viernes, 2 de diciembre de 2016

Perspectivas presidenciales a un año de la elección

La más reciente encuesta Gfk-Adimark revela que la cuestión presidencial permanece abierta como nunca antes a un año del evento electoral principal del proceso democrático en Chile.

Dado el alto desgaste del gobierno de Michelle Bachelet (24% de aprobación y 70% de rechazo en noviembre para la Presidenta y 18% y 79% respectivamente para su gobierno) y la incoherencia programática y política persistente de la coalición Nueva Mayoría (un 19% la apoya, mientras un 22% apoya a la derecha), el ex presidente Sebastián Piñera recoge por el momento la mayor intención espontánea de voto. Éste marca un 24% de preferencias y, lo que es más importante, un 45% cree que el ex presidente, que combina su acción política -incluso cuando ejerció el más alto cargo del Estado- con la de exitoso especulador bursátil desde paraísos fiscales, será otra vez presidente.

Primera digresión: las encuestas tienen un creciente problema de respuesta no veraz –el fenómeno del “voto oculto” de distinto signo ha crecido en todas partes- mientras en Chile las muestras son cualquier cosa menos representativas del universo de votantes. Para que lo fueran debieran ser aleatorias, o bien cuidadosamente construidas mediante la aplicación de cuotas por género, edad, nivel de ingreso y ubicación geográfica, método empírico eficaz pero que no permite calcular márgenes de error. Estos sólo se pueden establecer para muestreos aleatorios, cómo lo enseña cualquier curso de estadísticas que incluya teoría de muestreo, lo que impropiamente se nos presenta en las encuestas con muestras no aleatorias en Chile. Además, muchas de éstas usan métodos de recolección de las preferencias de los entrevistados que incrementan los sesgos y que llegan incluso a mezclar consultas a teléfonos fijos y móviles, como la de Gfk-Adimark, lo que no pasaría test metodológico alguno en aquellas partes del mundo en las que las encuestas están bien reguladas.

En la coyuntura, el apoyo constatado al líder de la derecha, más allá de las mencionadas deficiencias de las encuestas, no es de extrañar, sobre todo si se considera que es natural que la oposición recoja parte del descontento con el gobierno en ejercicio, en el contexto más amplio de desprestigio global del sistema de representación. Este ha decepcionado y alejado, en Chile y muchas partes del mundo, a quienes –trabajadores, jóvenes, grupos discriminados- mantenían esperanzas en su capacidad de producir resultados favorables a la mayoría social.

Segunda digresión: personalmente prefiero la expresión “gobierno en ejercicio” a la bastante despectiva de “gobierno de turno” que suele utilizarse en el debate político chileno; a mis interlocutores que la emplean siempre les digo que menos mal que los gobiernos son de turno en Chile, porque sería dramático que no lo fueran, como ya fue el caso durante 17 años en el siglo pasado.

Lo importante a recalcar es que, además del mucho tiempo que falta para la elección presidencial y la aún retardada emergencia de figuras que seguramente participarán en una primaria de un Frente Amplio alternativo a los dos bloques tradicionales, la suma de adhesiones a Piñera, Ossandón y Kast no les asegura, en la mejor de las circunstancias generales para su opción, una mayoría clara. Los candidatos de derecha suman sólo un 29% de preferencias, contra un 30% de preferencias que van a alguno de los cuatro candidatos de la Nueva Mayoría con más de 1% de mención espontánea, es decir Guillier (21%), Lagos (7%), Insulza (1%) y Goic (1%). Nada está dicho aún en materia presidencial, pues no hay hoy mayorías contundentes, como había solido ocurrir a estas alturas del calendario político desde 1990.  

Por otro lado, los que no marcan preferencia presidencial alguna en la encuesta Gfk-Adimark de noviembre suman sólo un 31% del electorado potencial, lo que permite conjeturar, con toda la prudencia que corresponde, que la elección de 2017 tendrá probablemente una participación mayor que la registrada en la elección municipal de 2016, que marcó un trágico nivel de abstención que es de esperar no vuelva a repetirse en nuestro país, para bien de la salud democrática de Chile.