¿Es China socialista o capitalista?

Publicado en El Mostrador

En estos días, se realiza el 19 congreso del Partido Comunista Chino. El actual liderazgo, encabezado por Xi-Jinping, se propone reforzar la economía y mantener la estabilidad interna en el país continente de más de 1300 millones de habitantes. Xi iniciará su segundo período como gobernante, que incluirá la renovación de una parte importante del liderazgo (con la salida por edad de cinco de los siete miembros del Comité Permanente), lo que prefigurará el relevo de 2022.

China representó el 38% del comercio exterior chileno en 2016. Fue el principal destino de las exportaciones (con un 28%), más que Estados Unidos (con un 14%) y la Unión Europea (con un 13%) juntos. Chile mantiene con China un saldo comercial positivo, lo que pocos países ostentan, de más de 3,8 mil millones de dólares el año pasado.  China compró el 45% del cobre y otros minerales producidos en Chile, lo que refleja una importante progresión desde el 34% de 2012 y el 23% de 2007. Pero también el país asiático es un mercado que sostiene la poca diversificación de nuestra matriz exportadora: las exportaciones distintas del cobre hacia China (básicamente de frutas, vino, salmón y productos forestales) crecieron en 148% entre 2008 y 2016, en la etapa post gran recesión mundial, mientras cayeron en -9,1% hacia el resto del mundo en el mismo período. Chile se convirtió en el mayor proveedor de frutas de China el año pasado, superando a Estados Unidos y Tailandia, mientras ha duplicado sus exportaciones de vino en los últimos tres años.

Así, el destino de buena parte de la futura matriz productiva chilena depende de la dinámica económica y política de China, país del que en Chile sabemos muy poco y respecto del cual, como en tantas otras cosas, simplificamos mucho y nos llenamos de lugares comunes. Desde luego, poco sentido tiene seguir alineando nuestra política exterior a un Estados Unidos cada vez más volcado a una defensa belicosa de sus intereses, alejada de cualquier lógica de multilateralismo, a pesar de representar el 5% de la población, el 15% de la economía y el 50% del gasto militar en el mundo. El futuro de Chile va a requerir de menos seguidismo pro-norteamericano y más de una visión estratégica consolidada de la relación con el Asia y de una articulación más inteligente y activa con América Latina, especialmente con Brasil y Argentina.

En 2015, el PIB a paridad de poder de compra de China pasó a representar un 17,2% del PIB mundial y se constituyó en la mayor economía del mundo, a comparar con solo un 7,5% del total en el año 2000, según los datos del Fondo Monetario Internacional. Superó así a la Unión Europa y su 17,0 % del PIB mundial, que alcanzaba un 23,9% en 2000, siendo éste el espacio de origen de la revolución industrial y hoy un conjunto de 28 naciones y 19 que comparten una moneda única. El sustrato de este proceso es, en parte, de orden demográfico. Europa reunía el 22% de la población mundial en el siglo XIX, en el momento de mayor expansión colonial, cifra similar al peso demográfico actual de China, mientras actualmente Europa solo representa el 7% de la población mundial. Por su parte, el PIB de Estados Unidos representó en 2015 solo un 15,9% de la economía mundial, a comparar con un 20,9% en el año 2000. El más reciente y sustancial crecimiento asiático (primero de Japón en la posguerra, luego de Corea, Taiwán, Singapur y Hong-Kong en los sesenta y setenta y más tarde de China, India, Indonesia y diversos otros países asiáticos de ingresos bajos) ha tendido a disminuir las brechas económicas de esos países con Occidente, en contraste con el crecimiento más lento de América Latina y África.

La muy sui generis e influyente evolución de China lleva a preguntarse: ¿cuan socialista sigue siendo el país de Mao? La expansión de sus mercados y la transformación en potencia exportadora global, han hecho de la China urbana actual una sociedad de ingresos medios -que es la que está empujando las importaciones desde Chile en materia de alimentos y de cobre para la vivienda y la manufactura- y sacado a cientos de millones de chinos de las áreas rurales de la pobreza.
El cambio en el equilibrio del poder económico mundial es profundo. China ha ido consolidando un crecimiento de menos intensidad que el de 1991-2007, período en el que creció al 11% al año, es decir uno que se situó en 7-8% promedio entre 2012 y 2016 y un 6,9% el año pasado, gracias a fuertes medidas de estímulo monetario y fiscal, aunque ha aumentado la preocupación por la estabilidad financiera. Este crecimiento ha estado menos empujado por las exportaciones y por el gigantesco esfuerzo de inversión del orden de 40% del PIB cada año. Este le cambió la cara a China, que cuenta hoy con impresionantes infraestructuras, incluyendo la construcción de centenares de nuevas ciudades (el 50% de la población es aún rural), trenes de alta velocidad en grandes distancias y megapuertos y aeropuertos, fruto de un amplio esfuerzo de planificación territorial desde las 22 provincias y 5 regiones autónomas chinas. El consumo ha ido adquiriendo planificadamente un rol más significativo en la dinámica económica, lo que el actual liderazgo se propone reforzar.

