jueves, 11 de junio de 2015

Política económica y las reformas

En Voces La Tercera


La economía crece por debajo de su potencial desde el segundo semestre de 2013. Los responsables de la política monetaria, en vista del deterioro de la coyuntura desde el segundo semestre de 2013, que no previeron, decidieron aplicar sucesivas disminuciones de la tasa de interés de referencia desde octubre de 2013 para reanimar el consumo y la inversión, y luego mantenerla sin variaciones.

La política del Banco Central ha ayudado además a devaluar el peso y mejorado la competitividad del sector exportador y el sustituidor de importaciones. En su reunión mensual de política monetaria del 14 de mayo, el Consejo del Banco Central acordó mantener por séptimo mes consecutivo en 3% anual la tasa de interés de política monetaria. Durante casi dos años, desde enero de 2012 hasta octubre de 2013, el Banco Central había mantenido en 5% la tasa de interés de política monetaria ante el incremento de la demanda interna. Luego aplicó rebajas sucesivas de 0,25 puntos entre noviembre y marzo de 2014 hasta alcanzar una tasa de 4%. Luego reanudó las rebajas sucesivas de 0,25 puntos cada mes entre julio y  octubre de 2014 para estabilizarla en el 3% actual.  

La política fiscal  vigente mantiene una orientación expansiva. El consumo de gobierno creció en 5,5 por cien anual en el último trimestre 2014 y el presupuesto de 2015 se ha programado con un déficit efectivo de -2% del PIB y un déficit estructural de -1,1% del PIB. El gasto público crecerá cerca de un 10% en 2015 e incrementará especialmente los proyectos de infraestructura. El 15 de abril el Congreso despachó además el proyecto que financia la reconstrucción de la zona norte del país, lo que representa un incremento del orden de 1% del gasto público para 2015.

El Balance del Gobierno Central Total en el período enero-marzo de 2015 arrojó un superávit  equivalente a 0,1% del PIB estimado para el año.  Al 31 de marzo, el Fondo de Estabilización Económica y Social (FEES) acumulaba US$14.487,4 millones, mientras que el Fondo de Reserva de Pensiones (FRP) acumulaba US$7.847 millones. Los Otros Activos del Tesoro Público y el Fondo para la Educación registraron saldos de US$2.962,7 millones y US$3.699,2 millones respectivamente. Los activos del Tesoro Público totalizaron así unos US$28.996 millones, cifra equivalente a cerca del 12% del PIB. No hay, en el presente, problemas fiscales y Chile dispone de reservas abundantes a las que acudir en caso de deteriorarse de la situación.

En cualquier caso, probablemente operarán en el resto del año mecanismos de “estabilización automática” como el incremento del déficit fiscal efectivo en 2015 más allá del 2% del PIB, empujando la demanda agregada, lo que es positivo y saludable. La pregunta que subyace es si este impulso será suficiente para evitar el estancamiento y si no será necesario, frente al estancamiento económico que se avizora, un mayor impulso fiscal combinado con una rebaja adicional de la tasa de interés de referencia.

Este tipo de enfoque de la política de estabilización coyuntural, que mostró su éxito en 2009-2012, encuentra fuertes detractores entre los economistas ortodoxos, partidarios de estímulos por el lado de la oferta consistentes exclusivamente en aumentar la rentabilidad empresarial con rebajas salariales y tributarias, que tendrían efectos mágicos sobre la economía. Sin prueba alguna, que no sea la de atribuir efectos negativos a la reforma tributaria como dogma de fe, por ejemplo Klaus Schmidt-Hebbel llega a afirmar que “debido al mal diseño de la reforma tributaria, el efecto total de la política fiscal sobre la actividad es bajo (o nulo) en 2015 y será negativo en los siguientes años”, en circunstancias que será manifiestamente expansiva. A su vez, las reformas tributaria y educacional reforzarán las capacidades de crecimiento del país, mientras la reforma laboral creará mejores condiciones para aumentar la productividad y mejorar la distribución del ingreso.

