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Los candidatos


Luego de los diversos debates, y el más reciente en televisión, cada cual tiene, probablemente, su guía de evaluación de candidatos. La mía incluye una trilogía: lo que el candidato/a dice, desde dónde lo dice y de qué manera lo dice.

En efecto, lo que el candidato/a dice y enuncia parece ser lo primero que debe tenerse en cuenta, en tanto refleja su visión de mundo y sobre los desafíos del país, es decir los programas que sustentan la candidatura.

En mi apreciación, en esta materia el eje izquierda-derecha (mayor o menor aceptación de la desigualdad en la sociedad, mayor o menor compromiso con la democracia como forma de gobierno, mayor o menor respecto de los derechos individuales) sigue siendo pertinente. José Antonio Kast y Sebastián Piñera proponen volver atrás en materia de aborto, no avanzar en gratuidad educacional, radicalizar la represión contra la delincuencia y las rebeliones mapuches, bajar impuestos a los más ricos, disminuir el Estado social y desregular todavía más las relaciones laborales. Kast agrega la defensa de los violadores de derechos humanos, el despliegue del Ejército en la Araucanía, el uso de armas de fuego en las casas, la enseñanza obligatoria de la religión. Piñera agrega una idea de protección social de la clase media acompañada de despidos en la administración pública. Todo esto conforma visiones y propuestas de extrema derecha y de derecha bastante precisas.

El centro, si es que esta categoría existe más allá de una idea general de equidistancia, busca ser ocupado por Carolina Goic, pero más como enunciado genérico que mediante medidas precisas, salvo su rechazo al PC, acompañado con la idea también genérica de que “se atreve” y de que sus posiciones serían socialdemócratas. Ni el socialcristianismo ni el conservadurismo católico es demasiado reivindicado, probablemente para buscar un electorado concertacionista más amplio.

Más a la izquierda, Guillier –representando la combinación de partidos que podríamos llamar de “Frente Popular”- ha desarrollado una visión de tipo socialista democrática reivindicando una nueva constitución con métodos participativos, más descentralización, el “fin de los abusos” económico-sociales con más avances en reformas sociales (restringir a las AFP, avanzar en gratuidad educacional y terminar con el CAE, conformar una cotización integrada para financiar el acceso universal a la salud primaria) y un nuevo royalty minero. Beatriz Sánchez y el Frente Amplio agregan una postura específica de Asamblea Constituyente, de sacar a las AFP del sistema de seguridad social, de establecer un fondo de cotización única de salud, de introducir propiedad pública en las principales empresas, con un costo programático bastante elevado financiado en parte con un impuesto patrimonial al 2% más rico. Alejandro Navarro postula temas parecidos, agregando la necesidad de más médicos especialistas y vacunas sin timerasol y pagar la deuda con los profesores que viene de los años ochenta para los que fueron traspasados a los municipios con endeudamiento público.

Marco Enríquez-Ominami ha sido ecléctico en materia de programa, que incluye medidas que van desde la eliminación de impuestos a la Pyme hasta mandar a jóvenes a reformatorios militares. Artés quiere un régimen de partido único, nacionalizar los medios de producción y restablecer la pena de muerte, en una orientación ideológica de tipo estalinista clásica.

Esta descripción se puede acompañar de una apreciación mucho más breve respecto a desde dónde se habla. Piñera habla básicamente desde los intereses del gran empresariado, es decir los suyos propios, incluyendo defender el uso de “empresas zombis” y de paraísos fiscales para eludir impuestos “porque son legales” y desde un gran ego (un ego superior al promedio es, sin embargo, parte usual del liderazgo político), aunque personalmente le doy el crédito de convicciones democráticas. Kast, Goic, Guillier, Sánchez, Navarro y Artés me parece que hablan desde sus respectivas convicciones y dosis particulares de ego. Enríquez-Ominami habla cada vez más desde el afán de lograr notoriedad comunicacional, más allá de convicciones.

Y en materia de formas republicanas, la incorrección ha corrido por parte de Kast y sus posturas de halago del uso de la fuerza, de Navarro y su gesto de tirar monedas, de Goic que sistemáticamente tergiversa las posturas de Guillier (“como me voy a poner de acuerdo sobre la base de la nada” y así sucesivamente), de Enríquez-Ominami y sus ataques virulentos y sin fundamentos a Guillier, incluyendo achacarle ser poco menos que el representante del narcotráfico.

Pero estas disquisiciones son, reconozco, bastante escolásticas. En realidad, todos tenemos nuestro candidato bastante definido desde hace un buen tiempo, por identificación con las ideas o por cercanía emocional con uno u otro. Pero tal vez mi trilogía pueda servir como argumento para alimentar una que otra de las conversaciones que en todos los espacios de la vida social se desarrollan en estos días sobre el tema, cada cual defendiendo a su candidato. Al final, esto se trata no solo de elegir, sino también de deliberar sobre las opciones en presencia.

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