La transición a una economía mixta se origina en la llegada al poder de Deng Xiaoping en 1978, que abrió la etapa de la reforma de la economía centralizada -que Mao había copiado de Stalin al tomar el poder en 1949- después de los enormes sacrificios provocados por el Gran Salto Adelante de 1958-61 y la Revolución Cultural de 1966. La planificación central maoísta incluyó extraer de manera autoritaria excedentes de la poco moderna producción campesina para sostener el poder del Estado, puesto en peligro desde el siglo XIX por Occidente y Japón, y más tarde por la URSS, incluyendo la fabricación de armas nucleares a partir de 1964, y crear una industria incipiente. Las reformas de Deng no desmantelaron los mecanismos de planificación global (se mantienen hasta la actualidad los planes quinquenales) pero introdujeron, en primer lugar, mercados rurales y autorizaron el uso familiar de la tierra, aunque conservando su propiedad pública. En segundo lugar, permitieron la inversión extranjera mixta orientada a la exportación industrial, incluyendo procesos de aprendizaje acelerado desde la manufactura de bienes simples de bajo costo hasta el incremento progresivo de la complejidad industrial autónoma en los sectores de la electrónica, automotor, aeronáutico, satelital, informático, de máquinas-herramientas y en general en toda la gama de la manufactura moderna, en el más gigantesco proceso de sustitución de importaciones y de crecimiento exportador simultáneo que conozca la economía moderna.

La transformación de China a través de la aceleración del crecimiento desde 1980, incluyendo la inversión extranjera selectiva y controlada y la autonomización y privatización de muchas empresas, pero conservando el control estatal de las áreas estratégicas, ha sido uno de los fenómenos más notables de la historia económica por su velocidad y extensión. La urbanización y la transformación de China está ocurriendo a una escala 100 veces superior a la del Reino Unido, el primer país en urbanizarse e industrializarse, y a alrededor de 10 veces su velocidad, por lo que la revolución industrial china tiene 1.000 veces el impulso que ostentó en su momento la revolución industrial británica.

La muy sui generis e influyente evolución de China lleva a preguntarse: ¿cuan socialista sigue siendo el país de Mao? La expansión de sus mercados y la transformación en potencia exportadora global, han hecho de la China urbana actual una sociedad de ingresos medios -que es la que está empujando las importaciones desde Chile en materia de alimentos y de cobre para la vivienda y la manufactura- y sacado a cientos de millones de chinos de las áreas rurales de la pobreza. El régimen de partido único, que ha logrado un sistema de renovación de sus liderazgos cada diez años de gran estabilidad luego de las agudas luchas internas de la época maoísta, sigue considerándose socialista. Desde 1992 el gobierno chino denomina la suya como una “economía de mercado socialista”.

Siguiendo los criterios de Barry Naughton ("Is China Socialist?" Journal of Economic Perspectives, 1, 2017), su respuesta es parcialmente afirmativa. Este autor parte de la constatación de que “no existe una definición generalmente aceptada de ‘socialismo’ y no parece tener mucho sentido argumentar si una realidad compleja coincide con una simple y arbitrariamente definida etiqueta”, por lo que avanza “cuatro características que están relacionadas de modo plausible a un amplio rango de concepciones del socialismo, es decir hablamos de características descriptivas del socialismo antes que de ´modelos’”. Estas son, primero, la capacidad de moldear los resultados económicos, es decir de controlar los flujos de activos e ingresos a través de la imposición y la autoridad regulatoria, antes que la clásica “propiedad estatal de los medios de producción”.

Segundo, las intenciones de hacerlo, pues un gobierno socialista se entiende debe proponerse moldear la economía para obtener resultados que sean diferentes de los que produciría un mercado no intervenido. Tercero, la orientación a la redistribución, dado que un gobierno socialista típicamente se justifica a sí mismo en tanto beneficia a los ciudadanos de menos ingresos, por lo que parece natural buscar evidencia sobre el éxito de las políticas en materia de crecimiento inclusivo, seguridad social y redistribución a favor de los pobres. Cuarto, un gobierno socialista debe disponer de algún mecanismo, a través del cual el grueso de la población pueda influenciar la política económica y social, y que la política muestre al menos alguna capacidad parcial de respuesta a las cambiantes preferencias de la mayoría de la sociedad.

Naughton evalúa que la economía de China es hoy muy distinta tanto de la de comando de hace 40 años como de la economía de “capitalismo salvaje” de hace 20 años. Diagnostica que el gobierno tiene en China mucha más influencia que en virtualmente cualquier economía avanzada o de ingresos medios, pues las empresas y bancos estatales son predominantes y los planes quinquenales orientan la economía interna y externamente. Calcula que en 2015 el gobierno controlaba un 38% de los recursos de la economía, directa o indirectamente, aunque solo el 12% del empleo estaba en empresas estatales. El gobierno controlaba el 39% de los activos industriales en 2014, el 85% de los activos bancarios, el conjunto del sector de telecomunicaciones y transportes y lo fundamental de los servicios de educación y científico-tecnológicos. Sectores como el petróleo y el gas están estructurados para generar rentas monopólicas y el gobierno ha mantenido el control de la totalidad de la tierra y de casi todas las instituciones financieras, así como el manejo del nivel del tipo de cambio.