A la narrativa anti-reformas se ha agregado de manera imprudente el propio Banco Central, que en su Informe de junio hace afirmaciones basadas en suposiciones cuyos  fundamentos no se divisan (salvo el mal uso de correlaciones circunstanciales al que algunos economistas acuden para tratar de probar tesis definidas a priori, olvidando la regla de oro según la cual correlación no es relación causal), al sostener que  cuando la desconfianza y la incertidumbre se incrementan, “la inversión cae en 15%”, mientras pretende explicar que la caída de 6% de la inversión en capital fijo en 2014 se debería en un 38% al “deterioro de la confianza empresarial” y otro 33% a la debilidad de la actividad interna. Este es el típico caso en que la correlación tiene la explicación causal inversa: la caída de la inversión –en este caso el fin del ciclo de inversiones mineras, que llevó la FBCF en 2010-2012 a tasas de crecimiento de dos dígitos- es la que contribuye a deteriorar expectativas. Y su solución es un fuerte programa público de inversiones y una nueva estrategia de diversificación productiva, antes que detener las reformas. Si estas se dejan de lado, no veo por qué ni por donde el país crecería más.

Para complementar el argumento, desde la trinchera ortodoxa se agrega que la debilidad del consumo privado también se explicaría por expectativas políticas negativas. Si desde Keynes se atribuye a las expectativas empresariales (los “animal spirits” descritos por el célebre economista inglés) un fuerte rol en la dinámica de la inversión, no es menos cierto que los economistas ortodoxos debieran más bien apelar a la teoría de las “expectativas racionales” de Lucas y otros, y en todo caso no confundir el cálculo económico en procura de utilidades futuras con meras adscripciones ideológicas. Los empresarios racionales –y la mayoría la son- toman sus decisiones de inversión de acuerdo a las utilidades esperadas. Estar en contra de las reformas del gobierno es legítimo en una sociedad abierta y plural, pero lo es menos recubrir opiniones con una supuesta objetividad del “análisis económico” que en este caso deja mucho que desear en materia de calidad profesional. Basta observar las previsiones sobre inversión extranjera a partir de marzo de 2014, que los economistas ortodoxos indicaban se derrumbaría frente a un supuesto aumento sustancial del riesgo-país dadas las imaginarias amenazas constituidas por las reformas, y el contraste con las cifras récord en la materia en 2014 y lo que va de 2015.

Según el propio Banco Central, en 2014 ingresaron a Chile US$23.302 millones en Inversión Extranjera Directa, monto un 15% superior al registrado en 2013. Esta inversión se dividió en US$10.792 millones en Participaciones en el Capital, US$6.720 millones en Utilidades Reinvertidas y US$5.790 millones en Instrumentos de Deuda. Gran parte de estos montos están asociados a adquisiciones de compañías y desarrollo de nuevos proyectos. La expansión de la inversión extranjera en Chile contrasta con el contexto regional, en que los flujos de IED hacia Latinoamérica y el Caribe tuvieron en 2014 una baja de -19% y a nivel global de – 8%, según la UNCTAD.

Esto demuestra que muchas empresas internacionales siguen apostando a Chile como un lugar para realizar inversiones a largo plazo. Si parte del empresariado nacional, movido por razones puramente ideológicas contra el gobierno, desecha oportunidades de inversión, la cartera de capital simplemente se recompondrá a favor del capital extranjero. Otra cosa es la necesaria concertación público-privada para definir objetivos de innovación, ampliar la I+D y el financiamiento a los ejes productivos del futuro, con políticas de promoción de distritos industriales (“clusters”) que potencien una política pública de estímulo de la oferta y la diversificación productiva, y en particular aceleren la reconversión energética. Es decir definir una nueva estrategia de desarrollo. Pero, claro, los economistas ortodoxos no creen en las estrategias de desarrollo, sino en las supuestas ilimitadas virtudes del mercado. Y el predominio de estos economistas es a estas alturas el principal problema económico de Chile, que  no sigue los ejemplos exitosos del Asia basados en políticas activas de desarrollo y en economías mixtas, y permanece pasivamente sometido a los dogmas ultraliberales.