Guillier supera a Piñera


Columna en Voces La Tercera

La más reciente encuesta Gfk-Adimark (con datos recogidos en enero) registra que frente a la pregunta de quién le gustaría que fuera presidente, los que la responden espontáneamente -sin una lista de nombres que les haya sido presentada previamente- indican, a razón de 28%, que prefieren al senador independiente de la Nueva Mayoría, Alejandro Guillier, antes que al ex presidente de derecha Sebastián Piñera, que reúne un 27% de las  preferencias de los encuestados. El tercero en liza, el ex presidente Ricardo Lagos, reúne un 5% de las preferencias expresadas, y los que siguen marcan magnitudes marginales. Esto se viene reflejando, con pocas variaciones sustanciales, en las diversas encuestas publicadas.

Parece ser que la condición de ex presidente ya no resulta ser necesariamente un activo, sino antes bien un lastre.

El ex presidente Piñera cae poco a poco en las encuestas -el sondeo mensual Gfk-Adimark no es una excepción- en circunstancias que en algún momento parecía tener la reelección asegurada. Esto ocurre porque, tal vez, a pesar de su irrefrenable y hasta simpático dinamismo, su pertenencia a la clase de los privilegiados y todo lo que ello significa ancestralmente para la mayoría social –y electoral- se ha hecho demasiado presente, incluyendo la compañía de la señora Van Rysselberghe y su impresionante, por lo desembozada, sumisión a los intereses del gran capital pesquero, entre otros de esa índole. Y sobre todo por los personales impulsos incontenibles y éticamente reprochables con el dinero del ex presidente, a pesar de su gran fortuna, a estas alturas demasiado visibles.

Por su parte, el expresidente Lagos nunca despegó en esta campaña presidencial, tal vez porque cada época tiene sus liderazgos y buscar repetirlos no parece tener mucho sentido hoy para los ciudadanos y ciudadanas que en su momento lo apoyaron con entusiasmo, más allá de los incuestionables méritos de la persona del ex presidente.

Todo esto augura al senador Guillier un recorrido relativamente despejado hacia la presidencia, salvo error, omisión o bien algún accidente de esos que nunca en la actividad política pueden descartarse.

Alejandro Guillier tendrá que decidir si su liderazgo sigue el derrotero de la actual presidenta, un gran fenómeno político contemporáneo en materia de liderazgo empático. Pero la empatía tiene sus luces y sus sombras, especialmente si se pone al servicio de la realpolitik malentendida y no de la representación de los intereses de la mayoría social. Guillier tendrá que ver si reproduce una coalición de gobierno incoherente, una parte de la cual se dedicó permanentemente a boicotear a la presidenta Bachelet, sin que ésta actuara en consecuencia. Guillier tendrá que asumir que los representantes de los grandes intereses económicos en la Nueva Mayoría no dudarán en hacer lo mismo con él si llega a ser presidente, pues son ya parte orgánica del maridaje entre intereses económicos y representación política en esa coalición.  

Las señalizaciones hacia un lado –en favor de promover los intereses de la mayoría social- y luego los virajes prácticos en el sentido contrario –en favor de preservar los intereses del 1% que controla un tercio de los flujos económicos del país, según el Banco Mundial- configuran inevitablemente un recorrido inconsistente pero con un resultado inequívoco: terminar con una amplia decepción popular y con un apoyo minoritario, que refuerza el reflejo de la élite partidaria de someterse, con más o menos elegancia (usualmente con bastante poca), a los intereses del capital corporativo y sus redes de influencia en el sistema político. El senador -o quien termine siendo en definitiva el contendor de la derecha en la segunda vuelta presidencial-  tendrá también a mano, claro está,  la opción de inscribirse en un proyecto de cambio progresista consistente, capaz de sobreponerse al escepticismo y la desesperanza aprendida, y que finalmente represente a la mayoría social en materia educativa, de relaciones laborales, de salud, de pensiones – y de nueva Constitución que haga posibles los cambios en los dominios mencionados- dejando atrás el lastre neoliberal que mantiene una economía estancada y desigual, incapaz de innovar.

Y también quien termine contendiendo en segunda vuelta con el representante de la derecha tendrá que asumir sin demagogia el decrecimiento de la depredación ambiental y de las actividades contaminantes y lesivas para las nuevas generaciones, acelerando con decisión una reconfiguración del uso del territorio –como ha demostrado con creces la terrible ola de incendios del actual verano- y una transición energética en base a la impresionante dotación de la que Chile dispone en materia de energías renovables no convencionales, impulsando una economía basada en la innovación y no en la mera extracción de recursos naturales en beneficio de unos muy pocos.

