domingo, 4 de octubre de 2009

El Mercurio, Domingo 4 de Octubre de 2009

Gutenberg Martínez (DC), Andrés Allamand (RN) y Gonzalo Martner (PS) dimensionan el nuevo panorama político en Europa:

La crisis de la izquierda europea vista desde Chile

Apenas seis de los 27 estados de la Unión Europea tienen gobiernos de izquierda. La derecha controla países claves como Italia, Francia y Polonia. La victoria de Angela Merkel en Alemania es vista como un nuevo traspié para la socialdemocracia en el Viejo Continente.

Gonzalo Martner:

En las elecciones europeas de junio pasado se produjo un retroceso para los socialdemócratas, aunque no para otras expresiones de izquierda. Este se ha visto agravado por el peor resultado en décadas del SPD alemán el domingo 27 de septiembre, que resultó en su salida del gobierno, aunque aumentó el caudal del Partido de Izquierda. Los socialdemócratas sólo gobiernan hoy en el Reino Unido, España y Portugal, además de Noruega.

Este retroceso parece deberse en primer lugar a que algunos partidos socialdemócratas se diferencian poco del liberalismo social que han asumido los partidos de centro o de derecha en Europa. La socialdemocracia ha sido víctima de su propio éxito: sus propuestas de Estado social, de servicios públicos y de libertades civiles son asumidas por el resto del espectro político, y constituyen el núcleo del "modelo europeo". También lo han sido las políticas fiscales keynesianas frente a la crisis. No obstante, los socialdemócratas no han sabido o podido dar respuesta a los temores que resultan de la precariedad del trabajo en el contexto de la globalización, del envejecimiento demográfico y del aumento de la percepción de inseguridad urbana, que las derechas suelen asociar injustamente a la inmigración. Sus propuestas de más mano dura y rebajas de impuestos rinden frutos.

Pero no es tan cierto que Europa se haya movido a la derecha. Se ha movido a la abstención. La mayoría sigue pensando que las desigualdades son demasiado grandes y debieran aumentarse la progresividad fiscal, los derechos sociales y los laborales. Para Mario Soares, cabe "reformular el socialismo democrático -que en muchos casos se dejó 'colonizar' por el neoliberalismo-, dignificando el trabajo, profundizando en las políticas sociales y luchando con mayor seriedad en defensa del planeta, muy amenazado, y por la solidaridad entre los seres humanos, sin exclusiones". La resistencia del socialismo español, la reciente victoria del portugués y la próxima del griego pueden augurar un nuevo ciclo de expansión de las izquierdas en Europa, que están en plena reformulación frente a los desafíos de la crisis.

Las lecciones para Chile son, tal vez, las de que es necesario sumarse a este debate programático y tomar el toro por las astas: las fuerzas de orientación socialista democrática en Chile no pueden seguir dispersas en parroquias que se suman a agendas ajenas y a intereses de grupos de presión, en nombre de una "transversalidad" cada vez más espuria. Por ese camino, van a la división y al colapso. Debieran, más bien, unificarse en una federación amplia que aspire a representar a no menos de un tercio del país, sin romper su alianza con el centro, en base a su propia agenda de libertades y de gobierno social y ecológico de los mercados, sustentada en un Estado activo y una sociedad civil fuerte y participativa.

Certifica.com

domingo, 20 de septiembre de 2009

Winnipeg


    Intervención en el homenaje a los españoles del Winnipeg, en Casa América de Madrid, el 10 de septiembre de 2009
    Chile es un país de poetas y de encuentros suscitados por la poesía. Esto se debe a muchas herencias. Aunque los pueblos originarios no poseían un alfabeto, mantenían, y lo hacen hasta hoy, una rica tradición oral. Agreguemos que a los primeros conquistadores se sumó el joven Alonso de Ercilla, que supo trasladar a una poesía épica trascendente, y cuyo poema La Araucana desarrolló a lo largo de su vida, parte de los episodios que le tocó vivir y conocer de la conquista y de la resistencia mapuche. Se produjo así no solo la presencia de la espada y la cruz y de la resistencia al invasor, sino también de la palabra poética, la que tal vez mejor estaba en condiciones, al tener la vocación de transmitir y articular las pulsaciones más variadas y soterradas del ser humano, de reconocer al distinto y construir poco a poco puentes que pudieran trascender la violencia inicial y abrir cauce a través de un tiempo que aún perdura, y que atravesó por la necesaria independencia republicana, los posibles entendimientos cimentados en el lenguaje, en el mestizaje y en nuevas señas de identidad plurales.
    El siglo XX, lo sabemos, superó los horrores hasta entonces conocidos en la historia, que no fueron pocos. Y si en los albores del siglo XX se encontraron una vez más Chile y España en la palabra poética – con Huidobro primero con las nacientes vanguardias madrileñas y Neruda luego con la impresionante generación del 27- el encuentro hubo de pasar con rapidez de los territorios de la creación poética a la historia viva, luego de la alerta de Rafael Alberti a su amigo chileno, aunque la adhesión poética a la República incluyó las memorables páginas comprometidas de “España en el Corazón” de Neruda y los poemas de César Vallejo, de Rafael Alberti, de Miguel Hernández, de Antonio Machado, y también de Vicente Huidobro, que en el verano de 1936 ponía en sordina su creacionismo sin raigambre y evocaba así la aspiración a la derrota del alzamiento: “Cuando aparezca el sol de los hermanos / Cuando el aire se acerque renovado / Regalando poemas y corazones llenos de hombre / Espíritus sin muro capaces de todo viaje”.
    Y es Neruda el que por antonomasia puso, como otros creadores, por delante las urgencias de la historia. “Que la crítica borre toda mi poesía, si le parece. Pero este poema, que hoy recuerdo, no podrá borrarlo nadie.” Con esta frase Pablo Neruda resume en sus memorias sus sentimientos respecto a la tarea que, además de la palabra poética, optó por realizar como cónsul especial para la emigración española nombrado por el Presidente Pedro Aguirre Cerda. Este poema hizo posible la llegada de más de dos mil españoles a Chile en un barco, y muchos otros por diversas vías, incluyendo los barcos Formosa y Florida que recalaron en Buenos Aires con españoles con visas otorgadas por Neruda, en busca de paz después de la guerra civil y sin refugio posible en Europa. Que se borre la poseía si se quiere, diría nuestro poeta, pero no los poemas que son historia humana solidaria.
    Para la República de Chile es siempre un honor recordar sus tradiciones de tierra de “asilo contra la opresión”, como reza nuestro himno nacional. En el caso de la España convulsionada por la guerra civil, primero nuestra embajada en Madrid otorgó a cerca de dos mil partidarios del que se instalaría como régimen de facto por décadas un refugio que fue respetado por el Gobierno de la República. En el caso que nos reúne hoy, fue por inspiración de un poeta y decisión de un Presidente democrático que españoles y chilenos pudimos escribir juntos en un contexto muy difícil una nueva página, signada ahora por la solidaridad hacia los derrotados que sufrían el desamparo en tierras de exilio, como lo vivió por lo demás después una parte de los chilenos, más de tres decenios después, y encontramos la mano extendida de la democracia española.
    Neruda recibió, para aminorar la crítica interna, la instrucción de acoger a españoles del exilio en Francia que contaran con oficios que pudieran aportar al desarrollo nacional y escribió así su desafío: “El mar chileno me había pedido pescadores. Las minas me pedían ingenieros. Los campos, tractoristas. Los primeros motores Diesel me habían encargado mecánicos de precisión. Recoger a estos seres desperdigados, escogerlos en los más remotos campamentos y llevarlos hasta aquel día azul, frente al mar de Francia, donde suavemente se mecía el barco Winnipeg, fue cosa grave, fue asunto enredado, fue trabajo de devoción y desesperación”. También había entre nosotros, chilenos, en la prensa y el parlamento, algunos portadores de pequeñez e inhumanidad, a los que el Cónsul Neruda y el Presidente Aguirre Cerda lograron poner en su sitio para dar curso al espíritu de acogida que es ya sello imperecedero del mejor Chile. Muchos refugiados, sin embargo, quedaron sin poder subirse al barco que les ofrecía un destino lejano, especialmente si eran anarquistas o trotskistas, aunque también los hubo en el Winnipeg, pero sobre todo porque su capacidad no permitía hacer más.
    Llegó así a Valparaíso, un 3 de septiembre de 1939, cuando estallaba la segunda guerra mundial luego de la invasión a Polonia, el barco Winnipeg, ex Jacques Cartier, construido en 1918, parte por entonces de la flota de la empresa France Navigation y que ya había prestado servicios diversos de suministro a la República Española. El “barco de la esperanza” había zarpado el 4 de agosto desde Trompeloup-Pauillac, cerca de Toulouse, en el sur de Francia, y su travesía fue financiada con los recursos republicanos y anónimamente por los cuáqueros, defensores de la justicia y el pacifismo a los que Neruda aproximó a su gesta y agradeció de por vida. El barco había sido diseñado para el transporte de carga y admitía solo 97 pasajeros, pero llegó a Chile luego de un viaje azaroso con cerca de 2 400 españoles de toda condición, en el que nació un niño y murió otro y en el que el capitán francés Poupin quiso por momentos volver a Europa ante el inminente estallido de la guerra. El barco fue requisado por la marina nacional francesa cinco días después de llegar a Chile, amarrado como estaba junto a tres vapores alemanes, y parte de su tripulación fue encarcelada antes de ser repatriada en la nave Aconcagua, encontrándose en Bordeaux con un concejo de guerra por “amotinamiento”, del que fueron rápidamente absueltos. El Winnipeg terminó primero en manos de la Francia de Vichy, luego de las fuerzas aliadas, para terminar hundido frente a las costas canadienses, de donde provenía la inspiración de su nombre, por un submarino alemán el 22 de octubre de 1942, poniendo fin a una historia un tanto peculiar para un barco de carga.
    Después de ser recibidos en Valparaíso y en la estación Mapocho de Santiago, la mayoría de los viajeros del Winnipeg se estableció en su nueva patria, otros quisieron y pudieron retornar con el tiempo a su patria de origen. Incluso más de tres décadas más tarde algunos, al caer de nuevo sobre ellos la persecución, tuvieron que vivir en diversos lugares un segundo o tercer exilio, después del de Francia y el de Chile. Mucho para una vida humana, y pocos pudieron sobrevivirlo. También hubo quienes pudieron volver a la España que renacía a la democracia, pero en la paradojal situación de refugiados, si pudiera decirse así, en la madre patria que décadas atrás tuvieron que dejar, porque tocaba ahora salir de la patria de adopción que los expulsaba.
    Todos los que llegaron en el Winnipeg y por otras vías contribuyeron a engrandecer Chile. Mencionemos, aunque siempre toda selección es injusta, al historiador Leopoldo Castedo y su colaboración con Francisco Encina en el resumen de la Historia de Chile más célebre hasta nuestros días; a los escritores catalanes Francesc Trabal, Joan Oliver, Cesar-August Jordana, Xabier Benguerel y Domenec Guansé, a los editores Joaquín Almendrós, Jesús del Prado y Arturo Soria (refugiado en nuestra embajada en Madrid, "discrepante y antimultitudinario" como gustaba autodefinirse, cuyo hermano menor Carmelo fue asesinado por la DINA en 1974); al diseñador gráfico Mauricio Amster, polaco españolizado que fue parte de la fundación de la escuela de periodismo; a los pintores José Balmes y Roser Bru y su aporte decisivo a nuestra plástica; al arquitecto Rodríguez Arias, creador del Café Miraflores; al dramaturgo Luis Fernandez Turbica, al ingeniero Victor Pey y sus hermanos y su labor en la construcción de muchos de nuestros puertos, a Cristián Aguadé y sus emprendimientos; y así tantos y tantos que se insertaron creadoramente en las más diversas actividades, como unos nuevos chilenos que nunca dejaron de representar, eso sí, a mucho de lo mejor de España.
    Setenta exactos años después, la Presidenta Bachelet ha recibido este 3 de septiembre en La Moneda a sobrevivientes y descendientes para expresarles lo que cabe: el agradecimiento de la nación chilena al aporte de los españoles del Winnipeg. También lo hacemos hoy aquí, en la patria que los vio nacer.

