jueves, 23 de noviembre de 2023

Las oleadas inquietantes

En La Nueva Mirada

Cada tanto, una parte de las sociedades, en oleadas más o menos cíclicas, se hace mayoritaria para demandar autoridad, jerarquía, orden y homogeneidad del discurso público. En tiempos recientes, esto se ha expresado en una especie de hartazgo con la democracia y sus representantes más caracterizados. Es lo que acabamos de ver en Argentina y antes en Brasil, que logró sobrevivir a Bolsonaro, y de distintas maneras en Chile.

En las oleadas reaccionarias se pierde toda disposición y tolerancia hacia el debate de ideas contradictorias, se las asimila a peleas inútiles cuando no ilegítimas y se deja de asumir que sin respeto a los saberes constituidos y a la voluntad de reconocimiento de realidades complejas, no hay creatividad, innovación y progreso material y humano posible. 

El progreso sostenible de las naciones requiere de muchas cosas, pero desde luego de la libertad de pensar y crear, de expresarse individual y colectivamente y de actuar con reglas compartidas. Las soluciones burocrático-autoritarias o liberal-autoritarias llevan a sociedades reprimidas y/o conflictuadas, aunque puedan ostentar éxitos parciales. No se ha inventado para este fin algo distinto y mejor a los sistemas democráticos de generación, distribución y alternancia del poder político y a las economías con servicios públicos y con mercados y empresas autónomas reguladas social y ecológicamente. Pero las sociedades contemporáneas, incluyendo las de América Latina, están moldeadas por tendencias globales de individuación en medio de relaciones de mercado generalizadas y de un debilitamiento de las identidades comunitarias de distinto tipo. A esto se agrega que una parte de las sociedades siempre ha tendido, en nombre de la no conflictividad y de supuestas jerarquías naturales, a admitir los privilegios y las asimetrías de poder originadas en las tradiciones, la concentración ilegítima de la economía y la cultura patriarcal. Esto va más allá de los beneficiarios directos de los privilegios y constituye una corriente conservadora estable y de amplitud variable en las sociedades, que en determinados períodos termina por hacerse del poder gubernamental, además de controlar el poder económico y mediático. 

El conservadurismo ideológicamente estructurado rechaza en nombre de una cierta idea de la libertad (aquella que justifica privilegios) las acciones para contener las desigualdades y disminuirlas en el tiempo y asegurar grados suficientes de igualdad de oportunidades y de acceso general a bienes básicos. Es paradojal que las opciones autoritarias y favorables a la desigualdad se recubran de un discurso de libertad, pues ésta no se puede ejercer sin condiciones de equidad. Pero les resulta efectivo apelar a un espectro amplio de emociones y expectativas de cambio sin mayores precisiones. En todo caso, siempre argumentan en contra de las políticas e instituciones que históricamente se proponen canalizar los conflictos de interés socioeconómico con lógica de interés general,  o al menos mayoritario. Y, más recientemente, resisten las demandas de resiliencia ambiental y de igualdad de género. Argumentan que no existe tal cosa como la legitimidad del interés público, sino solo la de la suma de las decisiones individuales, que llevarían por arte de magia a resultados de mayor bienestar general por el dinamismo de la competencia en los mercados. Se aferran, además, a un discurso abstracto de mantención del orden, que se niega a reconocer que la delincuencia tiene causas sociales y culturales que no pueden ignorarse, más allá que el delito debe ser obviamente combatido siempre con la mayor firmeza. En efecto, la evidencia disponible muestra que las sociedades más seguras son las menos desiguales y las más integradoras de la diversidad y la participación.

Cuando las fuerzas democráticas de distinto signo gestionan inadecuadamente los asuntos públicos, o muy inadecuadamente cuando provocan crisis sociales o económicas al dar respuestas de interés corporativo y cortoplacista sin visión de interés general a los problemas de la sociedad y a sus condicionamientos globales, terminan validando la respuesta autoritaria. Ésta se basa en discursos de violencia ideológica y de discriminación racial e intolerancia hacia el distinto, que se agravan cuando las fuerzas democráticas se degradan y dejan capturar por el poder económico o dejan avanzar la corrupción en el Estado y el poder del crimen organizado. Y desde luego cuando logra hacerse del poder algún liderazgo o grupo burocrático que suspende indefinidamente la democracia, o mantiene algunas de sus formas, todo en nombre del pueblo y/o de la seguridad.

