En estos días se ha planteado el tema de una posible segunda renovación del socialismo. En origen ese proceso nació a fines de los años setenta, se desarrolló políticamente en los años 1980 y fue tanto de rescate como de renovación, con elementos de continuidad y de ruptura. La caricatura interesada según la cual los socialistas se pusieron buenas personas porque adhirieron a la democracia y a la economía de mercado es eso, una caricatura.
La historia es diferente: la práctica democrática del PS siguió inmediatamente a su fundación en 1933, con Marmaduke Grove pasando directamente del destierro a ser candidato presidencial y los líderes socialistas al parlamento y a los sindicatos. El programa de 1947 elaborado por Eugenio González es elocuente en la adhesión a la democracia y a su extensión más allá del parlamento y las elecciones, como lo fue la práctica política de los socialistas de la época y de Allende hasta el último día de su vida. En el PS hubo admiradores de la revolución cubana y de una idea insurreccional, como también contendores, pero no se alejó en lo sustancial de una práctica democrática persistente. Eso había que rescatarlo, no renovarlo. Por su parte, la idea de la estatización general de la economía fue impugnada por el PS desde los años 1940, en la crítica a la Unión Soviética, en beneficio de la idea de una economía de planificación democrática y de empresas de autogestión. En palabras de Eugenio González en 1953, "no se propone el socialismo levantar sobre las ruinas de las empresas privadas a un especie de gran empresario que sería el Estado burocrático y policial. Por el contrario, quiere el socialismo que los propios trabajadores y técnicos, a través de sus organizaciones, planifiquen, regulen y dirijan, directa y democráticamente, los procesos económicos en beneficio de ellos mismos, de su seguridad, de la sociedad real y viviente. Para el socialismo es tan imperativa la defensa de los intereses y los valores humanos frente a las tendencias absorbentes del totalitarismo estatal como frente al poder económico del capitalismo monopolista."
Por su parte, la reivindicación y renovación en esta materia en los años 1980 fue la de proponer una alternativa a la concentración capitalista y a la sociedad de mercado, lo que suponía favorecer una economía mixta con componentes estatales, privados y sociales y una asignación de recursos que combinara regulaciones y redistribuciones públicas mediante impuestos y transferencias progresivas, transacciones descentralizadas en mercados gobernados social y ecológicamente y sistemas de economía social y reciprocidad fuera del mercado. Como señala su actual declaración de principios, "proponemos que el socialismo de mayorías encamine a Chile hacia cambios y avances que ...disminuyan drásticamente las desigualdades, promuevan una cultura plural, subordinen el poder económico a un Estado Social Solidario y Democrático, promuevan una base material sólida y en expansión, integren a Chile con el máximo de autonomía al mundo global y viabilicen la integración latinoamericana", para lo que se debe terminar "con la acción depredadora del capitalismo" y "asegurar la vida, la sustentabilidad del planeta y la libertad para todos, sin opresores ni oprimidos".
El proceso de renovación se completó a partir de la reunificación de 1989. Es cierto que algunos lo usaron como pretexto para acomodos con los poderes oligárquicos existentes y para aproximaciones a las ideas neoliberales, y también para alineaciones con el expansionismo occidental, como ocurrió con el blairismo y la tercera vía. Pero eso debe rebatirse, dado que no hay nada que renovar allí. También deben rebatirse, ante la polarización global, las adhesiones a modelos hegemónicos como el ruso y sus invasiones o el chino y su dominación económica. Lo que cabe es mantener la continuidad de la idea de no alineación latinoamericana, de defensa del multilateralismo y de una economía mundial equilibrada, que ahora también se debe hacer cargo tanto de las desigualdades globales como del cambio climático.
Se puede pensar que segundas partes nunca fueron buenas. Los desafíos son en la actualidad en parte los mismos y también de otra naturaleza que aquellos de hace 50 años atrás. Además, superan con creces las filas del socialismo. La tarea de la izquierda es renovarse siempre y se debe consolidar hoy como una izquierda moderna y democrática, inserta en la sociedad y las instituciones, plural y abierta al centro, capaz de gobernar pero que aprenda las lecciones de los gobiernos de Lagos, Bachelet y Boric y de sus aciertos y fracasos, así como de la evolución reciente de los movimientos sociales y de los cambios en el mundo.
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