lunes, 10 de agosto de 2009

La discusión tributaria

En los procesos electorales se discute sobre los tributos, pero con alguna frecuencia sin atenerse mucho a los hechos ni a la experiencia internacional. Por ejemplo, ¿será cierto que no es bueno subir la carga tributaria porque "la actual correspondería al nivel de desarrollo de Chile"? Es respetable que haya quienes no quieran aumentar la carga tributaria o quienes quieran disminuirla, o que en general a ningún ciudadano le guste pagar impuestos, sobre todo si percibe que se despilfarran en corruptelas y privilegios. Es parte del debate. Pero el hecho es que no hay una relación causal mecánica entre desarrollo económico de un país y nivel de tributos.

Los países desarrollados tienen cargas tributarias que van desde el 27% del PIB (EE.UU., Japón) hasta más del 50% (Suecia, Dinamarca). Los niveles de tributación se explican más bien por las opciones de sociedad a propósito de más o menos bienes provistos por el Estado como educación, salud, pensiones, ayudas sociales, infraestructura, investigación, cobertura de riesgos y más o menos eficiencia en el gasto. En promedio, eso si, la carga tributaria total de los países de la OCDE ha aumentado sustancialmente en los últimos 40 años, pasando de 26% del PIB en 1965 a 30% en 1975 y a 36% en 2005. Esto ha ocurrido no solo porque se han hecho más desarrollados sino que para hacerse más desarrollados: los países que no invierten en bienes públicos se quedan atrás.

En América Latina, países como Brasil y Argentina, con un PIB por habitante a paridad de poder de compra inferior al de Chile en 2009 (Chile: 14 461; Argentina: 14 188; Brasil: 10 154 dólares por habitante, según el FMI) tienen niveles de tributación bastante más altos que los de Chile (Chile: 18,6%; Argentina: 26,8% y Brasil: 33,4% del PIB). La relación entre estos tres países es la inversa de la que se menciona: mientras más bajo el PIB, más alta la carga tributaria, lo que viene a subrayar que este tipo de relaciones mecánicas carece de sentido. Por tanto el nivel de tributos actual en Chile no es el equivalente mecánico a tal o cual nivel de desarrollo, sino a la opción por tener un Estado aún poco desarrollado, aunque recordemos que la presión tributaria (sin cobre) fue llevada a fines de la dictadura a un nivel bajísimo (13,8% del PIB en 1990), que los sucesivos gobiernos democráticos la fueron aumentando (en promedio con Aylwin esta fue de 15,6% del PIB, con Frei de 16,1% y con Lagos de 16,3%), mientras el actual gobierno la ha incrementado desde el 17.0% de 2006 al 18,6% del PIB registrado en 2008.

¿Qué se debe hacer si la opción es avanzar al desarrollo con más educación, salud, seguridad social y también más infraestructura, desarrollo tecnológico y protección del ambiente? Para no poner a nadie nervioso con metas que nos asemejen a los modelos europeos y sus Estados de bienestar (que sin embargo han probado ser hasta acá la mejor combinación entre eficiencia y equidad), o ni siquiera para ambicionar la menos importante protección social de Estados Unidos, ¿no será razonable que Chile avance a mediano plazo al menos a una tasa como la de Corea (25,5% del PIB), que es un país que gasta masivamente en educación y en nuevas tecnologías? Llegar a ser un país moderno simplemente no se puede hacer con el nivel actual de ingresos permanentes del Estado en Chile. Mantener el actual esfuerzo de gasto público y de tributación es mantener, a pesar de los avances, un sistema aún en ciernes de protección social e insuficientes esfuerzos de innovación productiva y desarrollo tecnológico. Es mantener el subdesarrollo.