En materia de condiciones de vida, el crecimiento más alto por más tiempo para más gente en la historia humana ha significado que el ingreso promedio de 2014 sea 20 veces mayor que el de 1978, mientras el Índice de Desarrollo Humano, que incluye logros en materia de ingresos, educación y salud, sitúa a China en 2015 en el rango de países de desarrollo humano “alto” (0.74) y no ya el rango “bajo” (0.42) de 1980. En cambio, la distribución del ingreso se deterioró, pasando China de ser una de las sociedades altamente pobladas más igualitarias del mundo a una desigual (con un coeficiente de Gini –mientras más cerca de 100 más desigual la distribución del ingreso- de 42.2 en 2010-2015, a comparar con el de 41.1 de Estados Unidos y el 51.5 de Brasil, por ejemplo, o bien con un coeficiente de Palma –la relación entre el 10% más rico y el 40% más pobre, que mientras más baja es refleja una menor desigualdad- de 2.5 para China, 2.0 para Estados Unidos y 3.1 para Brasil, según los datos del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD).

Por su parte, de acuerdo a los datos del Banco Mundial, la reducción del número absoluto de pobres entre 1981 y 2010 representó el 95% de la reducción en el mundo, medida la pobreza con la tradicional línea monetaria de menos de $1.90 al día por persona a paridad de poder de compra de 2011. Desde 1986, China desarrolla una política activa de identificación de las comunas pobres, a un cuarto de las cuales realiza transferencias para el desarrollo económico, la infraestructura y la alimentación, y les otorga préstamos subsidiados. Las transferencias monetarias directas a las personas pobres abarcan unos 70 millones de personas, pero con prestaciones bajas. El impuesto a los ingresos personales representa solo un 1,3% del PIB, por lo que el sistema redistributivo de impuestos-transferencias es de baja intensidad, con una fuerte diferenciación entre los residentes urbanos y los rurales.

En los últimos años han aumentado los esfuerzos de ampliación de la seguridad social en salud y pensiones en el mundo rural y los migrantes, donde las reformas de Deng las habían prácticamente desmantelado. La provisión de bienes públicos y de infraestructuras ha beneficiado a amplios segmentos de la población, pero existen altos niveles de contaminación por el hecho de haberse transformado China en la gran factoría del mundo al terminar el siglo XX, lo que se explica por menores salarios que los de Occidente, alta disciplina y capacidad laboral y bajos controles ambientales.

Siguiendo los criterios de Naughton, se concluye que la disponibilidad para responder las preferencias de la población es bastante escasa, en el contexto de un sistema unipartidista políticamente centralizado, con presencia de grupos de interés de desigual poder en la estructura burocrática y con prácticas de corrupción denunciadas por el propio liderazgo político. Según Wang Qishan, el responsable del organismo oficial que investiga los casos de corrupción, el Partido Comunista chino tiene "unos conceptos tenues, una organización laxa, una disciplina blanda, una gobernanza débil y una cultura política malsana" (El País, 18 de julio de 2017).

En suma, concluye Naughton, “China satisface en la actualidad nuestros dos primeros criterios: el gobierno tiene la capacidad y la intención de moldear los resultados económicos. En el tercer y cuarto de nuestros criterios –redistribución y responsiveness- China los satisface menos altamente que los primeros dos”.

La evolución de China desde los años 1980 es un caso particular de transición desde una economía centralizada rural y pobre con pocos enclaves industriales a una economía mixta con sello propio, con un excepcional dinamismo industrial y, al menos hasta la primera década del siglo XXI, con un crecimiento posterior de menor magnitud pero que se cuenta entre los más altos del mundo en la actualidad. En el modelo chino de sociedad permanecen las capacidades estatales de determinar las orientaciones económicas, pero con una redistribución aún débil frente al aumento de las desigualdades, la que está llamada a ampliarse, especialmente si los nuevos sectores incorporados a la vida urbana reclaman más democracia, régimen político que China no ha conocido nunca en su historia, signada por la estabilidad de solo cuatro dinastías durante mil años hasta 1911.

En ámbitos como la regulación macroeconómica, la política industrial, la planificación urbana y territorial y la seguridad social, esas capacidades se han fortalecido en el período reciente, alejándose antes que acercándose del capitalismo desregulado que los neoliberales de unos y otros sectores políticos pretenden erróneamente perpetuar en Chile como si fuera el único modelo posible. El futuro pertenece a economías mixtas dinámicas e inclusivas basadas en más y mejores capacidades humanas, en la innovación y en regulaciones públicas fuertes y pertinentes, factores que constituyen las bases sociales de la igualdad efectiva de oportunidades y de derechos a la que aspiran la mayor parte de las sociedades modernas.

Por el momento, y no parece que esto se vaya a modificar por largo tiempo, no es en Estados Unidos o en Europa donde Chile ha anclado al iniciarse el siglo XXI su dinámica productiva exportadora, sino en la China post-maoísta, de la que tal vez debiéramos aprender en materia de política económica.

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