jueves, 25 de octubre de 2007

Intervención Universidad Santo Tomás

FORO SOCIAL, SEMINARIO “CRISIS NACIONALES EN LA HISTORIA DE CHILE”


Universidad Santo Tomás
Centro Innovación Pública
14 de julio 2007


Panel sobre Aspectos Políticos e Institucionales
- Carlos Larraín P., Presidente Renovación Nacional.
- Gonzalo Martner F., Ex Presidente Partido Socialista de Chile
- Joaquín Lavín I., Ex Candidato a la Presidencia de Chile.
- Adolfo Zaldivar L., Senador PDC Undécima Región.



Presentación de Gonzalo Martner (transcripción corregida)

Me interesó y acepté participar en este panel porque la invitación es a debatir acerca de algo que me parece esencial: no sólo los temas que podríamos llamar propios de “la razón instrumental”, que más o menos están en el debate político cotidiano, sino acerca de si hay o no en el país situaciones de crisis en los valores, en aquello que da lugar a la convivencia colectiva. Creo que las otras intervenciones nos han efectivamente incitado a un debate sobre la pregunta de si estamos o no en situación de construir en Chile unos mínimos valores compartidos.

Y quiero entonces hacer unos comentarios muy breves respecto a las intervenciones que escuché. Respecto al profesor Villalobos, debo decir que no comparto prácticamente nada de lo que dijo pero me encanta su interpelación honesta como un republicano auténtico, de ideas más bien conservadoras, desde mi punto de vista por lo menos; pero me parece estimulante el recorrido que hace de las situaciones que considera que deben ser dignas de alerta y de debate.

Quiero hacer dos defensas. Primero del fútbol, que creo que fue injustamente, por parte del profesor, calificado de manera un poco dura. En un artículo algo antiguo, Vargas Llosa se preguntaba: ¿por qué el fútbol suscita estas pasiones tan fuertes? Y contestaba que probablemente para las personas comunes y corrientes el poder identificarse con una parcialidad sometida a contraste, con unos que juegan para un equipo y otros que juegan para otro y que quieren vencerse, pero en el marco de un conjunto de reglas establecidas, y de arbitrajes, es lo que genera esta adhesión. Se trata de una forma de juego y de competencia humana sujeta a reglas claras, que contrasta con la ley del más fuerte y el abuso que prevalece en muchos aspectos de la vida en nuestras sociedades. Creo que hay allí, más allá de la pasión, más allá de la dimensión subjetiva, una apreciación positiva a la que adhiero de esto que el profesor Villalobos llamó opio moderno.

Pero, además, quiero hacer una defensa que me parece muy necesaria de la figura de la Presidenta de la República. Yo he leído cartas a los diarios previas de parte del profesor Villalobos: su postura no es de ahora, era de la campaña presidencial, y la respeto. Pero creo que hay una equivocación profunda en considerar que la actual Presidenta de la República no tendría la autoridad, la prestancia para ejercer el cargo. Yo quiero decir todo lo contrario, dicho sea de paso desde la posición de no tener vínculos de ninguna especie que no sean los de adhesión política y personal de mi parte con el gobierno. Yo no ocupo cargo gubernamental alguno. Lo que pasa es que la Presidenta tiene un estilo, una prestancia, una autoridad distinta, y que debemos – creo - saber apreciar en lo que vale. Es cierto que posee un modo de gobernar que presenta un cierto contraste respecto de aquel del Presidente Lagos, por ejemplo. Pero convengamos que hay algo allí de crítica conservadora, en el sentido de una cierta resistencia a lo nuevo. Hay un nuevo estilo de representar la política, que de algún modo también promovió en su momento Joaquín Lavín. Yo tengo muchas discrepancias con él pero comparto la búsqueda de innovar que él ha tenido, entre otras cosas porque desafió a mi propio campo político a hacer las cosas mejor.

