martes, 15 de diciembre de 2015

El legado de Douglas Tompkins


No todos los dueños de empresas se guían exclusivamente por el afán de lucro, o en todo caso algunos de ellos están dispuestos a canalizar sus ganancias o su patrimonio hacia fines distintos que la mera acumulación indefinida de capital. Por ejemplo, en estos días nos hemos informado que el joven dueño de Facebook, Mark Zuckerberg, donará el 99% de sus acciones a una fundación cuya finalidad será “avanzar en el potencial humano y promover la igualdad del ser humano”. Sin perjuicio de la tarea de largo plazo de terminar con la insostenible concentración global del capital de la que somos testigos en la actualidad, tan bien descrita por Thomas Piketty en su libro “El Capital de Siglo XXI”, hay actores de esa concentración que actúan individualmente redistribuyendo su patrimonio para fines colectivos. Uno de los precursores de este enfoque fue Douglas Tompkins, fallecido recientemente en un accidente en el magnífico lago General Carrera.

En una reunión privada con funcionarios territoriales a fines de los años noventa, expresé lo que siempre ha sido mi opinión: no cabía sino saludar que un inversionista extranjero, como Douglas Tompkins, viniera a Chile no a depredar nuestros recursos naturales sino a conservarlos. Grande fue mi sorpresa cuando se produjo una reacción contraria bastante virulenta de algunos de los presentes, que yo pensaba compartían un enfoque que consideraba de sentido común, que la vida se encarga de enseñarnos que es el menos común de los sentidos. Eran autoridades de las regiones de Los Lagos y Aysén. Su argumento era que para Chile tenía poco sentido conservar el bosque nativo para placer estético de extranjeros ecologistas en vez de promover el empleo para los habitantes de las regiones involucradas. A las personas de que se trata les tengo aprecio y consideración, pero les argumenté que el suyo era un punto de vista respetable, aunque en mi opinión errado. Y así lo sigo pensando.

Que una persona ocupe su fortuna obtenida en una exitosa actividad comercial transnacional para proteger nuestros bosques nativos del sur, luego de haberse enamorado en su juventud de estos impresionantes parajes naturales, de los pocos cuasi impolutos que quedan el planeta tierra, y tenga la convicción de que deben conservarse para las nuevas generaciones, me parece encomiable. Y ciertamente mucho más respetable que destruir el bosque nativo y los paisajes naturales, y en general nuestros recursos naturales, por afán descarnado de lucro, oponiéndose en nombre de la sacrosanta inversión privada a aceptar siquiera una contrapartida tributaria razonable.

Tuve ocasión de conocer a Tompkins cuando el presidente Ricardo Lagos me encargó, siendo subsecretario de la presidencia, hacer avanzar la creación del Parque Nacional Corcovado. Lo recibí entonces en mi oficina de La Moneda con otras autoridades. Venía vestido informalmente con una mochila al hombro con sus materiales y mapas a defender sin pelos en la lengua (lo que seguramente irritaba a más de algún burócrata público) una donación al Estado que al Presidente Lagos le parecía digna de ser atendida. La discusión partió con gran rudeza, pues Tompkins se quejó de lo absurdo de las múltiples trabas de diversas autoridades administrativas, pensando que iba a encontrar una defensa de ellas. Se sorprendió al encontrarse con lo contrario, es decir la opinión formal del gobierno de buscar destrabar racionalmente los obstáculos para que se concretara la donación y se conformara el Parque Nacional Corcovado. Como seguía argumentando en contra de la hostilidad de la que había sido objeto, le relaté el encuentro en el que años atrás se había hablado negativamente de él y le señalé mi interpretación: un país que se construyó desde la etapa colonial en base a la depredación humana y ambiental iba a encontrar múltiples  resistencias a un enfoque de desarrollo sustentable y a la conservación del patrimonio natural. Y que se necesitaba un cambio cultural, pero que estos son siempre lentos. Le recalqué que si él quería persistir en su enfoque de proteger los ecosistemas asociados al bosque templado chileno, iba a tener que resignarse a encontrar muchos escollos y prejuicios. Pero no, en todo caso, en la cúpula del gobierno de la época.

Tompkins finalmente donó 84.363 hectáreas al Estado de Chile para, en combinación con otro inversionista ambiental estadounidense y con tierras fiscales y del Ejército, establecer en 2005 un parque público de acceso gratuito de una superficie de 209.623,84 hectáreas, en uno de los parajes más hermosos del planeta, el que quedará por su iniciativa y tenacidad -y la decisión del presidente Lagos- resguardado para las futuras generaciones.

Tiene razón el actual director de la Corporación Nacional Forestal, Aarón Cavieres, cuando señaló a raíz de la muerte de Douglas Tompkins que fue “una de las personas que más colaboró en los últimos años a aumentar la superficie destinada a la protección de la biodiversidad en Chile”, resaltando “que junto a las iniciativas privadas que tuvo, como el Parque Pumalín, se debe destacar su aporte a la creación, a través de donaciones de tierras, de dos parques nacionales del Estado, como son los Parques Nacionales Corcovado y Yendegaia”, pues “ambos parques nacionales son reservorios de biodiversidad de enorme valor, con especies de flora y fauna que están con problemas de conservación”. El Parque Nacional Yendegaia, en la Región de Magallanes se concretó también más tarde por la donación de la fundación de Tompkins de 38.780 hectáreas, lo que permitió conformar un espacio protegido total de 149.747 hectáreas.

En opinión de Tompkins, “los parques nacionales representan la cúspide de las áreas protegidas, entregando la garantía más sólida de una conservación a largo plazo. Ofrecen un conjunto incomparable de atributos ecológicos, valor cultural y beneficios económicos a las comunidades locales. Los parques son una de las herramientas de conservación más antiguas y duraderas, y definitivamente las más conocidas y queridas”.

Se criticó a Tompkins por supuestamente “atentar contra la soberanía”. Simplemente nunca fue cierto, pues su plan fue adquirir tierras, gestionar la creación de parques con primero modalidades privadas o a través de fundaciones sin fines de lucro, pero siempre con el objetivo final de entregarlas al Estado bajo el esquema de Parques Nacionales, en combinación con aportes de tierras fiscales por parte del gobierno. Se le criticó hostilizar a los pobladores locales o impedir la construcción de caminos, cuando en realidad buscaba comprar tierras para  proteger zonas lo más amplias posibles, lo que en su opinión era la única manera de proteger la biodiversidad que se despliega en superficies naturales extensas, procurando minimizar razonablemente la intervención humana. Recorrí hace dos años a título privado en vacaciones –con Tompkins sólo estuve en la ocasión relatada, pues mantengo la opción personal de no vincularme para ningún efecto que no sea institucional con grandes empresarios- el Parque Pumalín y el Valle de Chacabuco y me consta que él, Kristine McDivitt y su fundación han sostenido la reorientación del empleo de los habitantes originales hacia labores de conservación y no su desplazamiento.

CONAF, junto a otras entidades de Gobierno, estaba trabajando en la actualidad con Douglas Tompkins y su fundación para futuras donaciones de terrenos que permitieran la creación de nuevos parques nacionales que se integren al Sistema Nacional de Áreas Silvestres Protegidas del Estado. En el corto plazo es posible que nuestro país no sepa reconocer su aporte decisivo a la preservación del patrimonio natural. Pero con seguridad lo harán las futuras generaciones.