sábado, 16 de mayo de 2009

En homenaje a Claudio Huepe

No recuerdo exactamente cuando conocí a Claudio Huepe, pero debe haber
sido en una fecha próxima a su retorno del exilio. La diferencia de
edad no nos había hecho encontrarnos antes. El tenía ya una dilatada
trayectoria en la política chilena y yo ninguna. Anudar una amistad y
complicidad con él fue dándose en aquella época en que luchar contra
la dictadura suponía especialmente tender puentes y construir
confianzas para conformar, en la visión de algunos de nosotros, pocos,
un gran frente de oposición política y de promoción de la
desobediencia civil masiva para lograr una salida política a la
situación de dictadura.
Esto suena hoy, tantos años después, como algo
más o menos obvio. Sin embargo, no lo era. Los acercamientos los
hicieron gentes de carne y hueso. El país había vivido una gran
división y el derrocamiento del gobierno democrático con su secuela de
represiones sangrientas. Entre las personas de izquierda y las
pertenecientes a la DC había todavía resquemores y desconfianzas.
Claudio Huepe fue de los que jugó un gran papel para producir los
acercamientos. Se había opuesto al golpe, se había confrontado con los
represores, lo que le valió detenciones y exilio, y sobre todo ganó un
gran respeto de todos por su valentía y corrección.
Pero había en Claudio no solo una consecuencia democrática a toda prueba, que ya es
mucho, sino sobre todo un gran calor humano. Me tocó trabajar con él a
lo largo de los años, en la organización de la oposición, en el primer
parlamento postdictadura, en los centros de estudios y de debate, en
el gobierno de Lagos, cuando fue nombrado Ministro. Y siempre la misma
calidez, la misma sencillez y modestia cuando estaba de ciudadano de a
pie que cuando ocupaba altas funciones públicas. Siempre la misma
consecuencia y firmeza, la misma honestidad, la misma capacidad de
reunir gente diversa a compartir. Enterarse desde la lejanía de la
partida de un amigo como éste es duro, confrontado a la certeza de no
volver ya a verlo.
Queda el consuelo de haber conocido a un ser humano
de excepción y queda el recuerdo imborrable de alguien que dejó una
huella de amistad y de fraternidad.