Pero la Presidenta Bachelet es mucho más que un nuevo estilo, al que hay que estar abiertos. Hay que recalcar lo que créanme existe en nuestra Presidenta de la República, que es su muy fuerte carácter. Una mujer que ha sido capaz de sobrellevar tan positivamente y tan abiertamente las difíciles circunstancias que le tocó vivir le permite hoy día ser alguien que, creo, logra unir a Chile frente a sus heridas profundas antes que desunirlo como nadie ha podido hacerlo, y al mismo tiempo desarrolla un programa de gobierno que rendirá sus frutos. Este es un logro muy importante, y así lo recogerá la historia de Chile, más allá de la relevante cuestión de que esta nación se atrevió por primera vez a confiarle su destino a una mujer, dando un ejemplo en nuestro continente y abriendo el camino a las nuevas generaciones de mujeres, y de hombres, para vivir en un país más igualitario.

Dicho lo cual quisiera referirme también a las otras intervenciones. Decía el profesor Frontaura que había que buscar un diálogo republicano, pero agregaba, si no entendí mal, que con la búsqueda de la verdad objetiva y de la distinción entre lo bueno y lo justo. Desde un terreno cultural y político que no es el que él representa, acepto el desafío. Sólo que con una afirmación: no existe una sola verdad y menos la "verdad objetiva" en los asuntos humanos. Quien así lo pretende es porque, y así lo demuestra la historia con tan abundantes ejemplos, considera necesario dominar y sojuzgar a otros en función de su particular visión de mundo, a los distintos de cualquier índole, que por supuesto le resistirán.

No es este el momento y lugar para hacer un debate de epistemología, pero convengamos que la completa separación entre sujeto y objeto, más o menos factible en ciencias lógico-matemáticas y naturales, no es posible en ciencias humanas, y menos aún en las visiones de mundo y las culturas. Esta separación solo puede ser relativa en este campo, en el que existen distintas verdades, todas ellas muy respetables en tanto y cuanto, y ahí hacemos la conexión con el desafío propuesto, se reconozcan ciertos valores compartidos, sin los cuales dejan de ser tan respetables. Cuando escucho la intervención del catedrático Fermandois, que sigue justificando la dictadura y la persona de Pinochet, y extiende la justificación hacia la dictadura militar brasileña (afirmando algo así como que hubo cosas que no fueron muy simpáticas, pero sin importancia frente al tema de fondo que habría sido sacar al país de una crisis), yo sigo diciendo: aquí hay una barrera ética profunda, que ningún discurso con ropaje académico puede soslayar. Si de algo sirve el que podamos compartir estas reflexiones, es para hacer distinciones pertinentes acerca del bien y el mal, acerca de lo justo y lo injusto. Habrá siempre distintas interpretaciones de la historia, habrá respetables verdades y enfoques de cada cual, pero hay ciertas mínimas verdades que debemos proponernos construir en conjunto en función de valores que nos sean comunes y podamos transmitir como tales a las nuevas generaciones. Ejemplo: los problemas de la democracia -ya lo decía Lincoln- se solucionan con más democracia y las violaciones de los derechos humanos son inaceptables e injustificables en cualquier tiempo y lugar, pues siempre los seres humanos tenemos la posibilidad de optar por respetar y proteger la humanidad de los que piensan distinto de nosotros o incluso de los que actúan contra nosotros. Este es uno de los fundamentos éticos de la democracia moderna. Compartámoslo. Estos son procesos, es un trabajo lento, y yo tomo este diálogo como parte de algo que, me doy cuenta, hay que seguir todavía construyendo con paciencia en el largo camino de la modernidad al servicio de los derechos, las libertades y el bienestar del hombre que, en mi caso, entiendo han ido abriendo las sociedades con avances y retrocesos desde la Ilustración y que debe seguir su curso.