Existe un conjunto de impuestos que no sólo no dañan la asignación eficiente de los recursos sino que la incrementan. Este es especialmente el caso de los impuestos correctores de externalidades negativas, que transforman en costo privado el costo social en que incurren en sus actividades algunos entes privados. Los impuestos sobre actividades que provocan daño directo a la salud (tabaco, alcohol) o que son contaminantes e intensivas en emisiones de carbono y los que se aplican a la renta de la extracción de recursos naturales corresponden a esta categoría.

Pero la tributación puede tener costos económicos negativos y provocar eventuales distorsiones en los incentivos a los productores y los consumidores. Se suele sobreestimar, sin embargo, estos efectos y postular que un país que posee un mayor nivel relativo de impuestos tendría un menor crecimiento económico. ¿Cuan importantes son estos costos? Para los economistas liberales que se han hecho tan influyentes en base a afirmaciones infundadas -pero bien recibidas por los poderes económicos- serían muy altos, lo que explica su recomendación recurrente y unívoca: el mejor Estado es el residual, que financia pocas actividades para mantener el orden con pocos impuestos. Pero existe suficiente evidencia para afirmar que las economías con mayor expansión en las últimas décadas son las que tienen tributos menos desincentivadores y más gastos públicos que contribuyen al crecimiento, especialmente en infraestructura y recursos humanos, y no los de Estados de menor peso en la economía y tributos más bajos. De hecho, los casos exitosos de países con bajos impuestos que se citan, como Irlanda y los países bálticos, son pequeños y se encuentran hoy en crisis profunda.

Sin duda, no todo gasto público se justifica ni todo impuesto está exento de efectos desincentivantes sobre la actividad económica. Pero la experiencia indica que estos pueden ser disminuidos y compensados por incrementos de eficiencia provenientes de las externalidades positivas que financian. Además, pueden ser asumidos como los costos razonables a pagar por tener mayores grados de equidad. Y el hecho probado es que el gasto público que incrementa el capital físico y humano y las transferencias que disminuyen las desigualdades de ingresos tienen efectos positivos sobre el crecimiento, o en todo caso no lo impiden. Y está probado que la tributación progresiva no impide el crecimiento. Joel B. Slemrod y Jon Bakija, con datos de 1950 a 2002, demuestran que los períodos de fuerte incremento de la productividad coexistieron con las tasas marginales superiores más altas en el impuesto a la renta en la posguerra y que, en promedio, los países de más altos impuestos son los países más ricos.

La afirmación liberal según la cual los impuestos hieren el desempeño económico no tiene entonces base empírica que la sustente. En palabras de Peter Lindert: “Desde hace algunos años, ha habido una creciente brecha entre el registro empírico y una historia que es contada una y otra vez con insistencia creciente. No solo escuchamos que existe el peligro de que redes de seguridad y programas antipobreza basados en impuestos pueden tener altos costos económicos. Nótese cuan frecuentemente se nos dice que los economistas han “demostrado” y “encontrado” que esto es cierto. Estas afirmaciones son frecuentemente un bluf (...). Antes que demostrar o encontrar este resultado, han escogido imaginarlo".

viernes, 3 de julio de 2009

Embajador responde a críticas

Con extrañeza tomó el embajador de Chile en España, Gonzalo Martner, las críticas surgidas tras acompañar ayer al candidato presidencial de la derecha, Sebastián Piñera, en su visita al Presidente del gobierno español José Luis Rodríguez Zapatero.

"Lo cortés no quita lo valiente. No veo porque alguien se pueda extrañar que personas que pensamos distinto no podamos tener relaciones de cortesía. Razón por la cual el presidente Rodríguez Zapatero accedió por cortesía y por amistad con Chile a recibir al líder de la oposición. Creo que aquí hay una cierta incultura democrática en todas estas expresiones", declaró a radio Cooperativa.

El ex presidente del Partido Socialista agregó que "con Sebastián Piñera tenemos ideas completamente diferentes. Estoy seguro de que si llega a gobernar, y espero que eso no ocurra, en materia de DDHH lo más probable es que tengamos a (Manuel) Contreras fuera de la cárcel, por ejemplo. Estoy muy seguro que Piñera privatizaría Codelco y eso a mí no me gustaría. Estoy seguro que tendría una política respecto al medio ambiente no muy cuidadosa. También una política de confusión de los negocios y los asuntos públicos".

Martner aclaró que tuvo con Piñera la misma actitud que tuvo con Eduardo Frei, abanderado de la Concertación, al que acompañó en su visita a Rodríguez Zapatero.

"Un embajador de Chile es un cargo que se tiene mientras se cuente con la confianza de la Presidenta, pero soy un embajador de la República, de la diversidad de Chile, de la persona más sencilla hasta la persona más pudiente, de la gente del Gobierno como de la gente de la oposición", aclaró Martner.

"Mi tarea aquí es proyectar la imagen de Chile en toda su diversidad lo mejor posible y que exista el mejor entendimiento en todos los planos posibles", finalizó.

viernes, 26 de junio de 2009

Sobre la progresividad de los impuestos

Publicado como columna de opinión en el diario La Nación.

Han aparecido en Chile en los últimos tiempos, y desde donde aparentemente no debieran, diversas propuestas para eliminar la progresividad del impuesto a la renta. Mientras, en el Reino Unido el primer ministro Gordon Brown ha decidido el incremento de la tasa más alta de este impuesto desde el 40% al 50%. El gobierno del Presidente Rodríguez Zapatero se ha manifestado dispuesto a aplicar una medida de este tipo en su diálogo con otras fuerzas políticas en el parlamento para la aprobación de la próxima ley de presupuestos. El nuevo presupuesto del Presidente Obama incluye, por su parte, retrotraer las rebajas de impuestos a los más ricos realizadas por la anterior administración. A su vez, el Partido Socialdemócrata Alemán (SPD) acudirá a las elecciones generales de septiembre con un programa que incluirá un incremento de la tasa máxima máxima del impuesto a la renta del 45% al 47%. Este gravamen, conocido popularmente como "el impuesto de los ricos", se aplica a todos los ingresos anuales superiores a 125.000 euros.

Y es que es el propio Adam Smith (“no es poco razonable que los ricos deban contribuir al gasto público no solo en proporción a su ingreso, sino en algo más que en esa proporción”) el que fundamentó el principio de la progresividad del impuesto en una fecha tan lejana como 1776. El principio de equidad tributaria establecido desde entonces solo se ha puesto en cuestión, en nombre de la eficiencia, en las economías recientemente reconvertidas al capitalismo en diversos países este-europeos.

Así, los ultraliberales modernos buscan una completa “neutralidad tributaria” y la reducción de la política económica y fiscal a su mínima expresión, para dejar al mercado las decisiones económicas fundamentales. Esto fue expuesto, por ejemplo, por Milton Friedman en el marco de su esquema de impuesto negativo como alternativa al Estado de Bienestar en 1962 en su libro "Capitalism and Freedom". Este tipo de ideas han sido rechazadas tanto en Estados Unidos como en Europa Occidental y América Latina, pues, en palabras de Gordon Brown no cabe que “el millonario pague exactamente la misma tasa que una joven enfermera, una trabajadora del hogar o un obrero remunerado con el salario mínimo”. Abandonar la idea de la tributación progresiva a la renta es abandonar una idea central del progresismo (en este caso la redundancia no es casual): que paguen proporcionalmente más impuestos los que tienen más.

