jueves, 27 de julio de 2017

Nueva etapa, nuevas reglas

La configuración de bloques políticos que nació de la separación de aguas entre los que estaban a favor o en contra de la dictadura (¡poderosa razón para producir alineamientos!) y su expresión electoral en el Sí y el No en el plebiscito de 1988, ya ha evolucionado hacia otro paisaje político en sucesivas etapas.

Primero fueron, en el primer gobierno de Michelle Bachelet de 2006-2010, los quiebres en la Democracia Cristiana y el PPD que llevaron a Adolfo Zaldívar y también a Jorge Schaulsohn y Fernando Flores a sumarse a la derecha y a apoyar a Sebastián Piñera, mientras en el PS Marco Enríquez-Ominami, Jorge Arrate, Carlos Ominami y Alejandro Navarro buscaron sus propios caminos. Se dio así fin a lo que la Concertación agrupó como espectro político, por derecha y por izquierda

Michelle Bachelet volvió al gobierno con el resto de la DC y el resto de partidos de la Concertación, pero además sumó al Partido Comunista, ampliando su base partidaria de apoyo. La paradoja es que lo hizo afianzando, al mismo tiempo, un imprudente distanciamiento con los partidos de su nueva coalición –que tampoco ayudaron mucho a aumentar su prestigio y capacidad de movilización política y programática por su creciente proclividad al clientelismo estatal- y sin pactar verdaderamente un programa de gobierno y reglas de aplicación que lo hicieran efectivo. Esto dio lugar al boicot de Ignacio Walker y Jorge Burgos a las bien inspiradas reformas principales que se propuso lograr Michelle Bachelet durante su segunda administración, tanto desde dentro como desde el parlamento, contribuyendo a su desdibujamiento. ¿Alguien se acuerda de la nueva constitución, de la mayor recaudación tributaria, o del impulso a la educación pública, promesas fuertes que simplemente no se han concretado? Todo esto contribuyó al desprestigio de la idea de reforma y al escepticismo generalizado frente a la política, agravado por la puesta en evidencia de la creciente captura del sistema político por el dinero y de corrupciones y corruptelas variadas en los órganos del Estado.

Al terminar el segundo gobierno de Michelle Bachelet, se han alejado ahora los centristas liberales de Andrés Velasco y los que la presidenta ha llamado los “hijos de militantes de partidos tradicionales” agrupados en el Frente Amplio, cuya orientación ideológica variopinta –empezando por la de su candidata presidencial que un día es izquierdista y al otro habla del gobierno de Allende como “totalitario” con el correspondiente perdón posterior- parece pasar a segundo plano frente a una reafirmación generacional postmoderna que nunca será suficiente para gobernar un país, contribuyendo a la confusión política reinante.

En este contexto, la DC decidió intentar un camino propio en primera vuelta presidencial, sin participar en primarias. Esta fue su respuesta a la declinación electoral y a la “incomodidad ideológica” que ha supuesto cogobernar con el PC. Pero no le ha impedido, muy postmodernamente también, buscar un acuerdo parlamentario que le acomode para una mayor electividad de sus candidatos en el nuevo sistema proporcional, en detrimento de otros partidos y manteniendo su candidata de camino propio. Nada francamente muy doctrinario, que se acompaña de una amenaza no demasiado velada: ni no me aceptan una lista parlamentaria que me favorezca, entonces no cuenten conmigo para apoyos en segunda vuelta, aunque que mi partido si lo va a pedir para su candidata si es ella la que pasa a segunda vuelta. Somos todos iguales, pero unos más que otros.

Tal vez sea más sensato reflexionar sobre nuevas reglas para el ancho mundo de las fuerzas políticas no derechistas (la derecha ha hecho bien su tarea con primarias y lista parlamentaria común, con su natural instinto cuando huele el poder). No se puede nunca más firmar un programa que luego no se va a apoyar en el gobierno y el parlamento. De ahí la regla número 1: el partido político que quiere participar del gobierno debe comprometerse con un programa y apoyar las legislaciones que de él derivan en el parlamento. Cualquier otra cosa es falta de seriedad y de compromiso con la gobernabilidad democrática. Regla número dos: lo propio debe hacer el presidente, es decir pactar seria y detalladamente un programa (en primera o segunda vuelta, según sea el caso) y remitirse a él una vez en el gobierno. La tentación monárquica o caudillista, que ofrece un programa para obtener votos y después hace lo que quiere o lo contrario en el gobierno, nunca lleva a nada bueno.

Si se quiere presentar un proyecto propio al país en la primera vuelta de la elección presidencial, nada más legítimo. Pero aplicando la regla número 3: no se pida ventajas parlamentarias a terceros en su detrimento cuando se opta por el camino propio presidencial. Y la regla número 4: quien no es derechista y participa en una primera vuelta presidencial en la que compiten los distintos proyectos de país con uno propio, debe asumir que la contienda democrática no termina ahí y dar su apoyo –aunque sea con la doctrina aristotélica del mal menor- al mejor situado frente a la derecha. Y pedirlo para sí mismo llegado el caso, en una lógica de reciprocidad democrática y republicana.

Aunque muchos no lo quieran ver así, es manifiesto que en todos los temas cruciales de la democracia, el progreso social y la sustentabilidad está en Chile por un lado la derecha, que no quiere demasiado ninguna de estas tres cosas, y el resto, que quiere con mayor o menor intensidad y consistencia alguna combinación de estas tres cosas. Una negociación entre contrincantes no derechistas de primera vuelta debe traducirse en confluir en segunda vuelta con compromisos para cuatro años, ya sea con participación en el gobierno (siguiendo la regla número 1) o el apoyo desde fuera a los temas que se pacte, manteniendo la independencia y libertad de crítica en lo demás. O bien apoyar incondicionalmente al no derechista en segunda vuelta, cualquiera éste sea, dados los argumentos dados más arriba sobre la derecha, en el caso de los sujetos un poco extraños para los parámetros postmodernos que concebimos la política de manera no utilitaria y al mismo tiempo procuramos no seguir el camino del cuando peor mejor. 

Pasar de las ocurrencias para beneficio de la propia tribu a un sistema de reglas -las propuestas aquí o las que se quiera- no parece una tan mala idea si se tiene algún grado de compromiso con el interés general y con las mayorías sociales que requieren de un gobierno que no obstaculice sus proyectos de vida y promueva un sentido al menos básico de igualdad y comunidad, lo que nunca será propio de la derecha.