Extracto de columna del 12-11-14
Revolucionarios fueron los que desde los años sesenta enarbolaron banderas de cambio radical, inspirados inicialmente en la revolución cubana, que consideraban que no podían ser contenidas por una democracia liberal de índole excluyente y oligárquica. Quien tal vez mejor expresó esa opción en Chile fue Miguel Enríquez. Este joven médico moriría con las armas en la mano un 5 de octubre de 1974, a los treinta años de edad, luego de haber dirigido por seis años al Movimiento de Izquierda Revolucionaria y de mantenerse clandestino durante un año como el hombre más buscado, luego de la detención de Luis Corvalán y la salida del país de Carlos Altamirano, por quienes asaltaron el poder en septiembre de 1973. Posiblemente esa fecha simboliza la caída del sueño revolucionario signado por la voluntad libertaria que abrazó en Chile parte de una generación, en la que me incluí siendo muy joven.
Revolucionarios fueron los que desde los años sesenta enarbolaron banderas de cambio radical, inspirados inicialmente en la revolución cubana, que consideraban que no podían ser contenidas por una democracia liberal de índole excluyente y oligárquica. Quien tal vez mejor expresó esa opción en Chile fue Miguel Enríquez. Este joven médico moriría con las armas en la mano un 5 de octubre de 1974, a los treinta años de edad, luego de haber dirigido por seis años al Movimiento de Izquierda Revolucionaria y de mantenerse clandestino durante un año como el hombre más buscado, luego de la detención de Luis Corvalán y la salida del país de Carlos Altamirano, por quienes asaltaron el poder en septiembre de 1973. Posiblemente esa fecha simboliza la caída del sueño revolucionario signado por la voluntad libertaria que abrazó en Chile parte de una generación, en la que me incluí siendo muy joven.
Sobre Enríquez existen dos caricaturas: la del radical irresponsable que, para aquella parte irremediablemente tanática y criminalmente fanática de la sociedad chilena, fue simplemente bien asesinado por las balas de la DINA, o bien la del valiente y consecuente que murió en su ley, sin consideración de sus opciones políticas y su necesario balance.
Miguel Enríquez encarnó una parte de las dinámicas de una época y, con la perspectiva histórica, no la peor. Fue uno de los que hizo suyo un sueño de cambio revolucionario inmerso en los impulsos de los años sesenta y sus rupturas libertarias, de la revolución cubana y la gesta latinoamericana guevarista, del mayo del 68 francés, de la reacción anti-autoritaria luego de la invasión soviética a Checoslovaquia, del rock y su nueva estética. Y también de la dinámica de cambios que recorrió a una sociedad chilena inmersa gravemente en la desigualdad y la pobreza, dominada por oligarquías agrarias retrógradas y burguesías urbanas rentistas. Jorge Ahumada en los años cincuenta resumió muy bien el diagnóstico y el desafío: había que construir un nuevo Chile “en vez de la miseria”.
Enríquez tuvo razón al señalar que los intentos de desplazar del poder a la oligarquía tradicional y nacionalizar los recursos naturales, si se llevaban hasta sus últimas consecuencias, provocarían reacciones internas, las de los afectados, y externas, las de Estados Unidos en la época de la guerra fría, que culminarían en el fin de la democracia y una dictadura militar, como ya había ocurrido en Brasil. Es decir, en un trágico callejón sin salida. Menos razón tuvo en desarrollar una estrategia autónoma de acumulación de fuerzas rupturistas, conducida por un nueva vanguardia de cuadros revolucionarios, aunque había buenos fundamentos para el rechazo a lo que entendía era una DC comprometida con Estados Unidos en la guerra fría y a una dirigencia de la izquierda que pensaba, en su rama socialista, que no tenía real capacidad de impulsar cambios, aunque siempre respetó a Allende, o bien, en su rama comunista, se subordinaba a la URSS y a su política de, por entonces, "coexistencia pacífica". La nueva fuerza revolucionaria debía convocar bajo su férrea conducción no sólo a la clase obrera tradicional sino también a los que Enríquez llamaba “los pobres del campo y la ciudad”. El gobierno de Frei cometió el error de empujar al MIR a la clandestinidad después de un incidente universitario en Concepción y éste el error de realizar acciones armadas propagandístiscas y de financiamiento, aunque nunca atentados a personas, en un país que por el contrario necesitaba avanzar a una democracia que desplazara el dominio oligárquico y que estaba cada vez más amenazada por la oligarquía.
Un visionario, que por entonces se retiraba de la política, Eugenio González Rojas, ex secretario general y senador socialista, más tarde Rector de la Universidad de Chile, había planteado en 1947 que el socialismo debía ser revolucionario por sus fines y democrático por sus métodos, y que los métodos debían escogerse para nunca desnaturalizar los fines emancipatorios perseguidos. Y había propuesto en 1958 no someterse a la guerra fría y convocar a las fuerzas que pusieron a la derecha en franca minoría y representaron Allende, Frei y Bossay en la elección presidencial de ese año, que estuvo muy cerca de dar el triunfo a Allende. Planteó la necesidad de la convergencia de las que denominó “fuerzas de avanzada social”, aquellas que se dividieron, fracturaron y compitieron entre sí en medio de la ley de hierro de la guerra fría global, y no supieron acometer su tarea histórica de darle continuidad y coherencia democrática a la demanda de reformas de la sociedad chilena ni mantener a raya el poder de la derecha y los intereses oligárquicos que representaba.