Hagamos un poco de historia. El impuesto a la renta se introdujo en la mayoría de los países en los albores del siglo XX. En Chile esto ocurrió a partir de los años treinta. Los que inventaron las tasas altas fueron los anglosajones. En Estado Unidos, entre 1932 y 1980, la tasa aplicable a los muy altos ingresos tuvo un promedio de 80,2%, con cifras comparables en Gran Bretaña. En Europa continental las tasas no han excedido el 60%, lo mismo que en Chile. La ola neoliberal de la era Pinochet, Reagan, Thatcher rebajó por doquier estas tasas. La mayoría de los economistas sigue considerando un instrumento efectivo, o en todo caso mejor que intervenir empresas o fijar precios, la aplicación de tasas altas a los muy altos ingresos como instrumento base de las políticas redistributivas, junto a la progresividad del gasto. En EE.UU, el 81% de los economistas está a favor de la progresividad del impuesto. El economista Thomas Picketty, reputado experto en el tema, propone gravar con altas tasas los ingresos superiores a 1,4 millones de dólares anuales, lo que excluye al 99,5% de la población, pues sostiene que el mercado de trabajo no está funcionando bien para asignar remuneraciones correspondientes a la productividad en el caso de los altos directivos de empresas. Esto se ha puesto de manifiesto en la reciente crisis mundial y en las remuneraciones y primas desmedidas de cuerpos directivos que llevaron a decenas de entidades financieras a la quiebra.

En Chile se señala con razón que las empresas tributan poco y que sus dueños descuentan esos pagos de sus impuestos personales. La idea de incrementar la tasa del impuesto a las empresas tiene fundamento si se considera las necesidades de financiamiento de nuevos esfuerzos sociales en educación, salud, vivienda, pensiones. Pero tiene más fundamento mantener y eventualmente incrementar los impuestos de los ingresos de las personas que son dueñas de las empresas y no de las empresas propiamente tales, pues estas deben poder invertir, innovar, crear empleo y distribuir mejores salarios. El esquema más apropiado debiera ser más bien el de no permitir a los dueños de las empresas descontar (global complementario) sus pagos de impuesto a las utilidades (primera categoría) si las empresas respectivas no cumplen con obligaciones de gasto en capacitación de los trabajadores, despiden más que el promedio, no cumplen metas de reducción de emisiones de carbono o no realizan gastos en investigación y desarrollo. Así se sustituiría múltiples exenciones tributarias poco eficaces y se promovería activamente conductas empresariales socialmente deseables y al mismo tiempo socialmente rentables, mediante el uso inteligente de la política tributaria. La política tributaria no debe ser neutral ni en términos de equidad – y por tanto debe mantenerse una escala de progresividad de al menos 0 a 40% en el impuesto a la renta personal- ni en términos de eficiencia empresarial y de asignación de recursos. Así lo demuestra la experiencia de los países exitosos.

domingo, 14 de junio de 2009

Ética de la convicción y ética de la responsabilidad


En estos días hay quienes han relanzado el debate sobre la ética de la convicción y la ética de la responsabilidad, para descalificar una vez más a la primera en nombre de la segunda. Tal vez puede ser de interés transcribir un extracto de mi libro "Remodelar el modelo" de 2007, de LOM Ediciones.

Desde 1990 hay quienes han manifestado su preferencia por la llamada ética de la responsabilidad por sobre la ética de la convicción, siguiendo la distinción weberiana. La primera ha dado justificación a una especie de pragmatismo blando que ha devenido en una práctica política crecientemente conservadora. Sin la segunda, no hay posibilidades de realizar cambios modernizadores que sean un auténtico avance para quienes están en una posición subordinada en la sociedad. El más elemental realismo indica que las posibilidades de modificación de las situaciones de subordinación dependen de convicciones que inspiren acciones colectivas persistentes.

La dialéctica entre el realismo y el sueño, la moderación y la audacia, ha estado siempre presente en los procesos sociales de “alta intensidad”, como han sido los del Chile contemporáneo. Pero la referencia extendida en algunas élites a la distinción weberiana es un síntoma del conformismo que se ha instalado en Chile.

Esto requiere de algunas explicaciones. Decía Max Weber en una de sus conferencias de 1919: “Toda actividad orientada según la ética puede ser subordinada a dos máximas totalmente diferentes e irreductiblemente opuestas. Puede orientarse según la ética de la responsabilidad o según la ética de la convicción. Esto no quiere decir que la ética de convicción es idéntica a la ausencia de responsabilidad y la ética de responsabilidad a la ausencia de convicción. No se trata por supuesto de eso. Sin embargo, hay una oposición abismal entre la actitud del que actúa según las máximas de la ética de convicción- en un lenguaje religioso diríamos : "El cristiano hace su deber y respecto del resultado de la acción se remite a Dios"-, y la actitud del que actúa según la ética de responsabilidad que dice: "Debemos responder de las consecuencias previsibles de nuestros actos".

La pertinencia de la complejidad inicial de este enunciado pierde fuerza a poco andar cuando el argumento se inclina hacia la defensa de la ética de responsabilidad por sobre aquella de convicción cuando a esta última la asimila a la irresponsabilidad de no tomar en cuenta las consecuencias de los actos inspirados en ella. Insinúa además que la ética de convicción tendría un carácter mesiánico. Incluso, al acudir a ejemplos más laicos, argumenta injustamente contra sindicalistas y promotores de la justicia social: “perderán el tiempo exponiendo, de la manera más persuasiva posible, a un sindicalista convencido de la verdad de la ética de convicción que su acción no tendrá otro efecto que el de aumentar las oportunidades de la reacción, de retardar el ascenso de su clase y de oprimirlo aún más, no les creerá”. Y agrega: “el partidario de la ética de convicción no se sentirá responsable sino de la necesidad de cautelar la llama de la pura doctrina para que no se apague”, en lo que puede parecer una razonable invocación en contra de los dogmatismos (aunque no pertinente en tanto no ser irresponsable en sus actos es parte esencial de las convicciones de muchos de los que promueven cambios al orden existente precisamente porque los grupos sociales subordinados tienen mucho que perder en sus fracasos), pero que acto seguido revela su aversión por el cambio social al afirmar: “por ejemplo la llama que anima la protesta contra la injusticia social”.

En suma, la defensa weberiana de la ética de responsabilidad es propia del discurso conservador que siempre ha visto en las convicciones transformadoras un peligro y siempre ha apelado al realismo para defender el statu quo. La ética de la convicción, que defendemos, no excluye la cautela que deben mantener los promotores del cambio social frente a los peligros de involución en la consecución de sus objetivos por conductas maximalistas irreflexivas. Pero la cautela y la flexibilidad en la defensa de una convicción son una cosa, no conducirse con arreglo a convicciones en nombre de la responsabilidad es otra muy distinta. La ética de responsabilidad opuesta a la de convicción se parece mucho a la resignación de los que honesta o interesadamente consideran que poco puede hacerse para alterar “el curso natural de las cosas” o “la jerarquización natural de la sociedad”.

Continuaba Max Weber en su célebre texto sobre El sabio y el político: “Pero este análisis no agota aún el tema. No existe ninguna ética en el mundo que pueda no considerar lo siguiente: para alcanzar fines "buenos", estamos la mayor parte del tiempo obligados a contar con, por una parte, medios moralmente deshonestos o por lo menos peligrosos y, por otro lado, con la posibilidad o la eventualidad de consecuencias enojosas”. Este “relativismo ético”, acompañado de un pesimismo profundo sobre las consecuencias no deseadas de las acciones colectivas, puede explicarse por el curso sulfuroso de la historia en el tiempo en que escribía Max Weber estas consideraciones, pero resulta chocante frente al posterior drama provocado por el nazismo en Alemania y frente a una época y en un país que como Chile ha tenido ocasión de experimentar “medios moralmente deshonestos” y sus “consecuencias enojosas” como los puestos en práctica por la dictadura de 1973-1989.

En cambio, nuestra inspiración puede resumirse en palabras de Michel Onfray: “querer una política libertaria es invertir las perspectivas: someter la economía a la política, pero poner la política al servicio de la ética, hacer que prime la ética de la convicción sobre la ética de la responsabilidad, luego reducir las estructuras a la única función de máquinas al servicio de los individuos y no a la inversa”.