Las dificultades y angustias individuales y sociales, cuando se transforman en agudas y prolongadas, buscan remitirse a alguna autoridad fuerte y a la creación de climas sin contradicciones ni contradictores de esa autoridad. Con frecuencia se construyen chivos expiatorios hacia los que canalizar la agresividad y el descontento. La cultura y la ciencia y los extranjeros y pueblos considerados ajenos y culpables de amenazas a la homogeneidad tribal y nacional, suelen ocupar ese rol, lo que ha dado lugar en la historia a los peores genocidios y crímenes contra la condición humana.

Por eso la “gestión democrática de los asuntos públicos” no puede hacerse de cualquier manera.Siempre debe tener a la vista que la agresividad humana individual y colectiva y las violencias se anclan en impulsos inconscientes de los sujetos y en la pulsión de muerte que acompaña a la pulsión vital, y que pueden desbordarse socialmente. Por tanto, requieren ser contenidos y canalizados con comunidades de pertenencia fuertes y con proyectos comunes que respeten el Estado de derecho (y el derecho internacional en las situaciones de asimetría de poder entre países), lo que supone la provisión de paquetes consistentes de políticas públicas que mantengan niveles suficientes de empleo, remuneraciones, cobertura de riesgos y soportes efectivos de la igualdad de oportunidades, cuya interacción en el tiempo es lo que crea culturas de convivencia. 

Cuando estas condiciones no se cumplen o se degradan, suelen sobrevenir las crisis y altos grados de tensión social, respecto a los cuales la mera represión estatal, combinada o no con el libremercadismo, no resuelve nada, como ya demostraron en América Latina recientemente Piñera, Menem, Macri y Bolsonaro, con sus respectivas especificidades, y seguramente demostrará, salvo error u omisión, la nueva estrella ultraconservadora Milei.

Pero el diagnóstico debe ser más amplio. En palabras de Charles Melman (1931-2022), «el psicoanalista parte de su experiencia. Constata rápidamente que el deseo esencial es ser guiado y no la libertad. Es una constatación pesimista pero que es mejor ver de frente si queremos responder a ella no solamente en la cura sino también en el registro político«. Y agrega: «el conflicto entre dictaduras y democracias desde el siglo V antes de Cristo comenzó con el conflicto entre Atenas y Esparta. El poder de Esparta fue fundado bajo un consenso popular. En Atenas todo el mundo discutía y las reuniones de las asambleas estaban marcadas esencialmente por el conflicto entre las personas, los intereses y las corporaciones. Pero en Esparta, todos los ciudadanos estaban de acuerdo y marchaban al mismo ritmo. Y como lo sabemos, nunca hemos resuelto esa oposición entre el desorden democrático y la uniformización de la sociedad en Esparta«. 

La tensión entre democracia, voluntad popular y autoritarismo está lejos de estar resuelta en nuestro país. Estamos viviendo una etapa especialmente polarizada por el agotamiento de un modelo económico-social hiperconcentrado, que se resiste a ceder su poder, y por el resurgimiento del conservadurismo tradicionalista que descalifica el orden democrático expandido paso a paso desde 1990 y los derechos que consagra. Esto requiere, más que en otras etapas, que los que creen en los valores de la democracia, los derechos fundamentales, los derechos de la mujer, la diversidad y la solidaridad con y entre los sectores desposeídos de la sociedad, puedan agruparse suficientemente y actuar con la mayor eficacia posible desde la política y la sociedad civil en contra del peligro de regresiones autoritarias. Y de las manipulaciones colectivas a través del miedo, especialmente si se considera que en el paisaje mediático actual, siempre según Melman, cada uno viene «a vender su propia imagen, su propia opinión independiente del saber que podría justificar su palabra”, en la era del repliegue sobre sí mismo y del «egocenio«, en la expresión de Vincent Cocquebert, etapa en la que se pone por delante el “culto del yo” por sobre alguna idea de destino común. 