Miguel Enríquez, Luciano Cruz, Bautista Van Schouwen, Edgardo Enríquez, Andrés Pascal y su organización de jóvenes revolucionarios no aquilataron lo suficiente que la demanda por un cambio social profundo se encaminaba hacia el triunfo en las urnas de Salvador Allende y su coalición y no hacia la expansión de la lucha social con componentes insurreccionales armados que desbordarían y desmontarían las instituciones obsoletas y construirían una democracia de base.
La democracia representativa era la que debía, por el contrario, ser definida como el continente necesario e irrenunciable del cambio social, complementada por formas de democracia directa. Enríquez se adaptó a la nueva situación en 1970, se puso al servicio de la seguridad personal de Allende y mantuvo un diálogo permanente con él, insistiéndole en que debía acumular fuerza social mediante un programa radical que conformara un “poder popular” y el "control obrero" de la producción y, a la vez, llamara a los soldados a la neutralización del golpismo en el generalato de las Fuerzas Armadas. También propuso en diversas ocasiones resolver el conflicto político mediante un plebiscito. Entendía que esa "acumulación de fuerzas" podría resolver favorablemente para el mundo popular el quiebre de la democracia que la alianza Nixon-derecha-DC freísta provocaría en un momento u otro. Allende prefirió avanzar en su programa sin hacerlo más radical, que de suyo lo era ampliamente, aunque no pudo contener el desborde de la "revolución por abajo" que impidió estabilizar la economía y consolidar el apoyo al gobierno. Buscó entenderse con la jerarquía militar, sin intervenirla, siguiendo invariablemente las tradiciones republicanas, a riesgo de dejar crecer la conspiración y privilegiando por sobre todo evitar una guerra civil. Trabajó incansablemente para construir una salida política y obtener un acuerdo con la DC, sin lograrlo, especialmente por la intransigencia e incredulidad de Frei, pues atribuía a Allende una imposibilidad de controlar la radicalidad de izquierda, lo que llevaría a "una nueva Cuba". En todo caso, Enríquez se negó el 29 de junio de 1973 –según los testimonios existentes– a sustraer armas que le eran ofrecidas desde un regimiento, pues entendía que sería un pretexto para un golpe militar. Tampoco boicoteó el diseño de Allende de buscar una salida democrática a la crisis mediante un plebiscito que sería anunciado el 11 de septiembre de 1973. Estaba informado de ese anuncio por el propio presidente, por lo cual había desactivado la alerta antigolpista del MIR. Combatió como pudo el 11 de septiembre, con muy poco, y en las horas más duras, reunido en Indumet con socialistas y comunistas, de nuevo se puso a disposición del presidente Allende y su defensa. Pero ya la tragedia se había desencadenado.
Luego del golpe, Enríquez jugó –a pesar de la opinión de sus compañeros de la dirección del MIR– lo que entendía debía ser su rol: quien había empujado la opción revolucionaria debía permanecer personalmente resistiendo en Chile, poniéndose al frente de su gente, a la que instó a enfrentar a la dictadura, en la tradición de la FAI de Buenaventura Durruti y de la guerrilla de Ernesto Guevara. No replegarse fue un error, que cabe respetar en su inspiración de consecuencia ejemplar, aunque fuera políticamente inconducente y no contribuyera a sortear la persecución, tortura y muerte de centenares de sus compañeros y compañeras. Esa masacre sistemática estaba decidida desde el primer día por Pinochet y fue ejecutada, sin tasa ni medida, por su policía política. Al cabo de un año de persecución implacable, Miguel Enríquez enfrentó con arrojo un 5 de octubre de 1974 su propia digna muerte en combate, resistiendo las balas enemigas que lograron asesinarlo, tratando hasta el final de preservar a su compañera herida, Carmen Castillo. Las muertes de militantes del MIR sumaron más de 500, casi todas personas jóvenes que se echarían de menos en las décadas posteriores en las luchas sociales y políticas. El mirista Jécar Nehgme fue, a los 28 años, el último opositor ultimado por la dictadura el 4 de septiembre de 1989.
A la generación a la que le tocó retomar las diezmadas banderas de la izquierda, nos influyó este trágico desenlace. El balance temprano de unos cuantos, entre los que me cuento, fue el de retomar el enfoque de Eugenio González. Nos propusimos, con éxito, reunificar a las “fuerzas de avanzada social”, afianzar una lucha social y política contra la dictadura, en vez de una lucha militar legítima pero con una muy remota probabilidad de triunfar. Pensábamos, además, que prefiguraría inevitablemente lógicas militaristas y autoritarias que nada bueno augurarían para la construcción de un socialismo democrático y libertario como el que propiciábamos. Esto nos lo enseñaba la experiencia histórica del estalinismo y de varias revoluciones radicales y, en la época, la de los Khmers Rojos en Camboya. Se llegó así, después de un largo, doloroso y complejo proceso, marcado en su etapa final por las protestas populares de 1983 a 1986, a otro 5 de octubre, el del plebiscito de 1988 en que Pinochet fue derrotado en las urnas en un esfuerzo cívico unitario que rompió el miedo y la represión. Este hito dio lugar a las luces y sombras de la nueva etapa que se abrió en la historia de Chile, que sigue su curso sinuoso pero por cauces democráticos, con logros, avances y retrocesos y, para nosotros, con el mismo objetivo de construir paso a paso una sociedad libertaria y de iguales en dignidad y derechos.