Hablemos ahora de las crisis. Si uno toma la palabra crisis como una cierta acumulación de circunstancias de ruptura e inestabilidad, o en el extremo como una situación en donde lo que existe está cerca de derrumbarse, yo diría que es bastante difícil caracterizar la situación chilena como una situación de crisis. Y creo que ese es el mérito de todas las fuerzas políticas chilenas, incluidas las que han puesto trabas de todo tipo a la construcción de una democracia digna de ese nombre pero al final se han ido resignando a la inevitabilidad de la recuperación democrática como el necesario destino de Chile. Creo hemos sabido conducir al país desde una crisis profunda y rotunda en sus bases morales de convivencia, instalado en la violencia y el abuso desde el vértice del Estado, hacia un Estado de derecho, imperfecto; una democracia, imperfecta; un tipo de convivencia social, imperfecta. Pero con todas las imperfecciones incluidas, la recuperación democrática que hemos protagonizado nos permite decir con la frente en alto: “estamos legando un país en el cual no hay desapariciones, no hay exilios, no hay torturas, hay libertades, progreso social y económico, elecciones periódicas, instituciones funcionando y perfeccionándose, legítimos debates, como este, y eso es un inmenso progreso que, lejos de ser una crisis, habla bien de la capacidad reciente de Chile de evolucionar frente a sus problemas".

Pero para que las cosas evolucionen bien, no hay que perder nunca el espíritu crítico, nunca. Jamás hay que perder la capacidad de indignarse frente a lo injusto. Quien tenga legítimas indignaciones frente a cualquier acto gubernamental, o de cualquier entidad con significación social, de corrupción, de mala gestión, de lenidad, de caminos equivocados, de políticas erróneas, de situaciones inadmisibles, expréselo y dígalo. Y mientras más, mejor, como más o menos ocurre en Chile, menos de lo que debiera en mi opinión. Pero eso no es sinónimo de crisis.

Uno no puede actualmente avizorar una situación de crisis política: hay tensiones políticas, hay escaramuzas naturales propias de la vida política, mi impresión es que lo que tenemos es una evolución en los dos campos principales con unos debates interesantes, positivos, de los cuales muchos de los que estamos acá somos partícipes, pero no una situación de crisis. No hay crisis política en Chile, aunque algunos en la derecha de irreductible espíritu más o menos faccioso quisieran que hubiera. Sabemos los chilenos lo que es una crisis política, y no es el caso en la actualidad.

No hay crisis económica tampoco, estamos creciendo a una tasa este año del orden del 6%. Se están creando 200.000 empleos al año, lo que es una cifra muy importante. En una mirada más larga, recalquemos que hemos logrado crecer desde 1990 a una tasa por habitante de 4% al año, que duplica la del régimen militar y del período democrático previo. Se dispone ahora como país más del doble de bienes y servicios que en 1990. El esfuerzo actual es acelerar ese ritmo. Así y todo, si no se lograse, con las tasas de crecimiento por habitante del 4% al año Chile va a tener el nivel de vida de la España de hoy hacia el 2025. Si aceleramos, será antes. Eso no es una crisis.

Si creo que hay una crisis social y una crisis cultural, eso sí en otra acepción de crisis, de crisis como aquella situación en la cual lo viejo no termina de morir y lo nuevo no termina de nacer. En ese sentido tenemos una crisis social, se ha descrito en varias de las intervenciones. Yo digo, con mi propio énfasis, una crisis de desigualdad intolerable. El espacio en que convivimos, o convivimos cada vez menos, se fractura. Tenemos unas ciudades - porque Chile ya es un país urbano con más de 20 ciudades con más de 80.000 habitantes - que crecientemente se polarizan territorialmente como expresión de la disparidad entre grupos sociales y de ingresos, en las que se generan problemas severos de convivencia e integración, con una cierta decadencia individualista de las normas sociales y también con violencias urbanas. Tenemos grados mayores de delincuencia, probablemente provocados entre otros factores por el consumo de drogas profundamente destructivas; y podemos seguir armando una lista relativamente larga y preocupante de temas en la materia.

Creo que tenemos, además, una cierta crisis cultural, con factores nacionales y globales, con un culto al presentismo, a lo inmediato, fácil y simple, con miedos al otro, con prejuicios clasistas y racistas, y con algunas formas de lumpenpolítica (el todo vale para razguñar parcelas de poder al margen de toda idea del interés general) y de videopolítica, como diría Giovanni Sartori, en la que solo se transmiten emociones del momento, todo lo cual no permite construir como debiéramos un proyecto nacional o un debate sobre sus componentes que sea a la vez ilustrado y abierto a todos, temas sobre los que el tiempo disponible no nos permite extendernos hoy.

