martes, 8 de julio de 2014

Hacia el fin del binominal


“Hoy es un día histórico, porque empieza a derribarse el sistema electoral binominal, que era un anhelo de la ciudadanía de tener un sistema electoral realmente representativo, inclusivo, donde pudiesen competir todos. Creemos que eso es sumamente relevante para Chile”. Esta declaración, pensará el lector, es más o menos la expresión estándar de concertacionistas en el pasado y nuevamayoristas hoy. Pero son del diputado de Amplitud Pedro Browne, que con su movimiento y tres diputados independientes cercanos al gobierno han comprometido juntar sus votos con los de la Nueva Mayoría para finalmente establecer un sistema al menos mínimamente proporcional de elección de diputados y senadores, y  avanzar hacia una democracia propiamente tal en Chile.
En efecto, la que tenemos hasta ahora no cumple con esa característica. Los sistemas electorales y de formación de la ley fueron elaborados antes de 1989 con el objetivo de consagrar un régimen donde las mayorías no mandaran. Se trataba de impedir la esencia de la democracia como ideal del autogobierno del pueblo, donde las personas son libres de interferencias indebidas y hacen efectiva la soberanía popular, la igualdad ante la ley y el gobierno de las mayorías, pues “los más tienen derecho a mandar, pero en el respeto de los derechos de la minoría”, en la expresión de Giovanni Sartori, incluido su derecho a procurar transformarse en mayoría mediante la alternancia eventual en elecciones periódicas, el libre juego de las opiniones y el desenvolvimiento de proyectos colectivos que buscan ser o mantenerse mayoritarios en la sociedad. La democracia es el contraste con la tiranía o el despotismo (términos griegos), o la dictadura (término romano), y con el absolutismo de las monarquías de derecho divino. En términos modernos, con los regímenes de fuerza autoritarios o totalitarios. Es lo contrario de la autocracia, y en palabras de Cornelius Castoriadis, “la conciencia explícita de que nosotros creamos nuestras leyes y por tanto nosotros podemos cambiarlas también”.
El triple candado de senadores designados, un sistema electoral que hace casi imposible la formación de mayorías premiando a la primera minoría y la existencia de altos quórum de reforma constitucional y de aprobación de leyes orgánicas, configuraron el más sofisticado sistema institucional contemporáneo para dejar la voluntad mayoritaria del pueblo en la condición de mínima expresión. No se conoce en el mundo actual un sistema político que consagre libertades  y la elección de autoridades por el pueblo, pero al mismo tiempo desafíe tan directamente los principios democráticos para procurar dejar en la impotencia la voluntad popular.  
Pero lo más notable ha sido la gestión -por cinco lustros- de la permanencia de uno u otro componente de este triple dispositivo antidemocrático por la derecha política chilena. La UDI, en esencia, lo ideó y sostuvo a rajatabla desde 1990, e incluso hoy declara oponerse al proyecto que se ha concordado, ya no porque “no tiene que ver con los problemas de la gente”, sino porque supuestamente le “otorga ventajas a la izquierda”, lo que simplemente no es cierto. Antes bien, le otorga el rol que le corresponde a la mayoría de los ciudadanos en uno u otro proceso electoral periódico, cualquiera sea su orientación ideológica.
Renovación Nacional se ha encargado de los devaneos siempre inconducentes. No olvidemos la promesa de Jarpa en 1989 de terminar rápidamente con los senadores designados, lo que incumplió y recién vino a producirse 15 años después, en 2005, cuando la fórmula empezó a beneficiar a la Concertación por la agregación de ex presidentes al Senado. Ahí están los eternos acuerdos de partido no respetados por los parlamentarios RN y múltiples promesas electorales jamás concretadas. La autoridad moral de los dirigentes de Renovación Nacional para oponerse al acuerdo es simplemente nula, y su falta de elegancia incluye haber ahora dejado esperando al ministro del Interior durante semanas. Este procedió a cerrar, como debía, un acuerdo con los que estuvieran disponibles y debe ser felicitado por ello.
Ojalá las reglas del juego democrático fueran consensuadas por todos los actores relevantes de la vida política. Pero la derecha chilena tradicional, que es expresión directa -en palabras de Andrés Allamand- de poderes fácticos, simplemente no cree en la democracia.
Si esta afirmación parece ser muy dura, entonces tendría ahora la derecha la ocasión de evidenciar convicciones democráticas aprobando la disminución de quórum hacia niveles razonables, de modo que dejen de consagrar el veto de la minoría en la formación de leyes fundamentales, que es el tercer candado dejado por la Constitución del 80, y de sumarse civilizadamente a un proceso ordenado e institucional de generación de una nueva Constitución política a través de representantes elegidos a una asamblea mandatada para el efecto, que renueve y oxigene nuestras instituciones políticas, permita más equilibrio de poderes y más descentralización, y consagre directamente los derechos de las personas que Chile se ha comprometido a respetar al ser parte de convenciones internacionales que ya prevalecen sobre nuestro derecho interno.
¿Por qué no mantener la esperanza de legar a las nuevas generaciones una democracia en forma legítimamente conformada y de la que todos nos sintamos orgullosos, cerrando así el largo y farragoso camino iniciado en 1988?