Se trata de una perspectiva que no tiene problemas en convivir con elementos de la tradición socialdemócrata (gradualismo, representación de los intereses de los asalariados en las instituciones democráticas, mantención del mercado a cambio de protección social), pero que reivindica la tradición libertaria de la izquierda y su búsqueda constante de una combinación virtuosa entre libertad e igualdad. Esta perspectiva busca definir una acción que sea éticamente responsable con un objetivo: disminuir los sufrimientos humanos evitables y obtener equitativamente el mayor bienestar posible para el mayor número posible de personas. Esta tarea está al alcance de las sociedades democráticas en que al menos grupos sociales suficientemente decididos son, o logran ser, representativos de la mayoría y se proponen realizarla de manera persistente, construyendo valores compartidos, conductas sociales y normas e instituciones acordes con ella.

¿Será posible caminar en esta dirección en las circunstancias actuales de Chile y el mundo, aprender consistentemente de los aciertos y dramas nacionales y universales del siglo 20 para dejarlos atrás de manera creativa y reconocer en profundidad los cambios en curso? ¿Será posible hacer emerger desde una democracia política en consolidación una democracia social moderna que promueva, además de la consagración de derechos de amplio espectro, la celebración de la vida humana que merecen los chilenos del siglo 21?Convengamos a este propósito que los avances civilizatorios de la humanidad no habrían existido con la sola consideración de las dificultades para conquistarlos, que siempre fueron inmensas frente a los poderes constituidos, ya sea que se trate de la eliminación de la esclavitud, de la emergencia de la democracia, de la emancipación de las colonias, de la consagración de sistemas de derechos civiles y políticos, de la expansión de derechos sociales, económicos y culturales capaces de evitar las discriminaciones de clase, género, raza y orientación sexual y así sucesivamente.

Optamos entonces por el “pesimismo de la inteligencia”, siempre necesario para no perder la lucidez frente a los hechos y la capacidad de reconocer las dificultades a la que debe aspirar el uso de la razón, pero sin perder el “optimismo de la voluntad”, indispensable para mantener el principio de esperanza propio de la vitalidad de la condición humana. De esta combinación nos hablaba Romain Rolland al iniciarse el siglo 20, la que gustaba de citar Antonio Gramsci, un insigne luchador contra las dificultades de toda índole, incluyendo las del dogmatismo.

O en palabras muy actuales de Fernando Savater: “Dice una milonga que ‘muchas veces la esperanza son ganas de descansar’. Pero también está comprobado que acogerse a la desesperación suele ser una coartada para no mover ni un dedo ante los males del mundo. Puestas así las cosas, soy decididamente de los que prefieren abrigar esperanzas..., aunque siempre tomando la precaución de no considerarlas una especie de piloto automático que nos transportará al paraíso sin esfuerzo alguno por nuestra parte. Es decir, creo que la esperanza puede ser un tónico para los rebeldes y un estupefaciente para los oportunistas y acomodaticios”.

Oportunistas y acomodaticios son un dato de la causa, especialmente en sociedades poco estructuradas y débiles como las latinoamericanas. En Chile, el obstáculo aún decisivo es el peso de los conservadores y del poder económico que mantienen. Estos han cambiado en que tal vez reivindican menos los valores del integrismo religioso, pero se cohesionan en la defensa acérrima de los privilegios económicos de las minorías propietarias de las que forman parte, o de las que son servidores, privilegios de los cuales siguen pensando deben emanar un reconocimiento social y una influencia política decisiva. Procuran capturar el poder político con métodos variados, incluyendo influir con el poder del dinero sobre “oportunistas y acomodaticios” ...y todos los demás.

El neoliberalismo académico ha dado consistencia en Chile desde los años setenta al mundo conservador, parte del cual desarrolla además un programa sistemático de cooptación de una parte de la centroizquierda, entre otras cosas por realismo pues esta gobierna desde 1990. En este proceso ha encontrado relativo éxito en la domesticación de aquella izquierda que confundió renovación con conversión al neoliberalismo y de aquella neoizquierda que sufre del “síndrome esteoriental” (en referencia a la caída del muro de Berlín, que implicó una rápida transición de los dogmas marxista-leninistas a la religión del libre mercado y al atlantismo pro-occidental, en tanto ahí estaban las nuevas fuentes de poder) y que busca estabilizar vínculos con los poderes constituidos, no sin al mismo tiempo mantener un lenguaje y una identidad populistas destinados a mantener su clientela electoral.

En este proceso también se ha promovido con bastante éxito un automatismo intelectualmente equívoco: los que no se inscriben en la lógica neoliberal y que proponen políticas públicas activas y consistentes son tachados de populistas o no modernos, las más de las veces por quienes derrochan ignorancia de las realidades del mundo y de cómo funcionan en él muchas cosas muy bien aunque contradigan su miopía y sus simplistas dogmas decimonónicos. En especial, los economistas ortodoxos de dentro y fuera de la coalición gobernante han logrado en Chile mantener por mucho tiempo la senda de crecimiento efectivo por debajo del crecimiento potencial, lo que debiera llevarlos a más modestia, en vez de seguir exponiendo con arrogancia injustificada una combinación de rechazo irracional a políticas expansivas desde el lado de la demanda como a políticas estimuladoras de la oferta que no sean la clásica desregulación y privatización de todo (que no han demostrado en parte alguna que estimulen establemente el crecimiento y si se ha demostrado que incrementan las desigualdades). El populismo (es decir el halago retórico del sentimiento inmediato de colectivos determinados o el apoyo a una u otra categoría de intereses particulares con efectos contradictorios entre sí) es peligroso porque no permite la articulación de intereses y voluntades en una dirección de manera consistente en el tiempo. Suele además terminar acomodándose frente a los poderes constituidos que dice controvertir o bien en algunos casos deriva a formas dictatoriales de ejercicio del poder. En cambio, lo “socialmente responsable” no es otra cosa que proponer consistentemente una dirección y un horizonte de cambios de las situaciones de poder en la sociedad, en este caso inevitablemente afectando, con los medios de la democracia, intereses ilegítimos de minorías privilegiadas.
         
El “optimismo de la voluntad” de inspiración libertaria e igualitaria ha tenido y tiene entonces una gama de huesos duros de roer y muchos esfuerzos que realizar.

sábado, 16 de mayo de 2009

La agenda progresista y la crisis

En la Revista Foro 21, nº84, se encuentra el artículo "Algunas ideas sobre la agenda progresista y la crisis" .

En homenaje a Claudio Huepe

No recuerdo exactamente cuando conocí a Claudio Huepe, pero debe haber
sido en una fecha próxima a su retorno del exilio. La diferencia de
edad no nos había hecho encontrarnos antes. El tenía ya una dilatada
trayectoria en la política chilena y yo ninguna. Anudar una amistad y
complicidad con él fue dándose en aquella época en que luchar contra
la dictadura suponía especialmente tender puentes y construir
confianzas para conformar, en la visión de algunos de nosotros, pocos,
un gran frente de oposición política y de promoción de la
desobediencia civil masiva para lograr una salida política a la
situación de dictadura.
Esto suena hoy, tantos años después, como algo
más o menos obvio. Sin embargo, no lo era. Los acercamientos los
hicieron gentes de carne y hueso. El país había vivido una gran
división y el derrocamiento del gobierno democrático con su secuela de
represiones sangrientas. Entre las personas de izquierda y las
pertenecientes a la DC había todavía resquemores y desconfianzas.
Claudio Huepe fue de los que jugó un gran papel para producir los
acercamientos. Se había opuesto al golpe, se había confrontado con los
represores, lo que le valió detenciones y exilio, y sobre todo ganó un
gran respeto de todos por su valentía y corrección.
Pero había en Claudio no solo una consecuencia democrática a toda prueba, que ya es
mucho, sino sobre todo un gran calor humano. Me tocó trabajar con él a
lo largo de los años, en la organización de la oposición, en el primer
parlamento postdictadura, en los centros de estudios y de debate, en
el gobierno de Lagos, cuando fue nombrado Ministro. Y siempre la misma
calidez, la misma sencillez y modestia cuando estaba de ciudadano de a
pie que cuando ocupaba altas funciones públicas. Siempre la misma
consecuencia y firmeza, la misma honestidad, la misma capacidad de
reunir gente diversa a compartir. Enterarse desde la lejanía de la
partida de un amigo como éste es duro, confrontado a la certeza de no
volver ya a verlo.
Queda el consuelo de haber conocido a un ser humano
de excepción y queda el recuerdo imborrable de alguien que dejó una
huella de amistad y de fraternidad.

domingo, 12 de abril de 2009

En honor a la verdad

En estos días se han suscitado lamentablemente diversas polémicas en el ámbito de los partidos de la Concertación y en especial del PS, en las que en realidad no me corresponde ni deseo participar. Sin embargo, se han aludido de manera inexacta hechos ocurrido en 2005 y que me involucran y requieren aclaraciones en honor a la verdad y en defensa de mi propio honor. Seguir leyendo.

sábado, 7 de marzo de 2009

Chile frente a un mundo en recesión

Publicado en El Mercurio.