No obstante, esto ocurre, paradojalmente, cuando las interdependencias sociales determinan más que nunca un destino común, cualquiera éste sea, en materias tan sensibles a las condiciones de vida como el acceso a la vivienda y los servicios urbanos, al empleo, a los ingresos, a la educación, a las atenciones de salud, a la movilidad y la seguridad cotidianas en ciudades vivibles. No puede sino constatarse que estas interdependencias inciden en las condiciones de existencia de cada cual y en su capacidad de proyectar su vida con algún grado de autonomía, la que está lejos de depender solo de sus decisiones individuales. A esto se agrega el desafío global de las perturbaciones climáticas, cuya mitigación y adaptación requiere de grandes cambios guiados desde la esfera pública en materia de sistemas de energía, producción y consumo, al menos si se quiere preservar la vida humana tal como se conoce hasta ahora.  

El desafío para las fuerzas sociales y políticas distantes de la díada autoritarismo/libremercadismo es enorme. Supone salir de las confrontaciones del día a día y ofrecer a la ciudadanía un nuevo ciclo de gobierno con estabilidad y seguridad democráticas y un sello creíble de progreso social y de sostenibilidad económica y ambiental.

martes, 21 de noviembre de 2023

El futuro de las alianzas en la izquierda

En El Mostrador

El PPD, según la prensa, está manifestando un descontento con el Partido Socialista (PS) porque no aprobó en su Congreso reciente una “Federación Socialdemócrata”. Hay quienes al parecer no entienden que el PS nunca ha sido un partido socialdemócrata tradicional y menos en lo que en Chile se entiende por tal; es decir, una variante social-liberal de tipo blairista.

El PS ha sido siempre un partido de izquierda, sui-generis pero de izquierda, lo que se volvió a expresar en el Congreso de 2023. El hecho de que después de la masacre de muchos militantes y de sus direcciones enfrentara a la dictadura con distintas opciones, que se produjera la división de 1979 con una parte que decidió recorrer un camino de alianzas con el centro para lograr una salida política y de masas a la dictadura y se alejara del PC, no lo llevó a perder su condición de partido de izquierda.

Las alianzas de la salida de la dictadura y los años posteriores, con el PS reunificado en 1989, ya son parte de la historia. Hay distintos balances, como es lógico. Personalmente, califico esa etapa como globalmente positiva y necesaria para recomponer la democracia, la izquierda en ella y la economía. Pero fue insuficiente para el objetivo de lograr una democracia plenamente soberana y una reducción drástica de las desigualdades, objetivos a los que el PS no puede renunciar. Por ello, el esquema de la Concertación, nostálgico para algunos, no puede reproducirse en la actualidad.

La realidad política es otra, marcada por la necesidad de agrupar a todas las fuerzas transformadoras para gobernar y enfrentar el bloqueo extremo de las derechas. Cabe lograr, votando en contra de la propuesta constitucional de la extrema derecha, que sigan avanzando cambios institucionales que establezcan el principio de mayoría para gobernar y legislar, por el momento, después del 17 de diciembre, con más reformas a la Constitución vigente. Y con una persistente propuesta económico-social de reversión de la apropiación privada de los recursos naturales y de la seguridad social.

El plan progresista de más largo plazo debe seguir siendo la reducción de las desigualdades, incluyendo una negociación colectiva más allá de la empresa y una reforma tributaria progresiva. Por ello, no está en el ADN del PS renunciar a prestar apoyo a una administración de izquierda, por muchos defectos que pudiera tener. Las propuestas de alejarse del Gobierno con una coalición centrista, de cierto tono opositor, es lo que ha rechazado el Congreso del PS.

El PS se siente más bien parte plena de la coalición de gobierno del Presidente Gabriel Boric y ha subrayado su compromiso con el éxito de su administración. De ese éxito dependen el presente y futuro de la izquierda y el progresismo en Chile y sus luchas por la transformación de la sociedad chilena, sin perjuicio de dar a conocer sus puntos de vista en los espacios de diálogo y articulación entre el Gobierno y sus partidos de apoyo. Retroceder ante las dificultades que enfrenta el Presidente Boric, en un escenario sin mayoría parlamentaria y de profunda desconfianza de la sociedad en las instituciones, sería un error.