Por mi parte quiero, respetando las verdades de otros, sugerir - en todo caso está ampliamente desarrollado en un libro que está en circulación - lo que pudieran ser algunos de los planteamientos desde el campo de la izquierda en Chile al que con todas sus luces y sus sombras yo pertenezco - a mucha honra - y que pudieran ser parte de los valores compartidos de nuestra sociedad, mientras otros temas y opciones sean parte del legítimo debate democrático y se diriman en virtud del principio de mayoría.

Primero, hagamos un cierto intento y digamos entre todos: “el tema de los Derechos Humanos no debe ser un asunto de polémica política contingente”, sino que debe presidir nuestra convivencia con el compromiso de todos, tal como está formulado en la declaración universal del año 1947 y los pactos posteriores de derechos económicos, sociales y culturales que Chile ha suscrito. Pongamos sus principios formalmente en una nueva Constitución, porque en la actual tan remendada -lo que ya es un mérito si nos fijamos en su insólitamente antidemocrática versión original- no lo están sino en forma indirecta, y solo gracias a la reforma de 1989 que hace alusión a los tratados suscritos por Chile. Hagamos de esos derechos el fundamento de los valores esenciales compartidos por todos en un proceso de refundación republicana. Hagamos un esfuerzo colectivo de pedagogía política que consagre un país pacificado. Y lo digo sin ánimo de polémica, sino para que todos podamos decirles a nuestros hijos: “Chile tuvo crisis muy importantes, muchos fuimos actores y responsables de esas crisis (aunque no es mi caso en lo personal por razones de edad), unos bastante más que otros, pero aprendimos la lección y queremos legar unos valores civilizados de convivencia colectiva”. Nadie debiera por tanto oponerse a que tengamos un día nacional que celebre los derechos humanos, como acaba de ocurrir con la derecha, que parece tener pocas aptitudes para aprender y mirar al futuro…

Segundo, establezcamos solemnemente que la democracia es la expresión institucional de la posibilidad de que esos derechos constitucionalmente establecidos tengan la capacidad de sobrevivir a los conflictos políticos y que sean respetados en toda circunstancia. Hagamos un compromiso colectivo, de todo el espectro político, para que cualquier situación de confrontación, por aguda que fuese, sea resuelta por las vías de la democracia y no con Golpes de Estado en alianza con poderes imperiales, como el promovido contra el Presidente Salvador Allende; ni que la lucha contra las desigualdades incluya inclinaciones insurreccionales como las que equivocadamente nosotros promovimos, más de palabra que de hecho, en los años 1960 y como parte de nuestra voluntad -que mantenemos- de luchar por cambios radicales frente a las injusticias sociales intolerables existentes en nuestro país. A la larga, no ha estado en el alma auténticamente republicana de la izquierda chilena realizar su proyecto libertario y de igualdad social al margen de la democracia.

Tercero, establezcamos defensas comunes de conceptos esenciales para la legitimidad de las instituciones y de la convivencia democrática, y que cada cual lo haga de acuerdo a los criterios que les resulten propios, como en particular: la soberanía popular como base del sistema político y de la representación democrática; la igualdad ante la ley y la ausencia de discriminación arbitraria; la primacía del mérito ante todo privilegio ilegítimo; la igualdad de oportunidades de acceso a los puestos públicos y a las distintas posiciones sociales, complementada por el deber de asistencia a las personas y grupos en estado de necesidad, especialmente cuando se originan en condicionantes sociales que no les son atribuibles, y también complementada por el deber de aminorar las desigualdades ilegítimas; la neutralidad de la función pública; la equitativa repartición de las cargas públicas, incluidos los impuestos; la protección organizada frente a los grandes riesgos.

