viernes, 4 de noviembre de 2016

Decantamientos

Columna en El Mostrador

La suerte de pánico que invadió a la coalición gobernante  a partir del 23 de octubre por el incremento de la abstención y el mal resultado de muchos de sus candidatos a alcaldes (atribuibles en importante medida a las propias personas de los candidatos), no le permitió ver que mantenía una consistente mayoría relativa a nivel de voto por concejales, que es más político-partidario que de apreciación de atributos individuales. La derecha sumada obtuvo sólo un 41% del voto (a comparar con el 33% más el 8% del PRI de 2012, es decir lo mismo), las tres listas de la nueva mayoría un 47% (contra un 50% en 2012) y las otras expresiones  un 12% (contra un 9% en 2012). Lo que existió fue una impresionante abstención de 65% y un leve traslado porcentual de votos desde la Nueva Mayoría…pero no a la derecha sino a las expresiones que están fuera de los dos grandes bloques.

Este proceso se desplegó en medio de una crisis de cohesión en la coalición de gobierno, la que no tiene ahora acuerdo sobre lo que tiene que hacer en lo que le queda de administración, lo que ilustra bien la notable votación del 2 de noviembre en la Cámara en la que el ministro de Hacienda no logró un solo voto a favor del reajuste que propuso pues, por primera vez desde 1990, estanca las remuneraciones reales mientras el país crece, junto a dos años de caída de la inversión pública y ningún esfuerzo en I+D. ¿Es el país entero “populista” o no entiende el manejo de restricciones económicas, con excepción de la persona del ministro? Valdés está sobre ajustando la economía y eso es controvertido y controversial. Tampoco hay acuerdo sobre un candidato y programa presidencial  únicos en 2017.

No obstante, la derecha no debiera sacar cuentas alegres. La Nueva Mayoría cuenta con un candidato probado, como Ricardo Lagos (que seguramente logrará el apoyo de las directivas del PPD  y del PS luego del previsible retiro de Isabel Allende, aunque a  sus bases les gustaría tener algo que decir), y con un candidato emergente, como Alejandro Guillier. Pero también con un eventual candidato de la DC que llegue a la primera vuelta y que obligue a los dos primeros a medirse en primarias. Y existirán varias candidaturas de las fuerzas externas a los bloques tradicionales, con el eventual surgimiento de un Frente Amplio que exprese una refrescada vocación transformadora  y la hasta ahora persistente candidatura de Marco Enríquez-Ominami y Roxana Miranda, o equivalentes.  

Este espectro diverso bien puede, en la primera vuelta presidencial de 2017, dejar de nuevo a  la derecha en su 41% de 2016. Y en minoría en la segunda vuelta, especialmente si las fuerzas no derechistas concuerdan medidas programáticas serias de regeneración democrática, destinadas a ser efectivamente cumplidas. No está escrito que Sebastián Piñera volverá a ser presidente.

Lo que sí es abrumador es la carencia de debate programático. ¿Terminará éste por venir desde fueras de los bloques dominantes?

Promover debates ha sido siempre el rol de las fuerzas  críticas del  orden establecido. Frente al agotamiento de los partidos tradicionales, es posible que puedan emerger en los próximos meses nuevos consensos inesperados. Como, acaso, un nuevo consenso republicano más o menos en los términos de Andrés Rosler (en su libro Razones Públicas, 2016): “si usted está en contra de la dominación, no tolera la corrupción, desconfía de la unanimidad y de la apatía cívicas, piensa que la ley está por encima incluso de los líderes más encumbrados, se preocupa por su patria mas no soporta el chauvinismo, y cree, por consiguiente, que el cesarismo es el enemigo natural de la república, entonces usted es republicano, aunque usted no lo sepa”.

Ese republicanismo es   minoritario, pues sigue predominando el simple seguimiento a figuras empáticas o de gesto autoritario, el acomodo a lo existente, o bien la apatía individualista, y ciertamente el chauvinismo ramplón. Pero si llegara a conectar con las preocupaciones sociales, descentralizadoras y ecologistas que se expresan hoy de manera dispersa por el territorio, puede llegar a hacerse mayoritario a través de una plataforma electoral creíble en tanto sea programáticamente seria y autónoma de los poderes tradicionales.


Esos poderes están cada vez más cuestionados porque  mantienen un sistema de representación con un empate político caduco sometido en definitiva a los intereses de la gran empresa, una intolerable desigualdad social y de género, una centralización asfixiante, una discriminación étnica evidente y un gran deterioro de los ecosistemas. Nada de lo que regocijarse como para abstenerse de contribuir a nuevas alternativas republicanas de cambio “en vez de lo existente”.