Su Gobierno ha logrado avances en la semana de 40 horas, el aumento del salario mínimo, el aumento de la pensión básica universal, el copago cero en la salud pública, la seguridad para las mujeres en la pensión alimenticia, el aumento del presupuesto para las policías y la seguridad ciudadana, junto con definir una política nacional del litio de alcance estratégico, entre otros temas altamente valorados por la mayoría social. Está en condiciones de consolidar otros, o al menos debe luchar por ellos, a pesar de los bloqueos, como una reforma solidaria de las pensiones y del sistema de salud y una reforma tributaria que permita que la tareas gubernamentales y los avances sociales no sean pagados por los que menos tienen.

Esto supone seguir apoyando los compromisos de programa en materia de igualdad salarial entre hombres y mujeres, de expansión de los mecanismos sociales de cuidado, de ampliación del Seguro de Cesantía, de negociación colectiva más allá de la empresa, de educación y formación para el trabajo, de vivienda y urbanismo integrador, de protección ambiental, de transición energética acelerada, aunque la derecha persista en bloquearlos. En especial, habrá que seguir insistiendo en una reactivación económica dinámica que conduzca a más creación de empleos y a mejorías de las remuneraciones.

Seguramente el PS va a buscar contribuir a una nueva derrota de la derecha en 2024 en las comunas y regiones, y acordará candidaturas comunes a gobernadores y alcaldes de todo el espectro democrático y progresista. Esto no habrá de impedir que diversas listas a consejeros y concejales expresen en simultáneo la pluralidad del campo progresista, cuyo peso respectivo debe ser dirimido, como siempre, por la ciudadanía. Dentro de ese campo, una lista deberá agrupar a la izquierda comprometida con la democracia, el cambio social, la protección del ambiente, las luchas por la igualdad y el respeto por las diversidades. Esa coalición no deberá limitarse al centrismo PPD-PR-PL, sino incorporar al Frente Amplio y a Apruebo Dignidad, para hablar claro.

Este núcleo de acción política de largo plazo no tiene por qué, tampoco, excluir acuerdos con el centro político (la DC y otros) y, desde luego, en el corto plazo en las candidaturas a gobernadores y alcaldes, y articulaciones con las diversas expresiones de la sociedad civil progresista.

Esa estrategia unitaria en la pluralidad debe buscar la prolongación de una opción que se proponga volver a derrotar a los conservadores y a la ultraderecha en la elección presidencial y que, para ello, dirima democráticamente en 2025 sus liderazgos en primarias y asegure una mayoría parlamentaria cohesionada para un Gobierno transformador, abierto, dialogante y plural en el período 2026-2030.

Se trata de salir de confrontaciones artificiales y ofrecer a la ciudadanía un nuevo ciclo de estabilidad democrática con un sello de progreso social y de sostenibilidad económica y ambiental, que sea claramente alternativo a las opciones autoritarias y socialmente regresivas de la ultraderecha que hoy domina el campo conservador en la sociedad chilena.


jueves, 9 de noviembre de 2023

¿Un capítulo que se cierra?

En La Nueva Mirada

Tal vez el país se esté encaminando a un nuevo ciclo de estabilidad democrática. Esta afirmación puede sonar extemporánea, dados los tiempos que corren. Pero es un escenario posible si se considera una serie de premisas. Vamos por partes.