El mundo sigue viviendo grandes convulsiones económicas. Desde septiembre de 2008, con la caída de Lehman Brothers, se aceleraron los derrumbes financieros desencadenados en 2007 con la crisis inmobiliaria norteamericana y se produjo una transmisión a la economía real sorprendentemente rápida en todo el orbe. No hubo desacoplamientos de ninguna área de la economía mundial. Los países industrializados entraron en recesión en el último trimestre del año, especialmente Estados Unidos, a un ritmo que ha dejado atónitos a los especialistas en coyuntura económica de los gobiernos, los organismos multilaterales y las agencias privadas. Las grandes economías emergentes, como China e India, desaceleraron sin más su crecimiento.

Para 2009, ya comienza a preverse no sólo una fuerte recesión en el mundo industrializado, sino una posible disminución del PIB mundial, con su secuela de desempleo y de destrucción del tejido productivo. Como nunca, los economistas convencionales han quedado sin discurso y han tenido que admitir que el retorno del Estado -para algunos de modo coyuntural, para otros de modo estructural- es inevitable.

Las respuestas nacionales frente a las crisis bancarias han sido dispersas y no han logrado restablecer el crédito, aunque hayan detenido brotes de pánico, lo que ya es bastante frente a la magnitud de la debacle financiera vivida. Tampoco la ausencia de gobernanza económica mundial ha permitido coordinar los planes nacionales de estímulo fiscal de la demanda, destacando por su magnitud los de Estados Unidos (con un déficit presupuestario previsto de 12% del PIB para 2009, el más alto desde 1942) así como el de China, y por su timidez los de Europa. Aparecen medidas proteccionistas parciales aquí y allá y una contracción generalizada del comercio mundial, lo que no ayuda precisamente a sostener una actividad fuertemente afectada por la caída del consumo. Esto hace indispensables nuevos planes de estímulo fiscal para evitar el desplome de la demanda, aunque su financiamiento de magnitud colosal distraerá parte del ahorro mundial que alimenta los circuitos financieros. Deberán también los gobiernos tomar medidas más radicales de sostén de los sistemas financieros, ahora afectados por el deterioro de la economía real.

En este contexto, se espera mucho de la cumbre del llamado G 20 que tendrá lugar en abril en Londres. En particular, se espera que se sienten allí las bases de una nueva arquitectura de la economía mundial y que emerja un nuevo optimismo en los agentes económicos, que es hoy día probablemente el bien más escaso de todos. Pero tales expectativas difícilmente podrán cumplirse, pues la cumbre llega para algunas cosas muy tarde y para otras muy temprano. Muy tarde para coordinar los planes de rescate financiero y de estímulo fiscal. Y muy temprano frente al hecho de que se habrán cumplido sólo siete meses desde la debacle de la banca de inversión norteamericana y que muchas preguntas no tienen aún respuesta.

¿Podrá el G 20 ir más allá de la condena genérica de los paraísos fiscales y establecer un control sobre la circulación de instrumentos de alto riesgo basados en activos sobrevalorados? ¿Será posible estructurar una supervisión que evite futuras burbujas financieras potencialmente alimentadas por una liquidez abundante hoy provista por los bancos centrales para evitar la depresión? ¿Decidirán los estados regular el conflicto de interés en las agencias de notación y clasificación de riesgos? ¿Estarán en condiciones de regular los hedge funds especulativos y mantener una operación razonable de los fondos de cobertura de cambio y precios de materias primas? ¿Podrán los planes de gobierno ampliar la demanda mundial y contener la violenta caída de los productos y mercados claves para las economías más pequeñas? ¿Podrán asegurar flujos de financiamiento suficientes para estas economías?

En este contexto, es una gran iniciativa la realización en Chile de la Cumbre de Líderes Progresistas. Esta incluirá, por invitación de la Presidenta Bachelet, a parte de los líderes europeos del G 20 y a dos de los tres miembros latinoamericanos de este grupo, Brasil y Argentina. Un país pequeño como el nuestro tiene que estimular y estar presente al más alto nivel en todos los espacios en que se discuta la situación mundial y el futuro del progreso social. Se trata hoy para nosotros de contribuir a alertar sobre los peligros crecientes que entraña la espiral recesiva en curso, de cuya superación pronta depende evitar sufrimientos sociales considerables.

Es hora de reforzar el diálogo con Estados Unidos y Europa y hacerlo desde una mayor coordinación latinoamericana e iberoamericana, que son los espacios naturales de la proyección exterior de Chile, en un momento especialmente crítico para nuestro futuro.

miércoles, 14 de enero de 2009

Reflexiones distantes sobre la reconstrucción de un progresismo de izquierda en Chile

“La peor locura es ver la vida tal como es y no como debiera ser”

Miguel de Cervantes


Está en cuestión hoy en Chile, por parte de quienes no debieran, el que tenga sentido agrupar y federar a las fuerzas políticas progresistas y de izquierda, las que por lo demás constituyen una mayoría electoral de casi dos tercios de la coalición gobernante, y cerca de un 30% del electorado nacional. Más aún, los que se agruparon en el seno de la Concertación para apoyar a Ricardo Lagos y luego a Michelle Bachelet parecen hoy ni siquiera tener voluntad de existir como proyecto político, sino más bien se proponen sobrevivir como plataformas particulares de administración de intereses. Diplomáticamente hablando, el denominado progresismo es hoy un campo de ruinas. Y no porque su electorado lo haya abandonado, lo que por lo demás es siempre una posibilidad propia del proceso democrático, sino porque sus dirigentes no quieren representarlo. Extraño caso de disolución política “desde arriba” que necesitará sucesivos análisis.

Concertación y progresismo

Más allá del balance de su prolongada gestión de gobierno, tema de ineludible importancia que no se abordará aquí, la Concertación es una coalición que mantiene su vigencia porque tiene comunes denominadores, especialmente en el campo de la reivindicación de las instituciones democráticas y de los derechos humanos y en la convicción de que es necesario garantizar universalmente mínimos sociales, que ya es mucho y suficiente como para pactar una combinación de gobierno. Pero ya no puede eludir las diferencias en base a la astucia ni establecer vetos sobre ellas.

Cabe constatar, para ser justos, que el debate sobre la articulación entre políticas de crecimiento, de cohesión social y de sustentabilidad ambiental cruza transversalmente a los diversos componentes de la coalición de gobierno y que las posiciones más progresistas y promotoras del interés general por sobre el del poder económico concentrado no son hoy privativas de alguno de ellos en particular. Esto se explica de modo importante, sin embargo, por la reconversión de parte de la élite proveniente de la izquierda a posiciones neoliberales o a actitudes pragmáticas y de connivencia, incluso rentada, con intereses empresariales que influyen hasta hoy decisivamente en el sistema político y en los medios. Decantada y descartada esa reconversión en los partidos PS-PPD y PR (lo que tendrá que ocurrir tarde o temprano) y reconstruido un más amplio cuerpo de ideas económicas críticas, volverá a manifestarse una opción alternativa sólida al neoliberalismo duro de la derecha y blando de sectores de centro, es decir -simplificando mucho- de tipo socialdemócrata. Esta opción se encuentra hoy acallada por el avance del neoliberalismo en las filas tecnocráticas de la Concertación y sus soportes políticos desde 1990 y también, como consecuencia, sobrepasada por el maniqueismo ruidoso de extrema izquierda y sus consignas fáciles allí donde solo son posibles soluciones complejas, maniqueismo a veces sumido en la nostalgia de los socialismos reales y sus economías centralizadas dejadas atrás por la historia o en aspiraciones legítimas pero que no se condicen con la necesidad de realizar opciones y de atenerse al desafío político de responsabilidad que supone gobernar: no se puede querer todo al mismo tiempo.