Cuarto, pongámonos todos de acuerdo para tener un Estado probo y castigar severamente el tráfico de influencias, el clientelismo y la corrupción. A la señora que está diciendo "aquí se están robando esto o aquello", le digo: créame que a mi señora me provoca como el que más un dolor profundo el que haya corrupción en cualquier ámbito de la vida pública, y así lo he dicho con anterioridad. Pero convengamos que no es posible garantizar la conducta de cada uno de los 450.000 funcionarios públicos; sería mentiroso por parte de una autoridad política decir “yo voy a asegurar que no exista ningún acto de corrupción”, o decir "yo voy a asegurar que no habrá ningún acto de delincuencia" porque eso no es posible. Más aún, cuando un Estado logra que no se hable, que no se conozcan hechos de corrupción, que desgraciadamente son consustanciales a las conductas humanas históricamente verificables, es porque se están escondiendo, o porque están institucionalizados. Pongámonos todos de acuerdo para decir, no que vamos a impedir la corrupción, pero sí que la vamos a combatir implacablemente y que en ninguna circunstancia la vamos a justificar. Eso sí podemos hacerlo y debemos hacerlo.

Quinto, también propongo, en el contexto del esfuerzo de construcción de valores mínimos que podamos compartir, que tratemos en la vida pública de no lanzarnos descalificaciones, y reemplacémoslos por juicios y opiniones a lo mejor fuertes, pero que siempre estén razonablemente fundados. Rechacemos la lógica televisiva del debate político actual, en que se busca la fórmula, la cuña (hay a mi lado un maestro en la materia -Joaquín Lavín- se lo digo respetuosamente) que tiende a disminuir la capacidad de realizar diálogos inteligentes e ilustrados, que son esenciales para que la vida democrática se cultive, se profundice y sea efectiva. La cuña que no explica, que no invita a razonar sino que busca manipular la emoción del momento, termina por empobrecer, irritar y alejar a los ciudadanos de la esfera pública.

Y creo que hay algo que debemos proponernos entre todos cultivar, y por eso me gustó la intervención del profesor Villalobos, que es el compromiso con la consideración hacia los demás. En definitiva, muchas de las cosas que él planteó se resumen en este concepto: pérdida de la consideración hacia los demás. Cuando esto ocurre en la televisión, en la calle, en la actitud de unos y otros actores en la vida colectiva, entonces se va perdiendo ese cimiento que nos permite vivir en común.

Poder vivir en común supone, además, mantener y defender convicciones. Desde que se inició la transición, se ha utilizado de vez en cuando la distinción que hizo el gran sociólogo alemán Max Weber a principios del siglo XX entre lo que el llamaba “la ética de la responsabilidad” y la “ética de la convicción”. El sostenía en 1919 que ambas eran dimensiones que consideraba legítimas pero en definitiva señalaba que había que optar por la ética de la responsabilidad, y relegar la ética de la convicción a un segundo plano. Esto se ha escuchado desde 1990 en personas de mi campo político frente a diversas controversias. Yo quiero invertir esa proposición y decir que hay que actuar con la ética de la convicción, porque la responsabilidad efectiva puede nacer sólo de la convicción. La apelación a la responsabilidad que aparentemente busca relegar los desbordes de las convicciones, en realidad no es sino un modo de actuar en política que busca imponer convicciones bien concretas: la defensa del statu quo.

Cuando se dice “usted debe actuar como yo le digo, porque usted tiene que tener un comportamiento responsable y basarse en la ética de la responsabilidad” entonces se está destruyendo aquello que es esencial: en la vida democrática no hay verdades absolutas, hay deliberación sobre posiciones basadas en convicciones e intereses. Reivindiquemos entonces a estas alturas la ética de la convicción: discutamos unos y otros en la sociedad de acuerdo a las convicciones de cada cual, develemos los intereses de cada cual, proceso del que surgirán con mayor probabilidad las conductas responsables que son indispensables para la convivencia social. La ausencia de deliberación en nombre de la responsabilidad no hace sino esconder la voluntad de imponer a los demás las convicciones propias. Eso no es aceptable para la vida democrática. Así, podremos concluir que, si esbozos de crisis pudieran haber en nuestra convivencia en algunos ámbitos, estaremos en mucho mejor situación de darles una solución con la voluntad colectiva de abordarlos que nace de la deliberación democrática y de la expresión de las convicciones. Muchas Gracias.