A la opción de dar una respuesta preferentemente constitucional a la crisis social de 2019 se agregó el enorme impacto desestabilizador de la crisis pandémica. Esto provocó un desgobierno económico durante la administración de Sebastián Piñera -que llevó en 2021 a una política monetaria y fiscal más expansiva que la de la de 1971, seguida de un ajuste desproporcionado- y luego a un desarrollo del proceso constitucional de manera azarosa, con una Convención elegida con voto voluntario y listas de independientes que hicieron saltar un debilitado sistema de partidos y con un supuesto sistema de cerrojo de 2/3 que terminó dando más poder a las posiciones extremas para llegar a ese altísimo quórum. La opinión pública se tornó más volátil que nunca. La parte que votaba partió dispuesta a experimentos y divertimentos, pero el voto obligatorio de salida terminó rechazándola, sumido en el miedo. La pandemia y un mayor repliegue hacia el mundo privado facilitaron el aumento del temor a las agresiones de la delincuencia y a la inmigración desbordada y caló el discurso nacionalista y de desconfianza hacia el Estado. En la etapa final del proceso de la Convención, se cristalizó la asociación de las desmesuras de formas y contenidos de 2021 con la voluntad de castigar los errores del gobierno juvenil que recién se había elegido. En estos cambios hay factores de todo tipo, pero desde luego un peso de la televisión del gran empresariado y el sustrato de una recesión económica que la tecnocracia de gobierno no supo o no quiso evitar. El resultado fue el rechazo el 4 de septiembre a la propuesta de la Convención, un fracaso catastrófico para los impulsores del cambio constitucional. 

Luego se produjo en la precipitación un nuevo acuerdo en el parlamento en diciembre de 2022. En vez de haber asumido sus potestades constituyentes, se trasladó el proceso a un Consejo bastante interdicto pero que, al haber sido elegido con el mecanismo electoral distorsionado del Senado y en un clima de regresión conservadora, terminó dominado por una extrema derecha inicialmente contraria a todo cambio constitucional.

Una situación de los tres chiflados, en la que la extrema derecha (por algo es extrema) no pudo ceder a la tentación de hacer retroceder las libertades públicas y de asociación, los derechos de las mujeres, de los trabajadores, impedir la seguridad social en pensiones y salud, ampliar la privatización de las aguas y los bienes públicos a través de concesiones transables en mercados, incluyendo el litio, rebajar impuestos a los más ricos y estampar un Estado social sin contenido alguno y limitando la proporcionalidad de la representación parlamentaria sin paridad de género efectiva y aumentando los quorum de aprobación de leyes y reformas constitucionales. Las encuestas parecen reafirmar que existe una mayoría para rechazar este proyecto de la extrema derecha. Es de esperar que así sea.

¿Se habrá perdido simplemente el tiempo en la materia desde 2019?

Tal vez no, si se ha hecho el aprendizaje y logrado la comprensión que las constituciones democráticas deben reconocer la pluralidad de opciones de gobierno existentes en la sociedad y que se debe partir por no imponerla en un sentido u otro. Por el contrario, estas opciones deben dirimirse en elecciones libres y periódicas de gobernantes y representantes y eventualmente mediante referéndum, con separación y control de poderes. Es el escenario de las elecciones presidenciales y parlamentarias, y de las elecciones regionales y locales para los asuntos de los territorios. Que la constitución consagre un Estado democrático y social de derecho, que sea unitario y descentralizado, que proteja la propiedad pública sobre los bienes comunes y la resiliencia de los ecosistemas y la preservación ecológica, que subordine a los militares al poder civil y que reconozca derechos colectivos de los pueblos originarios, como elementos vertebradores de la convivencia colectiva, no supone establecer en ella ninguna medida de política específica. Antes bien, las constituciones deben garantizar derechos fundamentales, organizar los roles y controles de los poderes públicos y permitir en vez de prohibir la pluralidad de proyectos en su seno, siempre que respeten esos derechos fundamentales. 

Lo importante ahora es juntar todas las fuerzas posibles y ganarle a la extrema derecha el 17 de diciembre. Y después habrá que debatir a fondo como se entiende la visión institucional democrática de la izquierda, porque desde el acuerdo del 15 de noviembre de 2019 se ha ido por un camino de errores y confusiones reiteradas que nos tienen donde nos tienen. 

Desde ya tiene sentido declarar que, si se rechaza el proyecto de la extrema derecha, nada impedirá al parlamento actual aprobar a la brevedad, en la enmendada constitución vigente, y por un quórum de 4/7 que no ha existido nunca antes, los 12 puntos de acuerdo entre gobierno y oposición de diciembre de 2022 que no estén incluidos en el texto actual. De ese modo se podría cerrar de manera rápida y consensual el tema constitucional durante este gobierno y legislatura y dejar a próximos parlamentos las modificaciones que sigan resultando necesarias.


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