Recordemos que estamos a nueve meses de la elección presidencial de noviembre de 2017, el tiempo de una gestación humana, y que lo único claro es que nada parece estar predeterminado, salvo, en principio, los nombres de los dos principales competidores, es decir los que tienen más chances de disputar una segunda vuelta presidencial en diciembre. Además, nada menos que un 75% de los encuestados aparece expresando preferencias presidenciales en la encuesta Gfk-Adimark, contrastando con el 65% de abstención en las elecciones municipales. Esto resulta bastante sorprendente, dado el clima de profunda animadversión hacia toda forma de representación política tradicional. Esto puede deberse a un error, que no sería de extrañar, de la metodología de la propia encuesta –que tiene muchas deficiencias en la composición de su muestra y en la capacidad de determinar quienes irán a votar- o bien al hecho de que una gran mayoría de chilenos y chilenas quiere en definitiva pronunciarse respecto a su futuro gobierno.

A los que les corresponde un liderazgo político natural para hacer emerger nuevas alternativas, la generación de 2011, les debiera llamar la atención el hecho de que están, por propia voluntad o por un atraso inexcusable, fuera de las opciones que se presentan a la opinión pública en el actual escenario político. Tal vez prefieren interactuar entre sí al margen de la sociedad tal como está constituida, que incluye a jóvenes y pero además a muchos y muchas que no lo son y que muy mayoritariamente viven de su trabajo como asalariados (a razón de 70%, con mujeres que participan menos del llamado mercado de trabajo y que reciben entre 20 y 30% menos remuneraciones) o en trabajos por cuenta propia precarios e informales, y muchos y muchas que viven con pensiones miserables, de nuevo especialmente las mujeres jubiladas en el sistema de AFP.

Tal vez prefieren incluso disputar liderazgos presentes y futuros entre sí, en familia generacional, con sus propios códigos poco comprensibles para la sociedad, más allá de la simpatía que les manifiesta, pues es diversa y plural. ¿No tendrá más sentido mirar la sociedad tal cual es, insertarse en ella con todas sus contradicciones y matices  y proponerse representar a sus mayorías favorables al cambio? Esto incluye reconocer el hecho que el cuerpo electoral se compone básicamente aún por personas cuyo clivaje esencial es el de dictadura-democracia, dados los profundos traumas históricos que todavía marcan a la sociedad chilena, y en algún sentido, como trasfondo político y cultural, el clivaje izquierda-derecha del siglo XX. Esto por supuesto no excluye los nuevos clivajes del siglo XXI, como los de modernidad-conservadurismo cultural, productivismo-ambientalismo, y así sucesivamente, pero los sobre-determina aún. Nadie viene de la nada, incluyendo las sociedades, que están siempre históricamente constituidas, con sus continuidades y rupturas, y no como algún grupo hiper-ideologizado quisiera.

Esto lo entendió bien Jorge Sharp en Valparaíso en la reciente elección municipal, y un poco menos su colega de generación Gabriel Boric, secundado al parecer  por Giorgio Jackson, que se ha visto más dedicado a vetar y ponerle ultimátums a quienes desean apoyar su esfuerzo disruptivo y potencialmente creativo y ser sus eventuales aliados antes que a sumar democráticamente –aceptando el juicio de los ciudadanos movilizados para dirimir los dilemas políticos y de liderazgo en todos los planos de una futura fuerza alternativa- a todos los que desean trabajar por hacer emerger una nueva opción política.

Sin embargo, esta nueva opción sigue siendo indispensable si no se quiere mantener a la sociedad chilena prisionera del pasado reciente y del empate catastrófico –especialmente porque preserva desigualdades y privilegios moral y políticamente inaceptables, permite la compra del sistema político por el poder económico y produce el alejamiento radical de los ciudadanos más jóvenes del sistema político- entre la derecha y la llamada “centroizquierda”.

Esta última fue en realidad en origen, en los años ochenta, una necesaria alianza entre el centro tradicional y la izquierda democrática para salir de la dictadura, pero devino con el tiempo en una cómoda combinación –para sus miembros- de acceso al poder estatal a cambio de preservar el status quo económico con reformas menores. A esta combinación de “centroizquierda” puramente pragmática hay que reemplazarla, pues no le queda casi nada de los valores y políticas de izquierda, y le queda además bastante poco de los de centro (especialmente los que inspiraron el espíritu reformador de tipo social-cristiano). En esencia, la coalición de gobierno que busca proyectarse tal cual es hoy conglomera a los aspirantes a mantener o acceder a privilegios burocráticos, aunque sea al precio de aceptar sin chistar el dominio de las oligarquías económicas en lo que verdaderamente importa: la distribución del ingreso y la riqueza y la preservación de la naturaleza para las nuevas generaciones.

Pero no hay que desesperarse, pues la inexperiencia e intolerancia juvenil, que todos hemos vivido, tienen un remedio inexorable: el paso del tiempo. Y frente al mal tiempo, o a tiempos de incertidumbre, siempre buena cara.

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