde el plebiscito de 1988, seguida de un alejamiento ciudadano progresivo del sistema político. En 2009, el Congreso cambió el voto obligatorio por uno voluntario. La participación de los habilitados para votar cayó a cerca del 50% en las elecciones presidenciales y parlamentarias y a cerca del 40% en las de alcaldes y concejales. El voto obligatorio se restableció para el plebiscito de 2022 y luego para todas las elecciones. Por ahí ha pasado el descrédito creciente de los representantes elegidos y la poca capacidad de las autoridades democráticas de llevar adelante sus programas, dado un Estado débil en muchos aspectos y la ausencia de prevalencia del principio de mayoría en las instituciones, cuyo resultado es un empate permanente en el sistema político y un cierto estancamiento general.
En suma, se ha repetido el gran desgaste que sufrió la derecha bajo el gobierno de Piñera cuando enfrentó la elección territorial de 2021. Ironías aparte, no está resultando fácil gobernar el país en las circunstancias posteriores a 2019, y nadie parece estar en condiciones de mantener la adhesión ciudadana por mucho tiempo.
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