Una opción económico-social progresista y de izquierda que reemplace la confusión reinante, repitiendo lo señalado en un comentario anterior, no supone desestimular el emprendimiento o proponer a los ciudadanos que todo lo requieran del Estado, sino de valorar la eficiencia económica siempre que sea puesta al servicio de acrecentar la cohesión social y los equilibrios ecológicos. El crecimiento sí, pero con normas de cooperación y reciprocidad para construir una prosperidad con libertades, seguridades y garantías para los que viven de su trabajo, sentidos colectivos, igualdad de derechos y oportunidades, acceso de todos a bienes públicos, al goce de la naturaleza y a incidir en las decisiones administrativas y políticas. Como estamos lejos de una sociedad deseable de esas características, entonces cabe persistir en obtenerla. A esa actitud algunos la llaman “autoflagelación”, cuando se trata simplemente de poseer una necesaria y humana mirada crítica y algo de optimismo histórico, de aquel que lleva a creer que se puede vivir en una sociedad mejor.

Se trata de postular con claridad que el gobierno puede estimular el crecimiento incrementando la inclusión de los marginados y la inversión en las capacidades humanas, que es el principal recurso económico. Esto requiere más y mejor gasto público en educación, salud y bienes urbanos, y no menos como proponen los neoliberales. Una economía moderna también requiere tomar riesgos e innovar, pero debe hacerlo logrando una inserción no asimétrica en los mercados mundiales acompañada de una fuerte protección social frente a los riesgos cíclicos de desempleo y marginación, y no menos protección a los más vulnerables. Esto tiene un costo alto para la sociedad que hay que asumir abiertamente, pues mucho mayor es a la larga el costo de la ruptura de la cohesión social y su secuela de menor seguridad y alto gasto en policías y prisiones.

La promoción del desarrollo requiere más y no menos Estado en infraestructura, formación, innovación tecnológica y coordinación de actividades productivas. Requiere incluso de un importante rol empresarial público y en todo caso de fuertes regulaciones para cautelar la explotación racional de recursos naturales, promover nuevas tecnologías, diversificar las fuentes de generación de energía, mantener el buen funcionamiento de las industrias de red y asegurar el financiamiento de la empresa innovadora.

En contraste con la propuesta económica de libre mercado y su profunda crisis, pues ha quedado demostrado con la catastrofe financiera de 2008 una vez más que los mercados de capital y del trabajo no se autoregulan, el progresismo de izquierda tiene hoy en el mundo una agenda que no solo ofrece una posibilidad de mayor crecimiento sino también una posibilidad de mayor justicia social que la que provee la ley de la selva de los agentes económicos librados a su suerte. ¿Es posible concordar este tipo de postulados con la DC? Probablemente sí, pero en base a un debate claro sobre los enfoques en competencia en la coalición: el socialdemocrata y el neoliberal.

Por otro lado, es no querer ver la realidad desconocer que existen al menos zonas de divergencia entre lo que representa el progresismo históricamente y la DC respecto a la extensión de la laicidad del Estado y de las políticas públicas en temas esenciales. Se trata nada menos que de la educación, en donde hay quienes en la DC consideran positiva la tesis inaceptable para el progresismo y la izquierda de mantener una segmentación educativa radical y otorgar recursos públicos a escuelas que no reconocen derechos republicanos básicos a alumnos y padres –como pensar como quieran- y mantienen barreras a la entrada y discriminaciones –como no aceptar a hijos de padres separados o niñas embarazadas- financiadas con impuestos, todo esto en nombre de la libertad de enseñanza. Y también se trata de la salud reproductiva: no es aceptable en una lógica republicana que haya quienes quieran imponer sin más sus convicciones particulares –respetables- a todos los ciudadanos por sobre las consideraciones de salud pública y la opinión de otros, y que desconozcan los derechos individuales que hacen aconsejable la contracepción públicamente promovida, la distribución gratuita y extendida de la píldora del día después y la despenalización del aborto terapéutico y en caso de violación. Los conservadores en la Concertación se niegan a aceptar que no puede vetarse el derecho a la interrupción voluntaria del embarazo cuando así lo aconseje la salud física y mental de las mujeres, antes del desarrollo del embrión. Los conservadores en la coalición tampoco aceptan la libertad de preferencia sexual y el respeto que todo ser humano merece, y su derecho, además, a establecer uniones civiles. El derecho a no ser arbitrariamente discriminado en materia sexual, étnica, de género o social es parte de la reivindicación histórica del progresismo y no es ofender a nadie así señalarlo, reivindicarlo y promoverlo, sin aceptar vetos.

Existen también divergencias en otros planos, como en materia de la identidad latinoamericana de Chile, la que es confrontada desde el alineamiento con EE.UU.

Tampoco puede desconocerse el origen e identidad histórica diversos, que ha llevado a los dos componentes principales de la coalición, por ejemplo, a mantener posiciones no siempre coincidentes respecto al abordaje de las consecuencias de las violaciones a los derechos humanos durante la dictadura militar.

Existen, por tanto, temas sustanciales que unen a las opiniones mayoritarias de los partidos PPD, PR y PS y que los diferencian de la DC, o de sus corrientes dominantes, cuyo reconocimiento y procesamiento constructivo no es ni ofensivo ni contradictorio con la voluntad de mantener un pacto de gobierno común y un respeto por la historia y las posiciones de cada fuerza aliada. La disolución de la identidad progresista de izquierda, que es la que han practicado las direcciones “pragmáticas” del progresismo, en nombre de no incomodar al conservadurismo DC, en nada contribuye a reanimar y proyectar a la Concertación y sobre todo a hacer retroceder a la derecha, que amenaza ya con gran fuerza con conquistar la adhesión de las mayorías por disolución de la que debiera ser su contraparte más fuerte en el sistema político.

La reivindicación de las ideas libertarias, progresistas y de izquierda

Las convicciones y sueños de una parte sustancial de los ciudadanos, en este caso de los que votan por las fuerzas progresistas y de izquierda, no deben jamás ser utilizadas para la conquista de espacios de poder estatal mediante el cálculo, la maniobra y el disimulo, sino que, en democracia, ser reconocidos y representados responsablemente como tales. Y la lógica posmoderna de adaptarse a la ola del momento, que produzca los mejores resultados de adhesión mediática momentánea, en nombre de la moderación y el elogio de la prudencia o de la provocación transgresora, sin deliberar sobre las opciones en presencia, solo lleva, como se ha demostrado, a la impotencia política.

La humanidad consagró desde el siglo de las luces la necesidad del pensamiento crítico y en nuestro país desde Arcos y Bilbao incubó una antigua tradición libertaria, que más adelante recogió la izquierda chilena en toda su diversidad. Esa tradición tiene continuadores que no han de dejarse amedrentar por la complacencia frente a un estado de cosas que ha mejorado mucho gracias a nosotros mismos y que contrasta sin lugar a dudas con las paupérrimas condiciones de vida de las mayorías en el pasado, pero que nada propone sobre los medios para alcanzar una sociedad más libertaria, cohesionada e igualitaria.

