jueves, 4 de abril de 2013

Teiller y la rebelión


La reciente entrevista del presidente del Partido Comunista Guillermo Teiller ha vuelto a poner sobre el tapete el tema del derecho de los pueblos a rebelarse frente a las tiranías. Como era de esperar, la derecha no reconoce las fuentes de ese derecho. El candidato presidencial de la UDI, Golborne, declara: "Uno debe tener una sola línea: la violencia, de donde venga, debe ser condenada. Nadie tiene derecho a hacer justicia por su propia mano, ni caer en atentados o asesinatos, sin importar la justificación". Con este razonamiento, Lautaro, Ohiggins y Carrera debieran ser catalogados de violentistas y no de estandartes del derecho a la rebelión contra una situación opresiva. Notable aquello de "una sola línea", en una solemne y farisea frase emitida por el representante de un partido político que justificó durante lustros un golpe de Estado sangriento (bombardeo de La Moneda, caravana de la muerte y un largo etc.), que atentó y asesinó con violencia sin límites, incluso fuera de nuestras fronteras (Prats, Letelier, Leighton), con el apoyo o al menos la complicidad manifiesta de los fundadores de la UDI, de los cuales solo algunos se han arrepentido de haber alentado en el momento crítico, por acción o por omisión, la violación masiva de los derechos humanos en Chile.  
Por otro lado, el confundir la situación de una democracia con la de una tiranía es a estas alturas bastante insólito. Es lo que hace la ministra vocera Pérez al afirmar: "Cuando uno señala que es la democracia el camino por el cual los ciudadanos se expresan, en esta democracia no tiene cabida la lucha armada". Es del todo conocido que el Partido Comunista chileno nunca fue partidario antes de 1973 de la lucha armada ni lo ha sido después de 1990. Teiller es explícito en referirse a principios universales solo aplicables a una tiranía. Estos principios se originan, entre otros, en Santo Tomás de Aquino, que señaló hacia 1270, en su opúsculo De Regimine Principum, que se justifica “combatir de cualquier modo la maldad de la tiranía”, afirmando incluso que “si el exceso de tiranía es intolerable, ha parecido a algunos que toca al valor de los varones fuertes dar muerte al tirano”.  El preámbulo de la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948, por su parte, considera “esencial que los derechos humanos sean protegidos por un régimen de Derecho, a fin de que el hombre no se vea compelido al supremo recurso de la rebelión contra la tiranía y la opresión”.  
¿Estuvo el PC chileno y todos los resistentes en una situación en la que fuera legítimo plantearse la opción de utilizar el supremo recurso de la rebelión armada? Si, si se considera que el período al que hace referencia Teiller es el de una dictadura que, según los informes de la  Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación y de la Corporación Nacional de  Reparación y Reconciliación, ejecutó 3085 asesinatos (1983 muertes violentas en manos de agentes del Estado y 1102 detenciones clandestinas con posterior homicidio y desaparición de los cuerpos, incluyendo su desfiguración con sopletes, según ha establecido la justicia en el caso de dirigentes del Partido Comunista). Otras 1500 denuncias de muertes violentas no pudieron ser aclaradas. Además, decenas de miles de chilenos fueron apresados y sufrieron torturas inhumanas (de acuerdo a la Comisión Valech) y centenares de miles sufrieron el exilio. 
Pero, y era nuestra opinión en aquella época, si bien el principio general de la política comunista de rebelión popular, y de otros movimientos de izquierda desde el primer momento del golpe militar, tenía legitimidad en condiciones de dictadura -aunque no métodos reprobables en toda circunstancia como el secuestro de niños, que condenamos con vehemencia entonces (personalmente redacté la declaración del socialismo renovado dirigido por Ricardo Núñez y Jorge Arrate que consideraba una inmoralidad ese tipo de acciones que en una ocasión realizó el FPMR)- esa política carecía de pertinencia en la situación chilena. Muchos desde la izquierda nos opusimos a ella y compartimos en la época –los ateos no tenemos por qué privarnos de la buena teología- el razonamiento  de Tomás de Aquino: “El régimen tiránico no es justo, porque no se ordena al bien común, sino al bien privado del gobernante (…): y por lo tanto la perturbación de este régimen no tiene razón de sedición, a no ser por acaso cuando el régimen tiránico es perturbado de un modo tan poco ordenado, que la muchedumbre de los súbditos padece más de la perturbación consiguiente, que del régimen tiránico”. Y agrega: “porque puede suceder que los que combaten al tirano no pueden vencerlo, y que el tirano provocado así se haga más cruel”. Es decir, es legítimo rebelarse contra una tiranía, siempre que no agrave los males para los que la sufren. En el caso chileno, muchos pensábamos, y lo mantenemos, que tenía poco sentido enfrentar militarmente a un régimen muy competente en el uso sin límites de la violencia, cuando la fuerza de la oposición a ese régimen estaba en la capacidad de movilización, de desobediencia civil y a la postre de desborde electoral mayoritario en cualquier rendija institucional –independientemente de cómo se concretara ese enfoque, lo que es harina de otro costal- y no en atentados que desmovilizaban, reducían y debilitaban la lucha contra la dictadura, y podían terminar en derivas militaristas y en descomposición política, como le ocurrió a la postre al PC con el Frente Autónomo.
 Pero el hecho contingente fundamental es que el Partido Comunista se ha comportado en democracia respetando sus reglas, infinitamente más en todo caso que sus contendores que hoy rasgan vestiduras y que, en el caso de muchos de ellos, provocaron o fueron cómplices de la mayor violencia institucionalizada que haya conocido la historia de Chile. Lo justificaron, y algunos con pertinacia siguen haciéndolo, por la supuesta amenaza de un "golpe de Praga" izquierdista contra la democracia que solo existía en su imaginación. Recordemos que los archivos revelan que la URSS (véase los trabajos publicados por el CEP en la materia) se oponía entonces a cualquier "nueva Cuba" en Chile. No estaría de más, por supuesto, que el Partido Comunista tomara distancia tajante de Corea del Norte y de cualquier régimen tiránico, incluyendo saldar cuentas con su pasado apoyo al estalinismo y su subordinación a la URSS, lo que provocó una recurrente diferencia con la izquierda socialista. No obstante, que el Partido Comunista sea eventualmente en el futuro próximo parte de una coalición de gobierno no tendría nada de extraño, como no lo fue con el Frente Popular, en un período con González Videla, más tarde con la Unidad Popular. El Partido Comunista siempre contribuyó a la estabilidad democrática. Ignacio Walker debiera recordar el apoyo comunista a Frei Montalva cuando el intento de golpe de Viaux en 1969. Incluso no tiene nada de extraño, contrariamente a lo que dicen algunos, que un partido de izquierda pueda estar en el gobierno y en la calle, siguiendo el principio de la socialdemocracia sueca, que se declara “partido de gobierno en oposición a todas las injusticias”. La buena política de izquierda es la que combina con sabiduría la responsabilidad gubernamental con las aspiraciones de cambio que se expresan en la sociedad. La “nueva mayoría política y social” de la que ha hablado Michelle Bachelet en su retorno al país debiera incluir al conjunto de la izquierda chilena responsable, en alianza con las fuerzas de centro, junto a múltiples fuerzas sociales organizadas, para hacer posibles los cambios urgentes que necesita la estructura política y económico-social de Chile en la perspectiva de lograr más democracia, más libertades y más equidad.