Existe una razón fundamental para la reivindicación de las ideas progresistas y de izquierda, que no es otra que la permanencia de la tarea de defensa y promoción de los valores de la libertad y la igualdad de derechos y oportunidades y la construcción de un orden político republicano basado en la no dominación de los ciudadanos con dos principios que nos sirvan de guía, siguiendo a Philip Pettit: "primero, un principio constitucional-democrático según el cual el Estado debe estructurarse de forma que el poder público o imperium no sea dominador; y, segundo, un principio socialdemócrata según el cual el Estado debe plantearse como objetivo la reducción de la dominación que conlleva el poder privado o dominium. El Estado debería actuar para proteger de la dominación privada y debería estructurarse para prevenir la dominación pública. El proyecto neorepublicano debe trasladar dichos principios a diseños institucionales específicos que faciliten el control cívico del poder público, y también a políticas públicas concretas que persigan el establecimiento de un orden social en el que incluso los ciudadanos más pobres puedan exigir el respeto de sus conciudadanos, siendo conscientes de no estar a merced del poder privado en los ámbitos básicos de decisión humana."(1)

El capitalismo moderno está inmerso en procesos de cambios constantes, algunos de ellos radicales y otros poco perceptibles en el corto plazo. Y a crisis económicas, sociales, ecológicas, demográficas, culturales de creciente intensidad. Es un sistema que puede ofrecer prosperidad para los sectores dominantes y segmentos medios y populares por ciclos a veces prolongados, pero no estabilidad ni menos distribución igualitaria de la riqueza ni respeto por la tierra en que vivimos. Como superar y construir alternativas a la lógica capitalista y sus crisis desestructuradoras desde la promoción del interés general es el campo privilegiado para la acción política progresista y de izquierda, en tanto esta se defina a sí misma con vocación crítica, transformadora, orientada a expandir las libertades, la igualdad de derechos y oportunidades y la responsabilidad con la nuevas generaciones, en naciones con Estados sociales y democráticos de derecho y con vocación de construcción progresiva de espacios de ciudadanía regional y mundial. Y debe actualmente hacerlo en un contexto en el que, siguiendo a Jurgen Habermas, “el equilibrio conseguido en la modernidad entre los tres grandes medios de integración social está en peligro porque los mercados y el poder administrativo expulsan de cada vez más ámbitos de la vida a la solidaridad social, esto es, a un tipo de coordinación social basada en valores, normas y usos lingüísticos orientados hacia el entendimiento. Resulta también en interés propio del Estado constitucional tratar con cuidado todas las fuentes culturales de las que se nutre la conciencia normativa y la solidaridad de los ciudadanos”. (2)

Por eso para el progresismo de izquierda su acción no es solo político-institucional, es también social y cultural, aunque la democracia es el espacio y límite de su acción y nunca debe desconfiar de ella, sino que promoverla incluso en períodos de convulsión y cambio social radical. Por eso desconfía de las izquierdas autoritarias, que no es fácil calificar como fuerzas progresistas: toda izquierda auténtica defiende primero las libertades, incluso como condición para conquistar derechos igualitarios. La izquierda pluralista cultiva la tolerancia de las ideas ajenas, y por tanto está abierta a coaliciones y pactos con otras fuerzas, incluso con fuerzas moderadas de centro y con la izquierda ortodoxa si es útil al movimiento general de progreso social en democracia –aunque es bastante claro que no se puede derrotar a la derecha hoy en Chile con un pacto minoritario de izquierda- y al mismo tiempo debe admitir el carácter estructurante del conflicto, aunque a priori pudiera aparecer como factor de desestabilización. La estabilidad democrática se obtiene con la legitimación de la representación de intereses contradictorios, no con su negación, y con mecanismos de deliberación sobre su pertinencia para alcanzar decisiones informadas sobre las opciones en presencia. Los sistemas políticos son más fuertes cuando las opciones existentes se ponen en juego antes que anularse mutuamente, normalmente en beneficio de los privilegios constituidos.

En este sentido, la defensa republicana del espacio público desde el punto de vista del interés general frente al individualismo negativo neoliberal, los intereses corporativos ilegítimos y el estatalismo invasivo, así como su defensa de la democracia, suponen afianzar los sistemas de separación de poderes y de representación para cautelar el pluralismo y evitar la concentración de poder. La visión progresista de lo público es al mismo tiempo una visión de desconcentración del poder y su difusión en diversos órganos estatales, especialmente territoriales, y su control por la sociedad, así como promotor de mecanismos periódicos y amplios de concertación entre gobierno, trabajadores, usuarios y empresarios para deliberar sobre las opciones de política pública en materia económico-social.

Cualquier sociedad en la que prevalezca la constante reversión de normas en nombre del incremento de la libertad individual de elegir se irá sumiendo en una creciente desorganización. Estará cada vez más atomizada y aislada y será en consecuencia incapaz de llevar a cabo tareas conjuntas y de alcanzar objetivos comunes, con el consiguiente incremento de la criminalidad, de las familias desestructuradas, de vecinos no solidarios y de ciudadanos que optan por marginarse de la vida pública.

La sociedad de mercado y el capitalismo como dominación del poder privado deben y pueden ser reemplazados por una sociedad plural, con un espacio público fuerte, con ciudadanos con derechos, en el que la economía y el mercado se subordinen al interés general y a la sustentabilidad democrática, social y ambiental del desarrollo. Ideas como estas u otras semejantes podrían sin dificultad expresarse en una plataforma programática para 2010-2014, con sus respectivos desarrollos políticos y técnicos, si es que los interesados en desarrollar una fuerza progresista y de izquierda en Chile aún existen. Pero ese ya es otro tema.



[1] Philip Pettit, Examen a Zapatero. Balance del gobierno socialista, Ediciones Temas de Hoy, 2008.

[2] Jurgen Habermas, Entre Naturalismo y Religión, Ed. Paidós, 2006.

domingo, 21 de diciembre de 2008

"Los mejores y más brillantes"

Si alguien quisiera listar eventuales méritos del capitalismo, como su propensión a acumular, entre estos con certeza no se encontraría el de su capacidad de autoregulación financiera ni su estabilidad productiva. De acuerdo a Galbraith, los desastres financieros en las economías de mercado se olvidan con rapidez, y la siguiente generación “plena de juventud y siempre con una enorme confianza en sí misma” vuelve a tropezar con la misma piedra. Por ejemplo en los últimos veinte años. Seguir leyendo

sábado, 13 de diciembre de 2008

Decisiones frente a la crisis

Al tiempo que la crisis financiera mantiene grandes incertidumbres y la economía real de los países industrializados ha entrado en recesión en el cuarto trimestre de 2008, se perfilan las diversas respuestas gubernamentales a la crisis de la economía mundial. El gobierno chino anunció un plan de mantención de la actividad para dos años del orden de 8% del PIB por año mediante la realización de grandes obras de infraestructura. El presidente electo Obama prepara su plan a ser puesto en práctica luego de asumir el 20 de enero de 2009. Mientras, los jefes de Estado y de Gobierno de los Veintisiete países de la Unión Europea han aprobado el 11 de diciembre de manera genérica dedicar el 1,5% del Producto Interno Bruto, unos 270.000 millones de dólares, a reactivar la economía, especialmente en apoyo al sistema financiero, al sector automotriz y en inversión en infraestructura y en energías renovables. Seguir leyendo

lunes, 8 de diciembre de 2008

¿Economía de Casino o Políticas de Desarrrollo?

En el mundo se vive una crisis que no es solo financiera y económica, y muy grave, sino también el cuestionamiento de un modo de entender el desarrollo económico y social que se hizo injustificadamente hegemónico en la parte final del siglo pasado. Desde que Pinochet, Thatcher y Reagan hace ya 30 años llevaron a la práctica las ideas hasta entonces relativamente marginales de Von Hayek y Friedman, se ha producido una ola neoliberal en el mundo de vastas consecuencias, con sus políticas de privatización, desregulación y jibarización del gasto en servicios públicos promovidas por diversos gobiernos y los organismos multilaterales de financiamiento.  Seguir leyendo


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